¿Es excluyente un mercado libre?

Uno de los argumentos preferidos por una parte de la izquierda para criticar a los mercados libres y defender la intervención del admirado gobernante de turno es que los mercados son excluyentes, a saber, que dejan inexorablemente fuera a una parte muy importante de la población a la que, por supuesto, habría que rescatar de las penitentes llamas de la libertad merced al ejercicio de la muy sabia y ordenada coacción estatal sobre el resto de la sociedad.

Aunque la idea es un trasunto, consciente o inconsciente, del (muy equivocado) concepto de ejército de reserva industrial de Karl Marx, en la actualidad este prejuicio “anti-mercados libres” ni siquiera suele tratar de demostrarse con demasiada dedicación: a partir de una observación sesgada y poco informada de la realidad circundante, es habitual presentarlo como una lacra evidentísima de las sociedades modernas, cuando, por ejemplo, bien podría serlo del excesivo intervencionismo estatal. Así pues, antes de proceder a refutar el atolondrado razonamiento de que los mercados no aglutinan a toda la población, será menester dotarlo de un cierto contenido (armar argumentalmente las críticas) para, luego, proceder a mostrar sus principales fallas.

En general, se me ocurren tres grandes razones por las cuales cabría pensar que los mercados libres dejan fuera de la división social del trabajo a una parte de la población. La primera es que el mercado tiende a la sobrecapacidad productiva, volviendo redundante a una parte de los trabajadores. La segunda, que los menos hábiles (o más débiles o más pobres) son incapaces de competir con los más hábiles (o más fuertes o más acaudalados). Y el tercero, que durante las crisis económicas inherentes al capitalismo, gran cantidad de recursos quedan forzosamente ociosos e inempleables.

Para refutar los dos primeros argumentos bastará con tener presentes las contribuciones seminales de dos economistas no ya recentísimos y de última hornada, sino incluso anteriores al propio Karl Marx: David Ricardo y Jean Baptiste Say. Para la tercera, habrá que echar mano de un colega de profesión algo más reciente como el Nobel Friedrich Hayek.

En cuanto al primer temor, que las sociedades modernas operan con sobrecapacidad y que no hay espacio para todos los trabajadores, es necesario tener en mente lo que se ha conocido como “la ley de los mercados de Say”. En tanto en cuanto existan necesidades insatisfechas en una sociedad, esto es, en tanto en cuanto haya fines individuales que no encuentren satisfacción con la actual oferta de bienes y servicios, es absurdo siquiera sugerir que concurre un exceso relativo de oferta con respecto a la demanda: si existen demandas insatisfechas es que subsiste margen para incrementar todavía más la producción. O viéndolo desde el otro lado, si la gente se empeña en ofrecer sus bienes y servicios en el mercado (oferta) es porque desea adquirir (demanda) otros bienes y servicios del mercado: nadie ofrece su trabajo y su propiedad gratuitamente sino a cambio de algo.

Desde luego, podrá suceder que algunas ramas de la producción se hallen en algún momento sobredimensionadas y que, por tanto, existan excesos de producción parciales (que no generales); pero esos excesos de producción parciales irán de la mano de carestías de producción también parciales: producimos demasiado de algo (vivienda, por ejemplo) porque producimos demasiado poco de otras cosas (bienes exportables, verbigracia). En cualquier caso, pues, lo que no se dará mientras existan demandas individuales sin saciar es una sobreproducción generalizada de bienes que excluya a una parte de la masa laboral del mercado y que le impida satisfacer sus fines vitales a través de éste.

La segunda posible línea de argumentación de la izquierda para justificar esta poco sólida crítica al mercado es el de la invencible competencia que ejercen los más hábiles, ricos o poderosos sobre los más torpes, menesterosos o desvalidos. El error en esta sede es el de concebir, de acuerdo con la caricatura anticapitalista al uso, que el mercado es una institución caracterizada por la salvaje y feroz competencia donde todo el mundo trata de imponerse y machacar al contrario y donde, cual película de Los inmortales, “sólo puede quedar uno”. Por el contrario, lo que caracteriza al mercado es la división cooperativa del trabajo: los diferentes agentes económicos tratan de especializarse en un área muy concreta de la economía para, posteriormente, proceder a intercambiar sus respectivas producciones especializadas. Es decir, “yo me especializo en esto, tú te especializas en aquello, los dos nos volvemos más productivos y, luego, trocamos nuestras respectivas mercancías”. Como puede observarse, la idea central de todo mercado es la cooperación pacífica y voluntaria para que, deliberadamente o más bien no, todo el mundo coadyuve a lograr los fines de los demás.

Por supuesto, en el mercado también existe un importante componente de competencia, pero no se trata de una competencia por coparlo y dominarlo todo (en tal caso, la división del trabajo dejaría de existir), sino por seleccionar en cada momento cuáles son los planes de negocios más adecuados y prioritarios de entre todas las combinaciones cuasi infinitas de recursos posibles. Es decir, la competencia empresarial es el mecanismo del que disponen los mercados libres para que, en un orden social tan extenso como es una economía con 7.000 millones de personas, la división descentralizada del trabajo no degenere en una “anarquía productiva” que vuelva estériles los frutos de la cooperación humana a tan gran escala.

Esto es básicamente lo que descubrió David Ricardo con su famosa ley de la ventaja comparativa que, simplificándola mucho, vendría a decir que cualquier factor productivo tiene su lugar en un esquema de división del trabajo aun cuando haya otros factores mucho más eficientes que él en todos los aspectos: en concreto, en aquel caso extremo de que alguna persona sea menos hábil en todo que sus prójimos, podrá especializarse en aquellas tareas en las que estos últimos sean relativamente menos eficientes. Por ejemplo, un premio Nobel de Medicina debe centrarse en su disciplina, por mucho que sea también un excelente apicultor o contable. Como el tiempo no es infinito y como no todo el mundo puede dedicarse a todo, conviene que los más hábiles se concentren en aquellas tareas para las que son relativamente mejores y que el resto de personas se centre en aquellas otras actividades algo menos importantes y valiosas que éstos dejan vacantes. Tampoco por esta vía, pues, se excluye a nadie en el mercado; al revés, todos –menores de 30, mayores de 30, hombres, mujeres, altos, bajos, delgados, obesos, solteros, casados, cojos, triatlonistas…– tienen su lugar en ese marco de cooperación pacífica, voluntaria y mutuamente beneficiosa que es un mercado libre.

Y, por último, ­­queda la posibilidad de que aparezcan recursos ociosos –recursos excluidos de la actividad productiva– durante las crisis económicas que sufre recurrentemente el capitalismo. Éste es, sin duda alguna, el menos disparatado de los tres posibles argumentos dirigidos a justificar que el mercado tiende a excluir a una parte de la población. A la postre, como bien explicó Hayek, las crisis son períodos durante los cuales la mayoría de planes de negocio insertos en un esquema de división del trabajo están siendo sometidos a una profunda revisión, de modo que no todos los recursos son fácil e inmediatamente recolocables de un lado a otro. Sin embargo, el razonamiento se presta a profundas matizaciones.

Primero, las crisis no las provoca el mercado, sino el excesivo intervencionismo estatal en las finanzas, de modo que atribuirle al mercado un subproducto de la intervención estatal (la lenta recolocación de los factores productivos en un período de catarsis empresarial) no parece la idea más acertada y justa que uno pueda emitir; sería tanto como acusar de dispendioso y despilfarrador a un individuo que con denodado esfuerzo ahorrara mes a mes enormes cantidades de dinero pero sufriera permanentes atracos y robos contra su propiedad: si careciera de un cierto capital no sería por sus malas costumbres financieras, sino por la violencia de la que es reiteradamente víctima. De hecho, el mercado libre es la manera más rápida y conciliadora de recolocar los recursos malinvertidos durante los auges insostenibles derivados del estatismo: más que a excluir, el mercado tiende a aunar a tantas personas y factores como sea posible en cada momento (de hecho, una de las críticas habituales contra la globalización es precisamente la de que tiende a engullirlo todo).

Segundo, otra parte muy importante de los recursos permanece ociosa debido a las rigideces regulatorias sobre los mercados que establece el Estado y que obstaculizan los ajustes de precios y la elaboración de nuevos planes empresariales: el caso típico, pero ni mucho menos único, es el de la legislación laboral, la cual, entre muchos otros fenómenos, permite explicar el problema de la “dualidad” (por qué a los jóvenes les cuesta mucho más acceder y conservar un empleo). Por consiguiente, tampoco en este punto habría que culpar al mercado de “excluir” a nadie sino más bien al Estado.

Y, en tercer lugar, el mercado va más allá de la tan extendida como reduccionista visión taylorista de “actividad fabril en forma de cadena de montaje”. Una definición adecuada del mismo ha de incidir en sus rasgos básicos de cooperación social voluntaria, lo que permite considerar como actividades de mercado aquellas tendentes a auxiliar a las personas que, en ciertos momentos, se encuentren desprotegidas. Me refiero no sólo a los negocios empresariales que obtienen un lucro monetario por ello (el caso de la industria de los seguros) sino también a las redes de caridad y ayuda mutua que tan extraordinarios servicios prestan durante las crisis en pos de la auténtica solidaridad (la voluntaria). No debería sorprender a nadie que los propios individuos sean capaces de organizarse y de desarrollar voluntaria y pacíficamente dentro del mercado suficientes mecanismos de inclusión y asistencia social –cuando no lo impide o desincentiva el Estado, como sucede con el monopolio de facto sobre los seguros por desempleo– sin necesidad de recurrir a la rapiña de la riqueza ajena: como si, en ausencia del ordeno y mando, del dirigismo paternalista gubernamental, las personas sufrieran un ataque de súbita avaricia o se vieran sumergidas en el caos organizativo (el síndrome del “no se os puede dejar solos”).

En realidad, de hecho, quien tiende a dividir a la sociedad y a excluir a una parte de ella de ese gran proceso de cooperación social llamado capitalismo es el intervencionismo estatal a través de sus omnipresentes tributos, prohibiciones, restricciones y regulaciones. Como ya expliqué en otra ocasión, no querer someterse al mercado (a negociar y alcanzar un acuerdo con los demás) equivale a querer imponerles al resto de personas la verdadera dictadura de los caprichos personales. Un arrogante vicio, por cierto, en el que son muy dados a caer los “intelectuales”, tal como denunciara Nozick, por cuanto los miembros de semejante tribu urbana tienden a pensar, por un lado, que ellos son capaces de organizar y dirigir la sociedad mucho mejor que un mecanismo impersonal como el mercado y, segundo, por cuanto tienden a pensar que sus contribuciones son más importantes de lo que el resto de iletrados individuos son capaces de valorar… y de pagar.

En definitiva, cuando la izquierda reclama un mayor estatismo para favorecer la integración social en realidad está promoviendo una mayor disolución de los lazos privados que de verdad cohesionan la sociedad; gravísimo problema que, obviamente, requerirá de una nueva ronda de intervencionismo gubernamental realimentado. Una dinámica perversa donde, claro, lo de menos suele ser la inclusión efectiva y cooperativa de todas las personas y lo de más, engordar al bienamado Leviatán.

También te puede gustar

9 comments

  1. @Rallo: analicemos eso que llamas “ley de los mercados de Say” y que yo llamaré “hipótesis de los mercados de Say”, puesto que que no deja de ser una simple afirmación de alguien que cree que algo sucede siempre (salvo influencias “externas”, el gran tablón salvavidas de las hipótesis endebles) de determinado modo.

    Mi particular opinión ante esta hipótesis (como lego en economía es la primera vez que sé de ella) es que es sencillamente falsa de modo general. No dudo que pueda ser aplicable en determinados escenarios elegidos con cuidado, pero dista mucho de poder autodenominarse ley.

    Lo bueno del método científico es que las teorías científicas son siempre falsables, y para falsar una teoría basta con un solo contrajemplo. Se me ocurren cientos de necesidades humanas insatisfechas, que, dada la cantidad de gente desocupada que hay, crea una paradoja si consideramos cierta la hipótesis.

    Es ingenuo pensar que la simple necesidad o deseo de algo acabará siempre promoviendo un mercado para ello. Será cierto en muchos casos, pero no en todos. Un ejemplo extremo: la gente desea no morir, pero aún no se vende inmortalidad en botellitas, ni siquiera a precios exorbitados.

    Un ejemplo menos extremo: los deseos que son sólo para unos pocos. Mucha gente desearía, digamos, un palacete, un jet o un yate, (véase la generalidad y no los conceptos concretos) pero no poseen capital para adquirirlos. El mercado de esos productos se centra sólo en los de mayor poder adquisitivo, y se olvida paradójicamente de los de menor. En teoría ese deseo deberia alimentar la maquinaria de la eficiencia y de la disminución de costes, hasta que esos productos pudieran llegar a la mayor parte de la población, maximizando las ganancias de la empresa que consiguiera tal grado de especialización, puesto que las gentes sin muchos recursos son legión y los ricos la excepción.

  2. Pero eso no sucede. La triste realidad es que las teorías económicas intentan explicar comportamientos emergentes sin analizar los ladrillos básicos de los que surge tal emergencia, y por ello su poder predictivo es nulo. Tal mermada ciencia sólo existe por la demanda constante que existe (esta vez sí) de esos trabajos, lo que ocasiona que cualquier opinión personal o correlación estadística espúrea sea tratados como ley y dogma, ensamblados en el paradigma oficial y observados como verdad revelada, a falta de leyes mejores y con bastante culpa de quien ve en esas leyes justificaciones de sus propios prejuicios y deseos.

    Para el caso concreto de esta hipótesis de Say, sucede sencillamente que la “eficacia” no es una magnitud física que se puede manipular, aumentándola o reduciéndola, al giro de un dial. Es en sí otro proceso emergente complejo, pero sobre todo posee unos límites que se pueden adivinar vagamente para el conocedor de la física teórica o la teoría de la información, pero son totalmente invisibles, parece ser, para los economistas.

    No se puede incrementar la eficiencia libremente sólo con desearlo intensamente, o simplemente dándole a alguien mucho dinero para que lo consiga. Toda aumento en eficiencia tiene un coste, y, convirtiéndome hoy en economista al uso, postularé que hay una curva de eficiencia en la propia adquisición de la eficiencia, la cual muestra una rápida adquisición de ésta al principio con no demasiada inversión, pero tras la cual cada vez es necesaria más y más inversión para cada vez menos aumento de la eficiciencia, conforme nos allegamos a la asíntota de esta función.

  3. @Rallo: Y me dejo muchas otras objeciones sin desarrollar, como por ejemplo la presión extractora sobre los recursos naturales (esos a los que nadie quiere poner en el PIB) que origina cualquier producción eficiente y masiva. No intento salvar parajes prístinos ni evitar la extinción de especies adorables, esta vez sólo señalar que la extracción de recursos naturales es cada vez más cara cuanto más se explotan, ya que primero se explotan los más baratos, luego los siguientes más baratos al acabarse éstos, y así sucesivamente. En definitva, que la presión de la demanda esté ligada proporcionalmente por una “constante de Say” al aumento de la eficiencia, y, por fin, a una satisfacción de la demanda, es mito y deseo, no realidad tangible.

    Para acabar: Los gobiernos son gente, los mercados son gente, los empresarios son gente, y la gente es gente. Y la principal característica económica de la gente es que cada uno se preocupa de sí mismo y de un número muy reducido de conocidos. Por ello ni espero que el gobierno (que es gente, y gente que no me conoce) me solucione nada, ni los mercados (idéntica situación), ni otros entes similares, lo hagan.

    Al gobierno le interesa el dinero y la reelección, y a la empresa el dinero y la permanencia, que económicamente viene a ser la misma cosa. Que de esos impulsos básicos surja espontáneamente una situación social en la que todo el mundo es libre y próspero es sencillamente impensable e ingenuo, tanto en un caso como en el otro. Ninguna utopía surgirá jamás de confiar en el gobierno, ni por supuesto tampoco de confiar en el libre mercado, y que las personas razonables discutan tan acaloradamente sobre si la felicidad suprema está en uno o en otro extremo me parece una gran pérdida de tiempo. Poco eficiente, en suma.

    Hemos de empezar a dejar de depositar nuestra fe en tales organismos y sus procesos emergentes imaginarios, y empezar a pensar seriamente en un SISTEMA, uno que comprendamos, controlemos y queramos. Ese sistema ha de der diseñado, no “descubierto”. Los descubrimientos, necesarios por otra parte, han de originarse, no en economía, sino en psicología y sociología.

  4. @ Los seguidores de esta página: soy consciente de que he abordado un hilo que fue publicado tiempo atrás, y que ahora están ustedes ocupados con otros hilos más recientes, pero espero que mis comentarios no caigan en saco roto y pueda leer vuestras reflexiones al respecto.

  5. Hola Mou,

    No sé qué entiendes por Ley de Say, pero desde luego nada de lo que has dicho aquí la refuta. La Ley de Say sólo dice que producción se cambia por producción y, como has explicado, una parte de la oferta de mercancías se orienta a satisfacer los deseos de quienes tienen más poder adquisitivo (es decir, de quienes tienen mayor cantidad de mercancías que ofrecer/intercambiar).

  6. @Rallo tal vez haya entendido mal: eso de “La Ley de Say sólo dice que producción se cambia por producción” me parece poco claro. Si me puede dar más explicaciones me gustaría mucho. Tal vez así lo entienda mejor.