Abenomics: un año después

Tras 25 años de estancamiento económico, muchos japoneses recibieron el Abenomics con una mezcla de ilusión y esperanza. La receta del primer ministro nipón, Shinzo Abe, hecha pública en diciembre de 2012, sedujo a analistas nacionales y extranjeros: intensa expansión monetaria, nuevo incremento del gasto público y reformas estructurales (las tres famosas flechas).

Keynesianos y monetaristas en pleno estallaron entusiasmados: por fin, el helicóptero japonés entraría a pleno funcionamiento y lo haría para financiar un ambicioso plan de obra pública que relanzaría el crecimiento japonés. Un año después, esa burbuja de optimismo está lejos de plasmarse en fundamentos reales.

Empecemos por recordar en qué ha consistido el Abenomics. A lo largo de 2013, el Banco de Japón ha incrementado sus tenencias de deuda pública en un 60 por ciento, esto es, en unos 50 billones de yenes (algo así como todo el gasto público anual de España); a su vez, a lo largo de 2014, tiene previsto hacerlo en otros 50 billones, duplicando así la base monetaria japonesa con respecto al nivel que exhibía en 2012.

Además, también en 2013, la inversión pública ha experimentado el mayor incremento desde comienzos de los 90 (un 11,3%), llevando el gasto público japonés al nivel más alto de su historia y el déficit público a uno de los más elevados (cercano al 9% del PIB). Dicho de otra manera, es indudable que el Estado nipón ha jugado un influencia notabilísima durante 2013 para tratar de relanzar la actividad de su economía, inyectando ingentes cantidades de poder adquisitivo en las manos de sus ciudadanos por la vía de expansiones monetarias y de incrementos del gasto público.

El resultado sobre el precio de los activos se ha dejado sentir de manera muy acusada: el índice Nikkei aumentó más de un 50% durante 2013, el precio de la vivienda (según el TSE Home Price Index) se expandió por encima del 5% -el mayor ritmo desde el pinchazo de la burbuja inmobiliaria- y el yen se depreció casi un 20% frente al dólar.

Todo parecía preparado para que la economía japonesa despuntara a lo largo de 2013: yen barato para promover la exportación, expectativas bursátiles exuberantes que podían proporcionar financiación barata a las empresas para relanzar su inversión y precios de la vivienda crecientes para reanimar al moribundo sector de la construcción.

Pero Japón, hasta el momento, sigue tan estancado como siempre: a lo largo de 2013, su PIB se ha expandido un modesto 1,5%, la misma tasa a la que creció en 2012 sin Abenomics. Todavía peor: los dos últimos trimestres de 2013 exhibieron un crecimiento casi plano del PIB, incluso inferior al español. De hecho, la economía privada japonesa lleva en recesión desde mediados de 2013 y los únicos sectores que están levantando el vuelo son el de la construcción (drogado por la inyección monetaria) y el de las exportaciones (drogado por la depreciación del yen).

Mas ni siquiera pensemos que este aumento de las exportaciones constituye consuelo alguno para la economía nipona: sí, el sector exportador registró en enero de 2014 unos ingresos un 9% superiores a los del año anterior, pero el coste del sector importador se disparó un 25%, dando lugar al mayor déficit comercial de la historia del país (duplicando el anterior récord histórico de diciembre de 2013). Mal asunto el que una compañía aumente sus ventas gracias a que se le están disparando mucho más sus gastos.

Puede que todavía sea temprano para certificar el rotundo fracaso del Abenomics, pero, desde luego, los resultados cosechados hasta el momento son decepcionantes: Japón sigue empecinado en no sanear sus grandes desequilibrios financieros (el hiperendeudamiento burbujístico que estalló a principios de los 90, descapitalizando al conjunto de la sociedad) y opta por continuar huyendo hacia adelante.

Entre 1990 y 2012, la deuda pública del país aumentó un 260 por ciento para lograr el glorioso resultado de que su PIB nominal descendiera un 0,2%. Tras semejante éxito del keynesianismo nipón, se enfrascaron de lleno en un Abenomics que hasta ahora sólo ha consolidado sus peores tendencias: seguir retrasando el reajuste a costa de endeudarse todavía más hundiendo el valor de la divisa.

Tomemos nota sobre lo acaecido en el Pacífico, porque las dos décadas pérdidas de Japón son el espejo en el que se miran PP y PSOE para apuntalar su hiperEstado sobre las cenizas de un sector privado parasitado y machado. Cuando los sicofantes del intervencionismo nos repitan que nuestra salida de la crisis pasa por que el Estado español se endeude gratis para estimular la economía gastando todavía más, recordémosles que existe un tenebroso precedente al respecto: Japón. O si queremos un precedente menos oriental y más aproximado a lo que sucedería realmente con España, lo tenemos todavía más fácil: Argentina. Simplemente, el keynesianismo no funciona, sólo empobrece a las sociedades en un océano de deuda improductiva.

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