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Prólogo de ‘Nuestro enemigo, el Estado’

Publicado el 30 agosto 2013 por Juan Ramón Rallo

Prólogo para el libro Nuestro enemigo, el Estado, de Albert Jay Nock, publicado por editorial Innisfree. Puede descargarse gratuitamente desde aquí.

Una de las más manidas justificaciones de la violencia institucionalizada es que el individuo no puede vivir fuera de la sociedad y que, por tanto, se necesita de esa herramienta esencial de socialización que vendría a ser el Estado. En efecto, muchos liberales y sobre todo muchos libertarios han caído frecuentemente en la peligrosa simplificación de despreciar el colectivo, hasta el punto de negar su misma existencia. No es infrecuente escuchar que sólo existe el individuo o que sólo la persona tiene derechos y que, por tanto, una economía puede funcionar sin fricciones con una pléyade de individuos independientes y casi autistas. Ayn Rand, por ejemplo, llego al extremo de idolatrar el pronombre ‘yo’ y de considerar el ‘nosotros’ como un peligroso caldo de cultivo para el totalitarismo.

Desde luego, muchos de estos liberales ultraindividualistas estaban movidos por sanas intenciones: en concreto, proteger al individuo de todos los ataques a la libertad cometidos en nombre del colectivo. Sin embargo, al considerar que el totalitarismo empezaba cuando el ‘yo’ se diluía en el nosotros, inconscientemente le concedieron al enemigo la victoria que andaba buscando: la equiparación entre sociedad y Estado. Justamente, el auténtico totalitarismo comienza no cuando el individuo se diluye en la sociedad (algo que puede suceder por mecanismos totalmente voluntarios y beneficiosos para el individuo), sino cuando la sociedad se identifica en todos sus aspectos con el Estado. Pues ahí, en ese preciso punto, es cuando se equiparan los mecanismos voluntarios de cooperación y resolución de conflictos con las relaciones coactivas y opresivas que constituyen la esencia al Estado.

Afortunadamente, no todos los liberales han caído en esa trampa que tan arteramente tendieron los estatistas. La propia Escuela Austriaca capitaneó desde su nacimiento con Carl Menger los análisis sobre el surgimiento espontáneo de las instituciones, posteriormente refinados y ampliados por Friedrich Hayek; de hecho, este último llegó a calificar al individualismo cerril y aislado de la sociedad ‘falso” individualismo, por terminar creyendo que toda la realidad es fruto de la planificación de algún individuo concreto y no el subproducto no intencionado del conjunto de la comunidad. Fuera de la Escuela Austriaca, los llamados neoinstitucionalistas también han desarrollado una profusa y meritoria contribución al estudio de los límites de la propiedad individual, de los órganos de gobernanza sobre bienes comunales y de la conclusión de disputas por vías distintas a la legislación o los tribunales estatales.

Sin embargo, como decíamos, otros liberales, acaso menos interesados en la coordinación dentro y entre grupos, tienden a caer frecuentemente en el error de reducir toda la problemática económica y social al análisis racional de la conducta individual de carácter cuasi antisocial, negando incluso la existencia de externalidades o de acción colectiva (por el contrario, los estatistas tienden a visualizar tales problemas por todas partes y, sobre todo, tienden a negar la existencia de mecanismos privados eficientes para solventarlos). Afortunadamente, Albert Jay Nock no cae en este error tan extendido y ya desde el mismo título de su más afamado libro identifica adecuadamente al auténtico antagonista de la libertad: “Nuestro enemigo, el Estado”.

Así, a lo largo de las páginas de esta muy interesante obra, el lector hallará una tan acertada como necesaria distinción entre “gobierno” y “Estado”. En palabras de Nock: “Estas dos clases de organización política [gobierno y Estado] son tan distintas en la teoría que trazar una drástica distinción entre ambas diría que probablemente es la tarea más importante que la civilización puede emprender en aras de su propia seguridad. No es en absoluto arbitrario o academicista dar a un tipo de organización política el nombre de gobierno y a la otra el nombre de Estado”.

Para Nock, la diferencia entre gobierno y Estado cabe hallarla en cuatro características: su origen, su propósito, los medios principales que se utilizan y los intereses que se defienden. Así, el origen del Estado es la conquista y la confiscación, el del gobierno el pacto libre y voluntario; el propósito del Estado es la explotación continua y sistemática de un grupo de individuos por otro grupo de individuos, mientras que el gobierno tiene como finalidad defender los derechos individuales de las personas para garantizar la libertad y la seguridad de todas las partes, de modo que todas ellas puedan salir ganando; los medios de actuación del Estado consisten reprimir las libertades de los ciudadanos, mientras que los del gobierno se limitan a evitar y prevenir que unos individuos violen los derechos de otros; y, por último, los intereses del Estado, a diferencia de los del gobierno, no son los del conjunto de la sociedad sino los de ciertos grupos de presión bien organizados a la hora de saquear al prójimo. De manera resumida: “partiendo de la idea de los derechos naturales, el gobierno garantiza los derechos individuales mediante instituciones negativas y una justicia barata y accesible; a eso se limita el gobierno. En cambio, el Estado, tanto en su génesis como en sus actuaciones, es puramente antisocial. El individuo no posee otros derechos salvo aquellos que el Estado le haya otorgado; ha vuelto la justicia cara y poco accesible, y ha rebasado con frecuencia los límites que le imponen la justicia y la moralidad siempre que le ha resultado provechoso”

gobiernovsestado

Acaso sea conveniente refinar algo más esta crucial diferencia entre gobierno y Estado analizándolo desde otra perspectiva. En un momento del libro, Nock recupera la distinción realizada por el filósofo alemán Franz Oppenheimer entre “medios políticos” y “medios económicos” para poder proporcionarnos una definición más sintética de Estado. Dice Nock: “Existen dos maneras, y sólo dos maneras, para satisfacer los fines de una persona: una es la producción e intercambio de riqueza, lo que podríamos denominar los ‘medios económicos'; la otra es la rapiña de la riqueza que han generado otros, es decir, los ‘medios políticos'”. Es ésta distinción la que le permite a Nock concluir acertadamente que el Estado es “la organización de los medios políticos”, esto es, la institucionalización y burocratización de la rapiña.

Nock, sin embargo, se olvida de definir ‘gobierno’ a partir de la distinción anterior, cuando perfectamente podríamos definir al gobierno como el conjunto de arreglos institucionales que, a través de los medios económicos, tienen como propósito proteger los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos, esto es, solventar los problemas propios de la coordinación social en el ámbito de bienes de provisión conjunta. De esta forma, Nock enlaza con el futuro análisis de la Nueva Economía Institucional de Douglas North o de Elinor Ostrom consistente en mostrar la influencia de las instituciones sociales en la coordinación de los agentes económicos y en la resolución de los conflictos colectivos. Lejos del simplismo de conceder al Estado y a sus medios políticos el monopolio natural de estos arreglos institucionales, Nock insistió desde un comienzo, y la Nueva Economía Institucional demostró más adelante, que existen alternativas cooperativas que no pasan necesariamente por iniciar el uso de la fuerza, sino que es posible alcanzar formas contractuales e institucionales que, a modo de familias, comunidades de vecinos, urbanizaciones privadas, ciudades libres, clubes, sociedades de socorro mutuo, seguros, confesiones religiosas, comunidades de regantes, cámaras de comercio, patrullas vecinales, asociaciones de padres, fundaciones, costumbres, tribunales de arbitraje o usos comerciales, permitan remplazar la mayoría o la totalidad de las funciones que hoy copa de manera monopolista, violenta e ineficiente el Estado. Lo que Nock está señalando es que la función social del gobierno no es un monopolio natural del Estado (de los medios políticos), sino que puede descentralizarse de manera policéntrica en muy diversas organizaciones sociales de carácter voluntario y cooperativo (medios económicos).

Precisamente por esto último, Nock es capaz de asestarle un duro golpe a una de las principales legitimaciones que suele encontrar el Estado: su función de cohesionar la sociedad. De acuerdo con Nock, el Estado no sólo no es un prerrequisito para que exista la sociedad sino que es la institución más antisocial que existe: “el orden de intereses que defiende el Estado no es un orden social, sino antisocial; por eso, aquellos que lo administran, enjuiciados desde una perspectiva ética, resulten indistinguibles de una banda de criminales profesionales”. En otras palabras, el Estado es una gran ficción mediante la cual los distintos grupos organizados (los modernos lobbies) son capaces de vivir a costa de los muy desorganizados contribuyentes merced a toda clase de pretextos que buscan justificar la coacción y construir un espíritu de servidumbre voluntaria: “El hombre masa, desconocedor de su propia historia, tiende a considerar al Estado más como una institución social que como una antisocial; y debido a ese fe irracional, se muestra dispuesto a proporcionar a los administrador del Estado una legitimidad absoluta para la bellaquería, la mentira y las manipulaciones”.

Sin duda alguna, el análisis político, social y económico de Nock dista de ser perfecto. Sus grandes intuiciones constituyen también el germen de algunos de los fallos más llamativos del libro, por ejemplo al adoptar un concepto de ‘clase social’ cercana al marxismo para sostener que en último instancia todo Estado defiende los intereses de una clase concreta (cuando dentro de cualquier clase, arbitrariamente definida, existen objetivos contrapuestos e incompatibles entre sus integrantes) o al reputar, como los fisiócratas y los georgistas, que el origen de la riqueza y el monopolio básico de todo Estado es la tierra. Pero tales errores de análisis no empañan el conjunto de esta obra que, combinando el sentido común político con la acertara observación de la historia americana (su transición desde el protogobierno colonial hasta el Estado central imperial), proporciona una valiosa herramienta de reflexión para resistir la creciente estatización de nuestras sociedades.

En este último sentido, no puede afirmarse que estemos ante un libro que invite al optimismo, pues el propio Nock, consciente de la imposibilidad de planificar centralizadamente las sociedades y los arreglos institucionales, reconoce que la supervivencia y la extensión del Estado depende del apoyo implícito que le presten sus subordinados; un apoyo que desde la Revolución estadounidense sólo se ha ido acrecentando en todos los rincones del planeta. El propio libro concluye con un mensaje acaso demasiado pesimista: “Dado el enorme poder del Estado, combinado con la legitimación espiritual que tiene tras de sí, uno tiende a plantearse qué puede hacer en contra del Estado y de su imparable expansión: simplemente nada”. El propio Nock admite al final que, desde esta realista óptica, su libro es del todo inútil: “Bajo nuestras propias hipótesis, este libro no sirve para nada”. ¿Por qué, entonces, invirtió su tiempo Nock en escribirlo? Según sus propias palabras: “para nutrir la curiosidad y los conocimientos de aquellas ovejas descarriadas que, más allá de toda utilidad práctica, buscan conocer la verdad”. Es decir, para todos nosotros. Ningún homenaje y agradecimiento mayor podríamos hacerle a Nock que no sólo saciemos nuestra curiosidad, sino que animemos a despertar y saciar la de otros. Quién sabe si, al final, de tanto saciar nuestra curiosidad intelectual, al Estado no le queda otro remedio que comenzar a retroceder a favor de un gobierno voluntario.

24 Comentarios para este artículo.

  1. mario Says:

    Cuando Ayn Rand señalaba que es el individuo la unidad fundamental de la sociedad y el colectivo una abstracción, no negaba la necesidad de asociaciones entre grupos de individuos, pero asociaciones voluntarias y libres de las que bien podríamos retirarnos si bien nos parecía.Ahora, cuando adoptamos la abstracción “nosotros” y lo dotamos de las características del individuo, le estamos abriendo las puertas al Lebiatán. Frases como “el bien común” o “el interés generál” son frases prosopopéyicas que se vacían de contenido justamente por su caracter abstracto y su equiparación con el bien individual o el interés personal. El único sentido que podríamos darle a aquellas abstracciones las podemos resumir en una sola frase: RESPETO A LAS LIBERTADES INDIVIDUALES. A ver Juan Ramón, ¿no son ese “bien común” y ese “interés general” las bases ideológicas que ha utilizado el derecho positivo para erigir ese monstruo llamado ESTADO y el Gobierno su administrador? Vuelvo y pregunto ¿tiene el individuo la capacidad de retirarse voluntaria y libremente del ESTADO como quien se retira de un Club o Agremiación? Las diferencias que Nock propone entre ESTADO y GOBIERNO son de una enorme ingenuidad. Conquista, represión, esplotación, grupos de presión, no son las bases ideológicas del ESTADO (aunque a ellas se llegue), son “bien común” y el “interés general”

    Finalmente, leyendo a J.H Elliott en su magna obra Imperios del Mundo Atlántico entendemos por qué la preonderancia del derecho individual y la libre asociación, en contra de la regulación de la Corona, hicieron de la conquista y colonización de la América inglesa los instrumentos más idóneos para el progreso económico y la libertad. Muy por el contrario, la implacable fuerza regulatoria de la Corona española no logró los mismos resultados.

  2. Juan Ramón Rallo Says:

    El bien común es un sistema normativo donde todo el mundo pueda perseguir sus fines personales en armonía (la nomocracia hayekiana).

    Nosotros no es ninguna abstracción; es una realidad. Otra cuestión distinta es que el nosotros deba tener más derechos que el yo o, mejor dicho, que obtenga derechos distintos a aquellos que le ha cedido el yo.

  3. Carmen Alameda Says:

    “Lo que Nock está señalando es que la función social del gobierno no es un monopolio natural del Estado (de los medios políticos), sino que puede descentralizarse de manera policéntrica en muy diversas organizaciones sociales de carácter voluntario y cooperativo (medios económicos)”

    En mi opinión, la clave está en que los gobiernos siempre desarrollen sus funciones de forma completamente policéntrica y limitada a fines muy concretos de las personas que decidieron constituirlos. En caso contrario, no tardaríamos mucho en ver la creación de nuevos estados.

  4. viernes Says:

    Bueno, bueno .. tranquilidad para los seguidores de Aynd Rand (la moralidad del $), no hay que calificar este giro inesperado de conversión paulina:

    “Deshaceos del hombre viejo, revestíos del nuevo” diría San Pablo (cfr Efesios 4, 22-24).

    Pero resultante desconcertante pasar de calificar la EBC, (el esquivo concepto del bien común, ¿puede haber una economía basada en un indeterminado bien común?), como sistema erróneo, teleocrático y liberticida, a considerar el bien común un sistema normativo nomocrático hayekiano.
    Sí, ya se que el libre mercado es mucho más respetuoso con el bien común, pero ¿no serán sus razones las del lobo en piel de cordero? Todo sea por una buena causa, nuestro común enemigo el Estado (¿eso no será una causa teleocrática, verdad?).

    Me parece que viene bien comentar algo de la mente del mercado, y que también se cita aquí.
    Es un castillo de naipes: a la cooperación por el egoísmo. No ofrece ninguna prueba científica (el gen egoísta no tiene ninguna prueba empírica), solo vagas intuiciones morales, el ultraindividualismo que critica Hayek:

    “Como decía el filósofo escocés Adam Ferguson, la sociedad es el producto de la acción –o interacción– humana, pero no del diseño humano.”

    Lo mismo que dice Mises en La Acción Humana: “…el ser humano nace siempre en un ambiente que encuentra socialmente organizado. Sólo en tal sentido puede afirmarse que –lógica o históricamente– la sociedad es anterior al individuo. En cualquier otro sentido la afirmación es engañosa y falsa. Es cierto que el individuo vive y actúa en el marco social, pero la sociedad no es más que la combinación de actuaciones múltiples para producir un esfuerzo cooperativo. En ninguna parte existe fuera de las acciones de los individuos y es puro espejismo imaginarla fuera del ámbito en el que los individuos actúan”.

    Un ciego no puede guiar a otro ciego, pero un sordo sí que puede guiar al ciego y viceversa:

    “En pocas palabras, la razón por la que los mercados funcionan tan bien puede reducirse a lo que los teóricos evolucionistas han denominado la segunda regla de Orgel, a saber, ‘la evolución es más inteligente que tú’. Incluso un gran hombre muy racional, inteligente y benevolente no sería capaz de superar el algoritmo evolutivo (…)

    Ah .., pero resulta que la cooperación (lo de pacífica, ejem, ejem ..) es intención, y además parece ser un principio básico de la evolución:

    http://verdecoloresperanza.blogspot.com/2013/08/la-evolucion-castiga-los-egoistas.html

    ¿La frase del diseño sin diseñador de Dennet ..? Está muy gastada, prefiero la de Sagan, ese sí que era escéptico: “Somos el medio para que el cosmos se conozca a sí mismo”.

    Saludos

  5. viernes Says:

    Erratas: “resultante desconcertante” por resulta desconcertante.

    Mejor el link original:

    http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/08/130805_ciencia_evolucion_egoismo_vs_cooperacion_np.shtml

  6. Socialista Says:

    Bueno, no hace falta ser tan moderno. Ya el genial Kropotkin sostiene esta tesis en su libro “El apoyo mutuo”.

    En cuanto a lo de Gobierno y Estado da la sensación que algunos dulcifican su postura, aunque si uno lee entre líneas podrá entender que Estado son las escuelas y hospitales públicos, mientras gobierno es la pasma, carceleros y los jueces. Los primeros son auténticos asaltadores que viven a base de robar al pueblo y los segundos el auténtico gobierno que procura el bien común, es decir, la defensa de la propiedad privada :)

  7. viernes Says:

    @Socialista

    Cierto, es un visionario, además se puede bajar el libro:

    http://es.wikipedia.org/wiki/El_apoyo_mutuo

  8. etrusk Says:

    Alguien quiere añadir algo:
    http://etrusk.blogspot.com.es/2013/08/la-constitucion-radical-del-siglo-xxi.html
    http://etrusk.blogspot.com.es/2008/07/partitocracia-regimen-politico-actual.html

  9. viernes Says:

    Por cierto, parece que cambiar la definición de los conceptos es algo común por aquí:

    “El bien común o bonum commune tomista es lo que beneficia a todos los ciudadanos. (Diccionario de la Lengua Española, en su edición nº 22 de 2001). Son los propios ciudadanos quienes colectivamente pueden determinar que es [como alcanzar] el bien común.” Gemma Fajardo

    A mí me gustaría que se determinara a través de la razón común (1), pero es solo un deseo particular y me aguanto.

    “En fin, Humpty Dumpty habría disfrutado con usted.”

    Y seguro que también con usted, Sr. Rallo.

    (1): http://elpais.com/elpais/2013/02/01/opinion/1359743184_320902.html

  10. Carmen Alameda Says:

    Sin haber leído el libro, y con el consiguiente riesgo de equivocarme severamente (por lo que agradecería ser corregida si se aprecia equivocación en el planteamiento) quisiera ampliar mi opinión…

    Aunque el origen del Gobierno sea el pacto libro, su propósito garantizar la libertad, sus medios la prevención y su interés el “bien común”, creo que un número no despreciable de gobiernos que se constituyesen degenerarían tarde o temprano en estados. Podrían ser perfectamente su germen, su “semilla del mal”.

    ¿Qué garantía hay de que esto no pueda ocurrir?

    Considero que prácticamente ninguna efectiva, es más, los integrantes de dichos gobiernos que nacieron con tan nobles fines tienen fuertes incentivos para entrar en dinámicas perversas que desembocarían en la creación de dichos estados. Al igual que los estados pequeños tienden a aumentar su tamaño con el fin obvio de tener más poder sobre la población, es probable que varios gobernantes también quieran incrementar su poder dando el salto cualitativo. Algo que podrían hacer apoyados de forma voluntaria y legítima por los gobernados. En un principio no habría ningún problema para los que no quisieran formar parte de ningún Estado, podrían seguir viviendo libremente sin verse afectados por la decisión que han tomado otros. Pero, más adelante, en el medio-largo plazo, ¿no corren serio riesgo de ser “integrados” por la fuerza? Los estados siempre han querido “integrar” (hay muchísimos ejemplos de ello), ¿ahora sería distinto?

  11. Carmen Alameda Says:

    Errata: En vez de “pacto libro” debe decir “pacto libre”

  12. Juan Ramón Rallo Says:

    Viernes,

    ¿He pasado de considerar qué a considerar cuál? Cito de mi artículo sobre Felber: “Empero hay otra posibilidad: ¿qué sucedería si definiéramos el bien común como un marco normativo muy general donde todo el mundo tuviera la posibilidad de tratar de satisfacer sus fines en cooperación de los demás? El bien común, lejos de imponer a todo el mundo unos objetivos precisos y particulares, sería el conjunto de condiciones que permitirían que los fines particulares emergieran, interactuaran, se complementaran y colaboraran entre sí: no se trata de que nos den a todos el menú de objetivos vitales inflexiblemente tasado, sino que nos permitan ir creándolo y descubriéndolo por nuestra cuenta y con la ayuda voluntaria de los demás (nada de esto supone asumir que el ser humano siempre sabe lo que le conviene en tanto es completamente racional; basta con admitir que necesita ir probando y equivocándose para aprender a tratar de ser feliz). En este sentido, el Nobel Friedrich Hayek distinguía entre dos tipos de órdenes sociales: los nomocráticos (donde la sociedad como sociedad carecen de otro fin salvo el de permitir a los distintos individuos y agrupaciones de individuos que persigan pacíficamente los suyos propios) y los teleocráticos (donde la sociedad les imponía ciertos fines vitales al resto de individuos). Los primeros eran las “sociedades abiertas” y los segundos las sociedades despóticas”.

    Socialista,

    No lo has entendido bien. El monopolio coactivo sobre policía, jueces y ejército sigue siendo un Estado, no un gobierno.

  13. viernes Says:

    @Rallo

    ¿Se imagina una sociedad insolidaria? Yo sí, esa que propone, una convivencia egoísta, en la que la cooperación sea voluntaria.

    La cooperación no es una acción voluntaria, es instintiva. Es un medio que ya tiene la sociedad per se para conseguir la solidaridad (estar juntos); no hay que crearla, solo incentivarla. ¿Vió la reacción de los vecinos al accidente de Santiago?

    Como ya dijo Aristóteles (me repito, pero es que era muy sabio ..) la meta de la convivencia es el bien común y la justicia.

    El bien común no impone nada a nadie, por propia “definición”. Ni unos objetivos precisos porque significa una búsqueda colectiva, ni unos objetivos “particulares” porque serían contradictorios con el fin “común”.

  14. Bastiat Says:

    Viernes…. vio Ud. a alguien en el accidente de Santiago obligando a alguien remiso o dubitativo, a hacer algo que no quisiera hacer? Yo no. Quien ayudó lo hizo lo hizo voluntariamente. Esa es la raíz de la verdadera solidaridad: la voluntariedad.

    Si la solidaridad es lo que decida el poder político, ya sea dictatorial o elegido, el individuo no es solidario, simplemente actuará por miedo o por obligación. Pero eso no es solidaridad.

  15. Felson Says:

    Viernes,

    “¿Se imagina una sociedad insolidaria? Yo sí, esa que propone, una convivencia egoísta, en la que la cooperación sea voluntaria.”

    Me das miedo. Ó sea, que para ti una sociedad ideal es una que sea solidaria sobre la base de la cooperación ¡obligatoria!.

    Nada nuevo bajo el Sol…

    Los mismos canes con distinto collar…

  16. viernes Says:

    Fue involuntaria porque fue instintiva, un reflejo solidario. Quiero decir que no fue un acto premeditado por una decisión calculada. Hay dos clases de voluntariedad, me refiero a la altruista.

  17. viernes Says:

    Perdón, es que es un poco tarde y mi cerebro se apaga .. me refiero a que hay dos tipos de voluntariedad, la altruista que es la genuinamente instintiva y la interesada que está supeditada a los fines particulares y es la que sugiere Rallo.

  18. Juan Ramón Rallo Says:

    Claro que la solidaridad es instintiva; por eso no es necesario imponerla desde el Estado.

  19. viernes Says:

    @Rallo

    “Claro que la solidaridad es instintiva; por eso no es necesario imponerla desde el Estado.”

    Cierto, cierto y más cierto. Pero eso no dice nada de la necesidad del Estado/Gobierno para otras cosas.

    @Felson

    ¿Me ha llamado algo, cachoperro .. ja, ja? ¿A que le mando mis padrinos?.

    PD. Corrijo: la cooperación no me parece una acción instintiva, sino un mecanismo instintivo. En sí misma la acción cooperativa puede ser voluntaria/obligada o pacífica/impuesta. Como algunos dicen que aprovecharse de la coacción de terceros no es inmoral .. eso deja un gran espacio para la legitimidad de los impuestos ¿no creen?

  20. El tigre de azul Says:

    Muy esclarecedora la distinción entre gobierno y Estado.
    El Estado es un sistema complejo, cada vez más; y como tal, su funcionamiento tiende evolutivamente a lo que tienden todos los sistemas complejos: como primera necesidad, su supervivencia, siguiendo con la autorreplicación. Como máquinas que se hubieran programado para realizar una tarea, y que contaran con un algoritmo que las permita regenerarse a sí mismas; terminarían empleando cada vez más cantidad de recursos en su propia perpetuación, y menos en realizar la tarea para la que se las concibió.
    Este es el estadio en que se encuentran, no solo los Estados, sino también las grandes corporaciones acéfalas, cada vez más ineficientes, y necesitadas de saltarse las reglas del juego. Los errores se diluyen entre el organigrama de la organización, y las ineficiencias crecen. Las corporaciones pueden caer cuando el nivel de ineficiencia llega a cierto límite; pero en el caso de los Estados, aunque se rebase ese límite, siguen teniendo el poder coactivo que impide su caída.
    Desgraciadamente, aún no vislumbro ninguna ruta de salida para esta tendencia, porque los casos de revueltas en Libia, Egipto, y ahora, Siria creo que producen resultados aún peores.

  21. Ernest Roberts Says:

    Posiblemente contradiga a muchos si comienzo estás líneas diciendo que Cristina todavía puede estar tranquila. No, no soy parte del “relato”, pero tengo argumento para afirmarlo. Es verdad que la economía se le desmorona, que no hay una política precisa para solucionar este estado de cosas, y que no cabe más basura debajo de la alfombra. Por más ingreso que obtenga, el Gobierno Nacional, si gasta más de la cuenta, inevitablemente se verá en problemas.

  22. El Osito Teddy Says:

    Me parece totalmente erróneo lo que se cuenta de Ayn Rand en el primer párrafo. Transcribo:

    “Empecemos con esta pregunta: Las novelas de Ayn Rand, ¿describen a personajes que están aislados y se preocupan exclusivamente de sí mismos?

    En su primera novela, (Los que Vivimos), el héroe lo arriesga todo para salvar la vida de su amante.

    En la segunda gran novela de Ayn Rand, (El Manantial), el héroe es parte de un apasionado romance con la protagonista, se involucra en numerosos acuerdos comerciales, es la discípulo favorito de su mentor en arquitectura, y forma muchas y profundas amistades con mucha gente, desde un trabajador de la construcción a un magnate de los medios de comunicación.

    En su última y principal novela, (La Rebelión de Atlas), la “utopía” de Ayn Rand no es Robinson Crusoe en una isla desierta, sino un pueblo entero, pequeño y muy unido. Por no hablar de las decenas de romances, amistades y relaciones comerciales que los héroes emprenden.

    Todo esto debe hacerle reflexionar a cualquiera que pretenda acusar a Ayn Rand de defender un individualismo atomista, de lobo solitario.

    Entonces… ¿qué está pasando aquí? ¿Está Ayn Rand siendo inconsistente? ¿Cómo es posible compaginar su descripción de héroes que valoran profundamente a otras personas con el individualismo sin sentimiento de culpa y la defensa del interés propio que ella aboga?

    La clave que hay que entender es que otras personas tienen un enorme valor para un individualista. Un individualista no es alguien que “se interesa” sólo por sí mismo, sino alguien que está decidido a lograr su propia felicidad. Pero, ¿cómo se alcanza la felicidad? En gran parte, desarrollando estrechas relaciones con otros: con socios comerciales, hombres de negocios, profesores, vecinos, amigos y amantes. En palabras de Rand:

    Amor, amistad, respeto, admiración… son la respuesta emocional de un hombre a las virtudes de otro, el pago espiritual que se da a cambio del placer personal y egoísta que un hombre recibe de las virtudes del carácter de otro hombre. Sólo un salvaje o un altruista alegaría que apreciar las virtudes de otra persona es un acto de generosidad, y que en lo que concierne a su propio interés y placer egoístas, no hay ninguna diferencia si uno trata con un genio o con un estúpido, si se encuentra con un héroe o con un bandido, si se casa con la mujer ideal o con una prostituta.

    La diferencia entre un individualista y un colectivista en este contexto no es que el colectivista se preocupe de otros y el individualista no. Es que el individualista se preocupa de las personas que, de una forma u otra, contribuyen a mejorar su vida, asegurándose que todas sus relaciones están regidas por el principio del comerciante. Él trata con la gente sólo en base a un beneficio mutuo, intercambiando valor por valor, donde ambas partes ganan. Citando a Ayn Rand de nuevo:

    El principio del comercio es el único principio ético racional para todas las relaciones humanas, personales y sociales, privadas y públicas, espirituales y materiales. . . . En cuestiones espirituales – (por “espiritual” aquí quiero decir: “perteneciente a la consciencia del hombre”) – la moneda o el medio de cambio es diferente, pero el principio es el mismo.”

  23. Juan Ramón Rallo Says:

    Pensaba más bien en Anthem: http://en.wikipedia.org/wiki/Anthem_(novella)

  24. El Osito Teddy Says:

    Y yo pensaba más bien en Ayn Rand porque has dicho Ayn Rand. Un repaso superficial a sus obras deja bastante claro que ese supuesto autismo no existe. Si antes de “Anthem” la autora escribe una novela en la que el héroe “arriesga todo por su amante” cabe preguntarse hasta qué punto tu crítica deja de ser válida y si es mejor desactivarla debido a que opera fuera de contexto.

    Tan injusto es tildar a Rand de atomista como acusarte a ti de lo mismo.

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