¿El fin del trabajo?

Tras cinco años de crisis económica y hallándonos a las puertas de los seis millones de parados, es normal que resurjan los mismos miedos y las mismas supersticiones que siempre suelen abatir a las sociedades occidentales en momentos de depresión. Los ciudadanos, incapaces de vislumbrar luz alguna al final del túnel, comienzan a plantearse si en verdad existe tal luz o si, por el contrario, no estaremos cayendo por un pozo sin fondo.

En materia laboral, tales temores se materializan en la cada vez más difundida idea de que existe un excedente de mano de obra en España que será incapaz de encontrar ocupación en el mercado de trabajo. Por decirlo en pocas palabras: en este mundo nuestro, gustan de decir los sindicatos, sobra gente, por lo que deberíamos proceder a redistribuir entre todos el escaso trabajo (verbigracia, reduciendo la jornada laboral).

Tales miedos, empero, no son nada nuevos: los mercantilistas entre los siglos XVI y XVIII ya se mostraban espantados ante un exceso de producción interna que jamás podría venderse y que dejaría en el paro a miles de personas; Malthus y Sismondi en el s. XIX también lanzaron serias advertencias de que el gasto en consumo podía ser crónicamente insuficiente para emplear a todos los trabajadores; Marx, años más tarde, acuñó el descriptivo término del “ejército industrial de reserva” para referirse a las masas depauperadas e inocupables que tendía a generar el capitalismo; y Keynes, durante los años 30 del siglo pasado, pretendió haber demostrado que un mercado libre podía alcanzar el equilibrio condenando al desempleo a una parte importante de sus trabajadores.

Pero una vez tras otra quienes buscaban inocularnos el miedo al fin del trabajo se equivocaron. El capitalismo siguió generando riqueza y el empleo siguió abundando allí donde los mercados no estaban asfixiantemente regulados. ¿Será la actual crisis una excepción? No, por una razón económica muy sencilla: el trabajo no es un fin sino un medio para satisfacer nuestras necesidades. En la medida en que los seres humanos no tengan cubiertos todos sus propósitos vitales, seguirá siendo menester trabajar para fabricar aquellos bienes y servicios que necesitan.

En este sentido, el capitalismo es sólo una manera de organizar eficiente y pacíficamente todas las relaciones humanas –incluidas las laborales–, de modo que cada uno pueda dedicarse a producir no todo aquello que necesita para sí mismo, sino aquello en lo que es más eficiente y que resulte de mayor valor para los demás. Es decir, aunque todos necesitemos comida, no hace falta que todos la produzcamos, sino que basta con que algunas personas se especialicen en elaborarla y procedan a intercambiarla por las otras mercancías que, con mayor pericia, fabriquen el resto.

El problema de la crisis actual no es que el trabajo se haya acabado, pues sin duda alguna todavía subsisten en todos los ámbitos –alimentación, tecnología, salud, formación, ocio, etc.– muchas necesidades humanas que no han sido satisfechas y que podrían serlo incrementando su producción mediante el trabajo. El problema de la crisis actual es que esa adecuada y proporcionada división del trabajo propia del capitalismo ha sido distorsionada y adulterada durante toda una década como consecuencia de las artificiales expansiones del crédito gestadas por el monopolio público de la banca central… y ahora toca arreglar el entuerto.

Véase un ejemplo: en el año 2007 había más de dos millones y medio de personas trabajando en la construcción que probablemente deberían haber estado ocupadas en otras industrias como las orientadas a la exportación. Hoy toca trasladarlas de un lado a otro, mas todavía carecemos de un tejido exportador lo suficientemente amplio como para reabsorber a esos varios millones de personas. Toca, pues, levantarlo, para lo cual necesitamos enormes volúmenes de ahorro con los que financiar tamañas inversiones privadas.

Si alguien piensa que, en cambio, el problema del desempleo se solucionaría “eliminando” a seis millones de españoles, sólo tiene que acudir a las estadísticas de paro de 1994: pese a que en España había siete millones menos de personas, la tasa de desempleo era calcada a la actual. No es, pues, que las ocupaciones laborales se hayan agotado para siempre y que sobren personas en un mundo superpoblado. Al revés, cuanta más gente seamos, más podremos enriquecernos profundizando en la mutuamente beneficiosa división del trabajo. Para ello sólo necesitamos reorganizar nuestro aparato productivo, a saber, sólo necesitamos tiempo, ahorro y libertad. Todo lo contrario, por cierto, de lo que con tanta pasión como desacierto predica la izquierda sindicalista durante estos días. No escuchemos sus cantos de sirena pues, en tal caso, terminaremos estrellándonos contra las rocas de su obstinación liberticida.

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