Los tres fracasos del keynesianismo en Japón

La economía japonesa lleva estancada un cuarto de siglo: desde 1991, la renta per cápita del país en yenes constantes apenas ha crecido un 17% frente al 42% que se ha expandido la estadounidense o el 33% que ha crecido la alemana (esta última, a pesar de la muy difícil digestión de la ruina socialista de Alemania del Este). Esta parálisis japonesa se produce, además, a pesar de ser la economía del G7 donde la población más ahorra y que, por tanto, dispone de una mayor capacidad para formar internamente capital: en concreto, entre 1991 y 2014, Japón ha exhibido una tasa de ahorro media del 27% del PIB, entre un 50% y un 100% más que el resto de economías del G7. ¿Qué ha sucedido en Japón durante los últimos cinco lustros para que estemos describiendo una situación de semejante depresión?

Entre 1970 y 1985, la economía japonesa basó su rápido crecimiento en las exportaciones: con un dólar que oscilaba entre 250 y 300 yenes, las ventas al exterior crecían a ritmos de entre el 10% y el 15% anual. Las cosas, sin embargo, se torcieron a partir de 1985, año en el que se suscribieron los Acuerdos de Plaza por los que EEUU, Alemania, Reino Unido, Francia y Japón acordaron depreciar el dólar frente al marco y al yen: en apenas unos años, el dólar se depreció alrededor de un 50% frente al yen (hasta cotas de 125 yenes por dólar) lo que supuso un duro mazazo para la industria japonesa, cuyas exportaciones decrecieron durante varios años y posteriormente sólo lograron volver a expandirse a tasas notablemente más moderadas.

En ese momento, Japón tenía dos opciones: o afrontar la necesidad de un profundo reajuste en su especialización internacional o huir hacia adelante. Por desgracia, optó por huir hacia adelante: entre 1985 y 1989, los tipos de interés del bajo central se redujeron desde el 5% al 2,5%, estimulando un sobreendeudamiento interior tanto de familias, de empresas como de entidades financieras. En apenas cinco años, el endeudamiento total de la economía se incrementó un 75%, pasando del 300% a casi el 400% del PIB. De hecho, la magnitud total de la sobreinversión empresarial estimulada por el crédito barato ni siquiera queda reflejada en las cifras de deuda corporativa, ya que buena parte del crédito se canalizó en forma de ampliaciones de capital adquiridas por la banca japonesa.

Esta burbuja de crédito barato interior se tradujo en una brutal burbuja de activos: en apenas un lustro, el índice Nikkei se triplicó y los precios de la vivienda se más que duplicaron. Lejos de acometer una profunda reestructuración interna del aparato productivo, probablemente entrando en una dolorosa recesión de varios años, Japón optó por recalentar su economía para ocultar sus debilidades internas. Pero obviamente la burbuja no duró eternamente: alarmados por la desproporcionada evolución del precio de los activos, el banco central de Japón optó por ir aumentando progresivamente los tipos de interés lo que condujo al, en todo caso, inexorable pinchazo del Nikkei y del precio de la vivienda a partir de 1990. Esta fue la primera vez que el keynesianismo fracasó en Japón.

Llegados a este punto, la economía japonesa contaba con una nueva oportunidad para comenzar a sanearse. No era un proceso sencillo ni rápido, ya que debía reestructurar su economía productiva (que se había quedado sin el tirón exterior de los 80 y sin el tirón interno del gasto a crédito), desapalancarse con intensidad y sanear su banca quebrada. Pero Japón no hizo nada de todo ello: en su lugar, escogió recurrir a los mismos vicios que le habían llevado al desastre. Así, a partir de mediados de 1991, el Estado japonés emprendió una combinación de políticas fiscales y monetarias expansivas para, justamente, evitar la reestructuración de la economía y, sobre todo, el reconocimiento de la devastada situación en la que se hallaban sus entidades financieras. Los estímulos se volvieron especialmente acusados a partir de 1998, momento en el que los tipos de interés se consolidaron en el 0,5% y los déficits públicos oscilaron anualmente entre el 4% y el 8% del PIB.

De este modo, los impresionantes volúmenes de ahorro privado japonés fueron fagocitados año tras año fueron absorbidos por las emisiones de deuda pública en lugar de dirigirse a amortizar la deuda privada y a incrementar la inversión interna para transformar el modelo productivo. Por un lado, la inversión agregada bruta de Japón apenas permitía reponer el equipo de capital que se iba depreciando. Por otro, el apalancamiento público avanzó a mucho mayor ritmo que el desapalancamiento privador (que de hecho no comenzó hasta 1997): la deuda pública aumentó desde el 70% del PIB en 1990 al 140% en el año 2000 y al 190% en 2008. Y, por si lo anterior fuera poco, los bancos se mantuvieron descapitalizados durante toda la década en la medida en que no tuvieron que provisionar sus pérdidas reales. Ésta fue la segunda vez que el keynesianismo fracasó en Japón.

Ciertamente, la crisis económica internacional que comenzó en 2007 podría haber llevado a la economía japonesa a replantearse su insostenible estrategia, pero en su lugar optó por continuar huyendo hacia adelante. A finales de 2012, el primer ministro japonés Shinzo Abe emprendió la conocida política monetaria expansiva del Abenomics, dirigida a depreciar el yen y a relanzar las burbujas de activos internas (esto es, una especie de combinación del modelo de crecimiento sobre pies de barro que experimentó Japón hasta 1985 y entre 1985 y 1990). Muchos fueron quienes creyeron ver en el Abenomics la solución definitiva al crónico estancamiento japonés, pero lo cierto es que en los dos últimos años el PIB japonés se ha mostrado absolutamente plano. El estímulo artificial de Abe, pues, sirvió para que el Nikkei se pegara un festín, mas no para relanzar un crecimiento de su economía real sobre bases sólidas ni, mucho menos, para poner fin al endémico proceso de endeudamiento interno que vive la economía japonesa (desde 1998, impulsado especialmente por el sector público).

A finales de 2013, Japón exhibía una deuda pública del 243% del PIB y una economía real devastada (el valor añadido bruto de su industria era un 5% inferior a la de 1991 y, en particular, el de sus manufacturas un 29% inferior). Se estima, además, que a día de hoy los salarios reales son un 10% inferiores a los de hace 25 años. Éste ha sido el tercer fracaso del keynesianismo en Japón.

Es obvio que el país del Sol Naciente no ha aprendido las lecciones necesarias tras tropezar tres veces con la misma piedra. No está claro que ellos estén dispuestos a rectificar, pero nosotros sí deberíamos: en varios aspectos, España parece querer copiar su guión y a buen seguro no deberíamos. Lejos de confiar el reajuste de nuestra economía al abaratamiento de los tipos de interés, al déficit público o al falseamiento de la situación contable de las entidades financieras, deberíamos proceder a nuestro intenso saneamiento: liberalización económica y ahorro público y privado que permita amortizar deuda y potenciar la inversión interna. Es verdad que no hemos cometido errores tan graves y reiterados en el tiempo como los de Japón, pero muchos de nuestros políticos parece que sí aspiran a ello. No deberíamos. Conviene, por ello, estar alerta; si alguna lección cabe extraer de la depresión japonesa, es que ésta puede enquistarse durante varias décadas sin que nadie sea verdaderamente consciente de ello en medio de varios amagos ficticios de recuperación.

 

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