El retorno de la deprimente economía keynesiana

La total dependencia que muchos liberales han mantenido de ciertas corrientes económicas mainstream que supuestamente defendían los principios del libre mercado a costa de deformar la realidad les ha terminado pasando factura a su credibilidad y, con ella, a la del libre mercado.

Pensemos simplemente en los teóricos de los ciclos económicos reales que niegan la posibilidad de una crisis endógena, lo que en apariencia apoya la idea de la estabilidad del sistema capitalista; en los monetaristas, que limitan el alcance de los ciclos a las fluctuaciones en la cantidad del dinero, lo que les es útil a algunos liberales para combatir la inflación de los bancos centrales; o en los defensores de la hipótesis de la eficiencia de los mercados, que niega la posibilidad de burbujas de precios y que sostiene que una entidad abstracta llamado mercado es infalible y que todos sus precios son producto siempre de concentrar toda la información existente.

Con la crisis económica de 2007, cada uno de estos grupos fueron puestos en evidencia: los ciclos económicos endógenos existían y generaban burbujas aún cuando los agregados monetarios no exhibieran oscilaciones desorbitadas (la M0, la M1 y la M2 crecieron entre el año 2001 y el 2007 a tasas en línea o incluso por debajo de las décadas precedentes).

Obviamente, esta fe ciega en un sistema económico tildado de capitalista cuando su centro neurálgico, el dinero, sigue siendo un monopolio público gestionado por el Estado y por un privilegiado cartel bancario ha dado alas a todos aquellos que querían eliminar, no el intervencionismo responsable de los ciclos, sino lo que quedaba del libre mercado.

Así, todos los sectores sociales que siempre han mostrado una profunda incomprensión por los complejos procesos sociales que caracterizan las economías libres se han lanzado en tromba a exigir la liquidación del capitalismo en nombre de unas doctrinas repletas de errores e inconsistencias. Y aunque los comunistas se muestran risueños con la resurrección literaria de Marx, quienes realmente se han llevado el gato al agua han sido los economistas keynesianos. No es casualidad que en 2008, el año del colapso financiero, el premio Nobel de Economía fuera a parar precisamente a Paul Krugman, uno de los economistas que más ha defendido desde muy diversas tribunas las explicaciones keynesianas del ciclo económico.

El problema, claro, es que las teorías keynesianas tienen más bien poco que ver con la realidad; al contrario, emergen de una incomprensión, distorsión y simplificación de la misma, tal y como el propio Krugman se encarga nuevamente de demostrar en su última obra “El retorno de la economía de la depresión”.

El libro pretende dar a conocer de manera divulgativa las causas que han engendrado, según los keynesianos, las distintas crisis económicas desde principios de los años 90 hasta la actualidad. Pese a ello, se hace difícil encontrar un marco teórico sólido e integrado que explique la recurrencia de los ciclos. Haciendo un poco de exégesis, Krugman parece ensamblar los pánicos financieros con el subconsumismo.

Básicamente: la especulación propia de la economía de mercado provoca olas de desconfianza que dan lugar a unas corridas monetarias, bancarias y financieras que, si no son adecuadamente combatidas por los bancos centrales, degeneran en un hundimiento de la demanda efectiva y en un ulterior estancamiento.

Así pues, la gestación de las crisis descrita por Krugman se ajustaría a dos modelos –pánico financiero y desplome de la demanda–, cuya falta de solidez podemos analizar por separado.

Primero, Krugman opina que existe algo así como un “círculo vicioso de las crisis financieras” (p.96) que consiste en que cualquier hecho que dé lugar a una pérdida de confianza en el sistema tiende a realimentarse mediante depreciaciones monetarias, aumentos de los tipos de interés y restricción del crédito bancario.

Así, por ejemplo (p. 95), una pérdida de confianza en la moneda de Tailandia, el baht, lleva a los inversores extranjeros a retirar su capital del país y a convertirlo a sus respectivas divisas nacionales, generando una depreciación el baht que el banco central en última instancia sólo podrá combatir aumentando los tipos de interés y contrayendo el crédito en bahtes. La depreciación del baht y los mayores tipos de interés suelen generar problemas para los bancos (el valor de sus pasivos en moneda extranjera se incrementa por la depreciación y la carga financiera de sus pasivos en deuda nacional aumenta por el aumento de los tipos de interés). La consiguiente contracción del crédito hace perder aun más la confianza en la economía y degenera en la crisis de demanda que analizaremos más tarde.

Por supuesto, Krugman intenta vender la idea de que la pérdida de confianza puede producirse en un sistema de mercado por cualquier motivo y que ello automáticamente genera una crisis financiera (p.94). Ahora bien, el premio Nobel no menciona que, siendo cierto que cualquier hecho puede desatar un crisis de confianza en el sistema, los bancos privados y el banco central sólo serán incapaces de responder a ese pánico si se han vuelto tremendamente ilíquidos, esto es, si no disponen de suficientes activos a corto plazo como para hacer frente a sus pasivos a corto plazo.

En caso de que el sistema bancario no haya extendido crédito no respaldado por ahorro real, el conjunto del sistema financiero será capaz de atender sus compromisos, del mismo modo en que es capaz de hacerlo el conjunto del sistema alimenticio, energético o de transportes.

En ese supuesto, el vencimiento de los pasivos de la banca estaría casado con el de sus activos y la desconfianza se despejaría cumpliendo puntualmente todos los compromisos adquiridos. No sería necesario ni garantizar los depósitos, ni recapitalizar la banca, ni pedir ayuda a gobiernos extranjeros. Simplemente los cobros permitirían atender los pagos con normalidad y sin incertidumbres de por medio.

El banco central, por su parte, tampoco habría concedido créditos en divisa nacional a la banca respaldándolos con activos a largo plazo en moneda extranjera. Dicho de otra manera, no habría emitido tal cantidad de pasivos a corto plazo (divisa nacional) que al ser convertidos masivamente en moneda extranjera produjeran su depreciación. Desde un comienzo, el banco central sólo habría prestado divisas nacionales contra activos a corto plazo en divisa nacional o extranjera, de modo que contara en todo momento con las reservas suficientes como para sostener el valor de su divisa en toda circunstancia.

Por consiguiente, ni se producirían depreciaciones monetarias que incrementaran el valor real de las deudas en moneda extranjera ni sería necesario subir los tipos de interés para detener la sangría de capitales nacionales. Con esto, pues, terminarían las supuestas inestabilidades y círculos viciosos que Krugman falsamente atribuye a los sistemas financieros capitalistas… como si el monopolio de la banca central y la imposición de divisas fiduciarias con valores flotantes fuera un fenómeno espontáneo del mercado y no de la planificación centralizada.

Sin embargo, sí es cierto que mientras el capitalismo adulterado que grosso modo defiende el estadounidense siga en pie, inevitablemente se producirá esta sucesión de fenómenos que, en efecto, terminan con una restricción del crédito que los keynesianos denominan erróneamente “crisis de demanda”.

Recordemos que el crédito, esto es, el intercambio de bienes presentes por bienes futuros, es una de las patas esenciales tanto del consumo como de la inversión en nuestras sociedades. Los individuos que quieren consumir y carecen de renta suficiente a día de hoy piden créditos al consumo que suelen ir destinados a adquirir bienes de consumo duradero (como automóviles o inmuebles), comprometiéndose a devolverlos gracias a sus ingresos futuros; asimismo, los empresarios que tienen ideas pero carecen de capital suelen solicitar préstamos empresariales o realizar emisiones de bonos para sufragar la adquisición de bienes de capital o la contratación factores originarios de producción bajo el compromiso de amortizarlos con los flujos de caja futuros que generará el nuevo negocio.

En general, pues, el crédito se encuentra presente en todos los sectores de la economía y, por ello, las expansiones y contracciones del crédito suelen tener efectos tan significativos y devastadores sobre nuestras vidas. Obviamente, si dar crédito supone renunciar a la disponibilidad presente de bienes de consumo o de factores productivos para adquirir una mayor disponibilidad futura, las decisiones económicas basadas en el crédito sólo serán viables en tanto se haya renunciado a esa disponibilidad durante todo el plazo durante el que dure el crédito. En otro caso, los acreedores pretenderán tomar posesión de los bienes futuros antes de que los deudores hayan tenido tiempo de producirlos y requerirán, por consiguiente, de una renovación del plazo para continuar con sus procesos de producción. El problema es que los acreedores no siempre estarán en posición de concederles esa prórroga, ya que precisamente porque no han ahorrado (esto es, no han renunciado a la disponibilidad de bienes presentes), los precios relativos de los factores productivos y de los bienes de consumo se incrementan al alza reduciendo sus márgenes de beneficio, lo que les lleva a exigir el pago de sus deudas.

Así, una vez se manifiestan los problemas financieros en los bancos –su tesorería disminuye peligrosamente y la morosidad repunta–, el crédito comienza a restringirse, agravando todavía más los problemas financieros de los bancos. Todos ellos empiezan a construir sus saldos de caja dejando de renovar los créditos, decisión que tiene una incidencia directa tanto en los productores de bienes de consumo duradero como en los de bienes de capital (sobre todo en los más alejados del consumo), ambos dependientes de que el crédito continúe fluyendo.

Esa es la clave del misterio de las crisis de demanda que tanto confunde a los keynesianos: sectores económicos enteros desaparecen por haber vivido durante años bajo el paraguas de una expansión crediticia insostenible que termina tan pronto como se les exige a los deudores que amorticen sus obligaciones en el plazo en que se comprometieron a hacerlo. La alternativa, claro, sería una especie de ahorro forzoso que impidiera a los acreedores cobrar sus créditos o que llevara al Estado a endeudarse para prestar o subvencionar a los sectores en crisis (trasladando el peso de estos nuevos pasivos al conjunto de la sociedad). Justamente lo que buscan los economistas keynesianos por diversos mecanismos, dejando patente una profunda incomprensión de la teoría económica.

Krugman intenta explicar en el libro en qué consiste una crisis de demanda y lo hace recurriendo a uno de sus modelos preferidos: la cooperativa de canguros (p. 18 y ss).

En este modelo, distintas familias con hijos forman una cooperativa para que cada pareja preste servicios de canguro a otras parejas y a cambio reciba en el futuro servicios de canguro del resto de parejas de la cooperativa. Estos intercambios de horas de vigilancia de los niños se instrumentan a través de vales o cupones que emite la cooperativa a modo de moneda de cambio.

Con este sencillo esquema, Krugman explica tanto las recesiones (por ejemplo, el pinchazo de la burbuja de las puntocom) como las depresiones deflacionarias (Japón). Recesión sería cuando el número de vales en circulación se reduce (por ejemplo, porque alguna pareja acapara muchos vales con el objetivo de tener disponibles servicios de canguro en el futuro), de modo que cada pareja empieza a racionar el uso de los vales para ocasiones especiales (es decir, no salen tanto por las noches para no tener que gastar vales que pueda necesitar más adelante); y si no hay parejas que gasten, el resto de parejas no podrá adquirir nuevos vales, de modo que cada vez la demanda de canguros se restringe más y, por tanto, también la oferta. La solución de Krugman para este caso es simple: imprimir más vales para que se creen más oportunidades de hacer de canguro y la circulación de vales se “reactive”.

Para explicar la depresión deflacionaria hay que perfilar un poco el modelo, añadiendo un mercado de crédito en el que cada pareja puede pedir prestados cupones a la administración de la cooperativa a cambio de devolver en el futuro aun más cupones (el interés de la operación opera aquí como una sanción para penalizar el abuso del endeudamiento).

En este modelo, el problema puede surgir por la fuerte estacionalidad en la demanda de canguros: en invierno ninguna pareja quiere salir de fiesta y no necesita canguros, así que intentará construir reservas de vales para el verano, cuando sí deseará salir de casa. Pero si nadie abandona el hogar durante el invierno, quienes querrían hacerlo no tendrán la oportunidad de, al mismo tiempo que gastan sus vales en invierno, acumular nuevos cupones de cara al verano, con lo cual la tendencia al atesoramiento todavía se vuelve mayor. Ni siquiera aunque la cooperativa ponga los tipos de interés a cero las parejas demandarán vales en invierno, ya que perderían oportunidades de salir en verano. En esta situación la economía habrá caído en la “trampa de la liquidez”.

La solución para Krugman vuelve a ser igualmente simple: hacer que los vales se deprecien, de modo que si no se gastan en invierno ya no sirvan para el verano. Dicho de otra manera, la inflación es la solución para la depresión. Conclusión que haría muy feliz a Silvio Gesell.

La simplicidad de este modelo no impide, sin embargo, que para Krugman resulte muy descriptivo de la realidad. En diferentes ocasiones –por ejemplo, en su artículo Baby-sitting the Economía, publicado en Slate el 14 de agosto de 1998– ha explicado que conocerlo “cambió su vida”, que “puede aprenderse más economía con él que con un año de editoriales del Wall Street Journal” y que “si se lo toma en serio podría salvar el mundo”.

En realidad, el modelo contiene casi todos los defectos del pensamiento keynesiano standard, que no está de más resaltar uno a uno:

  • El consumo genera la renta (inexistencia de capital): Los modelos keynesianos carecen de una buena teoría del capital –algo que el propio Keynes reconoció en su debate con Hayek– ya que suelen representarlo como un fondo homogéneo que se autorreproduce y que carece de estructura alguna (en un símil idéntico al de los economistas de la Escuela de Chicago). Obviamente, esto es irreal, ya que los bienes de consumo no aparecen en el mercado por arte de magia, sino que son producto de toda una estructura de bienes de capital que lejos de amorfa, es muy compleja, heterogénea, específica y bastante indivisible, y lejos de autorreproducirse, sólo puede mantenerse a costa de unos recursos que proceden de una restricción del consumo. Dicho de otra manera, cuando vendo un coche, estoy obteniendo retribución no sólo por el “bien de consumo” coche, sino por todos los factores productivos que han ayudado a producirlo (máquinas, obreros, minas, centrales eléctricas…). El modelo de Krugman, sin embargo, supone una simplificación aun mayor que la del típico modelo keynesiano, ya que el capital en su economía de los canguros ni siquiera existe. Cada vez que una familia consume un servicio de canguro genera automáticamente nueva renta para otras familias. La economía se reduce a un simple trueque de servicios. Pero sin capital ni inversiones no puede haber, por definición, un problema de “malas inversiones” y, por tanto, toda la cuestión del ciclo económico carece de sentido. Dicho de otra manera, Krugman pretende explicar el ciclo económico mediante una organización económica donde no puede haber ciclo económico.
  • Sólo existe una forma de generar riqueza: Dado que en el modelo sólo existe un bien (servicios de canguro), Krugman equipara producir ese bien con generar riqueza; así, dejar de producirlo equivale a recesión y pobreza. Esto es sin duda absurdo, ya que una sociedad donde cada pareja cuidara siempre de sus hijos sería paupérrima y una sociedad donde cada pareja nunca cuidara de sus hijos (sino de los de otra pareja) sería riquísima. En realidad, que en este modelo se presten más o menos servicios de canguros no es un asunto de malas inversiones, sino de variabilidad de las preferencias de los consumidores.
  • No existe el dinero: En puridad los vales de la cooperativa no son dinero, ya que sólo son intercambiables por un bien, a saber, los servicios de canguro. Dicho de otra manera, el tenedor de vales es un consumidor cautivo de los servicios de canguro. Sólo puede elegir si consumirlos antes o después, pero no puede forzar una reconversión de los servicios de los canguros. Por tanto, ni el consumidor es soberano ni, de nuevo, existe un problema de malas inversiones: el oficio de canguro siempre será la especialización óptima en esta economía.
  • No existe incertidumbre asociada a los vales: Pese a que el vale incorpora un derecho de cobro, Krugman asume que no conlleva ningún tipo de incertidumbre, es decir, que cualquier tenedor de un vale puede obtener en cualquier momento y lugar la cantidad de servicios de canguro que desea consumir. Obviamente esto no tiene ningún sentido, ya que tener derecho a un canguro no garantiza poder encontrar siempre a alguien que quiera prestar este servicio; especialmente si la cooperativa imprime vales por unos servicios de canguro que las parejas no han aceptado prestar. Es decir, Krugman sostiene que si se imprimen artificialmente vales, las parejas estarán dispuestas a hacer horas extra y que, por consiguiente, los vales nunca serán impagados, ni siquiera cuando el progresivo incremento inflacionario de horas extra deje a las parejas con menor tiempo disponible para realizar otras actividades. Pero, ¿qué pasaría cuando cada día circulasen por pareja derechos a más de 24 horas de servicios de canguros?
  • El ahorro sólo puede tomar la forma de atesoramiento: En las sociedades modernas, incrementar el ahorro permite aumentar las inversiones y, por tanto, la cantidad de bienes de consumo futuros. Los factores no quedan desempleados por el hecho de ahorrar, sino que son trasladados desde unas industrias (las de consumo) a otras (las de bienes de capital). Dado que en el modelo de Krugman no existen bienes de capital, las familias sólo pueden atesorar sus vales. Y al atesorarlos necesariamente incrementan el desempleo de los factores productivos (es decir, el resto de parejas que quieren ser canguros), los cuales no tienen otro sitio donde ser ocupadas. Si el modelo admitiera la existencia de inversión, quedaría claro que si se reduce el consumo de canguros puede incrementarse la demanda de bienes de capital. Por tanto, la fuerte estacionalidad de la demanda de bienes de consumo –esto es, la preferencia por la liquidez que según Krugman provoca la crisis de Japón– sólo favorecía que durante las épocas de poca demanda, los “recursos ociosos” se invirtieran en industrias destinadas a producir más bienes de consumo para las épocas en que éstos tengan una alta demanda. Pero en este modelo esto no puede ocurrir, ya que se asume que es imposible trasladar renta del presente al futuro mediante la inversión (y el consecuente incremento de nuestras posibilidades de consumo futuro).
  • Los precios son completamente rígidos: A la simplificación anterior de un solo mercado en el que emplear los factores productivos, Krugman añade otra a la que frecuentemente suelen apelar los keynesianos porque, de hecho, probablemente sea el objeto central de estudio de la Teoría General: qué sucede cuando los precios son completamente rígidos y los ajustes económicos tienen lugar en términos de cantidades. El estadounidense supone que las horas de servicios de canguro en invierno (cuando la demanda es muy baja) tienen el mismo valor que las horas de servicios de canguro en verano (cuando la demanda es muy elevada). La respuesta que da Krugman ante este problema es forzar una depreciación monetaria, de modo que los cupones de invierno no sirvan para verano, cuando lo lógico sería permitir que los agentes económicos fijaran precios distintos para las horas de canguro prestadas en invierno que para las prestadas en verano (por ejemplo, una hora de canguro en verano da derecho a cinco horas de canguro en invierno y viceversa). Lo único que propone Krugman es imponer de manera centralizada y coactiva el ajuste de precios que debería haber tenido lugar en el mercado. Si en su modelo tal medida puede tener cierto sentido e incluso dar lugar al resultado esperado es precisamente por todos los absurdos supuestos anteriores: en especial la inexistencia de bienes económicos alternativos a los servicios de canguro. En una economía de mercado son necesarios ajustes de precios relativos y no tanto ajustes de precios absolutos. Una depreciación monetaria como la que propone Krugman (o como la que propondría Milton Friedman vía tipo de cambio) incluso dentro del simplista análisis cuantitativista supone un incremento equiproporcional del nivel de todos los precios, dejando los precios relativos sin variación; y dentro del análisis austriaco más refinado, da lugar a una alteración desigual al alza de precios concretos que ni mucho menos tiene por qué coincidir con el ajuste que necesita la economía. Así, por ejemplo, estimular al alza los precios de los bienes de consumo para reducir los salarios reales frecuentemente termina con salarios reales superiores en términos relativos a los pre-inflacionarios (gracias a las negociaciones sindicales). Y, en todo caso, como decimos, que algunos salarios deban reducirse no significa que todos deban hacerlo ni tampoco que deban hacerlo todos en la misma medida. La única manera adecuada para ajustar precios es eliminar las rigideces artificiales del mercado y esperar a que termine produciéndose, no decretándolo de manera centralizada con una absoluta carencia de información sobre las concretas necesidades de empresarios y consumidores.
  • Los recursos ociosos son simplemente un problema de demanda: El corolario de los puntos anteriores es que el nivel de actividad cae y las parejas se quedan sin prestar servicios de canguro porque la gente ahorra (es decir, atesora en esta simple economía), de modo que basta con incentivar que vuelvan a consumir para que la actividad resurja y los recursos se vuelvan a emplear. De nuevo, dado que no hay capital ni malas inversiones, Krugman no se da cuenta de que en una economía capitalista la mayoría de los factores productivos se emplean de manera conjunta y sinérgica, de modo que la desocupación (el paro) indica la insuficiencia de bienes de capital complementarios para dar empleo a los recursos ociosos a los niveles de precios anteriores; insuficiencia que se debe a la necesidad de reconvertir las malas inversiones previas (que en este modelo, recordemos, no existen), trasladando los bienes de capital y los factores originarios de producción desde unos sectores a otros.
  • El gasto público y la inflación son suficientes: Visto lo anterior –si la actividad y el empleo son el consumo, si el dinero sólo puede emplearse ora en el consumo de un solo bien en dos momentos del tiempo ora en su atesoramiento, si no existe incertidumbre alguna asociada el cumplimiento de las obligaciones, si los precios son completamente rígidos, y si los recursos productivos son perfectamente móviles porque sólo existe un uso posible para los mismos– por supuesto la resolución de las “recesiones” es evidente: basta con forzar el consumo de vales, ya sea imprimiendo mayor cantidad de ellos u obligando a que se desatesoren (con inflación o decretos de gasto obligatorio). El problema es que este modelo no tiene nada que ver con la realidad de una economía capitalista –donde hay bienes de capital y donde el problema es cómo reorientar las malas inversiones previas–, que no en vano es donde se producen los ciclos económicos, por mucho que Krugman parezca no haberse dado cuenta.

Con este deficiente marco teórico en la cabeza, obviamente los análisis históricos que efectúe el premio Nobel en su libro estarán viciados de raíz. Podrán servir parcialmente como una recopilación de datos o como una sucesión de hechos (aunque, desde luego, la selección y disposición de los datos también se ve influida por la teoría previa con la que observa la historia), pero de poco más.

Especialmente si a esa deficiente capacidad de observación histórica le añadimos un profundo sesgo ideológico por el que pretende orientar los datos en una concreta dirección: la de desacreditar el mercado y ensalzar el Estado.

Ya desde el comienzo del libro establece la falsa premisa de que:

Por primera vez desde 1917, vivimos en un mundo en el que los derechos de propiedad y los mercados libres se consideran como principios fundamentales, no como expedientes poco generosos; donde los aspectos desagradables de un sistema de mercado –desigualdad, paro e injusticia– se aceptan como realidades de la vida. Como en la época victoriana, el capitalismo es seguro no sólo por sus éxitos –los cuales, como veremos enseguida, han sido muy reales–, sino porque nadie posee una alternativa plausible. (p. 18)

Tesis estatista que intenta ilustrar a lo largo del todo el libro forzando los ejemplos históricos.

Así, por ejemplo, culpa de las crisis al capitalismo, por ejemplo en el caso de la del sureste asiático:

¿Eran las economías asiáticas más vulnerables al pánico financiero en 1997 de lo que habían sido, digamos, cinco o diez años antes? Sí, es casi seguro; pero no a causa del capitalismo de compadrazgo, o ciertamente de lo que se considerarían por lo general malas políticas gubernamentales. Más bien se habían hecho más vulnerables, en parte, porque habían abierto sus mercados financieros, porque se habían convertido, de hecho, en mejores economías de libres mercado, no en peores. (p. 103).

El propio Krugman parece incapaz de relacionar la crisis del sureste asiático con algunas de las prácticas que él mismo describe y que son poco compatibles con un mercado realmente libre:

En los primeros años noventa, los tipos de interés en los países avanzados fueron excepcionalmente bajos, porque los bancos centrales intentaban ayudar a sus economías a salir de una ligera recesión; muchos inversionistas fueron al extranjero en busca de mayores rendimientos (p. 85); A medida que entraban a raudales más y más préstamos procedentes del extranjero, el resultado era, pues, una enorme expansión del crédito, la cual alimentó una oleada de nuevas inversiones (…) A principios de 1996, las economías del Sureste asiático comenzaban a mostrar un fuerte parecido familiar con la economía burbuja de Japón a finales de los años ochenta (p. 86); En toda la región, las garantías gubernamentales implícitas daban apoyo a inversiones garantizadas que tenían un mayor riesgo y eran menos prometedoras de lo que habrían sido si se hubieran acometido sin aquellas garantías, añadiendo combustible a lo que probablemente de otro modo habría sido un auge especulativo sobrecalentado (p.90).

Todo lo cual no encaja tampoco demasiado bien con su posterior sorpresa de que los bancos que salieron mejor parados de esta orgía crediticia fueron los que más reservas mantuvieron sobre sus depósitos: “Sólo los bancos que habían sido en extremo conservadores, los que habían mantenido en efectivo lo que en tiempos normales (sic) sería una proporción excesivamente grande de sus depósitos, sobrevivieron” (p. 103).

Y como de desacreditar al mercado y ensalzar al Estado se trata, después de culpar al capitalismo de una supuesta inestabilidad que lo conduce a recurrentes pánicos, se dedica a promocionar el intervencionismo estatal.

Primero, en el ámbito de la política monetaria. Así, por ejemplo, niega que Japón deba reconvertir su estructura productiva después de la burbuja inmobiliaria y bursátil que pinchó a principios de los 90 ya que le basta con poner en funcionamiento las imprentas de yenes:

¿Qué hay de todas las malas inversiones realizadas durante el auge? Bien, se despilfarró demasiado capital. Pero no existe ninguna razón evidente para que las malas inversiones llevadas a cabo en el pasado exijan una depresión real en el producto anual. La capacidad puede no haber aumentado tanto como se preveía, pero de hecho no ha disminuido: ¿por qué no imprimir el dinero suficiente para mantener el gasto, de manera que la economía utilice plenamente su capacidad? (p.74).

Disparates como éstos son sin duda inevitables cuando se caracteriza la estructura de capital como una masa meliflua cuya estructura carece de importancia y donde una mala inversión puede convertirse automáticamente en buena sin necesidad de un proceso de ajuste no ya del bien de capital en concreto, sino incluso de todos los complementarios al mismo.

Segundo, en el ámbito de la política fiscal, glorificando los estímulos de demanda como respuesta a la crisis actual: “¿Qué debemos hacer? La respuesta es, casi con total seguridad, recuperar los viejos estímulos keynesianos” (p. 199).

Lástima que la buena teoría y la historia no sean del todo compatibles con las recetas de Krugman, quien a renglón seguido tiene que empezar a excusarse sobre por qué tales políticas no funcionaron en los recientes episodios de crisis:

Estados Unidos ya recurrió a principios de 2008 a los estímulos fiscales (…) Con todo sus frutos fueron, a decir verdad, decepcionantes. En primer lugar el estímulo era escaso (…) En segundo lugar, la mayoría del dinero de aquel primer paquete cobró la forma de devoluciones fiscales que en muchos casos supusieron un ahorro para el contribuyente en lugar de un gasto del ejecutivo (p.199-200); Algunos lectores podrían objetar que ofrecer un estímulo fiscal por medio del gasto en obras públicas es lo mismo que hizo Japón e los años noventa, y así es (…). Sin embargo, hay motivos para creer que estimular la economía por medio del gasto público funcionaría en Estados Unidos mejor de lo que funcionó en Japón, a condición de que se haga cuanto antes (p.200).

Curiosa propuesta aquella que pese a ser muy fácil de vender entre los políticos, debe buscar un rosario de justificaciones para no quedar del todo en evidencia.

Y tercero, Krugman, como no podía ser de otro modo, también defiende la reforma del sistema financiero en la dirección, no de terminar con los privilegios de la banca y de las entidades que descalzan masivamente plazos, sino de incorporarlas al establishment estatal: “Todo aquello que deba ser rescatado durante una crisis financiera porque desempeña un papel esencial en el mecanismo financiero debe esta sujeto a regulación cuando no hay una crisis, para evita así que incurra en riesgos excesivos” (p. 202).

Dicho de otra manera, cualquier quiebra financiera es negativa para la economía, por la que el Estado tiene que actuar como red asistencial para los multimillonarios que al renunciar a cualquier criterio de prudencia y honradez –entre otros motivos porque el Estado los fuerza a que sigan comprando alocadamente su deuda pública echando mano de sus pasivos a corto plazo– generan un ciclo económico que padece toda la población. Más o menos lo que el gran inversor Jim Rogers denominó “socialismo para ricos”.

El problema es que Krugman se olvida con facilidad de que ya propuso un paquete intervencionista de este calibre hace unos años para salir de la crisis de las puntocom, y que al ser aplicado por Alan Greenspan dio lugar a los nefastos resultados que ahora padecemos. Decía Krugman en un artículo en el New York Times el 2 de agosto de 2002: “Para combatir esta recesión, la Fed necesita contestar con mayor brusquedad; hace falta incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo, Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq”.

El resultado está a la vista: ni la dirección pública vía supervisión o regulación garantiza el fin de las crisis ni el estímulo de la demanda consigue una auténtica recuperación económica. Como apuntaba Arnold Kling, Krugman debería considerar que podría resultar preferible una recesión sin distorsiones que una recuperación distorsionada.

Sin embargo, para ello Krugman debería replantearse previamente todo el modelo teórico con el que pretende analizar los hechos económicos: ni el capitalismo no adulterado es inherentemente inestable ni las crisis económicas se derivan de una insuficiencia de demanda. Es la creencia en estas dos proporciones centrales del keynesianismo –refutadas desde hace décadas por la escuela austriaca– lo que nos ha arrastrado a la situación de insoportable intervencionismo monetario y fiscal que a su vez ha dado paso a la crisis actual.

No necesitamos ni más regulación –léase privilegios– para la banca ni más dirigismo del monopolio monetario del banco central, sino mayor libertad monetaria y bancaria; no necesitamos más gasto y más deuda, sino más ahorro derivado de un adelgazamiento de una hipertrofiada administración pública; no necesitamos más teorías económicas sin fundamento y construidas para justificar el aumento del poder del Estado, sino ciencia económica solvente capaz de describir y comprender los complejos procesos que tienen lugar en una sociedad capitalista. Justo lo que Paul Krugman no nos ofrece en su libro.

PAUL KRUGMAN: EL RETORNO DE LA ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN Y LA CRISIS ACTUAL. EDITORIAL CRÍTICA 2009, 215 páginas.

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