El déficit público sí nos aboca a nocivos impuestos futuros

El último de los fraudes mortalmente inocentes que denuncia Warren Mosler es la idea de que los déficits actuales son negativos porque implican mayores impuestos futuros: a su juicio, los déficits actuales sí implican mayores impuestos futuros pero eso, lejos de ser nocivo, será un síntoma positivo para la economía.

En este sentido, no es que Mosler exhiba su lado más fiscalmente sádico, sino que él contempla los impuestos como un mecanismo para regular el recalentamiento de una economía sana. A su juicio, el Estado acumula déficits públicos en medio de una depresión y, más adelante, sube los impuestos en medio de la recuperación impulsada por los déficits anteriores con el fin de “enfriar” el sobrecrecimiento y de mantener a raya la inflación: “¿Por qué incurrimos hoy en déficits? Porque los ‘grandes almacenes’ de la economía están llenos de bienes sin vender, el desempleo está disparado y estamos produciendo por debajo de nuestra capacidad. El Gobierno compra lo que quiere y nosotros carecemos de poder adquisitivo suficiente para comprar lo que queda, por lo que el gobierno ha de optar por reducir impuestos y tal vez incrementar el gasto público para incrementar el gasto total y reaborber los bienes invendidos. ¿Y por qué terminaremos elevando impuestos? No para que el gobierno pueda gastar, pues ya sabemos que puede gastar sin recaudar impuestos: aumentaremos los impuestos únicamente cuando nuestro poder de compra sea demasiado alto, el desempleo se haya reducido a niveles muy bajos y los bienes invendidos hayan desaparecido, todo lo cual elevaría el poder adquisitivo disponible y generaría una inflación no deseada”.

Dicho de otro modo, el economista de la MMT considera que todos los problemas en una depresión económica pueden reducirse y solventarse mediante un aumento del gasto total: la economía se estanca porque la gente no adquiere todas las mercancías que se hallan a la venta. Dicho así, empero, las conclusiones resultan bastante endebles. La cuestión verdaderamente relevante es: ¿por qué no se venden todas las mercancías? Mosler no responde con claridad a esta cuestión: aparentemente insinúa que las mercancías se quedan invendidas porque el “poder adquisitivo” en manos de los compradores resulta insuficiente para absorber todas las mercancías producidas. Pero entonces la cuestión relevante se traslada a un nivel superior: ¿qué constituye el poder adquisitivo que permite la adquisición de mercancías?

Y la respuesta a esta última pregunta es tan sencilla como crucial para comprender la nula fundamentación del edificio keynesiano: el poder adquisitivo está constituido por mercancías presentes o futuras. Un agente económico que posea mercancías presentes valiosas podrá utilizarlas para adquirir otras mercancías; a su vez, la producción futura esperada de ese agente económico también poseerá un valor económico presente que, a su vez, podrá ser empleado para adquirir otras mercancías presentes (esta operación se conoce generalmente como compra a crédito o endeudamiento: adquiero mercancías hoy y pago las pago entregando mercancías mañana).

En otras palabras, ningún agente económico puede demandar sostenidamente mercancías por un valor económico superior al de las mercancías que ya ha producido o de las mercancías que se espera vaya a producir. Si lo hiciera, por definición sería incapaz de pagar las mercancías que adquiridas al comprar las mercancías presentes y no pagarlas. Por consiguiente, cuando se afirma que el poder adquisitivo es insuficiente para adquirir las mercancías producidas sólo se puede estar afirmando una cosa: que algunas de las mercancías que se han producido no son las que demandan los propietarios de otras mercancías (de ahí que no estén dispuestos a intercambiarlas por ellas) y que, en consecuencia, esas mercancías no demandadas sólo serían adquiridas en caso de que la producción presente o futura fuera muy superior a la que realmente es o se espera que sea. Esto es, el problema es que la oferta presente de algunas mercancías no se adecua a su demanda.

Por supuesto, los motivos de esta no adecuación no son monolíticos: la no adecuación puede deberse a un error absoluto (se han producido bienes que bajo ningún contexto poseerán demanda) o a un error relativo (si cambia razonablemente el contexto, esos bienes volverán a tener demanda). El error absoluto es un despilfarro absoluto; el error relativo, en cambio, resulta relevante en contextos en los que varía la incertidumbre sobre el futuro: un aumento de la incertidumbre sobre mi producción futura puede reducir mi poder adquisitivo presente y, por esa vía, dejar sin vender parte de la oferta de mercancías ajenas presentes; por el contrario, una moderación de la incertidumbre sobre mi producción futura puede incrementar mi poder adquisitivo presente y, por esa vía, mi demanda de mercancías ajenas presentes.

Cuando el Estado aumenta el gasto público, puede hacerlo a costa de detraer demanda presente del sector privado o de detraerle demanda futura: lo primero supone financiar el gasto público presente con impuestos presentes y lo segundo financiarlo con la emisión de deuda pública (es decir, con impuestos futuros). Evidentemente, resulta absurdo que el Estado quiera subsanar errores absolutos en la oferta de bienes y servicios, obligando al sector privado a que adquiera lo que no desea adquirir pero, ¿tiene sentido que intente subsanar errores relativos aumentando la demanda presente de ciertas mercancías que, acaso, puedan recuperar su demanda privada una vez la incertidumbre se modere? Si nos fijamos, esta última posibilidad equivale a que el sector público obligue al sector privado a asumir riesgos mucho mayores de los que ese mismo sector privado está dispuesto a asumir: en concreto, la emisión de deuda pública para aumentar el gasto público supone comprometer producción futura del sector privado a la adquisición especulativa de mercancías invendidas presentes. El Estado, pues, obliga a los agentes privados a que asuman más riesgos de los deseados y, de ese modo, consolida una estructura productiva que, a ojos de esos agentes privados, resulta demasiado arriesgada en relación con su rentabilidad.

A diferencia de lo que cree Mosler, pues, los déficits públicos no elevan sosteniblemente el gasto y la producción agregada de un modo automático y gratuito. El coste de esos déficits públicos presentes es necesariamente una reducción del poder adquisitivo futuro (ya sea por subidas de impuestos futuros o por inflación): el economista de la MMT asume que el rendimiento del gasto público (riqueza generada mediante el aumento de la demanda presente) por fuerza superará el coste de ese gasto (impuestos futuros para amortizar la deuda presente). Pero no hay ninguna necesidad de que así sea: el mayor gasto público podría simplemente mantener las inadecuadas estructuras productivas actuales a costa de una creciente pauperización futura. Resulta perfectamente concebible que un Estado se comprometa a entregar una mayor producción futura de la que contribuirá a crear con su gasto presente y, en tal caso, asistiríamos a un endeudamiento público decrecientemente pagable que, lejos de llevarnos a una recuperación sostenida (como supone Mosler), provocaría quebrantos extraordinarios en el futuro (sobre los contribuyentes, si la deuda se paga con impuestos; sobre los bonistas, si la deuda se impaga; sobre bonistas y tenedores de la moneda fiat, si la inflación se dispara).

Así pues, si se asume que el gasto público presente dirigido a “estimular” la economía tiene, por lo general, una escasa influencia a la hora de reanimar la creación sostenida de riqueza, resultará del todo lógico negarse a contemplar con buenos ojos los impuestos futuros necesarios para amortizar esa deuda y habrá que contemplarlos, por el contrario, como una plaga económica que dificultará todavía más la recuperación.

Mosler debería aceptar plenamente la posibilidad de que los déficits públicos actuales no aumenten la prosperidad presente en más de lo que la reducirán los impuestos futuros, agravando en tal caso la situación de debilidad de la economía. Semejante posibilidad —altamente verosímil— atentaría, empero, contra el modelo político, económico y social de la MMT: uno donde el Estado maneja discrecionalmente la moneda fiat con el pretexto de lograr la estabilidad macroeconómica; esto es, uno donde el Estado, apelando a nuestro propio bienestar, maneja arbitrariamente nuestras vidas mediante el monopolio fiscal y monetario.

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13 comments

  1. Esto es, el problema es que la oferta presente de algunas mercancías no se adecua a su demanda.

    En ese caso los precios tenderían a bajar hasta que se ajusten la oferta y la demanda. No tiene por qué haber mercancias invendidas. En el peor de los casos, se podrán vender como saldos (aunque sea con pérdidas) antes que tenerlas almacenadas indefinidamente.

  2. En el peor de los casos, se podrán vender como saldos (aunque sea con pérdidas) antes que tenerlas almacenadas indefinidamente.

    Es decir, quiebras empresariales; es decir, crisis económica.

  3. Cuando hay mercancias sin vender se puede esperar a ver si consiguen venderse más adelante. Pero puede llegar un momento en que, en vez de seguir pagando indefinidamente gastos de almacenaje, haya menos perdidas si se venden como saldos o “liquidación”. En esa caso, en vez de maximizar beneficios (lo que en ocasiones puede ser imposible), se trata de minimizar pérdidas.

  4. Y que le ocurrió a kodak y sus millones de carretes. Ni lo uno ni lo otro: a la mierda por 20 meses y ahora chiquita remontando

  5. Exacto. No pudo soportar su viejo esquema, no pudo aguantar en el top como hacía por décadas por dormirse en los laureles.

    Lo que quería decir que esperar a que la tormenta pase como ha señalado Fernando es ver que todo volverá a como estaba antes y así podré salir del paso o volver al top.
    La realidad después de la tormenta es ya distinta, y por eso ese quebranto de 20 meses es para eso

    Nuevos aires, nuevos rumbos nueva oportunidad.

    Gracias dr.

  6. Y sin contar que mucho más allá de que te cueste dinero mantener almacenado toneladas y toneladas de carretes es ver la manera de desprenderte de ellas. Que no es tan barato ni fácil tirarlas a la basura ni mucho menos.

    Existe todo un dolor de cabeza procesar ciertos bienes de consumo para eliminarlos del sistema.

    No me extrañaría que para encontrar salida a esa ingente cantidad de artefactos se encontrará lucro a reciclarlo para otra cosa.

    Toneladas de carretes no se volatilizan así como así.
    Es una crisis del clásico formato, pero una oportunidad también para otras cosas no previstas por kodak.

    Y lo ha hecho muy bien.

  7. ¿ Se podría decir que es un error incluir las existencias forzadas – las no calculadas como colchón de seguridad – en el cálculo del PIB ?
    Esto es, las manzanas pochas que el frutero tiró en febrero, ¿ deben incluirse en el PIB como “inversión en existencias” ? Es que , de otro modo, mal va a cuadrar el pib desde la perspectiva del gasto y desde la de la renta. El capitalista que pagó unos salarios por recoger las manzanas no tiene nada a fin de año…¿ dónde se supone que está ese cuadre ?
    Creo que quizá, si no se supusiese que ese cuadre se produce, los “errores” de los empresarios darían lugar a un descuadre interesantísimo para la teoría económica porque es la piedra de toque de la cuestión: ¿ se ha acertado con la inversión o no ?
    O sea: Y = C + I + Error de inversión.
    ¿ Esto es una burrada ?

  8. Sí, si lo es, está en el excedente que se calcula por diferencia. Es un cuadre forzado-formal.
    Aunque, no sé, no me parece que esté bien en la “inversión”….

  9. Rallo, creo que deberías intentar ver la crisis olvidándote un poco de los esquemas teóricos austríacos. En esta crisis, no es que haya una falta de adecuación entre oferta y demanda, o que haya una oferta que no encuentre comprador por malos cálculos empresariales. Esta es una crisis por agotamiento del “crecimiento” por medio de acumular inmensas cantidades de deuda.
    Se trata de un esquema ponzi tipo burbuja económica. Toda burbuja va sobre lo mismo: invertir donde sea en un contexto de intereses reales negativos, de forma que la deuda resulta impagada, gracias a la inflación. La empresa que se hacía más grande mediante compras apalancadas terminaba valiendo más. El piso comprado mediante una hipoteca terminaba compensando con creces la antigua deuda contraída. Todo ello, por supuesto, gracias a la intensa manipulación financiera de gobiernos y bancos centrales.
    Al final, lo que tenemos, no es una “inadecuación” entre oferta y demanda, sino un agotamiento. En toda etapa de burbuja la euforia, el “crecimiento”, es simplemente debido al consumo de capital y ahorros anteriores. Como todo esquema ponzi, tiene un final en forma de crisis.
    En esas estamos. Pero no se trata de que consiguiendo “readecuar” la oferta y la demanda saldremos de esta. Lo que tenemos es que hemos vivido consumiendo ahorro y capital, por lo que nuestra producción futura, cuando al final vivamos el proceso de reestructuración de la inmensa deuda acumulada, será inferior a la que nos habíamos acostumbrado.

  10. José Luis,

    No sé qué entiendes por consumo de capital, pero el único consumo de capital que conozco en las sociedades capitalistas modernas son las malas inversiones.

  11. Precisamente, Rallo. En todo proceso de producción hay unos inputs en forma de materias primas, trabajo, amortización de maquinaria, etcétera. La clave de todo es que el valor económico total de todos los inputs sea inferior a lo que se produce. Sólo una economía de mercado con los mayores grados de libertad posible puede garantizar que la mayor parte de procesos productivos generen más valor de lo que consumen.
    En las economías actuales, hay muchos procesos productivos que en realidad no lo son, porque consumen más valor económico del que entregan a la sociedad. Muchas de las inversiones y de los gastos de los estados entran dentro de este apartado.
    En épocas de “crecimiento” a base de incrementar la deuda total, no sólo el estado destruye valor económico, sino también una buena parte de los productores privados. Por ejemplo, mediante la construcción desaforada de viviendas, que lleva a un consumo de materiales y jornales de trabajo que no serán recuperables. Y es que, en realidad, la burbuja no va de ladrillos, ni de punto com. Todas las burbujas van de apostar a que el valor del dinero bajará ininterrumpidamente, gracias a la acción concertada de gobiernos y bancos centrales.
    En España, en unos cuantos años de la primera década, hemos incrementado nuestra deuda total a tasas interanuales de dos dígitos. Esa es la medida de nuestro consumo de ahorro de capital no sólo nacional, sino también extranjero.

  12. Bien, pero entonces estamos hablando de malas inversiones (organización de inputs con coste de oportunidad superior a la utilidad del output), que es justo de lo que trata la teoría austriaca.