Lecciones de los Nobel para socialistas (y II)

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Propiedad privada y contratos voluntarios constituyen las dos instituciones básicas del capitalismo. Hace unos días, analizamos algunas de las principales aportaciones del recién Nobel de Economía Bengt Holmström sobre cómo diseñar contratos que alineen óptimamente los incentivos de los agentes para maximizar las posibilidades de coordinación entre ellos a la hora de generar riqueza. Y, como vimos, el socialismo lo tiene mucho más complicado que el capitalismo a la hora de generar este tipo de contratos, por lo que, al menos por esta vía, será inherentemente más ineficiente.

Sin embargo, en aquellas situaciones donde la incertidumbre sobre el futuro es muy elevada o donde el desempeño de un agente es muy difícil de medir, los contratos devienen herramientas insuficientes para lograr una coordinación efectiva entre las partes: simplemente, es imposible que un contrato prevea todas las contingencias futuras por las que atravesará la relación económica entre dos o más agentes y, por tanto, no será posible consensuar ex ante cómo deberá responderse ante cada una de esas contingencias, especialmente cuando ni siquiera podamos evaluar cómo ha respondido cada parte por la dificultad de calibrar su aportación. Nos hallaremos ante un problema de contratos incompletos.

Los problemas de la renegociación

En estos casos, cuando aparezcan circunstancias no previstas en el contrato, no quedará otro remedio que renegociar: esto es, ambas partes deberán volver a sentarse para acordar en ese momento cómo repartirse los nuevos costes o los nuevos beneficios derivados de esas circunstancias que no fueron capaces de prever inicialmente. Y, como es obvio, cada una de esas partes negociará con base a su propiedad. Por ejemplo, si un fabricante de chips le vende hoy a un fabricante de ordenadores una determinada cantidad de chips, ese contrato de compraventa no especificará si se volverán a vender más unidades en el futuro o a qué precios se venderán: todo eso dependerá de la demanda futura, de los costes de producción futuros, de la aparición de nuevos competidores, etc. Por tanto, en caso de que haya nuevas transacciones futuras habrá que renegociar unos términos contractuales no previsibles a día de hoy: y la base de esa renegociación serán las propiedades respectivas de las partes (“te vendo los chips a este precio porque soy propietario de ellos” o “te compro los chips pagando esta cantidad de dinero porque soy dueño del mismo”).

Este proceso de renegociación puede no ser demasiado traumático para aquellos agentes contratantes que cuenten con muchas otras opciones disponibles en el mercado: es decir, si la empresa de ordenadores puede comprar los chips que necesita a otros fabricantes o si la compañía de chips puede vendérselos a otros productores de PCs, la necesidad de renegociar en el futuro será un incordio menor (“si no me gustan tus condiciones, me voy con otro”). Pero imaginemos que esos chips sólo sirven para un determinado modelo de ordenador que sólo es ensamblado por ese fabricante de PCs: en ese caso, la permanente renegociación de los términos de cada compraventa generará mucha tensión y quebraderos de cabeza y, además, expondrá a un alto riesgo al fabricante de chips (si el fabricante de ordenadores se planta y se niega a seguir comprándoselos, todas sus inversiones específicamente dirigidas a fabricar chips se desvalorizarán).

Los elevados costes de transacción y el considerable riesgo de inversión en activos ultraespecíficos en negocios expuestos a la renegociación son dos de los motivos que explican la integración de empresas: si el fabricante de ordenadores no compra los chips a ninguna empresa externa porque los construye por sí mismo (o si la compañía de chips no los vende a ningún ensamblador de ordenadores, sino que fabrica sus ordenadores internamente), entonces se minimizan tanto los costes de transacción por renegociación (ésta es una de las aportaciones que le valió el Nobel en 2010 a Oliver Williamson) como el riesgo de inversión en activos específicos  asimismo derivado de esa renegociación futura. Es decir, para alinear correctamente los incentivos en entornos inciertos, los activos muy específicos que deban utilizarse complementariamente (los chips y los ordenadores, en nuestro ejemplo anterior), tenderán a recaer bajo la propiedad de un mismo agente (o la empresa de chips fabricará ordenadores o la empresa de ordenadores fabricará chips), al menos mientras los costes vinculados a la creciente burocratización de integrar empresas sigan compensando las ganancias de esa integración.

Hart: la propiedad sigue al valor

La corrección básica a esta teoría que introdujo uno de los premios Nobel de 2016, Oliver Hart, fue señalar que no es irrelevante qué agente concentre la propiedad de todos esos activos: y es que la propiedad proporciona al dueño los beneficios futuros derivados del uso de esos activos en entornos inciertos, por tanto será él quien tendrá mayores incentivos a invertir en ellos. Los no propietarios, por el contrario, saben que habrá escenarios futuros (no especificables en ningún contrato) bajo los que su esfuerzo y dedicación podrá quedar insuficientemente remunerada: por eso, tendrán a infrainvertir en desarrollar tales activos. Por consiguiente, si la estructura de la propiedad afecta a la estructura de los incentivos, no será irrelevante qué aptitudes para invertir en esos activos específicos (conocimientos y otros recursos) posea cada uno de los posibles propietarios.

Así, la creación de riqueza se maximizará cuando la propiedad de un conjunto de activos complementarios recaiga sobre la persona con mayor capacidad para desarrollar —para invertir más y de manera más eficaz—aquel activo relativamente más valioso dentro de esa estructura. En nuestro ejemplo anterior, ¿qué es preferible: que la empresa de chips compre a la de ordenadores o que la empresa de ordenadores compre a la de chips? Si el valor para el consumidor del producto final depende esencialmente de la calidad de los chips, se maximizará la riqueza mediante la primera opción; si depende del ensamblaje del resto del ordenador, con la segunda. Si, en cambio, ambas aportaciones son igual de cruciales, la solución preferible puede ser que la propiedad recaiga en un tercero cuya participación es esencial para ambas partes aun cuando no realice inversiones relevantes (por ejemplo, un empresario con conocimiento específico en ordenadores y chips y que proporcione una capacidad coordinadora entre ambos poco sustituible en el mercado) o, en ocasiones, que la propiedad se mantenga separada a pesar de los problemas anteriores que hemos mencionado.

En todo caso, según Hart, la propiedad de los activos jamás debe concentrarse en personas que no realizan inversiones relevantes y que sean fácilmente sustituibles, pues ello sólo servirá para que esa persona parasite parte de los beneficios que alternativamente habrían ido a parar a aquel agente indispensable que sí es capaz de efectuar inversiones relevantes (lo que reducirá sus incentivos a efectuar tales inversiones relevantes): o dicho de otro modo, es un enorme error socializar completamente la producción —otorgar a todas las personas derecho de veto sobre todos el uso de todos los activos—, pues ello provocará un hundimiento de aquella inversión —tiempo, conocimientos y recursos— que socialmente resulte más valiosa.

En una economía capitalista, los derechos de propiedad sobre los activos son transables: es decir, resulta perfectamente factible reasignar el control sobre ellos mediante operaciones de compraventa (salvo en el caso del capital humano, aunque incluso aquí existen contratos en exclusividad, como los que firman los futbolistas). Es esta opción de canalizar los activos más escasos e importantes hacia aquellas personas con mayor capacidad para generar valor a través de ellos —y que sea esa persona, y no otras, quien tenga la última palabra acerca de cómo usarlos— lo que imprime un fortísimo dinamismo a la economía de mercado: la propiedad sobre los activos no se halla petrificada en unas mismas manos, sino que va rotando según el valor que cada cual es capaz generar. Por eso, además, los mercados financieros son tan importantes a la hora de permitir la construcción de coaliciones de socios capitalistas con mecanismos de control que no obstaculicen la creación interna de valor en una empresa. Sin duda, el capitalismo dista de ser perfecto a la hora de alumbrar estructuras de propiedad que cumplan con estos resultados deseables (la coordinación no es siempre perfecta y absoluta, sino que existen muchísimas fricciones y errores), pero lo crucial es que sí existe la oportunidad y la tendencia —vía aprovechamiento de beneficios latentes— a que se aparezcan.

El problema de la propiedad centralizada

El socialismo, por el contrario, centraliza por definición la totalidad de los activos en las manos del Estado (quien presuntamente los gestiona atendiendo a los intereses de la clase proletaria) o subsidiariamente en manos de cooperativas de trabajadores. La nota característica de ambos tipos de propiedad es que ésta no puede enajenarse a ningún individuo que devenga socio capitalista: los activos o están controlados por el Estado (propiedad pública) o por los trabajadores que los utilizan (cooperativas). En otras palabras, las rentas generadas por tales activos se distribuirán o entre la totalidad de la clase trabajadora (propiedad pública) o entre trabajadores en muchos casos fácilmente reemplazables por otros trabajadores (cooperativas), erosionando así los incentivos a invertir —de hecho, bloqueando su iniciativa a hacerlo— por parte de aquellos agentes con mayor capacidad para generar las estructuras de activos más valiosas (una intuición que, por cierto, ya expuso el gran economista János Kornai en su excelente libro El sistema económico socialista). En el socialismo, quien decide cómo, dónde y cuánto invertir es el órgano de planificación central (y, sometidas a ese plan general, las cooperativas autónomas): por tanto, el socialismo destruye los incentivos individuales a generar capital humano-empresarial sobre cómo recombinar eficientemente los recursos escasos. No estamos hablando de laminar los incentivos a esforzarse en trabajos físicos y repetitivos, sino de laminar los incentivos a generar nueva información acerca de cómo crear nuevos productos y nuevos métodos de producción: en suma, laminar los incentivos a crecer y prosperar socialmente.

Por supuesto, el socialismo dice ser capaz de resolver este problema fundamental mediante adecuados programas de incentivos para los órganos de planificación, para los gerentes de las empresas públicas y para los trabajadores que mayor y mejor capital humano proporcionen. Pero, como decíamos al comienzo artículo, no es posible construir ex ante contratos completos que establezcan una suficiente remuneración para cada uno de todos los potenciales cursos de acción futuros a los que se enfrentará cada persona (ahí es donde entra la función social de la propiedad que el socialismo destruye). Y, aun cuando en algunos casos poco complejos resultara posible hacerlo, el socialismo tampoco es capaz de diseñar contractualmente un adecuado programa de incentivos individuales, tal como ya explicamos haciendo referencia a los hallazgos teóricos de Hölmstrom.

En definitiva, el socialismo ni funciona ni puede funcionar porque elimina las dos instituciones básicas que permiten la coordinación económica a gran escala: la propiedad privada y los contratos voluntarios entre propietarios. Ni incentivos plenos para cooperar contractualmente (Hölmstrom), ni para crear nuevos activos de alto valor mediante la apropiación de su valor residual (Hart). Una ruina: ésa conocida ruina que alumbró el socialismo real cuando tuvo que pasar de crecer empleando factores previamente inutilizados a crecer empleando tales factores de un modo más intensivo y eficiente. Ahí fue cuando inevitablemente se vino abajo.

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7 comments

  1. Sr Rallo olvida usted que en una sociedad con los mercados totalmente liberados, las mismas fallas del mercado terminarían por anular la libre competencia al ser el mercado absorbido por los grandes oligopolios consustanciales al sistema. El “efecto captura” del mercado (y anulación de la libre competencia) por esos mismos oligopolios destruiría a la larga la libre competencia. En su modelo de sociedad anarcocapitalista no hay un politburó planificador, pero en la práctica las grandes megacorporaciones sí asumen exactamente el mismo rol del politburó al planificar toda la economía gracias a la anulación de la libre competencia inevitable en toda sociedad de mercados totalmente liberados.

    1. Huth, confundes: poder, derecho y libertad. Un pupurrí que para qué.

      Se habla de libertad para competir refiriéndose a que te dejen competir, no a que siempre tengas capacidad para competir o a que tengas un derecho positivo a competir.

      Además, se puede competir para hacer cosas malas, créeme que yo sufro eso cuando compiten contra mí en cosas.
      A Juan Ramón no solo le interesa la libertad, también la ética. Lo que tú dices puede ser un problema ético, si es que es un oligopolio coercitivo claro.

      Hablas de planificar, sin darte cuenta de que eso si puede ser un derecho iusnatural, los seres vivos de alguna manera necesitan planificar lo que van a hacer aunque no puedan saber los resultados de sus actos “ex ante” en bastantes ocasiones.

      No está muy claro sin embargo que tengan derecho iusnatural otros a planificar tu vida sin contar contigo.
      Si sólo crees en derechos positivos, entonces los demás tienen derecho a planificar tu vida como deseen, esto puede incluir el manipular los frenos de tu coche también.

    2. Los oligopolios no son consustanciales al libre Mercado de hecho son muy difíciles de obtener en esa tesitura pues sin que el estado ponga barreras de entrada desmedidas cualquiera puede empezar a competir y si lo hace igual o mejor que el oligopolio des bancarlo. Las megacorporaciones solo pueden evitar la competencia mediante la corrupción estatal usando los privilegios del ente para su beneficio si el estado es tan mínimo que no puede influir en el ámbito económico pues las corporaciones solo le queda jugar con las reglas e intentar conservar el mercado y en cuanto se descuide o intente especular o cuando imponga altos precios aparecen competencia.

  2. También se puede dar en el libre mercado monopolios que producen un determinado producto sin que exista otro competidor. Este caso se da cuando la compañía que produce dicho producto está innovado de forma permanente y ofreciéndolo a un precio competitivo de tal manera que intentar competir con ella resulte poco o nada rentable mientas se mantenga ésta dinámica.

  3. Rod, dices que

    “Los oligopolios no son consustanciales al libre Mercado de hecho son muy difíciles de obtener en esa tesitura pues sin que el estado ponga barreras de entrada desmedidas cualquiera puede empezar a competir y si lo hace igual o mejor que el oligopolio des bancarlo. ”

    ¿Puedes documentar esa afirmación? Tengo la mente abierta, pero quiero pruebas. Espero que no me tomes a mal por pedirlas.

    “Las megacorporaciones solo pueden evitar la competencia mediante la corrupción estatal usando los privilegios del ente para su beneficio si el estado es tan mínimo que no puede influir en el ámbito económico ”

    De nuevo pido que documentes esa afirmación para que no sea una afirmación gratuita. Es que hasta Mises insistía en que el estado debe ser un regulador que provea reglas claras al juego de la libre competencia: es decir que hasta los profetas de ustedes consideran indispensable un estado fuerte que no ceda a las presiones de los grandes grupos económicos y regule el mercado…que no se puede regular solo. Y ese es el riesgo de eliminar el estado de la ecuación.

    Faked13 dices que

    “Lo que tú dices puede ser un problema ético, si es que es un oligopolio coercitivo claro. ”

    Efectivamente a ese tipo de oligopolio me refiero. Y lo concidero un problema ético precisamente.

    “No está muy claro sin embargo que tengan derecho iusnatural otros a planificar tu vida sin contar contigo.”

    Por eso considero malo una planificación coercitiva tanto si esta a cargo del estado como si esta a cargo de empresas privadas.

    Pero si el Gobierno usa los impuestos para pagar seguros sociales y/o bienes públicos, es probable que generen muchos más beneficios para los trabajadores que las consecuencias del incremento de capital. Lo que resulta curioso es que los economistas conservadores son muy conscientes del peligro de la “captura regulatoria”, en el que los intereses particulares se apropian de las instituciones públicas, aunque ignoran alegremente (o incluso se niegan a mencionar) el problema básicamente equivalente de la apropiación de las instituciones democráticas por parte de la riqueza concentrada. Yo me tomo bastante en serio la captura regulatoria; pero me tomo igual de en serio la captura plutocrática. Y no es un problema que puedas resolver afirmando que los beneficios de la acumulación de capital redundan en los trabajadores.

    1. ¿Me podría usted explicar que es eso de la riqueza concentrada, y a que se refiere con instituciones democráticas?

    2. Huth, creo que no entiendo muy bien a qué te refieres yo tampoco. A ver, para que se pueda llamar capital a algo debe tener expectativas al menos de rentabilidad sino es como si atesoraras arena en casa por así decirlo. No sé si vas por ahí…

      Imagínate un mundo en el que sólo vivieras tú solo:
      ¿Se podría decir que tienes todo el capital concentrado?
      Si así fuera, ¿de qué dependería su rentabilidad?

      Creo que no entiendes que la actividad económica requiere de dinamismo sino no hay beneficio, aunque sea solo como uso. Quizás puedas y/o quieras tener cualquier cosa pero si no la usas al menos, no generarás ningún tipo de beneficio y mucho menos rentabilidad. Esa es la clave del capital.

      También creo que tienes un concepto erróneo bastante grave de capital, es que ni aunque vivieras como te he dicho en el ejemplo, tendría sentido que dijeras que el mundo es tuyo; para que fuera así tendrías que tener algún tipo de control sobre todo lo que hay para poder usarlo al menos alguna vez como te digo.

      Otra cosa que no entiendo es sobre el beneficio de los trabajadores. Siempre te refieres en exclusiva al trabajador por cuenta ajena. Como si el autónomo no existiera o como si el hecho de que tuvieras medios de producción implicara tener beneficios automáticos o algo así. Esos beneficios hay que generarlos y a no ser que no estén remunerados o hagan su labor como voluntariado se supone que sí obtienen beneficios monetarios (que es a lo que supongo te refieres) del capital ya que aunque no sean los propietarios los usan como en usufructo.

      Amador Nilo Sam, no creo que te conteste algo muy racional porque supongo que tiene en mente aquello de: “el mayor beneficio para la mayor cantidad de gente” como si eso implicara per sé justicia, bondad, virtud…
      El peligro de los utilitarismos es que pueden justificar cualquier tipo de atrocidad, entre ellas, disminuir la felicidad de minorías hasta el punto de anularla aunque haya mayorías sin tanta ética.

      Tampoco entiendo porque si cree que el mundo es de mayorías o debe serlo per sé, no lo es antes de el resto de seres vivos (inclusive bacterias) que son más cantidad.
      Aún reculando y diciendo que el mundo es de todos, seguiría siendo absurdo lo que dice; basta con un poco de reflexión para verlo.