Taxonomía de los operadores del mercado bursátil

La polisemia –que una palabra tenga significados plurales– puede ser un obstáculo para la comunicación. A menos que los dos interlocutores estén de acuerdo en el uso de una determinada expresión, uno de ellos puede desear transmitir una información y el otro puede recibir otra completamente distinta. Así, el mandato “corre hacia el banco y recoge rápidamente la bolsa llena de dinero” podría no ser del todo preciso y conducir al fracaso de la operación.

Lo mismo acaece en la bolsa. Cuando hablamos de “acción”, la percepción que de ella tienen y los objetivos que con ella buscan los distintos operadores de mercado resultan tremendamente variados. Es precisamente en esa variedad de perspectivas donde podemos encontrar los mayores riesgos y oportunidades a la hora de invertir. Hagamos lo que hagamos, debemos tener claro qué estamos haciendo. No por casualidad, una de las primeras lecciones que ofrece Benjamin Graham en su afamado libro El inversor inteligente es que “nunca mezcle sus operaciones especulativas con sus inversiones en la misma cuenta; ni siquiera los mezcle en la misma sección de sus pensamientos”.

Claro que la categorización que efectuaba el propio Graham entre inversores y especuladores tal vez pecaba de reduccionista. Como mínimo, debemos distinguir tres grandes tipos de operadores de mercado con objetivos en gran parte contrapuestos: los especuladores, los inversores pasivos y los inversores activos o de control. Como digo, cada uno de ellos entiende por acción algo distinto: hablan lenguajes distintos e incluso hacen como que actúan en distintos mercados.

Por un lado nos encontramos con los especuladores, cuyo propósito es anticipar qué harán el resto de inversores y especuladores. Su función resulta trascendental para el buen funcionamiento de los mercados secundarios (pues son ellos los que en última instancia les proporcionan negociabilidad a los valores), pero sería un error mayúsculo pensar que sus decisiones transmiten más información que ésa. Su comportamiento es el típico del concurso de belleza keynesiano: tratan de anticipar lo que el resto de agentes espera que el resto de agentes vaya a hacer; esto es, cadenas de información en las que muy frecuentemente se “cuelan” distorsiones –muchas de ellas autogeneradas– que llevan a burbujas alcistas o depresivas en forma de comportamientos de manada. Y precisamente por ello, la rotación de su cartera es altísima: las acciones son como fichas de casino o boletos de apuestas que se han de comprar y vender continuamente en función de las mutantes circunstancias.

Por otro lado tenemos a los inversores minoritarios y pasivos. Se trata de agentes que ven las acciones como si fueran participaciones en el proyecto empresarial de otras personas. Sus rasgos son bastante parecidos a los de un bonista, sólo que aceptan fluctuaciones mucho mayores tanto en el valor de mercado como en el rendimiento de los títulos que poseen. Sus objetivos pueden ser bastante variados: desde conseguir una renta periódica y creciente (dividendos) hasta maximizar su rendimiento merced a la revalorización de sus acciones. El inversor consistente –el value investor– elegirá acciones de proyectos empresariales excelentes que coticen por debajo de su valor intrínseco: es decir, acciones buenas y baratas. La rotación de su cartera dependerá de sus objetivos: si busca dividendos, puede mantener sus acciones permanentemente; si busca revalorización del capital, las mantendrá hasta que el mercado secundario reconozca su valor intrínseco (desde días a años).

Por último nos encontramos con los inversores activos o de control. Se trata de una categoría que Benjamin Graham, por su actividad y por sus intereses, no tuvo en cuenta pero que también posee una enorme importancia. Los control investors no consideran que las acciones sean participaciones en un plan de negocios ajeno, sino títulos que permiten disponer e influir directamente en el proyecto. Su perfil está obviamente mucho más cerca al de un empresario que al de un bonista: si el inversor pasivo aceptaba estoicamente las fluctuaciones en el valor de mercado de sus acciones, al inversor activo le son absolutamente irrelevantes. El precio de la acción sólo le interesa de entrada, para decidir si el negocio está barato o no. Pero después de  esto, se desentiende por entero del precio de la acción; es más, en muchas ocasiones incluso querrá quedarse con el 100% de la compañía y sacarla de cotización. Sus objetivos son muchísimo más variados que los del inversor pasivo y, de hecho, resultan muy complicados de acotar: desde apropiarse simplemente del flujo libre de caja de la compañía a utilizarla como garantía para apalancarse y adquirir otros negocios, pasando por la obtención de beneficios fiscales o la diversificación patrimonial. Por eso mismo, no consideran el valor intrínseco de una empresa como algo que les venga “dado”, sino como algo  que ellos mismos pueden determinar, incluso en función del encaje que esa empresa tenga dentro de su más amplia estrategia de inversión. Circunstancia ésta que a su vez explica que su rotación de cartera tienda a ser bastante baja –no buscan realizar ningún valor de mercado– y en ocasiones inexistente.

Como podemos observar, estos tres agentes operan con principios, metodologías y objetivos muy distintos. Bien podría decirse que actúan en mercados diferentes, mas a la hora de la verdad las acciones que todos ellos compran y venden son las mismas. De ahí que sobre un mismo título recaigan valoraciones tan dispares y contrapuestas, y de ahí que del comportamiento interrelacionado de los tres se determinen los precios a corto, medio y largo plazo del mercado bursátil. Pero esto lo trataremos en otra ocasión.

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