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La refutación de la teoría cuantitativa

Publicado el 26 enero 2012 por Juan Ramón Rallo

El siguiente artículo fue publicado en la revista Procesos de Mercado, vol. 8, nº2, otoño 2011.

En las primeras páginas de su The Theory of Prices, Arthur Marget insiste en que los economistas tienden a confundir la ecuación cuantitativa –M*V=P*Q– con la teoría cuantitativa del dinero (Marget 1938, 9-39). Si bien, como asimismo sostiene Benjamin Anderson (Anderson 1917, 161), la ecuación cuantitativa es en realidad una identidad contable irrefutable que tan sólo pone de manifiesto que el conjunto de los pagos realizados en una economía –M*V– es igual al conjunto de los cobros –P*Q–, la teoría cuantitativa asume la existencia de unas relaciones concretas entre las cuatro variables de la ecuación cuantitativa.

Aunque, como sucede con la teoría del capital, existen casi tantas teorías cuantitativas como economistas, Joseph Schumpeter, en su monumental Historia del análisis económico, tasaba en cuatro las proposiciones básicas que se encuentran presentes en cualquier teoría cuantitativa: a) la oferta monetaria (M) es una variable independiente de los precios (P) y del volumen de transacciones (Q); b) la velocidad del dinero (V) está determinada por factores institucionales y, o bien no varía, o bien varía muy lentamente; c) la cantidad de transacciones (Q) no depende de la oferta monetaria (M); y d) los cambios en la oferta monetaria (en M), a menos que vayan casualmente de la mano de cambios en la cantidad de transacciones (en Q), provocan variaciones mecanicistas en todos los precios de la economía, con independencia de cómo se haya producido esa variación en la oferta monetaria (Schumpeter 1954, 703).

En efecto, si algo pretende probar la teoría cuantitativa es que, invariadas las restantes circunstancias, un incremento de M provocará un aumento proporcional de P, y para ello resulta necesario asumir que M es independiente de V y de Q (y V y Q de M) y que el aumento de P es una consecuencia de M y no al revés.

Pese a la popularidad lograda por la teoría cuantitativa, las cuatro hipótesis de partida son falsas. No quiero con ello negar que, en general, los aumentos de M no se traduzcan en ciertos incrementos de P –como decía Hayek, “desde un punto de vista práctico, pocas cosas podrían ser más graves que que el público dejara de creer en las proposiciones básicas de la teoría cuantitativa” (Hayek 1967, 3-4)–, pero en aras del rigor teórico es inadmisible que aceptemos a pies juntillas unos razonamientos muy de brocha gorda que nos ocultan las auténticas interrelaciones entre el dinero, el crédito y los bienes económicos. Por ello, en este artículo me centraré en analizar y refutar cada una de las cuatro hipótesis básicas de la teoría cuantitativa.

La oferta monetaria es una variable independiente de los precios

La primera de ellas es que M es una variable independiente de P y de Q; en otras palabras, la oferta monetaria es reputada como una variable exógena al sistema que no reacciona ni ante las variaciones del conjunto de precios ni del conjunto de transacciones económicas.

Tal como sucederá con respecto al resto de variables, en este caso hay un claro problema inicial de indeterminación: ¿qué entendemos por M, esto es, por la oferta monetaria? En términos estrictos, podríamos entender por oferta monetaria la cantidad de dinero en una sociedad, a saber, el conjunto de los bienes presentes con una elevada liquidez (por ejemplo, el oro, la plata…), lo que la economía neoclásica llamaría la base monetaria o M0; esto excluye de la oferta monetaria a los derechos de cobro, que no son dinero sino derechos a recibir dinero (por ejemplo, los depósitos bancarios). Con estos parámetros, la hipótesis de la teoría cuantitativa sería sólo levemente incorrecta: la cantidad de bienes presentes líquidos nos vendría dada y sería bastante independiente de P y Q. Sólo deberíamos adaptar la hipótesis para contemplar que la reducción de P (de los precios de la economía) supone un incremento del poder adquisitivo de M, lo que por lo general se traducirá en un incentivo a incrementar la oferta de dinero (si el poder adquisitivo del oro aumenta, la producción minera de oro también subirá).

El problema es que si sólo incluimos la cantidad de dinero en M, el resto de corolarios de la teoría cuantitativa se caen por su propio peso. Al cabo, es evidente que sobre los precios –al menos a corto y medio plazo– no sólo influye la cantidad de dinero, sino también la cantidad (y calidad) de promesas a entregar dinero. Por consiguiente, hemos de flexibilizar lo suficiente M como para incluir todas aquellas promesas que se empleen como medios de pago. Pero en ese caso, la hipótesis de que M es independiente de P y Q deja de ser cierta.

En efecto, uno de los factores que determina el volumen de las promesas de pago de una economía es la cantidad y el precio de los bienes que pueden emplearse como colateral de esas promesas de pago. Tomemos el caso de una letra de cambio: un incremento en la cantidad o en el precio de los bienes de consumo altamente demandados permite girar nuevas letras de cambio, aumentando de ese modo la cantidad de promesas de pago y la “oferta monetaria” (M) en sentido lato. Análogamente, un incremento de la cantidad y del precio de los inmuebles permite a los bancos dispuestos a degradar su liquidez concediendo hipotecas más cuantiosas, las cuales se traducen en una mayor cantidad de depósitos a la vista para los hipotecados y, por consiguiente, en un incremento de M.

En definitiva, la teoría cuantitativa ignora que la “oferta monetaria” es un resultado endógeno del proceso económico y no un dato exógeno que nos viene dado. Su obsesión teórica es unidireccional –M empuja al alza a P–, olvidándose de los efectos boomerang que existen –P empuja al alza a M–.

Una teoría cuantitativa más realista, blindada contra estos errores de fondo, debería considerar que M se divide en dos partes: el dinero y las promesas de entregar dinero (en ciertas formulaciones de la teoría cuantitativa sí aparecen diferenciadas, nosotros las llamaremos M’ y M’’ respectivamente). A su vez, debería tener en cuenta que el dinero (M’) es en realidad un subconjunto variable de Q (aquella porción de los bienes presentes que sean además líquidos), determinado por los procesos de monetización y desmonetización (cambios en la demanda monetaria) de unos bienes económicos que a su vez pueden fabricarse atendiendo a los cambios en la rentabilidad de producirlos. Y asimismo, habría que tener en cuenta que las promesas a entregar dinero (M’’) estarán compuestas en parte por un subconjunto de M’ (los bienes presentes líquidos que se utilicen como garantía o respaldo de las promesas de pago) y en parte, si los agentes no se preocupan por su liquidez, por otro conjunto tremendamente fluctuante como es la oferta de bienes futuros (Q futuro), que se empleará como inadecuada garantía para las promesas de pago presentes.

Por eso mismo, además, no sólo será relevante estudiar la cantidad de M, sino también su calidad: dado que la oferta de bienes futuros es muy incierta y está muy sometida a las oscilantes expectativas de los agentes, un incremento del valor presente de esos bienes futuros (por ejemplo, vía descensos de los tipos de interés) o una mejora generalizada de las expectativas (propia de auges y burbujas) generará emisiones masivas de promesas de pago contra bienes futuros (aumentos de M’’) que, debido a la euforia irracional, serán aceptadas por todos los agentes a su importe nominal; en cambio, reducciones del valor presente de los bienes futuros o empeoramientos generalizados de las expectativas limitarán su emisión y su aceptación (hasta el punto de que muchas de las promesas podrían dejar de circular salvo a grandes descuentos, lo que les restaría casi cualquier influencia sobre P).

En todo caso, si esta primera hipótesis de la teoría cuantitativa (que la oferta monetaria es independiente del nivel de precios) se releja lo suficiente como para volverla realista, es evidente que la teoría cuantitativa queda seriamente tocada: si una variación autónoma de P puede generar una variación de M, habrá que reconocer que existen otras causas para que se produzcan variaciones de P más allá de los cambios en M; y si, como decimos, un incremento de Q puede dar lugar a un aumento de M, también resultará evidente que no todo aumento de M generará un alza de P (si el aumento de Q genera un aumento de M, P podrá mantenerse estable). En otras palabras, la teoría cuantitativa tradicional deja de ser una teoría general capaz de explicar todas las variaciones del conjunto de precios de una economía y pasa a ser una teoría particular aplicable sólo a unas condiciones determinadas y bajo unas restricciones muy concretas.

La velocidad del dinero está determinada por factores institucionales y apenas varía

La segunda hipótesis en la que se sustenta la teoría cuantitativa es que la velocidad de circulación del dinero (V) es constante e independiente del resto de variables, quedando determinada por factores institucionales. Que la velocidad sea independiente es un requisito teórico para poder relacionar las variaciones de la cantidad de dinero (M) con las de los precios (P); que sea constante es una conveniencia empírica que ahorra trabajo a los economistas a la hora de recolectar datos y “demostrar” la fuerte relación entre oferta monetaria y precios. Como en las restantes relaciones entre variables, en este caso parece que se parte de una conclusión preconcebida (la teoría cuantitativa es cierta) para, a partir de ella, desplegar las hipótesis necesarias que la hagan verosímil; pero, como en los otros casos, constituye un error económico mayúsculo.

Recordemos que la velocidad del dinero no es más que la inversa de la demanda de dinero (esto es, la inversa del tiempo medio que los agentes atesoran una determinada cantidad de dinero). Por tanto, en lugar de pensar en términos de velocidad –las más de las veces un concepto poco intuitivo– podemos simplemente razonar en términos de atesoramiento de dinero.

Para empezar, debemos reconocer que el atesoramiento sí está en parte determinado por factores institucionales y consuetudinarios. Cuanto más desarrollado se encuentre el sistema de pagos de un país  y cuanto menos habituados estén los agentes a abonar sus operaciones en efectivo, menos tiempo permanecerá cada unidad monetaria dentro de los saldos de caja de un individuo. Así, por ejemplo, una economía muy bancarizada donde el medio preferente de pago sean los cheques o las tarjetas de débito, lo habitual será que se produzcan un número de transacciones mucho mayor que en una economía donde todos los pagos se produzcan al contado y que, en consecuencia, la velocidad de circulación del dinero también sea mayor.

Ahora bien, que la velocidad del dinero esté en parte determinada por factores institucionales no significa ni que esté sólo determinada por factores institucionales, ni que esté mayormente determinada por factores institucionales, ni que sea independiente del resto de variables de la ecuación cuantitativa. Al contrario de lo que los cuantitativistas se ven forzados a suponer para no abandonar su insostenible teoría, el resto de variables sí ejercen una enorme influencia sobre la misma.

Empecemos por el lado derecho de la ecuación: el precio y la cantidad de bienes (P*Q). Hasta cierto punto, el atesoramiento presente viene determinado por el poder adquisitivo futuro del dinero (por cuántos bienes podrán adquirirse con una unidad monetaria): si el agente espera que los precios futuros caigan, incrementará su atesoramiento –esto es, se pondrá largo en dinero y corto en mercancías–; si, en cambio, espera que los precios futuros aumenten, reducirá su atesoramiento –esto es, se pondrá corto en dinero y largo en mercancías–.

No se trata, por supuesto, de una relación ni absolutamente rígida ni tenebrosamente apocalíptica como muchas veces nos quieren hacer creer los keynesianos a cuenta de Japón (“nadie consume porque todos esperan que caigan los precios”). Primero, porque el mero acto de atesorar o desatesorar dinero adelanta la caída o el aumento de precios esperado, de modo que la tendencia a atesorar o desatesorar dinero sólo continuará si las expectativas bajistas o alcistas se mantienen. Segundo, porque otra forma de ponerse largos en dinero futuro es invirtiendo el dinero presente en proyectos que venzan en el momento en que se desea disponer del dinero. Y tercero, porque aun cuando el dinero permaneciera atesorado, se desatarían otras fuerzas –como la caída del tipo de descuento– que permitirían reorientar la estructura productiva de la economía sin irresolubles quebrantos. Pero, por poco rígida o apocalíptica que sea la relación entre la velocidad del dinero y su poder adquisitivo, es indudable que existe y que debe ser tenida en cuenta.

Más significativa, con todo, es la relación entre M y V. Fijémonos en que ambas variables son necesarias para explicar cuánto dinero se está utilizando con el propósito de adquirir bienes (Q): M es la oferta monetaria, entendida como todo el stock de medios de pago (dinero y promesas de pago), y V es la inversa de la demanda monetaria, entendida como la parte del stock de dinero que se está utilizando para efectuar pagos. V nos informa de qué múltiplo de los medios de pago se destinan en un momento dado para alcanzar bienes (o, si tomamos la inversa, es decir, la demanda de dinero, qué porcentaje de los medios de pago se atesoran). Parece claro, pues, que difícilmente podrán estas dos variables ser independientes cuando V necesita nutrirse de M, esto es, cuando la constitución de los saldos deseados de tesorería se realizará a partir de una oferta monetaria determinada. Así, por ejemplo, si en ciertos contextos como el actual los agentes atesoran todos los medios de pago que el banco central pone a su disposición –esto es, si deciden no hacer uso de los medios de pago que el banco central pone a su disposición–, M aumentará a la vez que V disminuirá: habrá más oferta de dinero pero ésta será completamente reabsorbida por la demanda. El cuantitativismo es demasiado simple al presuponer que todo aumento en la cantidad de dinero dará lugar a un incremento proporcional en la circulación de dinero: en ocasiones un aumento de M generará un incremento más que proporcional de V (inflaciones o hiperinflaciones) y en otras una reducción (deflaciones).

De este modo, por visualizar las relaciones entre M y V en un horizonte temporal más prolongado, tengamos en cuenta que cuando aumenta la oferta monetaria merced a la emisión de promesas de pago (M’’) garantizadas por bienes de consumo futuros (Q futuros), el nuevo crédito presionará al alza los precios de todos los bienes presentes (P), lo que incentivará por los motivos ya apuntados un desatesoramiento de dinero (aumento de V) que hasta cierto punto se realimentará con el aumento esperado de precios. Conforme M’’ siga aumentando, llegará un momento en el que los agentes comenzarán a darse cuenta de que la calidad de esas promesas de pago se ha ido deteriorando en la medida en que no pueden satisfacerse todas (los bienes necesarios para saldarlas no existen en el presente), por lo que procederán a ponerse cortos en las promesas de pago (M’’) y largos en dinero (M’); es decir, comenzarán a liquidar las promesas de pago de peor calidad y a atesorar dinero (reducción de V). Este atesoramiento de dinero unido a la hipertrofia de las promesas de entregar dinero generará una cadena de impagos en estas últimas (contracción de M’’), lo que a su vez dará lugar a una caída de precios (reducción de P) y ésta, a su vez, reforzará el atesoramiento de dinero (reducción V) hasta que la calidad de las promesas de pago se estabilice y los precios relativos de los bienes se hayan ajustado a la baja.

Vemos, por consiguiente, que lejos de ser variables independientes, M, P y Q influyen decisivamente sobre V, y V influye decisivamente sobre M, P y Q. El problema es que relajar la hipótesis de esta independencia socavaría la teoría cuantitativa: si un aumento de M puede dar lugar a una caída a corto o a largo plazo de V, o si un aumento de P puede realimentarse con aumentos de V, parece claro que no podrá establecerse una relación unívoca entre P y M: M podrá aumentar sin que lo haga P y P podrá aumentar sin que lo haga M.

La cantidad de transacciones no depende de la oferta monetaria

La tercera de las hipótesis sobre la que se sustenta la teoría cuantitativa del dinero es que la cantidad de transacciones (Q) no se ve influida por la oferta monetaria (M). Se trata de un requisito esencial para validar la tesis final de que el aumento de M engendra un incremento proporcional de P: al fin y al cabo, si las variaciones de M pudieran trasladarse total o parcialmente a variaciones de Q –como sí sería factible desde un punto de vista matemático, pues recordemos que M*V=P*Q–, la teoría cuantitativa se vería reducida a cenizas.

Ahora bien, ¿cuán realista resulta esta hipótesis? En principio parece que bastante: por el hecho de aumentar la cantidad de medios de pago, el número de bienes y servicios no se incrementa. Por consiguiente, el único resultado que debería de tener el crecimiento de M es un alza de P.

Sin embargo, ya hemos apuntado a una de las razones por las que, siendo rigurosos, esta conclusión resulta engañosa: si M depende en parte de Q, es cuando menos dudoso que manteniendo constante M algunos incrementos de Q pudieran llegar a darse. No estoy diciendo, claro, que la cantidad de bienes y servicios no pueda crecer mediante reducciones de los precios (deflación), ni siquiera que resulte conveniente que todo aumento de Q sea esterilizado nominalmente por un incremento de M, sino que de la misma manera que la aparición del dinero mejora la coordinación entre seres humanos (y por tanto incrementa el número de transacciones económicas) con respecto al trueque, en ciertos contextos la creación privada de medios de pago adicionales puede mejorar la coordinación entre los agentes y, por consiguiente, incrementar Q. Por ejemplo, es muy probable que sin el recurso a las letras de cambio las ferias medievales nunca se hubieran organizado, ya que la mayoría de mercaderes, si bien disponía de mercancías para ofertar, carecía de oro con el que pagar las que quería adquirir (por no hablar del elevado riesgo que suponía transportar el oro desde el punto de origen hasta la feria). La emisión de letras de cambio respaldadas por sus mercancías líquidas les permitió a los mercaderes superar este inconveniente, de modo que las ferias, y las transacciones, pudieron perfeccionarse.

Pero además, existen otras razones para poner en duda la ausencia de relación entre la cantidad de medios de pago y el volumen de operaciones comerciales.

Primero, los períodos de rápido aumento o de rápida contracción de los medios de pago (asociados con hiperinflaciones e hiperdeflaciones) van asociados con retenciones de activos y mercancías fuera del mercado o con liquidaciones de activos y mercancías. En concreto, durante las hiperinflaciones los agentes retienen sus activos y mercancías (incluso para el autoconsumo), pues el envilecimiento del dinero puede llegar a ser tan rápido que las ventas resultan del todo ruinosas; en cambio, durante las hiperdeflaciones –generales o concentradas en sectores concretos– sucede justo lo contrario: el valor del dinero se incrementa tan rápido frente al de los activos y las mercancías que todo el mundo está deseoso de enajenarlos y atesorar oro. Además, este último proceso se verá generalmente acompañado por impagos de deuda y liquidaciones forzosas, las cuales provocarán un incremento coactivo de los activos y las mercancías disponibles para la venta (cierto es que también puede generarse el efecto contrario: si durante una contracción del crédito se incrementa la cantidad de medios de pago para refinanciar las deudas vencidas, el número de liquidaciones será menor del que debiera ser y por tanto no se ofertará tanta Q como debería). En cualquiera de los dos casos, pues, las variaciones de M generan variaciones reales en las transacciones efectuadas (en el número de compraventas); ya sea para minorarlo o para acelerarlo.

Segundo, como también hemos dicho, las variaciones menos bruscas de precios (inflaciones y deflaciones moderadas, derivadas por ejemplo de la producción de oro o del incremento de la cantidad de bienes y servicios) pueden realimentarse con el atesoramiento o desatesoramiento de dinero (reducciones o aumentos de V, respectivamente) y el desatesoramiento puede dar lugar a incrementos sostenibles, a corto plazo, de la producción. Al desatesorarse el dinero –reservas de poder adquisitivo de los agentes– las empresas y los factores productivos pasan a operar de manera transitoria a un ritmo superior a aquel al que venían operando: a cambio de remuneraciones extraordinarias, los empresarios exponen a su maquinaria a un mayor desgaste y los trabajadores aceptan alargar sus jornadas laborales, redundando todo ello en un aumento acelerado –y transitorio– de Q. Por consiguiente, un aumento de M (producción de oro) puede generar un aumento de V (desatesoramiento de dinero ante la perspectiva de alzas en los precios) y un aumento de V puede provocar una expansión de Q.

Y, por último, la variación de los medios de pago también puede dar lugar a aumentos insostenibles a corto y medio plazo de Q, tal como pone de manifiesto la teoría austriaca del ciclo económico (Huerta de Soto, 2009). En concreto, el aumento de los medios de pago originado en un crecimiento del crédito no respaldado por ahorro real permitirá, a corto plazo, contratar a factores productivos que hasta el momento se encontraban desempleados por exigir una remuneración superior a su productividad marginal descontada. En la medida en que el crédito fiduciario genera aumentos insostenibles de la demanda de ciertas industrias y reducciones en los tipos de interés, la productividad marginal descontada calculada por muchos empresarios para ciertos factores aumentará, lo que les llevará a incorporarlos a sus planes de negocio y a incrementar con ellos la producción y el número de transacciones a corto plazo.

Sin embargo, como la composición de la estructura productiva se modificará por acción del crédito fiduciario, sobredimensionando ciertos sectores económicos a costa de no mantener o aumentar proporcionalmente otros, lo que significará que a medio plazo esa estructura deberá reajustarse y reconocer que la cantidad de bienes futuros que planificaba alumbrar será sustancialmente menor a la esperada. Este empobrecimiento generalizado propio de las crisis económicas hace que la cantidad de transacciones sea menor de la que habría sido sin el aumento inicial del crédito fiduciario.

Por consiguiente, los aumentos de M basados en la inflación de crédito fiduciario darán lugar a aumentos transitorios de Q que en algún momento revertirán en forma de una cantidad de transacciones menor que sin la hinchazón inicial. Además, este proceso podría llegar a realimentarse con el ya comentado de las hiperinflaciones e hiperdeflaciones (según cuál sea la respuesta de las autoridades monetarias a la crisis).

En definitiva, no existe independencia ni cuantitativa ni cualitativa entre M y Q: las variaciones del primero afectarán al volumen y a la composición del segundo en una dirección sostenible o insostenible, según la naturaleza de la variación de M. De ahí que si bien la teoría cuantitativa ha resultado de gran importancia para alertar contra las consecuencias inflacionistas del aumento de M, también ha servido, al presuponer esa independencia entre M y Q, para desviar la atención de otra consecuencia más dañina si cabe, como es la deformación en el volumen y la sostenibilidad de las transacciones. No fueron pocos los defensores de la teoría cuantitativa que, como Irving Fisher, sostuvieron que convenía estabilizar los precios ante los aumentos de Q derivados de mejoras en la productividad porque, de este modo, se facilitaba el cálculo económico y no se generaba perjuicio alguno dentro del sistema económico (Huerta de Soto 2009, 383). Un error en gran medida responsable de la Gran Depresión y de la Gran Recesión.

Ceteris paribus, los cambios en la oferta monetaria provocan variaciones mecanicistas en todos los precios

La última de las hipótesis en las que se basa la teoría cuantitativa es la de que los aumentos en M dan lugar a incrementos automáticos y mecanicistas en los precios, con independencia de cómo se haya originado y extendido ese incremento en M. La proposición puede tener dos significados: uno más restrictivo y otro más flexible. El primero se correspondería con sostener que todos los precios particulares se mueven en idéntica proporción a la variación de M; el segundo, que P (el nivel agregado de precios; una media de todos los precios de la economía) aumenta o disminuye en la misma proporción que lo hace M, lo que permite que haya precios particulares que suban o bajen siempre que la variación de la media de todos ellos sea proporcional a la de M.

La primera de estas dos interpretaciones, que coincide con la célebre hipótesis de la neutralidad del dinero, es indudablemente falsa. Como ya descubriera Richard Cantillon –de ahí el famoso Efecto Cantillon–, las variaciones en los precios particulares de la economía dependen de los circuitos por los que se introduzcan los nuevos medios de pago. Con independencia de que el aumento de M proceda de un aumento de dinero (M’) o de promesas de pago (M’’), lo cierto es que los precios que con mayor intensidad y rapidez se incrementarán serán los de aquellos bienes en los que primero se gasten los nuevos medios de pago.

Y dado que al comienzo esos nuevos medios de pagos se gastarán antes de que el conjunto de precios de la economía haya aumentado, todos los agentes económicos se verán forzados o incentivados a modificar sus patrones de gasto y con ellos los patrones de producción dentro de la economía. Es decir, aunque podría resultar verosímil la afirmación de que si todos los precios (incluidas las rentas) aumentaran a la vez un 10% no se producirían cambios en los patrones de gasto y producción de la economía, en el caso de que únicamente la renta monetaria de un solo agente aumentara un 10%, parece claro que sí acaecerán redistribuciones en la disposición y producción de los bienes y servicios de una economía.

En definitiva, los aumentos de M no pueden traducirse en incrementos equiproporcionales de todos los precios por el simple hecho de que el dinero y las promesas de pago entran en la economía a través de ciertos circuitos (el gasto de los productores de dinero o el gasto de quienes generan promesas de pago) y es a través de esos circuitos por donde se va extendiendo la inflación de precios.

Nos queda, sin embargo, valorar el realismo de la interpretación flexible de esta cuarta hipótesis de la teoría cuantitativa, a saber, que la variación de la media de los precios es proporcional a la variación de la cantidad de medios de pago. En principio, de manera aislada nada tenemos que objetar contra la misma, pues si el resto de erróneas hipótesis de la teoría cuantitativa se asumen ciertas, la interpretación flexible de esta cuarta hipótesis deviene cierta por una necesidad lógica y matemática. Es decir, si V y Q no varían ante cambios en M (esto es, si todos los medios de pago se emplean para adquirir la misma cantidad de bienes y servicios en idéntico lapso de tiempo), por fuerza la variación en la media de los precios ha de ser proporcional a la variación en la cantidad de medios de pago. Es, como ya hemos venido diciendo, una simple identidad contable que tan sólo iguala el importe de los pagos efectuados (M*V, siendo en este caso V constante) con los cobros recibidos (P*Q, siendo en este caso Q constante).

Por ejemplo, si en una economía donde cada año (V) se gastan 1.000 onzas de oro (M) en comprar un televisor y un automóvil (Q) que cuestan 200 y 800 onzas respectivamente (P), aumenta la cantidad de medios de pago a 2.000 onzas de oro y los patrones de gasto se modifican de tal forma que esa economía pasa a gastar 1.500 onzas en comprar un televisor y 500 en comprar un automóvil, tanto el índice Paasche como el índice Laspayres de precios se incrementarán en un 100%, que es justo lo que ha aumentado M (de hecho, si Q no varía ambos índices son iguales), por mucho que el precio de los televisores haya aumentado y el de los automóviles haya caído. Estamos ante una simple identidad: si ahora gastamos 2.000 onzas en comprar los mismos bienes que antes, la suma de los precios de todos ellos será igual a 2.000 onzas (justo el doble que cuando gastábamos en esos mismos bienes 1.000 onzas).

Otra cuestión es la relevancia que esta conclusión merezca dentro del análisis económico. Al cabo, lo que guía las decisiones individuales no es el nivel agregado de precios, sino los precios relativos y, como vemos, los precios relativos sí pueden variar, originando cambios a medio plazo en Q y por tanto volviendo inaplicable la teoría cuantitativa como marco teórico para una economía dinámica.

Conclusión

Ninguna de las cuatro hipótesis sobre las que, según Joseph Schumpeter, se asienta la versión canónica de la teoría cuantitativa son realistas; o, como mucho, sólo lo son en ciertas situaciones muy concretas. Siendo generosos, podemos concluir que la teoría cuantitativa será casi siempre falsa y sólo en algunas ocasiones –cuando casualmente coincidan las cuatro hipótesis como en una conjunción astral– la realidad se acercará a la predicción teórica. En la mayoría de los casos, sobre todo si pretendemos analizar largos períodos de tiempo a lo largo de los cuales se alternan numerosas variaciones cíclicas, la teoría cuantitativa es inservible.

Pero, como hemos afirmado al inicio, no habría que confundir la teoría cuantitativa con la ecuación cuantitativa. Lo segundo, en realidad, es simplemente una identidad contable en la que tiene cabida no sólo la teoría cuantitativa sino cualquier tipo de operación monetaria que podamos concebir. Al cabo, si relajamos todas las hipótesis de la teoría cuantitativa llegaremos a una cáscara hueca, sin contenido teórico alguno, que será precisamente la ecuación cuantitativa. Confundir ambas sería tanto como igualar un marco analítico con uno de los pésimos análisis que se desarrolla en su interior.

Bibliografía

Anderson, Benjamin. The Value of Money. 1917. The Macmillan Company.

Hayek, Friedrich. Prices and Production. 1967. Augustus M. Kelly, Publishers.

Huerta de Soto, Jesús. Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. 2006. Unión Editorial.

Marget, Arthur. The Theory of Prices. 1938 Prentice-Hall.

Schumpeter, Joseph. History of Economic Analysis. 1954. Oxford University Press.

18 Comentarios para este artículo.

  1. dragontorch Says:

    Por sus explicaciones parece que las variaciones económicas son en realidad producto de un sistema dinámico no lineal, y que la ecuación cuantitativa solo sirve para entornos muy pequeños donde, o bién se pueden considerar dependencias proporcionales, o donde se puede preveer la forma de la relación no lineal entre las variables…

    Supongo que, más allá de ser una mera ecuación de conservación o continuidad, las variaciones económicas requieren de modelos numéricos que traten de explicar como obra cada agente económico a considerar, para estudiar a continuación posibles efectos causados las submagnitudes controlables como M”.

    ¿Hay algún modelo que se considere relativamente fiable hoy en día? Supongo que esto es como el cambio climático… habrá muchos vende biblias que intenten justificar teorías absurdas para favorecer sus intereses.

  2. Melvin Garita Mora Says:

    Estimado Juan,

    Durante los últimos 100 años la Teoría Monetaria ha experimentado un desarrollo importantísimo. El artículo “Nueva Formulación de la Teoría Cuantitativa del Dinero” de Friedman, la cual es una lectura que le recomiendo muchísimo, se trae abajo la recopilación de críticas clásicas que usted menciona acá (que no son para nada nuevas).

    Friedman incorpora buena parte del desarrollo de la Teoría Monetaria de los últimos 50 años a su ensayo (algo que la “Escuela” Austriaca y usted no aplican para los últimos 100 años).

    Friedman toma los fundamentos de la Teoría Cuantitativa del Dinero y algunos de los desarrollos que le preceden (especialmente el relacionado al papel de las tasas de interés en la demanda de dinero) para dejar finalmente una buena aproximación de una función de demanda por saldos monetarios reales, que es la base para entender los fenómenos monetarios en cualquier economía del mundo.

    Nadie le puede atribuir a la Teoría Cuantivativa del Dinero más que es una teoría de cómo se determinada el valor nominal del ingreso agregado, perder el tiempo con esto es simplemente eso, perder el tiempo.

  3. Juan Ramón Rallo Says:

    Friedman ni mucho menos incorpora en su artículo todas las críticas que yo efectúo a la teoría cuantitativa convencional aquí. En todo caso, esto es una crítica a la teoría cuantitativa vulgar y más general posible, no a sus refinamientos ulteriores.

    Como digo al comienzo del segundo párrafo:

    “Aunque, como sucede con la teoría del capital, existen casi tantas teorías cuantitativas como economistas, Joseph Schumpeter, en su monumental Historia del análisis económico, tasaba en cuatro las proposiciones básicas…”.

  4. Melvin Garita Mora Says:

    Como digo en mi último párrafo, discutir sobre la Teoría Cuantitativa del Dinero es perder el tiempo, hay cosas más interesantes, productivas y aplicadas en la Teoría Monetaria que esto, es algo así como criticar el generar fuego a partir de frotar maderas secas, respecto a cualquier otro tipo de ignición.

  5. Juan Ramón Rallo Says:

    Si uno se limitara a hacer sólo eso, lo entendería. Si uno dedica su tiempo a otros desarrollos y utiliza una parte de él para recopilar en un artículo todas las críticas acertadas que quepa hacerle a la teoría cuantitativa, no.

  6. Melvin Garita Mora Says:

    ¿Cuál es el fin práctico? ¡Realizar una crítica a observaciones de los albores de la Teoría Monetaria! Una discusión en base a la TCD hubiera sido interesantísima hace 100 a 80 años, hoy ya ni siquiera debería ser interesante (por ser algo superado) el enfoque de desequilibrios monetarios para explicar la inflación.

  7. Juan Ramón Rallo Says:

    El fin práctico es aprovechar el marco simplista de la teoría cuantitativa para exponer sucintamente todas las complejas interrelaciones que tienen lugar entre las cuatro variables presentes en la ecuación cuantitativa. Algo mucho más amplio que la versión restringida que presenta Friedman en el artículo que tan encarecidamente me recomienda, el cual sólo es una explicación parcial e incorrecta del atesoramiento de dinero, y no de las interrelaciones entre la oferta y la demanda de dinero y de crédito a partir de la ecuación cuantitativa. Vamos, que para desmentir la utilidad del artículo me remite a otro que no trata ni mucho menos todos los temas que aquí se mencionan y que, además, entra en contradicción con buena parte de lo aquí expuesto.

  8. Melvin Garita Mora Says:

    El artículo de Friedman no trata de las “interrelaciones entre la oferta y la demanda de dinero y de crédito a partir de la ecuación cuantitativa”, trata de que el dinero (activo financiero, no un activo real) es un bien de aceptación general por el flujo de servicios que proporciona, de ahí que la demanda de dinero es como cualquier otra demanda, depende de una serie de variables explicativas que en algún grado la afectan, él se encarga de mencionar cuales variables son potencialmente importantes, además de que especifica como estas deberían afectar la demanda de dinero.

    ¿Cuáles son su puntos para sostener que el artículo de Friedman “sólo es una explicación parcial e incorrecta del atesoramiento de dinero”?

  9. Juan Ramón Rallo Says:

    1) Precisamente lo que digo es que el artículo de Friedman no trata de las “interrelaciones entre la oferta y la demanda de dinero y de crédito a partir de la ecuación cuantitativa”, de ahí que el mío sea más amplio y no pierda interés por haber leído el de Friedman.
    2) Habría esperado que alguien que ha leído este artículo y el de Friedman fuera consciente de ello, pero se ve que no. Básicamente, en su artículo Friedman no distingue entre dinero y deuda (entre dinero y depósitos bancarios); explica la demanda de dinero como resultado del coste de oportunidad que supone el tipo de interés y no ve cómo esos tipos de interés dependen a su vez de la mayor o menor demanda de dinero (de la mayor o menor preferencia por la liquidez); distingue rígidamente entre oferta y demanda de dinero (en realidad, de crédito), cuando la primera depende en gran medida de la segunda; no se da cuenta de que el verdadero coste de oportunidad de mantener saldos líquidos en dinero no es el tipo de interés de captar capital en condiciones estables, sino el de hacerlo en condiciones de liquidación generalizada de activos y de ausencia de crédito; como consecuencia de lo anterior, no entra a explicar los movimientos hacia la sostenibilidad o insostenibilidad de una determinada expansión del crédito (la calidad del crédito) y cómo ello explica la mayor o menor demanda de dinero, así como su mayor o menor oferta (que obviamente termina afectando a los precios); y, al final, tampoco explica la influencia de lo anterior sobre las fluctuaciones en la producción agregada.

    No digo que todo el artículo de Friedman sea erróneo, ni mucho menos, sino que en absoluto supone una alternativa a este para comprender adecuadamente las interrelaciones entre todas las variables de la ecuación cuantitativa y el atesoramiento, en consecuencia, está pobremente tratado.

  10. Melvin Garita Mora Says:

    1) La Teoría Cuantitativa del Dinero HOY no debería ser tratada como una explicación de esas interrelaciones, hay, como le señalé al inicio, todo un desarrollo que se basa en tratar el dinero con un bien más, por lo que depende de las interrelaciones de la oferta y la demanda monetaria.

    2) Toda su argumentación se basa en la definición de dinero, la cual está errónea, el dinero debe entenderse como todo el conjunto de activos financieros con alta liquidez, entendida esta como la característica de poderlos cambiar inmediatamente por otros bienes y servicios. Su argumentación se basa en esa confusión entre oferta y demanda monetaria.

  11. Juan Ramón Rallo Says:

    1) La ecuación cuantitativa, y la mala teoría cuantitativa del dinero tradicional asentada en una concepción mecanicista de ésta, puede utilizarse para comprender las interrelaciones de estas variables, tal como hago en el artículo.
    2) El error de su argumentación comienza, aunque no se limita, a confundir dinero, medio de pago y crédito. Muchos créditos se utilizan como medios de pago, pero no son dinero, pues las deudas netas sólo se saldan definitivamente con la entrega de dinero. Hay multitud de créditos que en tiempos normales están monetizados (se utilizan como medios de pago) y que se desmonetizan en cuanto comienzan las dudas sobre la calidad del crédito, trasladándose la demanda de liquidez a la reserva última de valor que es el dinero. Su marco conceptual, en el fondo, es incapaz de entender un bank-run, pues ¿para qué sustituir un activo que tenía elevada liquidez (pasivos bancarios) por otro con el que era perfectamente sustituible (efectivo) si no es porque el primero se desmonetiza por cuestiones que van más allá de las tratadas por Friedman en su artículo y que, por el contrario, sí son analizadas en el presente pese a su presunta nula utilidad? Y de ahí surgen todos los otros errores, pues las variaciones en la preferencia de la liquidez deseada por los agentes económicos no son determinadas sólo ni por los tipos de interés ni por genéricas, cajón-de-satre y vagas utilidades de los agentes económicos (la “u” en la nomenclatura friedmanita), sino por la incertidumbre para lograr liquidez (que no necesariamente crédito si el sistema bancario se halla en muy mala situación) en momentos de stress generalizado con el propósito de atender los pagos comprometidos y evitar la liquidación a pérdida de activos a largo plazo.
    3) En cualquier caso, ya digo, el artículo de Friedman no es un buen replanteamiento de la teoría cuantitativa, pero no es el objeto de crítica del mío. Éste sólo pretende proporcionar un marco conceptual dentro de la austriaca para criticar la teoría cuantitativa vulgar, algo ausente hasta el momento y deficientemente presente (y disperso) en la literatura no-austriaca.

  12. Melvin Garita Mora Says:

    1) y 3) Como te dije arriba, ¿qué práctico tendría criticar el manejo del fuego en los primeros pasos de la humanidad respecto a como se hace ahora? Es el mismo caso con la Teoría Cuantitativa del Dinero, el desarrollo ulterior gracias a esta es lo que realmente importa.

    2) Nuevamente, no hay que confundir oferta monetaria con demanda por saldos monetarios reales, son cosas muy diferentes. En la oferta monetaria intervienen las disposiciones de Política Monetaria del Banco Central y las preferencias por liquidez tanto de los Bancos Comerciales como de los Agentes Económicos no bancarios, si usted considera esto se responde sus inquietudes respecto a las corridas bancarias.

  13. Juan Ramón Rallo Says:

    1) Usted me remite a un artículo de Friedman mucho más restringido que éste. ¿Qué utilidad tiene ampliar miras a partir de una enmienda hecha a una teoría que Friedman enmendó parcial e incorrectamente hace décadas? Pues yo diría que algo.
    2) En absoluto se responden, y mucho menos el resto de consideraciones que he efectuado. Si el dinero es todo un conjunto de activos de distinta liquidez (hasta aquí estoy de acuerdo) entre los que incluye, como Friedman, los pasivos bancarios (absolutamente en desacuerdo), entonces es incomprensible que cuando se produzca una fuga hacia la liquidez en ocasiones se huya de los pasivos bancarios, incluso de los pasivos bancarios de mayor calidad de un sistema económico: pasivos bancarios del banco central (que es lo que sucede en las crisis monetarias). Y eso no trae causa de la oferta monetaria, sino de una selectiva demanda monetaria que monetiza o desmonetiza activos según su calidad (que no cantidad). Todo esto trasciende el juego de los tipos de interés; es un análisis mucho más amplio que Friedman, como monetarista, nunca comprendió adecuadamente (por ejemplo, entre otros problemas, al asumir una mayor estabilidad de la real sobre la demanda de saldos líquidos, cuando es justamente la variabilidad de este elemento lo que explica gran parte del ciclo económico y de los desajustes reales y financieros que genera) y sobre el que asiento mi crítica, en alguna parte original, a la teoría cuantitativa tradicional del dinero.

  14. Melvin Garita Mora Says:

    1) No responde nada respecto a mi analogía, aunque no es necesario.

    2) Juan Ramón, nuevamente usted entrelaza aspectos que atienden a la oferta con los que están relacionados a la demanda. Si le gustan las matemáticas podría montarse un proceso recursivo para determinar los equilibrios monetarios pertinentes a los cambios en las preferencias por liquidez (que afectan tanto el multiplicador monetario y la oferta monetaria, como los mismos saldos monetarios reales que desean mantener los individuos), y así observa que los vacíos que usted señala no existen.

    De mi parte doy por terminada mi intervención en su Blog, ¡pura vida! saludos desde Costa Rica.

  15. Juan Ramón Rallo Says:

    1) Criticar cómo se manejaba el fuego en la antigüedad sería útil si sirviera de marco conceptual para usarlo mejor hoy de lo que se viene usando. Eso es algo bastante evidente.
    2) Que no entiendas que la desmonetización de ciertos activos (pérdida de su demanda como sustitutivos monetarios) no tiene que ver con la oferta de dinero sino con la destrucción de parte de la oferta de crédito (y, por esta vía, una reducción del primitivo y pobre concepto de “multiplicador monetario”) que deja de servir para satisfacer la demanda de saldos líquidos de una parte de los individuos ilustra muy bien mi punto de por qué el artículo de Friedman explica deficientemente el atesoramiento de dinero. Pero vamos, que mi objetivo no es rebatir a Friedman, sino ilustrar que es útil regresar a los (malos) orígenes para tomar un poco más de perspectiva sobre las incompletas reelaboraciones para comenzar a construir sobre un terreno más sólido. Y por supuesto que todo esto puede matematizarse, pero desde luego eso es algo que no se ha hecho de manera general en lo referente al contenido del artículo.

    Eres libre de entras y de salir cuando lo desees de este blog, evidentemente. Un cordial saludo.

  16. Demonoid Says:

    El oro podría volver, no como patrón sino como una divisa más, en competición con el resto.

    Iranian oil for India:
    India is the first buyer of Iranian oil to agree to pay for its purchases in gold instead of the US dollar, DEBKAfile’s intelligence and Iranian sources report exclusively. Those sources expect China to follow suit.

    http://www.debka.com/article/21673/

  17. Salvador Says:

    Este artículo es una clara muestra de como el conocimiento hipotético basado en el desarrollo matemático es totalmente simplista e imperfecto es comparación con el conocimiento cierto que nos proporcionan las implicaciones que la acción económica lleva aparejadas.

    Y después de leer el interesante debate comenzado a partir de el artículo es deber de hacer notar que la nueva teoría de Friedman:

    M/P = g (r,?)* Yp

    No soluciona nada, para empezar suponer que los bancos centrales producen dinero es irrisorio, producen papel caro y coacción. Pero además de eso, Friedman vuelve a suponer que la función que depende de el interés y la inflación es constante, cosa que ya hemos comprobado que es falsa, tanto para este sustituto como para la original velocidad del dinero. Luego intentará crear un concepto de “renta permanente” que “se aproxima” a la riqueza del individuo. No se como se van a descontar los plazos de la riqueza a largo plazo eliminando la incertidumbre para obtener analíticamente ese concepto, pero tampoco es de importancia, lo importante es que la nueva teoría monetaria es una mascarada de la anterior, solo que con maquillaje microeconómico moderno.

    Por cierto, la teoría de Friedman tampoco es ya tan moderna, no se en que se basa una crítica a usar la teoría de Schumpeter como ejemplo cuando la de Friedman está tan pasada como la suya.

  18. Carlx Says:

    En La violencia de la moneda Aglietta y Orléan formulan el “problema fundamental” de la teoría sobre la moneda al preguntarse por las condiciones que debe satisfacer “la moneda jerárquicamente superior”, esto es, la moneda de banca central, “para asegurar su reproducción como moneda central” Y acto seguido precisan que
    “[e]sta cuestión no es trivial de ninguna manera en la medida en que… al ser ella misma la representación última de la riqueza no sufre ninguna restricción de convertibilidad…” [Aglietta y Orléan (1990) p. 251] .
    Efectivamente, el problema sobre la naturaleza última de la moneda se puede sintetizar en las siguientes preguntas: ¿de dónde viene esta representación de la riqueza que ostenta el dinero? ¿Es creación del Estado, puro signo institucional sustentado en la confianza? ¿O signo del valor trabajo, como sostiene el marxismo? Y en este último caso, ¿qué condiciones debe cumplir para que lo sea? ¿Se ha desmaterializado el dinero, o mantiene alguna relación con aquella “bárbara reliquia”, el oro, el dinero-mercancía?
    A pesar de la importancia de estas cuestiones, raramente se las discute en la teoría neoclásica. En su modelo mejor desarrollado, el equilibrio general walrasiano de Arrow y Debreu, no se puede encontrar lugar para el dinero. Sin embargo, y dado que el dinero existe, se termina postulando que de alguna manera es creación exógena del Banco Central o del Estado. Son los postulados de los modelos de generaciones superpuestas, y es la idea que subyace al helicóptero de Friedman que arroja dinero en la economía. En todo caso la investigación sobre su naturaleza última se pasa por alto. “El dinero es lo que hace el dinero”, se afirma, y rápidamente se presentan las funciones de oferta y demanda (o velocidad). No existe, en la teoría neoclásica, posibilidad alguna de fundar el valor del dinero en términos cualitativos, esto es, recurriendo a la utilidad marginal. Es que la importancia que tiene para un individuo una unidad monetaria –el valor de cambio subjetivo- presupone el conocimiento de su valor de cambio objetivo. Por lo tanto en este caso es imposible deducir el valor de la utilidad, porque la utilidad del dinero consiste precisamente en tener valor. Hay que conformarse con definir el valor del dinero en términos puramente cuantitativos, esto es, como cantidad inversa del nivel de precios.
    Los keynesianos, por su parte, explican que el dinero es una criatura del Estado, que tiene el rol de establecerlo como unidad de cuenta. Pero no dan una explicación de la razón última de su valor. Como constata Galbraith, las respuestas a la pregunta de qué es lo que hace que un trozo de papel, intrínsecamente sin valor, resulte útil en el cambio, “son invariablemente incoherentes” [Galbraith (1995) p. 13; énfasis nuestro]. Y concluye que, después de todo el dinero es “lo que se da o recibe generalmente por la compra o la venta de artículos, servicios u otras cosas”. Lo cual es como decir que el dinero es el dinero, sin por otra parte haber precisado de dónde surge su valor.
    Pero si el dinero es una pura creación del Estado, ¿no existen restricciones a su creación? El tema es clave ya que, como señalan Aglietta y Orléan, es justamente por la restricción a su creación que asoma la insuficiencia de las explicaciones puramente jurídicas de la moneda:
    Es esa ausencia aparente de restricción la que está en la base de todas las teorías jurídicas de la moneda. Para éstas la moneda no puede ser fundada más que gracias a la legitimidad que le confiere el Estado. La hiperinflación mostrará la vanidad de tal esquema y permitirá precisar las restricciones que pesan sobre la emisión monetaria. El Estado no es el lugar trascendente en donde se modela el proceso de socialización. El mismo es arrastrado por fuerzas más poderosas [Aglietta y Orléan (1990) p. 251].

    rolandoastarita.com/CONCEPCIONESDELDINERYRODELORO.htm

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