¡Viva la especulación!

La especulación se asocia tradicionalmente con subidas de precios y con desabastecimientos. Al parecer, los especuladores sólo entran en escena para acaparar las disponibilidades de algún bien, limitar su oferta, encarecer su precio y lucrarse con el padecimiento ajeno. Difícil, pues, congraciarse con un oficio que, según relato popular, tiene por cometido hacer sufrir a las masas para concentrar la riqueza en cada vez menores manos.

La realidad, como suele acontecer, es bastante distinta a la que narran los prejuicios liberticidas. Primero por el hecho nada desdeñable de que, en cierto modo, todos y cada uno de los seres humanos, desde el más ilustre de los indignados al más despreciable de los Rockefeller, seamos especuladores: especular viene del latín speculari, es decir, observar la situación desde lo alto. Todos, en nuestro mundano día a día, cuando decidimos comprar un kilo de manzanas, adquirir un vehículo, invertir en un paquete accionarial o prestarle dinero a algún Gobierno manirroto, y también cuando decidimos no hacerlo, estamos tomando decisiones de manera especulativa y contribuimos a la determinación de los precios de mercado. Al hacerlo, todos vislumbramos con mayor o menor claridad un escenario futuro en función del cual tomamos nuestras decisiones (las manzanas no me ocasionarán dolor de estómago y no podré encontrarlas más baratas en otro sitio cercanos; el vehículo no se estropeará a corto plazo ni aparecerá en el futuro cercano otro modelo mucho mejor y a un precio más asequible; las acciones se revalorizarán o no caerán sensiblemente; y el Gobierno manirroto honrará sus compromisos y no impagará sus deudas) y, por consiguiente, especulamos.

Sin embargo, no pretendo convalidar la actividad especuladora simplemente jugando con las palabras. Analicemos más en detalle a qué se dedican los especuladores profesionales, aquellos que por su visibilidad y especialización reciben toda la inquina social. ¿Cuáles son las funciones fundamentales que desarrolla el especulador profesional? Básicamente las reduciría a dos que tienen el idéntico propósito de coordinar a los agentes económicos. Por un lado, los especuladores redistribuyen los bienes o activos interespacial e intertemporalmente. Por otro, facilitan los intercambios y la acumulación de bienes y activos, dotándoles de un mayor volumen de negociación e incluso de precio.

Empecemos por la primera de estas funciones. Los especuladores intentan comprar los bienes o activos cuando o donde están baratos para venderlos cuando o donde estén caros. Gracias a ello, los bienes se encarecen en aquellos lugares o momentos en los que son relativamente más sobreabundantes para abaratarlos en aquellos lugares o momentos en los que son relativamente más escasos. Sin la especulación, las diferencias de precios entre dos puntos geográficos o temporales distintos serían mucho más abruptas.

Por ejemplo, supongamos que este año en Australia se producen unas brutales malas cosechas de trigo, mientras que en Estados Unidos tienen lugar unas cosechas excelentes de este cereal. Sin especulación –en su modalidad particular de arbitraje–, los precios del trigo en Estados Unidos se derrumbarían, hasta el punto de destinarlo para actividades muy poco valiosas (alimentar a los cerdos, por ejemplo), mientras que en Australia la gente se moriría de hambre. Sin embargo, gracias al especulador, quien comprará barato en Estados Unidos para revender caro en Australia, el precio del trigo tenderá a igualarse internacionalmente y a destinarse a sus usos más urgentes (que no serán alimentar a los porcinos yanquis, sino a los ciudadanos australianos).

Lo mismo sucede con la distribución intertemporal de los bienes, si bien en este caso, dado que el nivel de abstracción es mucho mayor, los efectos de la especulación suelen ser bastante peor comprendidos. El especulador compra hoy, cuando un bien o activo está barato por ser sobreabundante, con el propósito de vender mañana, cuando ese mismo bien será bastante más escaso y por tanto más caro; gracias a ello, encarece el bien o activo en el presente y lo abarata en el futuro. Sigamos con el ejemplo del trigo: imaginemos que este año ha habido una cosecha muy cuantiosa en Estados Unidos y que el especulador, gracias a su profundo conocimiento del campo, del clima o de la demografía (o simplemente por azar), sabe o intuye que en el futuro serán más escaso que hoy. Por ello, comprará trigo hoy –elevando su precio y volviéndolo más escaso–, lo almacenará y lo venderá mañana cuando sea más escaso (abaratando su precio). Y quien habla del abastecimiento de trigo a un año, puede hablar de vivienda a una década vista o de petróleo a medio siglo vista. Merced a ello, las fluctuaciones de precios (y de las disponibilidad de bienes) a lo largo del tiempo se reducen muy sensiblemente, evitando saltos abruptos.

De hecho, el especulador que esté muy seguro de sus previsiones podrá potenciar su actividad de estabilización de precios pidiendo prestado dinero. Yo puedo saber que los precios subirán en el futuro, pero si carezco de dinero no podré comprar bienes hoy para venderlos mañana. En cambio, cuanto más crédito me proporcionen, más bienes presentes podré controlar y, por tanto, más huella dejarán mis pronósticos sobre el futuro en el presente.

Llegados aquí conviene matizar que la distribución de los bienes que efectúan los especuladores no tiene por qué basarse únicamente en la estrategia más común de comprar barato para, después, vender caro. También puede operar en el orden inverso: el especulador puede empezar vendiendo caro para, después, comprar barato. Imaginemos que el propietario de un inmueble espera que, en el futuro, se reduzca su precio. La manera de estabilizar intertemporalmente su oferta y su precio sería enajenarlo hoy (contribuyendo a reducir su precio) recomprarlo más asequible en el futuro (contribuyendo a incrementarlo).

Y al igual que el especulador podía pedir prestado dinero para comprar mercancías o activos hoy y revenderlos mañana, también puede pedir prestados los propios bienes o activos para venderlos hoy y recomprarlos mañana (saldando el préstamo mediante la entrega física de esos bienes o activos). A esta operación se la suele denominar venta corta. Asimismo, puede darse el caso, un tanto más radical, de que el especulador venda a plazo bienes que ni posee ni ha pedido prestados; en tal supuesto, lo que realmente enajena el especulador es el compromiso de entregar en un momento determinado ese bien o activo; a esta operación se la conoce como venta al descubierto.

Junto con la distribución espacial y temporal de los bienes, hay que mencionar otra función de la especulación al menos tan fundamental como la anterior: facilitar el intercambio y la acumulación de bienes y activos dotándolos de un mayor volumen de negociación e incluso de precio.

Sin especuladores, una persona sólo podría vender un bien o un activo si encontrara justo en ese momento a otra persona que deseara comprar ese mismo bien o activo a un precio y en unas condiciones que beneficiaran a ambos. Así pues, si yo quisiera desprenderme ahora mismo de 5.721 acciones del Banco Santander, debería encontrar a una persona o grupo de personas que también ahora mismo quisieran adquirir al menos 5.721 acciones. Análogamente, si produzco cien mil kilos de naranjas, una vez cosechadas, debería encontrar rápidamente a un número suficiente de consumidores finales que quisieran adquirirlas.

Es evidente que en un mundo así, los intercambios serían notablemente menores a los actuales (es costoso encontrar siempre a la contraparte necesaria en el momento deseado) y, por tanto, la tendencia a acumular grandes cantidades de bienes o de activos de los que nos querremos desprender en el futuro también sería menor. En otras palabras, las menores posibilidades de intercambiar bienes y servicios se traducirían en un menor incentivo a invertir en empresas que los produjeran en gran escala (adiós, pues, a las economías de escala) y, asimismo, la mayor dificultad para desprenderte de acciones o de bonos a buen precio (por la falta de contrapartes) también implicaría un menor incentivo a ahorrar e inmovilizar tu capital en esos instrumentos (de modo que los mercados de capitales se atrofiarían, encareciendo la financiación empresarial).

Afortunadamente, empero, los especuladores también actúan como intermediarios para conectar a los dispersos compradores y vendedores finales. Son ellos quienes sirven como contraparte para comprar o vender cuando pocos más quieren hacerlo. Además, en los casos extremos en los que nadie másquiera comprar o vender, los especuladores serán los únicos agentes de mercado que se atrevan a tasar (dar precio) ese bien económico o activo, tanto para que otros puedan comprarlo (asked price o precio pedido) como para que puedan venderlo (bid price o precio ofrecido). En pocas palabras, los especuladores, conscientes de que las órdenes de compra y de venta están distribuidas irregularmente en el tiempo y el espacio, acumulan inventarios de un bien o activo cuando todos quieren vender y liberan su inventario cuando todos quieren comprar. La fuente de su beneficio procede, en este caso, de que –como cuando vamos al banco a obtener divisas– compran el bien o activo más barato de lo que después lo venden.

Gracias a la función de la creación de mercado, por consiguiente, los especuladores orientan la valoración de los bienes o activos (en momentos en que nadie más quiere intercambiarlos) y, sobre todo, les proporcionan un volumen de negociación lo suficientemente amplio como para que otras personas, al saber que casi en cualquier momento podrán desprenderse de ellos a buenos precios, ahorren e inviertan en su producción.

En definitiva, los especuladores facilitan enormemente la coordinación de los agentes económicos llevando, por un lado, los bienes o activos al lugar o momento más valorado y facilitando, por otro, las operaciones de intercambio y acumulación de estos últimos. Por supuesto, ese santo patrón del capitalismo que es el especulador puede equivocarse y, en lugar de estabilizar los precios, puede desestabilizarlos todavía más (comprando cuando él cree que está barato y teniendo que vender luego todavía más barato o vendiendo cuanto cree que está caro para recomprar luego todavía más caro), en especial si realiza sus operaciones vía crédito. Pero no parece muy consistente poner en duda la actividad especuladora por el hecho de que pueda resultar falible; todo en la vida lo es y no por eso sometemos a severísimas críticas las relaciones en pareja, las inversiones productivas o el auxilio caritativo del prójimo. Más que nada porque el especulador se enriquece cuando acierta, pero se hunde en la miseria cuando fracasa (en ausencia de rescates estatales): comprar caro para vender barato o vender barato para recomprar caro no parecen los negocios más lucrativos que uno pueda imaginar, en especial si para llevarlos a cabo te has endeudado. Otra cosa distinta, y más habitual, es que laceremos a los especuladores cuando aciertan y porque aciertan; nadie dijo que la verdad fuera un plato sencillo de digerir. Pero, desde luego, si lo que nos molesta son los errores de la actividad empresarial, inherentes sea cual sea ésta, lo que deberíamos hacer es sacar a hombros a los especuladores exitosos y reprimir a los fracasos. Sin embargo, creo que con el mecanismo de mercado es suficiente: que se forren cuando acierten y se arruinen cuando fallen. Ese sistema de premios y castigos, sin distorsiones estatales, se me antoja ya más que suficiente.

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12 comments

  1. Muy buen artículo. Me gusta esta serie, porque explica conceptos básicos de economía que ahora me parecen triviales, pero que sólo he aprendido después de leer Libertad Digital durante años. Sin quitarles méritos a otros excelentes autores colegas suyos, ojalá le hubiéramos visto a usted por aquí más a menudo hace muchos años. Siga con la serie y continúe enseñándonos. Que lástima que artículos así no aparezcan en medios más multitudinarios, para corregir ciertas ideologías bienintencionadas pero erróneas.

    Quería compartir algunas reflexiones “en voz alta”, un poco en la línea de su último párrafo y de lo ya mencionado por “Amagi24” en los comentarios del artículo. Hay errores de mercado. Eso es indudable. Hablemos del famoso caso de los tulipanes holandeses. En principio, un bien sin utilidad real se encarece, porque se convierte en “moda” el comprarlo, y por lo tanto ese bien, aunque inútil, sube de precio. Esto motiva que algunas personas, que no necesitan comprar tulipanes, sin embargo los compran por simple afán especulativo, con la esperanza de venderlos aún más caros más adelante. Con lo cual, los tulipanes se encarecen aún más.

    Y el proceso continúa, porque estos especuladores (personas “corrientes”, en este caso) tienen muy buenas expectativas. El comportamiento en sí de los holandeses se convirtió en una solemne estupidez “colectiva”, pero cada individuo no era necesariamente tonto, sino que actuaba con sentido común según unas expectativas basadas en el continuo aumento de precios.

    Tengo entendido (no sé si será una exageración) que algunos holandeses llegaron a comprar tulipanes a cambio de su casa, porque esperaban venderlos a la semana siguiente por mucho más dinero y hacerse ricos.

    Se podrá objetar que algunos holandeses se arruinaron, que no supieron especular, que sobrevaloraron las flores sin tener experiencia profesional en el comercio, que la culpa de lo que les ocurrió a los especuladores es de los propios especuladores, que la gente es libre de comprar y vender lo que le plazca al precio que quiera, que allá cada cual con sus decisiones según su conocimiento o ignorancia del mercado, etc, pero en ningún momento se puede decir que hubiera un fallo o negligencia de ningún individuo concreto, sino un auténtico fallo de mercado en toda regla: el mercado no servía para juntar ofertas y necesidades reales, sino que se alimentaba de especulación pura, especulación por especulación sin ningún beneficio real salvo el meramente estético de un ramo de flores, y desviando recursos de otros bienes más básicos y necesarios.

    Cualquiera cambiaría una casa por una hoja de papel, si los precios del papel se duplicaran cada minuto, con independencia de si hay un buen motivo o no por el que los precios se dupliquen. Es una forma de hablar, claro: yo mismo no me veo tomando riesgos especulativos de esta índole, y en realidad a un buen especulador profesional sí que le importarían los motivos por los que el precio del papel subiesen, porque si no hubiera motivo, entonces seria mejor no especular ante un inminente riesgo de caída (como ocurrió con los tulipanes).

    Una vez más, ante burbujas tan evidentes (desde fuera parecen evidentes, aunque habría que vivirlas y ver cómo actuaría cada uno), la culpa es del especulador, sea o no una persona “corriente”, y allá cada cual con sus riesgos, si hablamos de bienes relativamente superfluos como papel o tulipanes.

    En definitiva, los errores de mercado carecen de importancia directa para quien no especula, siempre que hablemos de papel o tulipanes. Puede haber cierta influencia (al menos temporalmente) si se arruinan personas ricas que deben cerrar sus empresas productivas, por ejemplo, debido al momentáneo aumento del paro o al encarecimiento de los productos que fabricaban esas empresas. Aparte de esto (que no es poco), no habría más influencia en el resto de la sociedad.

    Según esto, sólo los especuladores serían víctimas de los especuladores mismos, y no deberían resultar antipáticos, sino más bien lo contrario, porque (errores y burbujas aparte) los especuladores cumplen un papel importante, como usted explica en su artículo. Tampoco habría por qué legislar contra las burbujas especulativas en el caso de tulipanes, porque nadie (salvo los propios especuladores involucrados) tiene por qué salir perjudicado. Si algunos empresarios se arruinan por especular con tulipanes, sus empresas serán tomadas por otros, toda vez que cualquier limitación sistemática por ley de la libertad del empresario especulador (por ejemplo, para que no destruya su empresa productiva a cambio de innecesarios tulipanes) sería finalmente contraproducente para el libre comercio y la generación de riqueza.

    Pero mucho más grave es cuando la burbuja se produce con pisos u otros bienes imprescindibles (trigo, comida, etc). Si en Estados Unidos los precios del trigo bajan, al principio los especuladores “suavizan” el precio porque comprarán trigo. Si se produce un aumento continuado del precio y una cierta ”moda”, puede que más y más gente compre trigo, que éste llegue a valer su peso en oro, y que cada vez más gente compre debido a las excelentes expectativas, y no por necesidad real. En el ejemplo de su artículo, los australianos, y muchos estadounidenses, finalmente morirían de hambre. En esa línea apunta algo que ha mencionado “Amagi24” con un ejemplo concreto, no tan dramático pero real, respecto al aumento de precios de los alimentos.

    Igualmente, no hubo labor “suavizante” por parte de los especuladores, para aumentar mínimos y disminuir máximos en los precios de los pisos a mediados de la última década en España. Lo que hubo fue una realimentación (como con los tulipanes), comprando ahora muy caro, para vender más adelante mucho más caro todavía. Y, como no hablamos de tulipanes sino de un bien necesario realmente como son los pisos, esto llevó a odiar a los especuladores, y con razón.

    Se podrá objetar que en realidad no hay tales especuladores en el caso concreto de la vivienda, o mejor dicho, que los había pero no profesionales (porque eran las propias familias y personas que hoy se quejan, las que provocaron la burbuja “de moda”), que es irónico que la gente se queje hoy porque ayer el banco les dio lo que quiso (certera critica de Savater), que la culpa de lo que le ha ocurrido a los especuladores es de los propios especuladores (principalmente familias, me temo, en este caso), que se puede vivir de alquiler y no había necesidad de comprar, que es arriesgado e irresponsable tener contrato temporal y pretender renunciar durante 40 años al 60 % de tu salario, que los bancos pusieron su grano de arena prestando sin criterio, que la causa última de la crisis viene del festín crediticio impulsado por los bancos centrales (públicos)…

    Pero no menos cierto es que hubo especulación por especulación, y que hablando de pisos y no de tulipanes puedo comprender el odio de la gente, aunque éste sea un odio cínico, así como un tanto difuso y mal orientado contra toda forma de capitalismo o riqueza. Sobre este odio mal enfocado, por cierto, me viene a la mente otro artículo suyo, en el que decía algo así como que (cito de memoria) gran culpa del odio a lo liberal es de los liberales, por no atreverse a compartir sus ideas políticamente incorrectas, y por no explicarse adecuadamente (como usted sí ha hecho en su artículo).

    Quizás (sólo quizás) no es posible prescindir completamente de algún árbitro (público, probablemente) que evitara burbujas con bienes necesarios. Aunque, como bien diría un liberal, faltaría definir con qué criterio se decide si hay una burbuja injustificada, o si los precios altos están justificados.

    Es decir, planteo la duda, pero no conozco la solución, y en realidad, quizás pretender una solución sea sobrevalorar al ser humano y sus capacidades en general, y a nuestra sociedad contemporánea en particular (en cierto modo, también es una manera de sobrevalorar nuestras capacidades económicas como sociedad, el pretender dar o prestar, gratis o a precio artificialmente bajo, un piso a cada español). Hemos vencido la hostilidad de la naturaleza en muchos aspectos, pero seguiremos limitados a nuestras fuerzas y nuestros recursos para siempre, salvo que nos convirtamos en dioses o fabriquemos robots. Arbitrar y limitar supuestas burbujas equivale a ignorar nuestra propia realidad como limitados seres humanos: a pretender que el trigo valga poco aunque sea escaso o nadie lo recoja, a regalar pisos que nadie se molesta en construir o en pagar, etc. Un error similar han cometido gobiernos comunistas por todo el mundo, fijando precios “justos” e ignorando la ley de oferta y demanda, como si los humanos fueran dioses no sometidos a las limitaciones de los recursos, con los resultados de sobra conocidos: largas colas para comprar productos como el pan, y escasez en general ante la falta de motivación para montar empresas y fijar precios en libertad.

    Sé que fijar precios o arbitrar contra las burbujas es casi lo mismo. No por ello abandono a gusto la idea de algún arbitraje o protección. No dejo de pensar en qué ocurriría si todos los precios subieran artificialmente, por ejemplo, si la carne multiplicara su precio por mil y el pan por un millón, si lo mismo ocurriera con todos los alimentos; si además, aun queriendo escapar de la pesadilla volviéndome autosuficiente, yo no pudiera comprar una huerta o granja porque la tierra fuera demasiado cara, etc. La situación hipotética descrita es improbable, y en realidad, desde un punto de vista económico y de generación de riqueza, sería equivalente a si todo el mundo decidiera de repente dejar de trabajar, de cultivar, de ordeñar, y dejarse morir de hambre, porque el panadero pretende vender una barra de pan por mil litros de leche, pero el granjero quiere una tonelada de pan por cada litro de leche, y ambos mueren de inanición por no llegar a un acuerdo. Estúpido, lo sé, pero no muy distinto es pretender dar un piso gratis o barato a cada español, o dejar de fabricar pan por cultivar tulipanes. En realidad, todo lo mencionado ya contesta a mi duda sobre un hipotético arbitraje contra burbujas: cuando la gente tiene un comportamiento “colectivo” estúpido, poco o nada puede hacer el arbitraje o coacción estatal, en cualquier caso.

    Creo que ya he escrito suficiente, así que termino agradeciéndole una vez más su artículo y rogándole que siga compartiendo usted (y sus colegas de Libertad Digital y Libre Mercado) sus conocimientos con nosotros los profanos. Un saludo.

  2. El mercado también existe cuando hay escasez de bienes básicos, sin embargo se prohíbe la especulación. Cuando dice usted que “Los especuladores intentan comprar los bienes o activos cuando o donde están baratos para venderlos cuando o donde estén caros” habría que matizar en relación a qué están caros o baratos, porque estarán baratos en el presente si calculamos –y los acumulamos– para que luego estén más caros. Deja usted al margen la realidad social cuando esta es de una penuria inmensa, incapaz de acceder a los bienes básicos. Por eso se prohíbe especular con alimentos en tiempos de hambre. Ninguno daría por bueno que viéndonos abandonados en mitad del desierto, uno de nosotros, o un grupo, se hiciera con toda el agua de la expedición y la sacara a subasta litro a litro. Por tanto, para admitir la especulación como buena hace falta previamente un mercado de bienes básicos bien abastecido, de ahí que nos parezca intolerable lo hecho con la vivienda en España, donde la oferta de suelo salió al mercado con cuentagotas al paso que se expandía la demanda vía crédito.

    Y hay también un matiz básico, que es el porcentaje de capital que se juega en bolsa en relación al capital del trabajo. No sé cuál es el porcentaje, pero me temo que es mayor el primero. Y dentro de este no son accionistas individuales quienes juegan en bolsa, sino los fondos de inversión, especialmente los fondos de pensiones, que acaparan la mayor parte del negocio bursátil, con lo cual establecemos un mercado que con frecuencia sigue su propia dinámica al margen del mercado de bienes y servicios en el que aparentemente se basa, o se ha de basar, puesto que esa oferta y demanda bursátil se somete exclusivamente al juego especulativo, con frecuencia ajeno al resto de la actividad económica. Así hemos vivido especialmente los últimos quince o veinte años, de ahí que Sarkozy hablase de controlar la especulación en materias primas, ahora que muchas de ellas, y no solo el petróleo, apuntan a un cénit en la extracción que no está lejano (cobre, oro, aluminio, incluso se habla del hierro antes de treinta años).

    No tiene fácil solución, si es que tiene alguna, porque en tiempos de incertidumbre los ahorristas invierten en bienes tangibles escasos, así que si se les prohíbe acumular esos bienes, uno que no se sabrá cual es el precio real de las materias primas, y dos que los ahorristas no tendrán fácil capitalizar sus ahorros.

    En resumen: que la especulación no está bien ni mal, simplemente es, como el anticiclón de las Azores, y difícilmente se puede atajar sin producir mayores daños al capital de los que ella misma provoca. No sé. Yo es que pienso ya en una inevitable destrucción de capital, pero lo que no sé es cómo se va a producir, si bien será vía inflación o concentrándolo en metales preciosos y por tanto restringiendo el acceso al dinero a grandes capas de la población, también la solución tradiconal: la guerra, aunque la capacidad destructiva es tan enorme que habrá que diluirla en una desestabilización continua y controlada regionalmente: lo hemos visto en Próximo Oriente, Magreb, y me temo que lo del 15-m no anda lejos de eso. Lo miremos como lo miremos, todo apunta a que el mundo desarrollado (en el que solo están Europa Occidental, Norteamérica y Japón) inicia un declive o, en el mejor de los casos, un estancamiento del que no se ve la salida.

    Saludos

  3. Estoy de acuerdo con lo que dice pero no con lo que omite, usted en su artículo sólo habla de la especulación sana pero usted conoce mejor que muchos de sus lectores muchísimos casos donde la especulación se convierte en un agente distorsionador del mercado, el ejemplo de los tulipanes es excelente pero quién falla en este caso, los inversores que se dejan llevar por la codicia o es el sistema que permite absurdos de este tipo o ambas cosas a la vez, otro caso claro es la burbuja inmobiliaria española
    donde absolutamente todo ha fallado, desde el que compra a precios desorbitados hasta el que se hipoteca para construir, el banco evidentemente tambien falló y el regulador más de lo mismo y digo yo no será que todos especulamos con un bien de primera necesidad y mire como estamos.
    Sus artículos son muy didácticos y la verdad se le sacan mucho provecho profesor Rallo, tal vez el enfoque de sus estos sea lo que no termina de convencerme, de todas formas creo que hace una labor divulgativa necesaria para los que buscamos información ya que de los políticos sean del color que sean la verdad se saca muy poco.
    Un saludo.

  4. Como es osible que el BCE siga monetizando deuda Griega, Irlandesa, portuguesa, Italiana y Espanola que sepamos, y no se produzca un efecto de hyperinflaccion????? alguien me lo podria explicar.

  5. Es dificil ser mas tramposos y mas zafio.

    Lo que los especuladores hacen es encarecer artificialmente el precio de algo para maximizar su beneficio, forzando debilidads de las personas o del mercado. Es simple de entender, los ejemplos abundan, y retrata perfectamente la capacidad intelectual de alguien el que sea incapaz de verlo y escriba coartadas tan indecentes, falsas y ridiculas como esta.

    Los especuladores pueden, por ejemplo, empujar la deuda española hasta que tiene un diferencial semejante al de Iraq, pais en guerra con grave riesgo de impago, solo para aprovecharse de que las autoridades monetarias europeas se veran obligadas a pagar para salvar la situacion. Los especuladores manejan mucho mas dinero que cualquiera de los paises soberanos.

    Toda actividad economica tiene entradas y salidas. Lo que se llevan los espaculadores – unos pocos bancos y fondos de inversion- es los ahorros d ela gente, las pensiones de jubilacion, las infrestructuras, la asistencia medica, los puestos de trabajo de la gente normal.

    Lo que los especuladores yanquis han conseguido desde 2008 es que mas de 4.000.000 de americanos se queden sin pensión de jubilación y tengan que segir trabajando. Celebrarlo y justificarlo es de miserables.

  6. El problema que usted no considera es cuando son los propios movimientos de los traders los que hacen variar el precio. Si yo soy dueño de una fracción no despreciable de las acciones de una determinada empresa y las lanzo todas a la venta de repente, el precio caerá. Eso, como es lógico, no me conviene. Pero imaginemos que no soy dueño de dichas acciones, sino que las pido prestadas (operación naked) durante unos días. Las lanzo al mercado a un precio alto. El precio cae, las vuelvo a comprar y se las devuelvo al propietario original con una sustanciosa ganancia. ¿En qué he mejorado la distribución de recursos en el sistema? Eso es la verdadera especulación. Y, por favor, no me vaya a decir que esas operaciones no están a la orden del día, no me resulte ingenuo…

  7. Lo considero aquí: http://juanramonrallo.com/12/08/2011/%C2%BFespeculacion-buena-especulacion-mala/

    Usted se equivoca en una cosa: el especulador vende los compromisos de entregar acciones. Imagine que yo tengo el 100% de una empresa y el especulador vende acciones que no posee. Al cabo de una semana, cuando deba entregar esas acciones, no podrá comprarlas en ningún lado, lo que disparará enormemente los precios. Es lo que sucedió en 1998 con Volkswagen. A quien perjudican los bajistas no es a los propietarios de acciones a largo plazo, sino en todo caso a quienes quieren especular a corto plazo al alza con su precio (tomando prestado un dinero que no tienen, esto es, actuando como los bajistas pero al revés). ¿Y por qué es preferible que los precios suban a que bajen? ¿Acaso no nos habrían venido bien muchos más especuladores bajistas en la reciente burbuja inmobiliaria? (Vender viviendas sobre plano, por cierto, es un tipo de especulación bajista).