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	<title>Juan Ramón Rallo &#187; La Ilustración Liberal</title>
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		<title>Introducción a mi tesis doctoral</title>
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		<pubDate>Mon, 16 May 2011 09:23:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gran recesión]]></category>
		<category><![CDATA[La Ilustración Liberal]]></category>

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		<description><![CDATA[Advertía Wilhelm Röpke en la primera página de su “Crises &#38; Cycles” (1936) que el libro había sido escrito en medio de “la peor y más generalizada crisis económica que jamás hayan registrado los anales de la historia”; una circunstancia que ofrecía grandes ventajas al economista teórico pero que también lo sometía a algunos importantes riesgos. Entre [...]]]></description>
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		</p><p>Advertía Wilhelm Röpke en la primera página de su “Crises &amp; Cycles” (1936) que el libro había sido escrito en medio de “la peor y más generalizada crisis económica que jamás hayan registrado los anales de la historia”; una circunstancia que ofrecía grandes ventajas al economista teórico pero que también lo sometía a algunos importantes riesgos.</p>
<p>Entre las ventajas, el economista alemán citaba “el dudoso privilegio” de ser un testigo directo de unos acontecimientos únicos, de poder observar de primera mano “la crisis en todas sus formas, expresiones y consecuencias”. Sin duda, si el economista teórico es capaz de abstraerse de los innúmeros dramas personales que están presentes en todas las depresiones, no puede más que analizar con excitado interés la materialización de los complejísimos fenómenos que constituyen su objeto de estudio, investigación y reflexión. Se trata de una sensación esquizofrénica en la que, por un lado, la persona deplora la desgracia de convivir con las penurias económicas y el científico social disfruta la inmensa suerte de experimentar en su propia carne una de esas crisis de las que sólo hay una cada siglo.</p>
<p>Entre los inconvenientes, Röpke destacaba la dificultad de desarrollar una teoría económica completa sobre los ciclos económicos justo en un momento en el que millares de datos se van acumulando unos encima de otros a la espera de tiempos más tranquilos durante los que puedan ser analizados e incorporados eficazmente al corpus teórico de nuestra ciencia: “cuando los datos se van pisando los talones, no es el momento de destilar y embotellar el buen vino del conocimiento económico, es más bien el momento de dejarlo fermentar”.</p>
<p>Ciertamente, el analista económico puede sentirse en medio de una crisis superado por la rapidez y variedad de los hechos que tiene que enjuiciar y explicar, especialmente cuando la depresión cobra un carácter global y atañe a multitud de países sobre los que podía tener muy poca o ninguna información previa. Lo mismo cabe decir del economista teórico que conforma sus modelos a partir de la simple inducción o que, simplemente, quiera buscar inspiración en los hechos para orientar el desarrollo de los suyos. Para ambos existe un exceso de información, de entre la cual es complicado discriminar la realmente importante y que, en todo caso, resulta casi imposible de procesar con rapidez y rigor; la disyuntiva es clara: o análisis veloces e insustanciales o reflexiones sosegadas y precisas.</p>
<p>Ante semejantes caveats, podría parecer pretencioso, audaz o directamente suicida haber emprendido un proyecto como la presente tesis doctoral justo en medio de lo que la gran mayoría de economistas ha denominado la Gran Recesión y otros, no sin gran parte de razón, la Segunda Gran Depresión. Al fin y al cabo, nuestro propósito con este trabajo –escrito entre 2009 y 2010– es, por una parte, reformular algunos aspectos de la teoría de los ciclos económicos a la luz de los nuevos retos que planteaba la crisis y, por otro, utilizar ese marco teórico para analizar los acontecimientos que hasta ese momento habíamos sufrido.</p>
<p>No me cabe duda de que Röpke estaba en lo cierto cuando en 1936 mostraba ese exceso de celo y cautela ante la posibilidad de periclitar preventivamente una teoría de los ciclos económicos que en ese momento todavía estaba gateando. Al cabo, el primer intento serio de sistematizar una teoría científica de los ciclos lo había protagonizado el economista austriaco Ludwig von Mises en 1912 –apenas 25 años antes– con su “Teoría del dinero y el crédito”. Un lapso temporal demasiado reducido como para que el debate científico hubiese proporcionado los suficientes frutos intelectuales.</p>
<p>Además, por si la precocidad de Mises no bastara para hacer buenas las advertencias de Röpke, su libro había sido traducido por primera vez al inglés en 1934 y, sobre todo, sólo recogía un esbozo muy básico de lo que más adelante sus discípulos, y los discípulos de sus discípulos, irían elaborando. Sólo en los veinte años que median entre 1912 y 1932 ya encontramos tres obras claves que refinan, amplían, enmiendan y robustecen de manera muy considerable la teoría de Mises: <em>“</em>La teoría monetaria y el ciclo económico”<em> </em>(1929) y “Precios y Producción (1931) de Friedrich Hayek, y “The Stock Market, Credit, and Capital Formation” (1931) de Fritz Machlup.</p>
<p>En estas circunstancias, era normal y necesario, pues, que Röpke propusiera dejar fermentar durante un tiempo todas las distintas, pero conexas, teorías del ciclo a la espera de obtener el mejor vino posible. Por desgracia, este prometedor programa de investigación iniciado por Mises se vio súbitamente interrumpido y desplazado por el huracán que supuso dentro de la historia del pensamiento económico la irrupción de John Maynard Keynes de la mano de su “Teoría General del empleo, el interés y el dinero” en 1936. La práctica totalidad de la profesión económica fue cautivada por unas, en apariencia, novedosas y revolucionarias ideas del inglés que exudaban un casi absoluto desconocimiento de los rasgos esenciales de la teoría miseana.</p>
<p>Por este motivo, el progreso de lo que podríamos llamar “la teoría austriaca del ciclo económico” sufrió, a partir de 1936, una considerable atrofia académica. La inmensa mayoría de economistas se dedicaron a construir sobre un páramo que poco a poco fue abandonándose y sustituyéndose por otras teorías que en gran medida implicaban regresar al estado de conocimiento sobre los ciclos económicos, no ya anterior a Keynes, sino sobre todo anterior a Mises: una nueva teoría clásica que a la postre negaba la existencia de algún fenómeno que mereciera recibir el nombre de ciclo económico.</p>
<p>Mas, pese a la innegable marginalidad a la que fue relegada la Escuela Austriaca a partir de 1936, durante los últimos 75 años hemos contado con brillantes economistas que han acelerado el proceso de fermentación del vino de la teoría de los ciclos económicos. A destacar, Gottfried von Haberler con su “Prosperity and Depression” (1937), Ludwig Lachmann con su “Capital and its Structure” (1956), Murray Rothbard con su “Man, Economy, &amp; State” (1962), Israel Kirzner con “Essays on Capital and Interest: an Austrian Perspective” (1974), y más recientemente Jesús Huerta de Soto con “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos” (1998).</p>
<p>Por tanto, a diferencia de lo que sucedía en 1936, en la actualidad ya contamos con un rico bagaje teórico para examinar la realidad. Con ello no quiero significar, por supuesto, que ya contemos con una teoría definitiva, completa e inmejorable de los ciclos económicos –y, de hecho, a lo largo de la presente tesis trataremos de realizar alguna contribución a la misma– sino que el grado de madurez científica de nuestras herramientas teóricas actuales no tiene parangón con el de los tiempos de Röpke. Lo que el economista alemán reputaba una losa casi insuperable, hoy podemos considerarlo como una carga bastante más llevadera.</p>
<p>El formidable desarrollo científico previo nos permite, pues, no vernos tan abrumados por la marabunta de informaciones propia de todas las crisis y construir sobre un terreno más firme. Si durante la Gran Depresión podía ser loable y beneficioso, pero a la vez precipitado, teorizar en exceso sobre los ciclos, durante la Gran Recesión constituye un imperativo profesional de primer orden, por cuanto coloca al científico social en un pabellón envidiable para contrastar su teoría, pulirla y abrir nuevos horizontes dentro del paradigma económico recibido. No en vano, aun cuando pueda sostenerse que la realidad observable no permite falsar las teorías económicas (Mises 1957), es innegable que sí pone a prueba su capacidad explicativa y, por tanto, fuerza al científico social a revisar y reformular sus puntos más débiles o desatendidos.</p>
<p>En este sentido, la teoría austriaca del ciclo económico de raíz miseana, tal como se halla formalizada en su versión canónica más depurada (Huerta de Soto 1998), permite afrontar con solvencia la tarea de explicar la práctica totalidad de los fenómenos acaecidos durante la Gran Recesión, tanto en su gestación entre los años 2001 y 2006, como en su estallido a partir de 2007. Sin embargo, la crisis inevitablemente ha revelado la necesidad de ahondar en ciertos temas que, habida cuenta del muy limitado y parcial conocimiento de espacio y tiempo que padece todo ser humano, no habían recibido la necesaria atención por parte de los grandes economistas de la Escuela Austriaca.</p>
<p>Así, por ejemplo, se ha hecho necesario teorizar sobre los procesos de expansión crediticia más allá del negocio bancario tradicional (en especial, mediante el endeudamiento a muy corto plazo en permanente renovación), analizar la sostenibilidad de nuevos instrumentos financieros (como la titulización) y, sobre todo, reflexionar sobre las diferencias entre el dinero como bien presente seleccionado por el mercado y el dinero como medio de pago fiduciario privilegiado por el Estado.</p>
<p>Para ello, me he permitido complementar la teoría austriaca del ciclo económico ortodoxa con las valiosísimas aportaciones de un disperso grupo de economistas a los que podríamos calificar de “teóricos de la liquidez”, debido a que han centrado su producción intelectual a desarrollar una teoría del dinero y de la banca que gira en torno al concepto de liquidez. Explícita o implícitamente, todos estos economistas se han visto enormemente influidos por el seminal artículo de Carl Menger –a la sazón, fundador de la Escuela Austriaca– titulado <em>El origen del dinero</em>, donde por primera vez se ofrece una definición científica de liquidez y, más importante, se insiste en la necesidad de edificar toda la teoría del dinero sobre tal concepto.</p>
<p>Podemos incluir en este grupo a economistas tan variados como Benjamin Anderson, Melchior Palyi, Charles Rist, Heinrich Rittershausen, Jacques Rueff, Harry Scherman, Felix Somary, Vernon Orval Watts, Henry Parker Willis y Hartley Withers. De entre todos, sobresalen dos economistas que, además de conocer a la perfección la teoría austriaca del ciclo económico, han fusionado las inconexas aportaciones de los teóricos de la liquidez y que, en gran medida, me han servido de inspiración para realizar mi propia integración de esta corriente dentro de la teoría austriaca: el húngaro Antal Fekete y el español José Ignacio del Castillo.</p>
<p>En realidad, dado que tanto la Escuela Austriaca como los teóricos de la liquidez comparten un tronco común –la obra de Carl Menger–, el encaje ha sido bastante natural. De hecho, bien podríamos considerar a los teóricos de la liquidez como unos teóricos de la Escuela Austriaca muy asistemáticos que trataron de realizar sus aportaciones de manera aislada y que, por consiguiente, no fueron incorporados adecuadamente al acervo de pensamiento mayoritario. Por suerte, las exigencias de innovación teórica que ha planteado la Gran Recesión han hecho aconsejable rescatar sus mejores ideas, reforzando el corpus teórico austriaco de tal manera que pueda hacer frente a todas o casi todas las cuestiones que emergen con la crisis.</p>
<p>En este sentido, la teoría austriaca del ciclo económico –complementada con las aportaciones de los teóricos de la liquidez– ofrece una perspectiva científica única para describir y comprender la organización de un sistema productivo y sus fluctuaciones periódicas. Sus tres rasgos fundamentales que, de manera conjunta, la distinguen del resto de corrientes económicas son:</p>
<ul>
<li>Una teoría del dinero basada en la liquidez de las mercancías que facilita la comprensión de los procesos de monetización y desmonetización de los bienes económicos con el objetivo de hacer posible la coordinación interespacial e intertemporalmente de los agentes económicos.</li>
<li>Una teoría real del interés –entendido como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros– que permite comprender cómo los agentes, al disponer de un valor actual para los lejos e inciertos bienes futuros, colaboran tomando decisiones de producción que son intertemporalmente consistentes con las necesidades de los consumidores.</li>
<li>Una teoría del capital que, desde el punto de vista individual, se fija en las relaciones entre la liquidez del activo y del pasivo de cada agente económico y, desde un punto de vista social, remarca el proceso de estructuración de los activos en forma de bienes de capital heterogéneos, específicos, complementarios y difícilmente convertibles a través de los cuales se ejecuta la cooperación intertemporal de los agentes.</li>
</ul>
<p>Estos tres puntos de partida –que serán objeto de un desarrollo mucho más intenso en los tres primeros capítulos de la parte teórica de la tesis– serán los cimientos sobre los que construir el resto del andamiaje de la teoría del ciclo: los bancos y su capacidad para expandir el crédito de manera insostenible (capítulo 4), los efectos distorsionadores de esta expansión crediticia sobre la organización económica  (capítulo 5) y el origen y la influencia del dinero fiduciario sobre el proceso de creación crediticia y de manipulación de la estructura productiva (capítulo 6).</p>
<p>Al final de esta primera parte de la tesis, comprobaremos que los ciclos económicos son una consecuencia directa del abuso del crédito por parte del sistema bancario como herramienta para controlar más bienes presentes (a costa de bienes futuros) que aquellos a cuya disposición otros agentes han renunciado previamente (ahorro). Y, así, una vez pergeñada la teoría del ciclo, procederemos a aplicarla en la tercera sección a los acontecimientos que han rodeado a la Gran Recesión. Antes, como intermedio y punto de unión entre ambas partes, efectuaremos un breve análisis sobre el papel de los productos de financiación estructurada –en particular, los ABS, ABCP, CDO y CDS– a la hora de expandir el crédito y potenciar la iliquidez de los agentes, lo que nos permitirá comprender sus efectos sobre los ciclos en general y sobre este último en particular.</p>
<p>En última instancia, pues, las notas novedosas de esta tesis serán, por un lado, la aplicación por vez primera de la teoría austriaca del ciclo a los acontecimientos de la Gran Recesión y, por otro, el enriquecimiento de este marco analítico merced a la incorporación al mismo de las contribuciones de los teóricos de la liquidez.</p>
<p>Salvo por el esfuerzo integrador –que en sí mismo constituye un valor–, sin embargo, la primera sección de la tesis presentará escasas innovaciones teóricas con respecto a toda la diseminada literatura existente. Aun así, existen dos excepciones que sí me gustaría destacar en esta introducción por constituir, hasta donde me alcanza, sendas novedades teóricas con una relevancia potencialmente muy grande. Ninguna de las dos ha sido por entero una idea original mía, pero sí creo haberlas desarrollado y puesto en valor lo suficiente como para que adquieran una entidad propia frente a sus dos fuentes originales.</p>
<p>La primera de ellas –que bebe de Jacques Rueff y de Antal Fekete– está contenida en el epígrafe 3.9 del apartado teórico y permite comprender cuáles son las consecuencias reales de un incremento en la demanda de dinero más allá del incremento de su poder adquisitivo. En efecto, cuanto más aumenta la demanda de dinero, más rentable deviene trasladar factores productivos a fabricarlo, lo que en un sistema de patrón oro puede hacerse por dos vías: o trasladando a los factores a las minas o produciendo bienes de consumo altamente demandados contra los que puedan girarse letras de cambio que hagan a las veces de dinero.</p>
<p>En otras palabras, a diferencia de lo que ha sostenido el pensamiento keynesiano, la demanda de dinero –el atesoramiento– no es una demanda estéril que cortocircuite el poder adquisitivo y la coordinación social. Al contrario, el atesoramiento constituye una señal esencial del sistema económico que lo empuja, vía mayor poder adquisitivo del dinero o vía menor tipo de descuento, a concentrar transitoriamente los recursos en actividades fácilmente reconvertibles, desde las que los factores puedan dirigirse con rapidez a satisfacer las necesidades futuras de los tenedores de los saldos líquidos. Quien atesora demanda al sistema económico que convierta parte de sus factores productivos en reservas para prevenir los peligros de un incierto futuro.</p>
<p>La otra aportación teórica relevante –que, de nuevo, viene inspirada por los escritos de Antal Fekete– está contenida en el epígrafe 5.3 y se refiere a la influencia de las políticas monetarias expansivas en los momentos en los que la demanda privada de crédito se ha agotado por entero ante la insostenible iliquidez de los agentes. En tal caso, la respuesta tradicional keynesiana ha insistido en la necesidad de que la autoridad monetaria trate –probablemente sin éxito debido a la trampa de la liquidez– de forzar una reducción de los tipos de interés del dinero por debajo de la eficiencia marginal del capital con tal de incentivar el gasto privado en inversión. La respuesta de la Escuela Austriaca ante tal política venía siendo doble: o bien no serviría para nada por la extenuación de la demanda de crédito, o bien sólo retrasaría y agravaría la necesidad de un reajuste ulterior.</p>
<p>Sin embargo, lo cierto es que las repercusiones de las políticas monetarias expansivas una vez agotada la demanda privada de crédito son todavía más nefastas que éstas. Los tipos de interés artificialmente bajos impulsados por los bancos centrales incrementan el valor liquidativo de las deudas a tipo fijo y elimina las cargas de intereses en las deudas a tipo variable. En el primer caso, el acreedor pierde todo incentivo a aceptar que su deudor le cancele anticipadamente sus obligaciones salvo entregándole en el presente el importe nominal de todos los pagos de intereses futuros; en el segundo, el deudor pierde todo incentivo a cancelar anticipadamente sus obligaciones con el acreedor salvo que este acepte recuperar menos capital del que adelantó. En ambos casos, el reajuste de los balances privados y de la estructura productiva se estanca hasta que las malas inversiones que acreedores y deudores sufragaron se deprecien por entero.</p>
<p>Tras la lectura del documento, espero haber ayudado marginalmente, tanto al economista teórico como al economista aplicado, a mejorar su comprensión de los ciclos económicos y, en especial, de la Gran Recesión, mostrando el enorme peligro que supone intervenir en el sistema monetario y financiero para lograr una oferta de crédito infinitamente elástica y desligada de las decisiones económicas individuales de carácter real que toman los distintos agentes económicos.</p>
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		<title>Dos conceptos de competencia: los taxis contra Microsoft</title>
		<link>http://juanramonrallo.com/2010/07/dos-conceptos-de-competencia-los-taxis-contra-microsoft/</link>
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		<pubDate>Thu, 01 Jul 2010 08:43:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Competencia y monopolio]]></category>
		<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[La Ilustración Liberal]]></category>

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		<description><![CDATA[Durante décadas nos hemos hartado de escuchar que la gran ventaja de las economías libres es la feroz competencia que se da entre los empresarios. En ellas, el consumidor es plenamente soberano gracias a sus posibilidades para cambiar de suministradores como de cromos: siempre que una compañía trate de hacerlo peor que el resto subiendo [...]]]></description>
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		</p><div>
<p>Durante décadas nos hemos hartado de escuchar que la gran ventaja de las economías libres es la feroz competencia que se da entre los empresarios. En ellas, el consumidor es plenamente soberano gracias a sus posibilidades para cambiar de suministradores como de cromos: siempre que una compañía trate de hacerlo peor que el resto subiendo los precios o empeorando la calidad de sus productos, a los consumidores les queda la alternativa de refugiarse en otras empresas, que, gracias sean dadas a la feroz competencia, están interesadas en seguir ofreciendo el mismo producto a los mismos bajos precios y con las mismas altas calidades de siempre.</p>
<p>Los problemas de esta idealizada imagen empiezan a emerger cuando nos planteamos la posibilidad de que una empresa no tenga competidores directos, o bien que varias empresas se confabulen para lucrarse a costa de los consumidores; es decir, cuando tomamos en consideración los monopolios y los cárteles: si la cantidad de compañías se reduce, la soberanía del consumidor parece mermar y los beneficios del mercado libre no se ven por ningún lado.</p>
<p>Siguiendo este hilo, el economista polaco Oskar Lange pensaba que el sistema económico socialista que él proponía para, presuntamente, superar los problemas relativos al cálculo económico apuntados por Mises en 1920 servía para generar unos resultados muy similares a los de la competencia capitalista:</p>
<blockquote><p>El proceso de prueba y error funcionaría, o al menos podría funcionar, mucho mejor en un sistema socialista que en una economía competitiva. El Comité de Planificación Central tiene un conocimiento mucho mayor de lo que sucede en el conjunto del sistema económico que cualquier empresario individual, de modo que podría alcanzar más rápidamente los precios de equilibrio con muchos menos tanteos de prueba y error.</p></blockquote>
<p>Si, como decía Lange, el socialismo es capaz de producir condiciones y resultados muy similares a los previstos por la competencia capitalista, entonces la organización de los derechos de propiedad resulta del todo irrelevante a la hora de lograr la prosperidad del conjunto de la sociedad (una conclusión ésta muy similar, por cierto, a la defendida por los walrasianos en su Segundo Teorema del Bienestar). Los economistas deberían haberse planteado que todas estas disparatadas conclusiones, que casan muy mal con la realidad y con otras proposiciones de la ciencia económica, no son el necesario corolario de una sólida y robusta teoría previa, sino la cristalización de una mala definición del término <em>competencia</em>. Como veremos, la idea de que el capitalismo sólo puede funcionar correctamente con una pléyade de pequeñas e insignificantes empresas, sometidas, de un modo muy inmediato, a los designios del consumidor, depende fundamentalmente de si adoptamos un buen o mal concepto de competencia.</p>
<p><strong>Estatismo y dinamismo</strong></p>
<p>&#8220;No sería difícil defender que los microeconomistas han estado analizado la competencia durante los últimos cuarenta o cincuenta años bajo hipótesis que, de ser ciertas, convertirían la competencia en algo totalmente inútil e irrelevante&#8221;, anotaba Hayek al principio de su célebre artículo &#8220;Competencia como un proceso de descubrimiento&#8221;; y añadía:</p>
<blockquote><p>Si todo el mundo conociera de antemano todo eso que la teoría económica denomina datos, entonces la competencia sería un proceso muy costoso para lograr que la realidad se ajustara a esos hechos.</p></blockquote>
<p>Con esta reflexión, el austriaco estaba sin duda respondiendo a Lange, con su descabellada idea de que el socialismo es algo así como la culminación del proceso competitivo. De acuerdo con el Nobel de Economía de 1974, es posible distinguir entre dos conceptos de competencia, que nosotros agruparemos bajo las denominaciones de <em>competencia estática</em> y <em>competencia dinámica</em>.</p>
<p>La de la competencia estática es la definición empleada por la inmensa mayoría de los economistas. Según esta perspectiva, la competencia es una situación en la que hay un número tan grande de empresas, que ninguna de ellas puede influir sobre el precio al que vende sus productos. Hablamos, pues, de empresas <em>precio-aceptantes</em>. Obviamente, para que esta situación se mantenga en el tiempo es necesario que ninguna compañía destaque sobre el resto (en caso contrario, alguna comenzaría a acaparar a los clientes de las demás); es decir, que todas sean igual de mediocres. Y para universalizar la mediocridad es necesario exigir a su vez</p>
<ol>
<li> que todas las empresas vendan exactamente el mismo producto;</li>
<li> que ninguna empresa aplique mejoras en sus métodos productivos;</li>
<li> que las condiciones económicas se mantengan estables, o, si se producen cambios, que éstos sean anticipados al mismo tiempo y del mismo modo por todas las empresas.</li>
</ol>
<p>En caso de que los productos no sean homogéneos o de que no todas las compañías posean una información perfecta sobre los métodos de producción y sobre las preferencias presentes y futuras de los consumidores, alguna podrá ser más perspicaz que el resto a la hora de servir a sus clientes y, por tanto, incrementar su cuota de mercado, lo que le permitirá influir directamente sobre los precios y la calidad de la mercancía (obtendrá <em>poder de mercado</em>), quitando así soberanía al consumidor.</p>
<p>Esto equivale a reputar como políticas contrarias a la competencia fenómenos y prácticas empresariales tan ordinarios como las fusiones, las adquisiciones, la inversión en I+D, la publicidad, el cuidado de la marca, la personalización de los productos, los acuerdos de distribución, los secretos comerciales o, simplemente, las desiguales estimaciones empresariales de las necesidades de los consumidores. En otras palabras, equivale a reputar como contraria a la competencia la mera actividad empresarial. Lo cual, por cierto, no quiere decir que los defensores de la visión estática de la competencia sean favorables a prohibir todas las prácticas anteriores (ya que, pese a restringir la competencia, podrían terminar teniendo un efecto neto positivo sobre el bienestar social), sino que tales prácticas son vistas con suspicacia en tanto nos alejarían del modelo ideal de competencia perfecta.</p>
<p>Frente a esta concepción estática de la competencia, donde lo importante es que en un momento dado haya una gran cantidad de empresas sin poder de mercado, podemos trazar otro, de carácter dinámico, cuyo punto de partida sea el reconocimiento de la <em>inerradicable</em> incertidumbre a que se enfrenta todo agente económico en un sistema de división del trabajo y del conocimiento.</p>
<p>Recordemos que en ese esquema de división del trabajo, los agentes no producen bienes con los que satisfacer directamente sus propias necesidades, sino otros que esperan poder intercambiar por aquellos que sí las satisfacen. Es fácil darse cuenta de que todo agente se enfrenta en este contexto a una doble incertidumbre: por un lado, la relacionada con si sus planes para producir determinados bienes resultarán exitosos (incertidumbre de carácter técnico); por otro, la relacionada con si logrará colocar esos productor futuros en unas condiciones que le resulten favorables, que es una incertidumbre más bien de tipo comercial. Dicho de otra manera: todo agente debe preocuparse por gastar su dinero en escoger los métodos productivos que le permitan vender sus productos a los consumidores a unos precios que le compensen el haber incurrido en esos gastos (entre los que hay que incluir el coste de haber adelantado capital a los factores productivos).</p>
<p>Si bien, en cierto modo, la incertidumbre técnica puede reducirse con un mejor conocimiento de, precisamente, la técnica, la comercial siempre estará presente, ya que el éxito de un agente económico dependerá de que no haya otro más exitoso que él. Un empresario puede afanarse en fabricar a muy bajo coste un bien que <em>hoy</em> resulta muy apetecible a los consumidores, pero si en el momento de llevarlo al mercado otro empresario ha fabricado otro bien que les agrade más (tengan o no relación entre sí), entonces fracasará.</p>
<p>Para comprender adecuadamente la competencia hemos de reconocer que, simplemente, <em>no sabemos </em>qué bienes obtendrán mañana el favor del consumidor, pues en buena medida este dato sólo se conoce <em>a posteriori</em>, cuando todos los empresarios han llevado al mercado sus respectivas ofertas de bienes y los consumidores, atendiendo a sus cambiantes gustos, circunstancias y expectativas, han elegido. De ahí que Hayek dijera con toda propiedad que la competencia es un proceso de descubrimiento:</p>
<blockquote><p>La única justificación que cabe encontrar para hacer uso de la competencia es la de no saber las circunstancias esenciales que van a determinar el comportamiento de nuestros competidores (&#8230;) Me gustaría considerar la competencia un proceso sistemático para descubrir hechos que, si ese proceso no existiera, seguirían siendo desconocidos o no serían utilizados.</p></blockquote>
<p>Dado que no sabemos cuáles van a ser los cursos de acción exitosos, porque ni siquiera el consumidor final puede conocer hoy sus necesidades futuras –ni las opciones entre las que podrá elegir–, es esencial que todos los agentes implicados en una división del trabajo tengan la libertad de proponer planes alternativos y competitivos para satisfacer los deseos de los consumidores. A este fin, podrán emplearse todos los recursos empresariales a que estamos habituados pero que no encajan con los presupuestos de la competencia estática: compañías con diferentes tamaños, diseños industriales, decisiones de inversión en I+D, logística, publicidad, imagen corporativa, atención al cliente; alianzas de diverso tipo –fusiones, adquisiciones, <em>joint ventures</em>, acuerdos de distribución&#8230;– entre empresas que buscan minimizar los costes y lograr más visibilidad y estabilidad en su cartera de clientes; y, en definitiva, distintas propuestas de valor rivales entre sí, fruto de la peculiar anticipación del futuro que, de manera acertada o errónea, realiza cada empresario para tratar de lograr el favor del consumidor.</p>
<p>Es así como llegamos a la definición dinámica de competencia, que sería, precisamente, el proceso de rivalidad durante el cual los distintos planes empresariales, presentes y futuros, compiten por el favor de los consumidores. Si en el concepto estático la nota distintiva era la cantidad de empresas mediocres que hubiese en el mercado, en la visión dinámica lo esencial es la libertad de entrada en el mercado. No es tan importante el que <em>haya</em> empresas como el que las <em>pueda haber</em>; el consumidor es soberano no porque tenga un ejército de peones mediocres, sino porque en cada momento, y gracias a esa libertad para proponer planes alternativos, tiene a sus pies a los mejores sirvientes posibles, aunque sólo haya uno. Lo cual, por cierto, no significa que ese/esos sirviente/-s sea/-n perfecto/-s y no cometa/-n error alguno, sino que su desempeño global es superior al de los demás.</p>
<p>En cierto sentido, podríamos considerar la concepción estática de la competencia como una fotografía y la dinámica, como una película. Al cabo, la primera sólo se preocupa de que el consumidor pueda elegir entre una gran cantidad de ofertas predeterminadas y exactamente iguales: la competencia consistiría aquí en la posibilidad de seleccionar la identidad del proveedor; en cambio, la segunda se centra en que todos los agentes tengan la posibilidad de proponer de manera continua ofertas de valor alternativas para los consumidores: aquí, la competencia quiere decir <em>libertad de entrada en el mercado</em>.</p>
<p>El problema que pretende solventar la concepción dinámica de la competencia –nuestra ignorancia <em>inerradicable</em>– se presupone que está resuelto desde el principio cuando se adopta la visión estática, en la que todas las empresas lo conocen todo sobre el entorno de mercado. No hay ningún problema sobre qué y cómo se debe producir cuando todos producen lo mismo del mismo modo.</p>
<p>Preferir una u otra concepción de la competencia debería ser el resultado de una elección previa sobre qué ciencia económica queremos elaborar: si una que pretende describir una situación de equilibrio, donde los planes de todos los agentes están coordinados en un entorno irreal&#8230; <em>y gracias a ese entorno irreal</em>, o una que estudia cómo los agentes pueden llegar a coordinarse en un entorno real, en el que existen limitaciones del conocimiento.</p>
<p>La decisión que se adopte no es ni mucho menos irrelevante, pues condicionará el entendimiento y el análisis que hagamos del mundo que nos rodea. Exigir a nuestros sistemas económicos que se coordinen <em>como si</em> no hubiera un problema de información llevará al economista a descartar como inapropiados todos aquellos mecanismos que establezcan las empresas para coordinarse en un entorno donde sí se da ese problema. Bajo esta premisa, se tenderá a eliminar lo que puede funcionar en nuestro mundo para adoptar lo que nos gustaría que funcionara pero que no puede funcionar&#8230; salvo en una sociedad de seres omniscientes. Esto último será particularmente importante a la hora de estudiar aquellas situaciones en que la visión estática de la competencia sostiene que se produce una negación radical de la competencia, esto es, allí donde, lejos de existir multitud de empresas que ofertan un único producto, nos encontramos con una única empresa que vende su propia mercancía: el monopolio.</p>
<p>Para la visión dinámica de la competencia, el hecho de que, en un momento dado, un consumidor sólo tenga ante sí un único proveedor no implica necesariamente la existencia de un monopolio, sino sólo que ningún empresario se ve capacitado para proponer ofertas de valor superiores a las de ese único proveedor (con lo que se evita hacerle infructuosamente la competencia), o que ningún empresario es capaz de convencer al resto de factores productivos de la superioridad de su plan: es decir, trabajadores, capitalistas, prestamistas, proveedores, etc., no creen en la viabilidad de su propuesta alternativa. Esto último comprende aquellos casos en que una empresa ya asentada amenaza a sus proveedores con dejar de adquirir sus productos si no se los distribuyen en exclusiva.</p>
<p>En principio, todos los agentes implicados deben valorar cuál es la opción, de entre todas las abiertas, que más valor proporciona al consumidor. Frente a la disyuntiva de distribuir en exclusiva a la empresa asentada o hacerlo a las entrantes, puede perfectamente resultar que la primera alternativa sea la más valiosa. Desde un punto de vista dinámico, ese acuerdo de distribución en exclusiva no implica restricción alguna a la competencia, ya que, por un lado, sólo indica que las nuevas empresas no han sido lo suficientemente convincentes como para que un proveedor les suministre su mercancía (no le han pagado lo suficiente como para compensar las pérdidas que sufriría por dejar de distribuir a la compañía asentada), y, por otro, nada impide que otros proveedores ya existentes o de nueva creación pasen a ocupar ese nicho de mercado.</p>
<p>Un observador externo podría pensar que, pese a todo, los acuerdos de distribución en exclusiva perjudican gravemente a los consumidores, pues de algún modo obstaculizan la aparición de propuestas de valor rivales, esto es, reducen su espectro de elecciones. Sin embargo, la limitación de la entrada de posibles competidores también puede favorecerles, en tanto que la empresa asentada ve reducidos los riesgos de que aparezcan nuevos competidores y de que le erosionen su margen de beneficios. Esos riesgos menores pueden traducirse en un mayor compromiso (inversión) a la hora de mejorar la propuesta de valor (mayor calidad del producto, reducción del precio de venta, desarrollo de nuevas mercancías, mayor personalización&#8230;), lo que terminaría redundando en beneficio del consumidor.</p>
<p>Con lo cual volvemos al principio. Si una acción puede generar perjuicios pero también beneficios para los consumidores, ¿debe o no debe emprenderse? Simplemente, no lo sabemos; y en eso consiste la competencia: en un proceso de rivalidad entre distintas propuestas de valor que nos permitirá salir de dudas. Prácticamente todo aquello que, para la perspectiva estática, es contrario a la competencia forma parte de una estrategia empresarial, que podrá tener éxito, o no, entre los consumidores.</p>
<p>Entonces, ¿a qué deberíamos llamar <em>monopolio</em>? En un marco estático de competencia, la respuesta es, aparentemente, clara: cuando sólo una empresa proporcione un determinado producto, estaremos ante un monopolio. Si rascamos un poco en la definición nos daremos cuenta de que, en realidad, se trata de una explicación vacía, donde casi todo puede tener cabida. Al fin y al cabo, ¿qué es un producto? ¿Coca-Cola es un producto en sí mismo, o Pepsi-Cola le hace la competencia? ¿El tren es un medio de transporte que compite con el avión, el autobús y el coche, o una compañía ferroviaria sólo puede competir con otra compañía ferroviaria? ¿Las cadenas de televisión compiten sólo entre sí por el entretenimiento de los consumidores, o compiten también con la radio, los libros o incluso los bares de copas?</p>
<p>Un caso muy llamativo de lo arbitrario de la definición de qué sea un monopolio lo encontramos en el intento de fusión que protagonizaron Staples y Office Depot, los dos mayores grandes almacenes norteamericanos de muebles de oficina, en 1997. La operación fue finalmente abortada una vez que la Comisión Federal del Comercio acusara a ambas empresas de copar hasta el 100% del mercado en muchos puntos del país. Ahora bien, si en lugar de poner el foco en el ítem <em>grandes almacenes de muebles de oficina</em> se hubiese tenido en cuenta al resto de vendedores de esos productos –comercios locales, grandes almacenes generalistas como Wal-Mart, vendedores por catálogo&#8230;–, la cuota de mercado de la empresa resultante de la fusión de Staples y Office Depot apenas habría representado el 5,5% del mercado (y eso que para este ejemplo no hemos considerado posibles sustitutivos al ítem <em>mueble de oficina</em>).</p>
<p>Es, pues, imposible definir externamente el mercado objetivo de un producto, porque ello depende de las apreciaciones subjetivas de cada consumidor. De hecho, si nos fijamos, dado que son los propios consumidores quienes juzgan si un determinado producto tiene o no sustitutivos cercanos, la definición estática de monopolio nos aboca a la paradójica conclusión/acusación de que son los propios consumidores los que engendran los monopolios, con su estrechez de miras y su incapacidad para contemplar otras propuestas de valor alternativas.</p>
<p>La perspectiva dinámica de la competencia permite solucionar estas incoherencias. Más que de monopolio, deberíamos hablar de restricción coactiva de la competencia, esto es, de la prohibición del lanzamiento de ciertas propuestas de valor alternativas para los consumidores. El problema no es tanto que en un momento determinado no haya más de una empresa en un <em>sector</em>, sino que determinados modelos de negocio sean protegidos frente a alternativas rivales potencialmente superiores mediante la prohibición de las mismas. En otras palabras: el problema es que el proceso de descubrimiento propio de la competencia se interrumpe una vez se fija qué propuestas de valor son admisibles y cuáles no. El monopolio (o el oligopolio), para la visión dinámica, tendría un significado meramente histórico: una empresa, en una época determinada, se convirtió en hegemónica no porque sus propuestas de valor no podían verse superadas por la potencial competencia, sino porque el gobierno o las mafias eliminaban la posibilidad de que existiera dicha competencia.</p>
<p><strong>Taxis y Microsoft</strong></p>
<p>Para ilustrar más claramente las profundas implicaciones que tiene el asumir uno u otro modelo podemos contraponer los casos de los taxis madrileños y Microsoft.</p>
<p>En principio, de acuerdo con la concepción estática de la competencia, los taxis madrileños serían el paradigma de la competencia perfecta: un gran número de pequeños empresarios ofrecen un servicio del todo homogéneo a un precio tasado. De acuerdo con esta misma perspectiva, Microsoft sería o habría sido durante mucho tiempo el paradigma de la empresa monopolista, especialmente en materia de sistemas operativos para ordenadores personales.</p>
<p>Sin embargo, para la concepción dinámica de la competencia, lo cierto sería lo opuesto: el mercado de los taxis, donde no se puede entrar sin la preceptiva licencia municipal, sería un caso flagrante de oligopolio, mientras que Microsoft, en tanto no ha empleado la fuerza para impedir propuestas de valor alternativas a la suya, sería un modelo claro de desempeño exitoso en un marco de libre competencia.</p>
<p>Tengo la impresión de que la inmensa mayoría de la gente coincidirá en que hay que forzar mucho el sentido coloquial e intuitivo del término <em>competencia</em>, hasta en la práctica desvirtuarlo, para poderlo emplear en lo relacionado con la actividad de los taxistas madrileños. Es difícil, si no imposible, calificar de competitivo a un mercado en el que nadie compite porque todas las variables de la oferta –tipo de servicio y precio– se encuentran prefijadas para todos los oferentes y cuya cantidad, además, no se determina en función de las necesidades de los consumidores, sino de los expedidores de licencias.</p>
<p>Por supuesto, cabría buscar explicaciones que trataran de <em>dignificar</em> la aplicación del concepto estático de competencia al caso de los taxis; la más sencilla se basaría en que los taxis organizan y dan soporte al sistema de licencias para crear un cártel estable que les permita imponer altos precios a los consumidores, impidiendo que haya empresas fuera del cártel que compitan contra el cártel <em>en su conjunto</em>; pero ello sólo nos llevaría a fijarnos en la anécdota y despreciar la categoría; pues también se podría modificar lo suficiente el caso de los taxis madrileños para que encajara como un guante en la visión estática de competencia: por ejemplo, suponiendo que, aunque siga habiendo licencias, el expedidor de las mismas imponga unos precios lo suficientemente bajos como para que los taxis no disfrutasen de beneficios extraordinarios.</p>
<p>El punto esencial, empero, es que la visión estática de la competencia quiebra porque se desentiende del proceso de descubrimiento de las necesidades de los consumidores. Si hay suficientes empresas <em>precio-aceptantes</em>, tenemos competencia; para lo cual poco importa que haya genuina competencia (libertad de entrada en el mercado) o no la haya (licencias o regulaciones públicas de precios y cantidades). En este sentido, sí tenían razón Lange y todos los otros socialistas que se veían capaces de elevar la competencia capitalista a su máxima potencia bajo una economía planificada de manera centralizada: si todo consiste en la existencia de muchas empresas pequeñas que no intentan lucrarse a costa de los consumidores, el socialismo podría lograrlo de inmediato y por decreto-ley. No había mucho de qué preocuparse.</p>
<p>Cuestión distinta es el caso de Microsoft. Si bien es probable que, al igual que en el de los taxis, la práctica totalidad de los lectores considere por intuición que el gigante informático es un monopolio no sometido a competencia alguna, no creo que resulte imprescindible deformar el significado coloquial de <em>competencia</em> para hacer referencia al desempeño de dicha compañía.</p>
<p>Al fin y al cabo, es fácil caer en la tentación de considerar a Microsoft un <em>monopolio</em> (etimológicamente significa &#8220;único vendedor&#8221;), pues sólo tendemos a fijarnos en la competencia realmente existente, y no en la potencial. Al margen de las dificultades ya analizadas para acotar cuál es el producto sobre el que Microsoft sería presuntamente el único vendedor, lo cierto es que, si nos fijamos correctamente, los consumidores sí disponíamos de alternativas frente a Microsoft, pero las rechazábamos antes incluso de que se concretaran.</p>
<p>Imagine que dos empresas, A y B, ofrecen un mismo producto. Claramente, A tiene como alternativa a B, y viceversa. Si todos los consumidores eligen como proveedor a A, B cerrará sus puertas y no las volverá a abrir hasta que haya suficientes compradores que quieran pasarse a sus filas desde las de A. En la práctica, hasta que los consumidores no demanden los servicios de B, podrá parecer que A no tiene una alternativa competitiva en el mercado, pero, como sabemos, eso supondría un error: tiene alternativas (B), pero son sistemáticamente rechazadas (no elegidas).</p>
<p>Algo parecido cabe señalar a propósito de Microsoft. Hubo un tiempo en que la excelencia de esta compañía era tal, que ni pudo ser desplazada por las empresas que se atrevieron a competir con ella ni, sobre todo, dejó nichos de mercado que pudieran explotar los potenciales competidores. Quejarse de que nadie competía con Microsoft es como hacerlo por el hecho de que nadie llevara los límites de la técnica (y de su <em>funcionabilidad</em> para los usuarios) más allá de lo que lo hacía Microsoft; no se quejaban de que Bill Gates fuese un demonio (aunque muchos lo creían), sino de que nadie elevase su divinidad por encima de la de Gates.</p>
<p>Tan pronto como el gigante informático empezó a meter la pata en algunos sectores tan relevantes como el de los navegadores, los buscadores de internet o los mp4, de inmediato aparecieron empresarios perspicaces que crearon Firefox, Google o el iPod, para descolocarlo. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron: Internet Explorer, MSN y Zune dejaron de ser hegemónicos (o ni siquiera llegaron a serlo), para verse sometidos a una presión competitiva directa que ha puesto a la compañía de Gates contra las cuerdas.</p>
<p>Hoy, mediados de 2010, nadie en su sano juicio consideraría a Microsoft un monopolio, salvo, tal vez, en el mercado de sistemas operativos (y ahí las distintas versiones de Unix, incluyendo el Mac OS X o el Android, constituyen una alternativa cada vez más empleada). Pero no convendría olvidar que las acusaciones a las que se enfrentaba la compañía a finales de los 90 y principios del siglo XXI se basaban en que sería capaz de emplear su posición dominante en el sector de los sistemas operativos para extender su monopolio a otros mercados, como, precisamente, el de los navegadores, el del correo electrónico o el de los reproductores de música y video. Claramente –y pese a los procesos judiciales que le hicieron despilfarrar miles de millones de dólares en defenderse de las infundadas acusaciones de los burócratas, y que por tanto no pudo dedicar a perfeccionar sus productos para seguir sirviendo a los consumidores mejor que la potencial competencia–, Microsoft no era un monopolio desde un punto de vista dinámico, pues en otro caso habría sido imposible que ninguna otra compañía entrara a competir con ella (le habría estado prohibido).</p>
<p>Es decir, pese a las apariencias, pese a convertirse en un determinado momento en la única empresa en ciertos mercados informáticos, Microsoft seguía compitiendo con todas aquellas compañías que podían entrar en ellos y arrebatarle clientes en cuanto se despistara. Por eso los socialistas nunca hubiesen podido reclamar como propios los éxitos de un proceso dinámico de competencia, ya que ello implicaba en cada momento, no ya resolver un problema técnico a partir de una información dada, sino tomar decisiones a partir de una información que no llegaba siquiera a existir porque la propia planificación central del socialismo impedía que surgiera al finiquitar el proceso de descubrimiento de la competencia capitalista (qué propuestas de valor prefieren los consumidores).</p>
<p>Hemos de desembarazarnos del concepto estático de competencia, que sólo nos conduce a legitimar a unos tribunales de defensa de la competencia que se dedican precisamente a atacar y destruir a aquellas empresas que en cada momento son más hábiles para descubrir las necesidades de los consumidores y más eficientes a la hora de satisfacerlas. Primamos la mediocridad frente a la excelencia, a los taciturnos emuladores frente a los líderes enérgicos, y aun así pretendemos seguir innovando y prosperando. Para ello habrá que terminar antes con la persecución de los genios, y comprender que éstos no son unos monopolistas explotadores, sino unos visionarios que se sobreponen continuamente a la feroz competencia a que les somete el resto de la sociedad.</p>
</div>
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		<title>¿Qué pasó en Islandia?</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Apr 2010 08:37:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gran recesión]]></category>
		<category><![CDATA[La Ilustración Liberal]]></category>

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		<description><![CDATA[Si –dejando de lado Estados Unidos– ha habido una crisis que ha cobrado brillo propio, ha sido sin duda alguna la de Islandia. La intensidad del desplome de su economía fue tal, que, en medio de un pánico financiero internacional que amenazaba con llevar a la quiebra a la mayor parte de los bancos internacionales, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si –dejando de lado Estados Unidos– ha habido una crisis que ha cobrado brillo propio, ha sido sin duda alguna la de Islandia. La intensidad del desplome de su economía fue tal, que, en medio de un pánico financiero internacional que amenazaba con llevar a la quiebra a la mayor parte de los bancos internacionales, los periódicos encontraron un espacio destacado para informar sobre los acontecimientos de ese país del que pocos habían tenido noticia antes, salvo por sus géiseres.</p>
<p>La mayoría de los rotativos atribuía la crisis islandesa a la desregulación financiera y al retroceso del Estado. En sus cabezas, Islandia aparecía como un caso flagrante de libre mercado fracasado. Y no, desde luego, porque el tamaño de su sector público fuera diminuto o se hubiera reducido entre 2001 y 2007; más bien al contrario: justo antes de desatarse la crisis, la presión fiscal islandesa era la novena más alta de la OCDE (41,1% del PIB), por encima de la de países como Alemania o España y al nivel de otros tan socialdemócratas como Francia o Finlandia.</p>
<p>No: si numerosos economistas y periodistas se lanzaron a la piscina de la identificación de Islandia con el mercado libre fue por dos motivos. El primero, relativamente disculpable, es que Islandia concluyó la privatización de su sistema bancario en 2003, y ya se sabe que cualquier país que privatice alguna de sus industrias –especialmente si es la que causa problemas– merece el sambenito de potencia ultraliberal. El segundo, sin embargo, no deja de ser un reflejo de la impotencia que muchos intervencionistas sintieron ante la crisis islandesa: cuando quebraron los bancos de la isla, en octubre de 2008, el Estado se planteó rescatarlos, pero se dio cuenta de que le resultaba del todo imposible, porque las deudas de la banca eran once veces superiores al PIB del país, y para más inri la mayor parte de las mismas eran en moneda extranjera.</p>
<p>Para los amamantados en el mito de la omnipotencia estatal, semejante fiasco, semejante ducha de agua fría, obviamente sólo podía significar que algún tipo de perversa influencia estaba teniendo el ultracapitalismo. Lo que debería haber sido un choque de bruces con la realidad se convirtió en una coartada para seguir creyendo en las bondades del Estado, sólo limitadas por la rapiña de los mercados libres.</p>
<p>El problema, sin embargo, es que nada de todo esto nos ayuda demasiado a esclarecer la realidad y a comprender qué sucedió en ese país europeo. Analizando con un poco de detalle la situación, podemos comprobar que el caso de Islandia no supone ninguna excepción con respecto al del resto de economías: sus bancos se endeudaron masivamente a corto plazo para invertir a largo. En concreto, en algunos momentos de 2008 debían a 3 meses 500.000 millones de coronas islandesas más del dinero que tendrían disponible en ese mismo plazo; una cantidad que equivalía a más del 33% del PIB del país.</p>
<p>Las razones que incitaron a los bancos a emprender esa insostenible estrategia financiera las he expuesto de manera extensa en muchos otros artículos, así que me limitaré a sintetizarlas: los tipos de interés a largo plazo son bastante superiores a los tipos a corto, de modo que pueden lograrse cuantiosas ganancias tomando prestado al tipo bajo e invirtiendo al alto. Claro que esta estrategia, por rentable que sea, no deja de estar condenada al fracaso: si los pasivos de los bancos vencen mucho antes que sus activos, más pronto que tarde se encontrarán en una situación de iliquidez, antesala de la suspensión de pagos. Que esto último no se produzca se debe simplemente a las permanentes intervenciones de los bancos centrales en los mercados interbancarios tendentes a refinanciar y sostener a los bancos con mayores problemas de iliquidez; es decir: sólo gracias a la manipulación que ejercen los bancos centrales sobre el dinero fiduciario de curso legal, que emiten en régimen de monopolio, los bancos privados pueden seguir endeudándose a corto e invirtiendo a largo, por mucho más tiempo del que sobrevivirían en un mercado libre.</p>
<p>Aun así, los bancos centrales no pueden retrasar indefinidamente el colapso de esta estrategia, ya que el problema subyacente es que se está invirtiendo a través del crédito mucho más de lo que se ha ahorrado, con el resultado de que la estructura productiva de la economía se distorsiona –con demasiada inversión demasiado alejada del consumo final–, y debe terminar reajustándose en forma de crisis económica.</p>
<p>En este sentido, pues, los bancos islandeses no fueron una rara avis. Si acaso, la nota más distintiva hay que buscarla en el hecho de que se endeudaran a corto en moneda extranjera para invertir a largo en moneda nacional. Dado que durante la primera década del siglo XXI los tipos de interés han estado mucho más bajos en Estados Unidos o en la zona del euro que en Islandia, los bancos islandeses emitieron enormes cantidades de deuda a corto plazo en moneda extranjera, que luego convertían en coronas islandesas (el indicador de la masa monetaria, M1, se multiplicó por 5,5 entre 2002 y 2007 frente a un incremento bastante más moderado del 16% en EEUU), y las prestaban a los ciudadanos islandeses. Es una práctica similar a la de los inversores que en España contrataron una hipoteca multidivisa tratando de aprovechar los menores tipos de interés hipotecarios de los sistemas monetarios extranjeros.</p>
<p>Para que nos hagamos una idea: casi el 70% de la deuda de los bancos islandeses había sido concertada en moneda extranjera, especialmente euros, dólares, libras y coronas noruegas. Parte de esa deuda se había vuelto a prestar a extranjeros (los bancos islandeses actuaban en este caso como simples intermediarios financieros internacionales), pero otra porción muy significativa (unos 2,5 billones de coronas islandesas, casi dos veces el PIB de la isla) había ido dirigida a préstamos internos.</p>
<p>Esta enorme expansión del crédito se canalizó especialmente a la minería de aluminio y al sector de la construcción, y tuvo su reflejo en el saldo exterior de Islandia. Dado que los bancos habían concedido a los islandeses mucho más poder de compra del que los islandeses habían producido y ahorrado, las importaciones se dispararon: si en 2003 el déficit exterior era del 0%, en 2006 llegó a situarse en el 30% del PIB.</p>
<p>Todo este entramado –que a medio plazo implicaba un desembolso brutal en divisas extranjeras, de las que carecía el sistema bancario– podría haberse sostenido mal que bien si el banco central islandés hubiera tenido cantidades apreciables de reservas de divisa extranjera para hacer frente a tales pagos. Básicamente, podría haber intercambiado las coronas islandesas que tenían los bancos privados por los euros y los dólares que necesitaban. Sin embargo, la cantidad de divisas extranjeras que suelen hacer falta para este tipo de operaciones son de tal magnitud, que los bancos centrales suelen mostrarse impotentes a la hora de la verdad. Para tomar alguna referencia: antes de sus respectivas crisis monetarias –en 1994 y 2001–, la deuda externa de México era 12 veces superior a sus reservas de divisas extranjeras, y la de Argentina 5; pues bien, la islandesa era, en octubre de 2008, 32 veces superior a las reservas de divisas del banco central, lo que claramente indicaba una fuerte incapacidad para atender los pagos extranjeros, especialmente los concentrados en los vencimientos más inmediatos.</p>
<p>Lo curioso es que casi nadie se percatara de los enormes desequilibrios que presentaba la economía. Para los bancos islandeses, ese volumen de deudas extranjeras significaba que si en algún momento los mercados interbancarios internacionales se les cerraban, no podrían acudir al banco central islandés para refinanciarse, salvo por el importe de sus escuálidas reservas de divisas (aquél puede crear coronas islandesas, pero no dólares o euros). Pero parece que ninguno vio venir los problemas. De hecho, leyendo sus informes anuales uno tiene la impresión de que incluso se mostraban seguros de que contaban con sobradas divisas extranjeras como para atender todos los pagos futuros.</p>
<p>La fuente de esa ilusoria confianza eran uno de esos productos de ingeniería financiera que se desarrollaron a raíz del abandono del patrón oro: los swaps de divisas. Un swap de divisas no es más que un intercambio de los flujos de caja futuros que recibirán los implicados en sus respectivas monedas. Imagine que un empresario español vende su mercancía a Estados Unidos y que, por tanto, cobra en dólares pero que, al mismo tiempo, paga su hipoteca en España en euros; e imagine también que en Estados Unidos hay un empresario en una posición análoga: vende a España y cobra en euros pero paga su hipoteca en dólares. Si los dos empresarios se quedan de brazos cruzados, se enfrentarán al muy temido riesgo de cambio, esto es, a la posibilidad de que, por ejemplo, el dólar se deprecie muchísimo y, por seguir con el ejemplo de arriba, el empresario español vea dispararse el coste real de su deuda en euros (como debe convertir sus ingresos en dólares en euros para pagar la hipoteca, si el dólar se deprecia necesitará muchos más dólares que antes). Así pues, a ambos sujetos les interesa eliminar ese riesgo concertando un swap: el empresario español se compromete a entregar cada año una parte de sus beneficios en dólares al empresario estadounidense, a cambio de que éste le entregue una parte de sus beneficios anuales en euros (por ejemplo, 100.000 euros a cambio de 130.000 dólares). El tipo de cambio se cierra en ese momento (1 euro por 1,3 dólares), y ya pueden olvidarse de la cotización internacional de las divisas.</p>
<p>Los bancos islandeses suscribieron multitud de swaps de divisas para tener cubiertas todas sus posiciones. Lo que no llegaron a comprender fue que el descalce de plazos, haberse endeudado muy a corto plazo e invertido a largo, arramblaba con la asistencia que pudieran prestarles los swaps. Si estás muy endeudado a corto en moneda extranjera, puede que llegue un momento en el que necesites de inmediato cantidades enormes de esa moneda extranjera, mientras que los swaps sólo te proporcionan cada año una pequeña suma: la porción de la inversión a largo plazo que se recupera anualmente. Dicho de otra manera: si un banco ha pedido prestados 100.000 yenes para conceder una hipoteca de 100.000 euros, con un swap podrá convertir cada año en yenes la letra anual que pague su deudor (por ejemplo, 10.000 euros), pero no de repente la totalidad de la hipoteca.</p>
<p>Así pues, mientras los bancos centrales extranjeros seguían expandiendo masivamente el crédito (entre 2002 y 2005), los bancos islandeses no tenían demasiados problemas para renovar sus deudas a corto plazo en moneda extranjera. Simplemente tenían que acudir a los mercados interbancarios y pedir una refinanciación de sus créditos. No obstante, cuando a partir de 2006 el grifo del interbancario comienza a cerrarse, Islandia empieza a experimentar graves dificultades en forma de inflación y depreciación de la corona. Sin embargo, las fuertes subidas de los tipos de interés (del 9 al 12,75%) dictadas por el banco central consiguen frenar el proceso inflacionario y postergarlo; hasta que la crisis de liquidez se manifiesta en toda su intensidad: agosto de 2007.</p>
<p>A partir de esa fecha, para atender a sus pagos en divisa extrajera, a los bancos islandeses no les queda más remedio que pedir prestadas coronas al banco central e intercambiarlas por euros, dólares y demás monedas, lo cual provocará una intensísima depreciación de la corona, hasta el punto de que en marzo de 2008 ésta había perdido el 30% de su valor con respecto al euro.</p>
<p>El banco central islandés continúa aumentando los tipos de interés hasta llegar al 15% en septiembre de 2008, tanto para limitar las peticiones de crédito de los bancos como, sobre todo, para conseguir que los extranjeros conviertan sus monedas en coronas y las depositen al 15% en la isla. Además, en ese período también logra que el banco central de Noruega le conceda un crédito extraordinario para poder refinanciar las deudas nominadas en coronas noruegas. Los esfuerzos no son del todo en vano, porque aunque la inflación sigue escalando hasta el 14%, la depreciación de la corona islandesa se detiene.</p>
<p>Sin embargo, este encaje de bolillos salta por los aires cuando quiebra Lehman Brothers y el pánico se extiende por todos los mercados financieros del mundo. A partir de ese momento, el crédito se restringe de manera muy considerable y los tres grandes bancos islandeses –el Glitnir, el Landsbanki y el Kaupthing– entran en quiebra, a raíz de lo cual pasan a ser controlados por el Estado. Si hubieran dispuesto de créditos a corto plazo, habrían podido hacer frente a sus obligaciones a corto, o, en caso de que hubieran tenido sus deudas a corto en moneda nacional, el banco central podría haber refinanciado sus operaciones durante un tiempo. Pero como no era ninguno de esos casos, se veían forzados a vender sus activos a largo plazo en moneda nacional para acudir con las resultas a los mercados internacionales de divisas para obtener moneda extranjera a un precio cada vez más alto (ya que necesitaban comprar grandes cantidades de moneda extrajera de manera inminente, y además la expectativa era que la corona se siguiera depreciando). Con lo cual sus activos sufrían un doble recorte: el descuento derivado de vender en grandes cantidades activos a largo plazo y el descuento derivado de convertir apresuradamente el dinero de esa venta en moneda extranjera. Ese doble recorte daba lugar, necesariamente, a su bancarrota.</p>
<p>Como es lógico, esas quiebras generalizaron la desconfianza en la corona islandesa (ya que nadie quiere poseer depósitos en un banco quebrado), y su depreciación se hizo aún más intensa: en un sólo mes pierde el 60% de su valor; con lo cual la sociedad islandesa se ve sumida de súbito en una autarquía de facto ante la imposibilidad de seguir importando: incluso hubo problemas de abastecimiento de comida.</p>
<p>Por su parte, el mercado bursátil islandés, cuyo valor dependía en tres cuartas partes de los tres grandes bancos, se derrumbará después de haber estado cerrado más de una semana: el 15 de octubre pasa de 3.004 puntos a apenas 678 (lejos quedaba su máximo histórico de 9.000, en 2007). Todos los que habían invertido allí perdieron, pues, sus ahorros.</p>
<p>Ante la gravedad de la situación, el Fondo Monetario Internacional interviene proporcionando una línea de crédito extraordinaria por importe de 2.100 millones de dólares, que sin ser demasiado con respecto al monto total (alrededor del 3% de la deuda externa islandesa), sí permitía hacer frente a los compromisos de pago en divisa extranjera a corto plazo y, por tanto, estabilizar el valor de la corona.</p>
<p>Desde entonces, la economía está en bancarrota técnica; pero sigue funcionando gracias al crédito exterior que le van proporcionando los países, al estilo de un deudor moroso al que se le va aplazando la hora del pago.</p>
<p>La mejor manera de comprender el caso de Islandia es, pues, que nos imaginemos el país como un gran banco que se endeudaba a corto plazo y prestaba a largo sin que tuviera, autónomamente, la posibilidad de refinanciar su deuda a corto (como habría sucedido durante un tiempo si su deuda hubiese estado nominada en coronas islandesas). Con semejante imagen en la cabeza, más de uno pensará que, efectivamente, el caso de Islandia es un fallo del libre mercado, ya que nadie obligó al banco &#8220;Islandia S. A.&#8221; a asumir estrategias financieras tan descabelladas e insostenibles. Lo cual, claro, sería cierto&#8230; si pensáramos que el sistema financiero y monetario actual tiene algo de libre.</p>
<p>En realidad, si uno abandona la ceguera monetarista, la crisis de Islandia es todo un ejemplo de qué le puede suceder a un país en un sistema de dinero fiduciario nacional. Islandia simplemente se sumó a la expansión crediticia que llevaron a cabo los bancos centrales extranjeros –principalmente, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo–, bajo la absurda hipótesis de que esas inyecciones continuas de liquidez que presionaban artificialmente a la baja los tipos de interés se mantendrían de por vida.</p>
<p>Nada de esto podría haber ocurrido –o al menos no durante un plazo tan prolongado, que fue lo que volvió dramática la situación en Islandia– en un sistema monetario de patrón oro. En ese marco, los bancos centrales no tienen la capacidad de crear dinero fiduciario nacional para refinanciar las deudas a corto plazo de sus bancos, con lo cual a éstos no les resulta posible expandir el crédito sin respaldo previo de ahorro.</p>
<p>Por consiguiente, en un sistema de patrón oro Islandia no podría haberse endeudado masivamente a corto plazo ni en moneda nacional (oro) ni en moneda extranjera (oro), con lo cual no se habría producido la hipertrofia bancaria, que copó el mercado bursátil, ni los bancos (que hubieran sido más pequeños&#8230; y solventes) habrían quebrado. Además, el valor de la corona islandesa, al estar respaldado por el oro, no habría fluctuado lo más mínimo con respecto al de otras divisas (también respaldadas por el oro; con lo cual los tipos de cambio no variarían, serían fijos) y la sociedad islandesa no se habría visto desprovista de importaciones.</p>
<p>Por mucho que les pese a ciertos economistas adoradores del papel moneda, éste tiene bien poco que ver con el libre mercado, ya que es fruto de una imposición estatal (monopolio de emisión más curso forzoso) destinada a privilegiar a los bancos privados y a su insostenible estrategia de descalce de plazos. Y por el mismo motivo, los fallidos swaps de divisas no son un instrumento espontáneo de los mercados libres, sino un mecanismo para tratar de paliar, muy parcialmente, los problemas que genera el abandono del patrón oro.</p>
<p>Sí, los bancos islandeses actuaron libremente, pero sólo dentro de un marco impuesto por el Estado que genera los perversos incentivos para que estas cosas sucedan de manera regular (ciclos económicos). Echar la culpa del colapso islandés al libre mercado sería tanto como decir que la culpa de que un preso que no ha recibido alimento alguno durante semanas es del propio preso porque era libre para deambular por su celda&#8230; y aun así no hizo nada para evitar la inanición.</p>
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		<title>El mito de los precios predatorios</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 11:22:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Competencia y monopolio]]></category>
		<category><![CDATA[La Ilustración Liberal]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando la teoría económica ortodoxa trata de describir cómo sería un mercado muy competitivo recurre a la entelequia del modelo de competencia perfecta. En ese mundo de fantasía, cuya vinculación con la realidad es afortunadamente nula, nos encontramos con una enorme cantidad de diminutos productores que venden, todos ellos, el mismo producto a idéntico precio. Por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando la teoría económica ortodoxa trata de describir cómo sería un mercado muy competitivo recurre a la entelequia del modelo de <em>competencia perfecta</em>. En ese mundo de fantasía, cuya vinculación con la realidad es afortunadamente nula, nos encontramos con una enorme cantidad de diminutos productores que venden, todos ellos, el mismo producto a idéntico precio. Por eso ningún empresario tiene el suficiente <em>poder de mercado</em> como para influir sobre el precio de su mercancía, de ahí que éste sea similar al coste de fabricación de la misma. Dicho de otra manera: ningún capitalista obtiene nada parecido a unos beneficios extraordinarios.</p>
<p>Todo precioso: la imagen del pequeño empresario que con esfuerzo y dedicación dirige una compañía cuasi familiar en medio de un océano de pequeños empresarios que con esfuerzo y dedicación dirigen sus compañías familiares. Un mundo a todas luces irreal pero que parece apetecible y deseable; salvo por un problemilla: como ya han advertido economistas tan notables como Hayek, Kirzner o Huerta de Soto, en ese escenario de <em>competencia perfecta</em> nadie está&#8230; compitiendo. ¿Dónde queda acaso la competencia real, ese proceso de rivalidad por el que las empresas luchan entre sí, cuando todos los empresarios están <em>predestinados</em> a vender la misma mercancía al mismo precio?</p>
<p>La respuesta es que en ninguna parte. En la competencia perfecta nadie compite, y como consecuencia todos los capitalistas se convierten en pasivos rentistas que tienen por único mérito el sentarse sobre una montaña de billetes destinados a ser reinvertidos en modelos de negocio que en nada se diferencian unos de otros.</p>
<p>En este modelo ideal, pues, no caben los Warren Buffet, los Steve Jobs, los Sam Walton, los Bill Gates, los Amancio Ortega o los Page y Brin, esas personas que han elevado nuestra calidad de vida hasta cotas que nunca hubiéramos podido imaginar. La competencia perfecta es un modelo demasiado estrecho como para dar cabida a la genialidad, a la eficiencia, a la excelencia, a la innovación constante, a la diferenciación, a las ventajas logísticas, a la reducción persistente de costes, a la retención de clientes mediante la fidelización de los mismos, a la integración de modelos empresariales en busca de sinergias; o, por decirlo más llanamente, a la competencia&#8230;</p>
<p>La <em>competencia perfecta</em> parece ser el ideal hacia el que ha de tender el mercado, aun a costa de destruir a las empresas punteras. Así, cuando la economía real se desvía un ápice de ese distópico mundo de competencia perfecta, se encienden todas las luces de alarma y se acaba conduciendo a alguna (gran) compañía a pasar por la trituradora del Tribunal de Defensa de la Competencia. De hecho, toda estrategia empresarial que de alguna forma altere el <em>estado ideal de la competencia</em>, es decir, toda estrategia empresarial que busque, simplemente, la competencia, es considerada automáticamente una práctica monopolística que da lugar a resultados<em>subóptimos</em>, o sea, que provocará que los precios sean más altos y que haya menos productos en el mercado.</p>
<p>La publicidad, el cuidado de la marca, las mejoras en los productos, las fusiones empresariales, las franquicias, etc., serían ejemplos de maquiavélicas tretas que abocan al mercado al temido &#8220;monopolio único&#8221; que ya predijera Marx. Se impone, pues, el control y la vigilancia. Pero lo cierto es que no quiero ni imaginarme en qué penosas condiciones viviríamos si las empresas no se publicitaran (¿estaríamos al tanto de la existencia de otros teléfonos móviles que aquellos que se produjeran al lado de nuestra casa?), o no se identificaran con una marca (¿cómo distinguiríamos a las buenas de las malas compañías?), o no diferenciaran sus productos (¿acaso los gustos de los consumidores son idénticos?), o no se fusionaran o compraran las unas a las otras (¿las empresas redundantes sólo deben salir del mercado con dolorosas quiebras que expulsen a todos sus trabajadores y directivos del sector?), o no se franquiciaran (¿un MacDonald&#8217;s vendiendo ordenadores personales y otro limusinas?); en cambio, muchos parecen estar dispuestos a censurar este tipo de prácticas antes de plantearse siquiera qué función desempeñan. Sin embargo, otros pocos se muestran más abiertos a aceptar la existencia de un proceso de competencia empresarial demasiado complejo como para encasillarlo en un esquema simplista y empiezan a aceptar que esas prácticas <em>monopolistas</em> tal vez sean instrumentos esenciales para la coordinación entre consumidores y empresarios, y que, por tanto, en su ausencia la cantidad producida de bienes no sería mayor, sino más bien inexistente.</p>
<p>Por fortuna, la publicidad, las marcas y las fusiones ya no son universalmente vistas como malas, pues se entiende que tienden a reforzar y no a restringir la auténtica competencia. Sin embargo, hay una práctica empresarial cuya buena prensa no se ha incrementado lo más mínimo y que, de hecho, sigue siendo vista como una treta cortoplacista por la cual las grandes empresas logran explotar a los consumidores; una práctica de la que se cree no puede salir nada bueno y que está en la raíz de la desaparición de muchos pequeños comerciantes honrados que no pueden competir con los grandes. Me refiero a la política de los <em>precios predatorios</em>.</p>
<p>La política de <em>precios predatorios</em> consiste en colocar el precio de un producto por debajo de su coste con la esperanza de acaparar el mercado y eliminar así a todos los competidores; para, acto seguido, imponer unos precios elevadísimos a unos consumidores carentes ya de alternativas. En definitiva: con los <em>precios predatorios</em> se atrae a los consumidores a una trampa segura de la que no podrán salir.</p>
<p>Ciertamente, muchas personas piensan que las políticas de <em>precios predatorios</em> son algo relativamente habitual en el mundo de la gran empresa. Al fin y al cabo, sólo ellas disponen del músculo financiero suficiente como para aguantar durante largos períodos de tiempo unos precios de venta inferiores a los de coste; en cambio, las pequeñas compañías apenas tienen la opción de aguantar unos meses de malas ventas. Un motivo más, pues, por el que esa jungla que es el capitalismo sea férreamente regulada y sometida a controles estatales.</p>
<p>Claro que toda persona que apele a las estrategias empresariales de <em>precios predatorios</em> para justificar el intervencionismo estatal se encontrará, de entrada, con un problema: no existen experiencias históricas de políticas exitosas de <em>precios predatorios</em>. No hay constancia empírica de empresa alguna que haya conseguido imponer precios altísimos tras seguir una agresiva estrategia de precios bajos.</p>
<p>Tal es el divorcio entre teoría y realidad, que el Premio Nobel George Stigler llegó a decir que le parecía vergonzoso que los economistas profesionales se siguieran tomando en serio las políticas de <em>precios predatorios</em>.</p>
<p>Vergonzoso o no, la teoría que nos han legado los defensores del artificio de la <em>competencia perfecta</em> parece razonable. ¿Quién puede negar que a las grandes empresas les interesa convertirse en monopolios tras eliminar a toda la competencia con una política de precios artificialmente bajos? El sentido común parece conducirnos a acusar a las grandes corporaciones de querer y poder dominar el mundo. Mucho me temo, sin embargo, que no es tan sencillo. Si la experiencia se da de tortas con la teoría, quizá sea porque la teoría no esté demasiado bien construida: tal vez, por ejemplo, existan obstáculos insalvables para que una gran empresa logre eliminar de manera permanente a sus competidores vendiendo por debajo del coste.</p>
<p>Empecemos por lo básico. El beneficio de una empresa es el resultado de multiplicar sus ventas por el margen de ganancia unitario, esto es, de multiplicar el número de unidades vendidas por lo que se gana al vender cada unidad. A su vez, este margen de ganancia unitario es el resultado de restar al precio de venta los costes medios de fabricar cada unidad. Así:</p>
<p>Beneficio = (Precio – Coste) x Ventas</p>
<p>La estrategia de <em>precios predatorios</em> consistiría precisamente en que el precio fuera inferior al coste –lo que arrojaría durante un tiempo ciertas pérdidas– para, una vez quebrada toda la competencia, colocar el precio muy por encima del coste y amasar enormes beneficios.</p>
<p>Como decía, suele pensarse –erróneamente– que son las grandes empresas las que tienen mayor cintura para acometer esta estrategia, por su capacidad para soportar pérdidas durante largo tiempo. Sin embargo, conviene fijarse en la fórmula anterior: una gran empresa vende muchas unidades de un producto, de modo que si reduce su precio por debajo del coste, las pérdidas que soportará serán enormes. Imaginemos dos empresas que ofrecen un precio de 10 euros por un producto que les cuesta producir 5. La primera vende anualmente 100.000 unidades, mientras que la segunda apenas llega a las 1.000. Si, como se piensa generalmente, fuera la empresa grande la que llevara a cabo una política de <em>precios predatorios</em> –dejándolo en 2 euros, por ejemplo– para eliminar a la pequeña, tendría que soportar unas pérdidas anuales de 300.000 euros; en cambio, si fuera esta última la que se decidiese por tal práctica, tendría unas pérdidas de apenas 3.000 euros.</p>
<p>En otras palabras: pese a la percepción mayoritaria, las empresas grandes están peor situadas que las pequeñas para colocar sus precios por debajo de los costes, ya que pierden dinero sobre un número mucho mayor de unidades. ¿De verdad nos creemos que un tigre se lanzará al abismo para cazar cualquier mosca que ande por ahí revoloteando? Si una empresa ya tiene un tamaño considerable, tenderá a desentenderse de las pequeñas –al menos mientras no crea que constituyen una amenaza potencial–, y desde luego no recurrirá a vender a pérdida millones y millones de unidades con el objetivo de sacarlas del mercado. Sería tanto como decir que Amazon vigilará si resurge una librería en algún barrio de Madrid y se preparará para, si efectivamente resurge, hundirla a base de vender en todo el mundo sus libros por debajo de coste. Mal negocio.</p>
<p>Es cierto que las grandes empresas cuentan con más recursos para amortiguar las pérdidas, pero eso no quita para que la cantidad de capital que necesiten movilizar a fin de practicar el<em>predatorismo </em>sea mucho mayor que la que habrían de movilizar las pequeñas. Un banco puede fácilmente conceder un crédito a una compañía para que soporte durante un tiempo pérdidas de 3.000 euros, pero lo tendrá mucho más complicado para otorgar un crédito cien veces mayor (aun cuando la solvencia de la empresa grande sea superior a la de la pequeña).</p>
<p>Así las cosas, lo habitual será más bien que sean las empresas pequeñas las que inicien una política de <em>precios predatorios</em> para ir introduciéndose poco a poco en el mercado. Las campañas de lanzamiento –en las que una empresa rebaja el precio de su producto para que los consumidores lo vayan conociendo– están a la orden del día, y lo están obviamente en empresas que se introducen en un nuevo sector y cuya cuota de mercado es, al comienzo, del 0%.</p>
<p>Pero tampoco pensemos que todo el monte es orégano para las empresas pequeñas. Otro de los grandes problemas que tienen las políticas de <em>precios predatorios</em> es que, al rebajar exageradamente los precios, el número de consumidores que demandan la mercancía se dispara. Y pese a que algunos economistas crean que una mayor demanda genera automáticamente la oferta necesaria para satisfacerla, lo cierto es que esto no siempre es posible. La estructura productiva de una compañía, grande o pequeña, está adaptada para producir una determinada cantidad de productos. Si el número de sus clientes se dispara, la mercancía se agotará antes de que todos ellos puedan adquirirla al precio artificialmente bajo. Las pequeñas empresas no podrán, pues, penetrar demasiado en el mercado con políticas de <em>precios predatorios</em>, simplemente porque no tendrán capacidad para satisfacer toda la demanda.</p>
<p>Por esto, las políticas de <em>precios predatorios</em> tienen costes para una compañía muy superiores a los que hemos calculado. Primero, porque en el cálculo anterior hemos supuesto que las ventas se mantenían constantes cuando el precio bajaba de 5 a 2, pero obviamente hay que tener presente que aumentarán, y con ellas lo harán las pérdidas. Imaginemos que la gran empresa ve aumentar sus ventas de 100.000 a 200.000: las pérdidas se incrementarán de 300.000 a 600.000. Y, en segundo lugar y sobre todo, porque si una empresa quiere comenzar una estrategia de <em>precios predatorios</em>, deberá contar en todo momento con un excedente de capacidad productiva del que poder echar mano para abastecer a los demandantes. Ese excedente de capacidad productiva tiene un coste, pues parte de la maquinaria y de las instalaciones de la compañía permanecerán ociosas cuando la empresa supuestamente se convierta en monopólica, recorte la producción y suba el precio.</p>
<p>Claro que hasta que llegue el momento <em>monopolístico</em> puede pasar mucho tiempo. El hecho de que un competidor cierre sus instalaciones no significa que la gran empresa se haya librado definitivamente de él, pues siempre puede volver a poner en funcionamiento sus máquinas cuando aquélla incremente sus precios para explotar a los consumidores. Para eliminar definitivamente la amenaza de los competidores, las grandes empresas deberían mantener sus precios por debajo de sus costes el tiempo suficiente como para que las demás compañías pierdan por completo – y no sólo de manera temporal– la capacidad de producir la mercancía objeto del <em>predatorismo</em>.</p>
<p>Por supuesto, la gran empresa también tiene la opción de adquirir a todas las pequeñas compañías en lugar de tratar de destruirlas vendiendo por debajo de coste. Pero en este supuesto debería pagar precios crecientes por las mismas (el fondo de comercio de esas compañías, esto es, su capacidad para generar beneficios, hace que sus precios sean superiores a lo que cuestan por separado los activos que las componen). Así, ya sea desgastando a los rivales o comprándolos, la gran empresa se verá abocada a subir significativamente los precios durante un largo período de tiempo; no ya para obtener beneficios extraordinarios en el futuro, sino para recuperar las pérdidas pasadas. Sea como fuere, y aquí radica la clave del asunto, si en el mercado existe libertad de entrada, habrá una fuerte tendencia a que esa gran compañía que se ve impulsada a vender a altos precios se enfrente a nuevos competidores con costes más reducidos, que le irán arrebatando cuota de mercado&#8230;</p>
<p>Por tanto, la práctica de <em>precios predatorios</em> arrojaría en las grandes empresas unas pérdidas iniciales tan descomunales (margen de ganancia negativo hasta que los competidores desaparezcan por entero del mercado, o sobreprecio por adquirir los activos de la competencia, más el coste de oportunidad de tener un exceso de capacidad que no se empleará más adelante) que para compensarlas deberían fijar unos precios de venta futuros tan elevados que supondrían todo un reclamo para la entrada de nuevos competidores, quienes vendieran a precios más ajustados a sus costes. Competidores que, para más inri, la gran empresa no podría eliminar, ya que en algún momento deberá empezar a compensar sus pérdidas dejando de vender por debajo de coste.</p>
<p>Además de todos estos problemas, existe otro importante obstáculo para aquellos empresarios que quieran incurrir en la práctica de <em>precios predatorios</em>, y que ilustra perfectamente el caso de Herbert Dow.</p>
<p>Tal y como suele explicar el historiador Thomas Woods, a finales del s. XIX Dow era propietario de una exitosa empresa química en Estados Unidos. Buena parte de su éxito se debía a su propio esfuerzo, que le llevaba en ocasiones a trabajar 18 horas diarias y a dormir en la propia sede de la empresa. Dow fue capaz de extraer bromo de la salmuera utilizando un método muy barato, por lo que pudo abastecer los mercados estadounidense y europeo a precios muy competitivos. Al expandirse por Estados Unidos no encontró resistencias importantes, pero en Europa dio con el cártel alemán del ramo, que le lanzó la siguiente amenaza: &#8220;Si osas entrar en nuestro mercado, iremos a Estados Unidos a vender el bromo a precios ridículamente bajos para arruinarte&#8221;.</p>
<p>Dow no se amilanó, y comenzó a vender bromo en Inglaterra a 36 céntimos la libra, bastante por debajo de los 49 del cártel alemán. Al poco tiempo, éste cumplió con su amenaza y empezó a inundar el mercado estadounidense con enormes cantidades de bromo a un precio muy por debajo de sus costes: 15 céntimos la libra. El cártel esperaba que de este modo Dow se sometiera a sus exigencias. Sin embargo, lo que hizo fue empezar a vender en Europa a un precio extraordinariamente barato: 27 céntimos la libra, incluso por debajo de sus costes. Obviamente, el cártel no podía competir con esos precios, pues debía compensar las pérdidas que sufría en Estados Unidos con los beneficios extraordinarios que debería haber cosechado en el Viejo Continente.</p>
<p>Muchos pensaron que se trataría simplemente de una guerra de desgaste: si tanto el cártel alemán como Dow estaban vendiendo por debajo de coste, todo era cuestión de esperar a ver quién desaparecía antes del mapa. En un momento de desesperación, allá por 1908, el cártel alemán incluso llegó a vender el bromo a poco más de 10 céntimos la libra, pero Dow se mantuvo firme: cuanto más barato vendían los alemanes en Estados Unidos, más barato lograba vender él en Europa.</p>
<p>Finalmente se descubrió el pastel: Dow estaba dando instrucciones a sus agentes para que compraran todo el bromo que el cártel alemán vendía por debajo de coste en Estados Unidos con el objetivo de revenderlo con ganancias en Europa. El cártel germano estaba cavando su propia tumba. Al final llegaron a este acuerdo: Dow vendería en Estados Unidos, el cártel en Alemania y en el resto del mundo competirían.</p>
<p>Moraleja de esta instructiva historia: siempre que sea posible revender un producto, habrá importantes incentivos a que los productores y los intermediarios adquieran tanta cantidad de él como puedan a precios inferiores al coste para posteriormente revenderlo en el mercado: es una forma indirecta de producir a muy bajo coste&#8230; gracias a los tejemanejes de quienes pergeñan políticas de <em>precios predatorios</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Llegados a este punto, podemos decir sin temor a equivocarnos que si en la práctica no se conocen experiencias exitosas de <em>precios predatorios</em>, en términos teóricos se trata de una estrategia monopolística sin consistencia alguna. Es el concepto cortoplacista y estático de la competencia, propio de ciertos modelos neoclásicos, lo que hace que nos olvidemos de los distintos procesos de coordinación empresarial que, a largo plazo, permiten incrementar la producción y reducir los precios&#8230; en contra de quienes ven y vaticinan monopolios por todas partes.</p>
<p>Lo de vender por debajo de costes sólo tiene sentido como parte de una campaña de lanzamiento de una empresa pequeña; y siempre que se controlen los riesgos de incurrir en una guerra de precios, dado que se podría correr el peligro de, en lugar de eliminar la competencia, volverla mucho más dura. Si alguna gran empresa decidiera iniciar una de esas campañas, el resultado final será sólo uno: durante un tiempo los consumidores habrían conseguido adquirir bienes extraordinariamente baratos a costa de hacerle perder mucho dinero. Lo demás es puro sesgo antimercado procesado por una teoría económica bastante deficiente.</p>
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		<title>¿Nos roban los intermediarios?</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jan 2010 09:16:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[La Ilustración Liberal]]></category>

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		<description><![CDATA[Habitualmente podemos escuchar al lobby agrario protestar por los infladísimos márgenes de beneficio que obtienen los intermediarios, al adquirir sus productos a unos precios misérrimos y revendérselos carísimos al consumidor. Así, por ejemplo, la Coordinadora Estatal de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) no vacila en declarar: &#8220;Las cadenas de intermediarios suelen obtener, sin apenas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p>Habitualmente podemos escuchar al lobby agrario  protestar por los infladísimos márgenes de beneficio que obtienen los  intermediarios, al adquirir sus productos a unos precios misérrimos y  revendérselos carísimos al consumidor. Así, por ejemplo, la Coordinadora  Estatal de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) no vacila  en declarar: &#8220;Las cadenas de intermediarios suelen obtener, sin apenas  asumir riesgos, un margen de beneficio que a menudo supera el 450%&#8221;, y  Eladio Aniorte, presidente de Jóvenes Agricultores (Asaja) de Alicante,  subió el envite al afirmar recientemente que en ocasiones esos márgenes  alcanzan &#8220;el 6.000%&#8221;. Ahí es nada.</p>
<p>El argumento que pretende inferirse de estos <em>escandalosos</em> datos es doble: por un lado, que los intermediarios incrementan los  precios que pagan los consumidores; por otro, que los campesinos están  siendo explotados por una mafia de intermediarios que les abona unos  precios mucho menores a lo que podrían y deberían obtener para mantener  las explotaciones agrarias a flote. Estas soflamas vienen en parte  avaladas por las instituciones públicas, que disponen de todo un  Observatorio dedicado a estudiar los precios de origen que reciben los  productores y los precios de destino que pagan los consumidores, y en  cuyas publicaciones pueden encontrarse, en efecto, cifras tan  escandalosas como ésta: los plátanos, en origen, cuestan 12 céntimos el  kilo; en destino, 1,83 euros.</p>
<p>Pese al aparente consenso de quejas y datos en torno a la innecesaria  y maléfica labor que realizan los intermediarios, me sorprende que  incluso parte de quienes se consideran liberales, al reconocer las  fundamentales contribuciones de la economía de libre mercado, hayan  comprado esta mercancía averiada. Y digo &#8220;mercancía averiada&#8221; porque es  un razonamiento que se opone a la teoría económica más elemental sobre  la formación de los precios, que debería estar al alcance de todo  científico social.</p>
<p>A la vista del predicamento que ha logrado la propaganda que el lobby  agrario difunde diariamente sobre su deplorable situación, conviene  aclarar qué sostiene esta teoría económica tan básica, para luego tratar  de arrojar algo de luz sobre esta polémica.</p>
<p><strong>Márgenes, márgenes, márgenes</strong></p>
<p>Toda la teoría de los precios gira en torno a márgenes que intentan arbitrar <em>todos</em> los agentes económicos. Es imposible entender realmente cómo se forman  los precios si no empleamos la herramienta de los márgenes.</p>
<p>¿Y qué es un margen? Simplemente, un diferencial entre dos valores.  En este sentido, arbitrar un margen consiste en aproximar esos dos  valores, reduciendo así su diferencial. ¿Cómo? A través de unas  operaciones muy sencillas que están a la orden del día: comprar, vender,  dejar de comprar y dejar de vender.</p>
<p>Básicamente, existen tres márgenes importantes, que los agentes  económicos intentan explotar. El primero es el margen de los  consumidores, que consiste en el diferencial entre la utilidad que  obtenemos por un producto y el precio que pagamos por él (al que  llamaremos <em>precio pedido</em> o <em>asked price</em>). Siempre que la  utilidad de un bien sea superior al precio pedido, el consumidor seguirá  comprando, y al hacerlo hará subir el precio y bajar la utilidad (ya  que las unidades adicionales de un producto las valoramos menos que las  anteriores), con lo que el margen del consumidor se irá reduciendo.</p>
<p>El segundo margen es el de los productores, formado por el  diferencial entre el precio al que pueden vender un producto (al que  llamaremos <em>precio ofrecido</em> o <em>bid price</em>) y su coste medio  de producción. Siempre que el precio ofrecido sea superior al coste  medio de producción, el productor seguirá vendiendo unidades adicionales  del bien, lo que hará que su precio caiga (para vender más hay que  bajar el precio) y que sus costes suban, lo que acabará por reducir su  margen.</p>
<p>El precio pedido que paga el consumidor y el precio ofrecido que  recibe el productor no coinciden. Y no lo hacen, simplemente, porque no  todos los consumidores y no todos los productores están en el mismo  sitio y en el mismo momento a la hora de realizar sus transacciones. Si  queremos comprar, hemos de encontrar a un vendedor que esté dispuesto a  vendernos la mercancía en ese momento; y si la queremos vender, hemos de  encontrar a un consumidor que la quiera adquirir en ese preciso  instante.</p>
<p>En cierta medida, pues, el consumidor que quiere comprar (incluso  puede estar desesperado por hacerlo) ha de ajustarse al precio que le  piden los productores que tiene más a mano (precio pedido). Así, un  consumidor madrileño tendría que conformarse con los precios que le  pidieran los productores locales que consiguiera localizar si se  marchara al campo a hacer la cesta de la compra; precios que podrían  alcanzar cuantías muy considerables, habida cuenta de la <em>estrechez </em>de la competencia. Pero no podría ni siquiera soñar con acceder a productos gallegos o murcianos, y mucho menos a los chinos.</p>
<p>De la misma manera, el productor que quiere vender (incluso puede  estar desesperado por hacerlo) ha de ajustarse al precio que le ofrecen  los consumidores que tiene más cercanos (precio ofrecido). Imagine a un  productor madrileño visitando a las familias que le quedan más cerca de  su explotación con su tráiler de mercancías, que ofrecería como si se  tratase de un vendedor ambulante de enciclopedias. Dado que su capacidad  para viajar con toda su mercancía a cuestas no sería muy grande,  tendría que vender (malvender) su producción a los precios que las pocas  familias que visitara estuvieran dispuestas a pagarle. Obviamente,  debería olvidarse de vender a Estados Unidos o a Japón, a menos que  dispusiera de un jet privado y asumiera los elevadísimos costes de  transporte.</p>
<p>Las circunstancias particulares de cada consumidor y productor  determinan, por tanto, una enorme variedad de precios pedidos y  ofrecidos para un mismo producto. Y de aquí surge el tercer margen que  pueden explotar los agentes económicos: los diferenciales entre precio  pedido y precio ofrecido.</p>
<p>Si los compradores abonan por sus compras a la desesperada precios  pedidos muy altos y los productores reciben por sus malas ventas precios  ofrecidos muy bajos, parece claro que existe una importante oportunidad  de ganancia para aquellos agentes que se dediquen a comprar mercancía a  los productores (precios ofrecidos bajos) para vendérsela más adelante a  los consumidores (precios pedidos altos). Estos agentes especializados  en este tipo de transacciones son, precisamente, los intermediarios, o,  tal y como se los conoce en la jerga financiera, los <em>market makers</em> (creadores de mercado).</p>
<p>Los intermediarios se dedican a comprar su mercancía a unos  productores muy dispersos en el espacio y a acumularla durante el tiempo  que consideren adecuado para ir vendiéndosela a unos consumidores  también muy dispersos. La actividad del intermediario consiste,  precisamente, en eso: concentrar la mercancía dispersa, clasificarla,  ordenarla por calidades, acumularla y <em>desacumularla</em>, según sus  expectativas sobre las necesidades de los consumidores, y distribuirla  por los distintos puntos de venta. Se trata de una actividad muy  compleja, en la que claramente es esencial conocer bien el mercado: sus  participantes, sus productos y sus circunstancias. El riesgo en el que  incurre el intermediario es el de no poder vender a buenos precios y lo  suficientemente rápido toda la mercancía que ha comprado: pensemos que  no compra para sí, sino para otros, y si su juicio empresarial sobre qué  quieren esos otros yerra, tendrá que malvender sus enormes inventarios.</p>
<p>Lo importante, sin embargo, es que nos fijemos en cuál es la  influencia del intermediario sobre los precios que pagan los  consumidores (precio pedido) y los que reciben los productores (precio  ofrecido). El intermediario incrementa la demanda total a la que se  enfrentan los productores, de modo que aumenta el precio ofrecido; pero  como también aumenta la oferta total de que disponen los consumidores,  igualmente reduce el precio pedido. Así pues, gracias a los  intermediarios, los productores reciben precios más altos y los  consumidores pagan precios más bajos: justo lo contrario que establece  el razonamiento más extendido en la calle, según el cual los productores  reciben precios menores y los consumidores abonan precios mayores por  culpa de los intermediarios.</p>
<p>De hecho, nada impide a los productores tratar de saltarse a los  intermediarios y vender directamente a los consumidores si es que creen  que por esa vía lograrán precios más elevados y un mayor volumen de  ventas. El problema suele estar en que, como apuntábamos antes, tanto el  precio ofrecido como el volumen de las operaciones que pueden lograr en  una relación directa con el consumidor suelen ser mucho más bajos que  los que pueden conseguir de los intermediarios.</p>
<p>Además, este simple esquema de arbitraje de precios nos sirve para  mostrar la errónea idea de que el precio pedido que pagan los  consumidores depende de la suma de los costes de productores e  intermediarios (de lo que se sigue que a mayor número de intermediarios,  mayores costes y mayores precios). En realidad, el consumidor es  soberano en el mercado y es quien determina toda la estructura de  precios y costes.</p>
<p>Si la utilidad de algunos consumidores cae por debajo del precio  pedido de un producto, dejarán de comprarlo y pasarán a adquirir otro.  Esto a su vez provocará que los intermediarios no puedan dar salida a  todo su inventario si no venden a unos precios pedidos inferiores a los  ofrecidos que pagaron en su momento a los productores. Por ello, si los  productores quisieran vender en lo sucesivo, todas sus mercancías  deberían reducir los precios ofrecidos; y aquellos productores cuyos  costes medios quedaran por debajo de los nuevos precios ofrecidos  deberían abandonar el sector y trasladarse a otro (que sería,  justamente, el del producto que pasaron a adquirir los consumidores).  Finalmente, a través de esta sangría de productores, los costes medios  se reducirían hasta igualarse con los nuevos precios ofrecidos.</p>
<p>Por consiguiente, vemos que en el fondo es el precio que están  dispuestos a pagar los consumidores lo que determina los costes, y no al  revés, como se suele asumir: no importa cuántos intermediarios haya,  pues su tarea no consiste en incrementar los costes, sino en arbitrar  los márgenes pagando más a los productores y cobrando menos a los  consumidores. Los márgenes no surgen porque haya intermediarios: más  bien hay intermediarios porque existen los márgenes, y sólo mientras  sigan existiendo.</p>
<p><strong>Sopa inglesa: <em>mark-ups</em>, <em>margins</em> y ROA</strong></p>
<p>Pese a haber analizado cómo se forman los precios en una economía de  libre mercado y pese a haber llegado ya a conclusiones radicalmente  opuestas a las que postula la <em>sabiduría convencional</em>, todavía no podemos analizar en propiedad la verosimilitud de las denuncias del lobby agrario.</p>
<p>Y es que, antes que nada, nos encontramos con un problema de  nomenclatura que, en cambio, no padecen los ingleses. El inglés  distingue acertadamente entre <em>margin</em> y <em>mark-up. </em>En español, sin embargo, sólo tenemos una palabra para reflejar estas dos realidades: <em>margen</em>. Cuando los agricultores se quejan del margen de los intermediarios se refieren al <em>mark-up</em> inglés, esto es, a cuánto mayor es el precio en destino que el precio  en origen. Si, como veíamos antes, se acusa a los intermediarios de  disfrutar de un margen del 6.000%, esto viene a significar que el precio  en destino aproximadamente se multiplica por 60. El <em>mark-up</em> sería, pues, del 6.000%. El <em>margin</em>,  en cambio, nos indica qué porcentaje de los ingresos se apropian como  beneficio los intermediarios. En otras palabras, si yo vendo mi  mercancía por 10.000 euros, ¿qué parte me queda <em>limpia</em> en ganancias? A diferencia del <em>mark-up</em>, el <em>margin</em> nunca puede ser, por motivos obvios, superior al 100%.</p>
<p>Problema con el <em>margin</em>: es bastante arbitrario. Los beneficios  que obtengamos dependerán de los costes que consideremos. Así, según  qué costes metamos en el cómputo, nos encontraremos con dos tipos de <em>margin</em>:  el de beneficios bruto y el de beneficios neto. El margen de beneficios  bruto sólo contabiliza el coste de la mercancía que vendemos. De este  modo, con un <em>mark-up</em> de 6.000%, nuestro margen de beneficio bruto  sería de aproximadamente el 98%. Ahora bien, un margen de beneficio  bruto tan elevado ni siquiera nos asegura que el empresario esté ganando  dinero, ya que el margen bruto no contabiliza otros costes, como los de  personal, las amortizaciones, los financieros o los fiscales.</p>
<p>Imaginemos un intermediario que cada año compre 1.000 tomates a 1  céntimo la unidad y luego los venda por 61 céntimos la unidad. Su <em>mark-up</em> será, efectivamente, del 6.000%, y su margen bruto, del 98%. Ahora  bien, supongamos que para realizar esta operación necesita incurrir en  unos gastos anuales de 59.000 euros. ¿Saben cuál sería su margen de  beneficios neto? Tan sólo el 1,6%. ¿Considerarían que alguien que apenas  gana el 1,6% de todo lo que ingresa es un gran explotador?</p>
<p>Bueno, antes de contestar que no de manera apresurada, conviene que  tengamos presente que el 1,6% de una cantidad muy grande sigue siendo  una cantidad muy grande. Si un empresario tiene una cifra de negocios  (ventas) de 100.000 millones de euros (y hay empresas que tienen  ingresos tan abultados, por ejemplo General Electric) y se queda con el  1,6%, sigue ganando la cuantiosa suma de 1.600 millones de euros.  Tomemos el caso de Wal-Mart, el minorista más importante del mundo: su  cifra de negocio a cierre de 2008 fue de 400.000 millones de euros, y su  margen de beneficio neto fue del 3,3%, de modo que ganó 13.400 millones  de dólares. Sin duda, una gran cifra, que muchos agricultores podrían  considerar de justicia que ingresara en sus bolsillos. Sin embargo, no  habría que confundirse por los grandes números.</p>
<p>Para saber realmente si los beneficios que obtiene una empresa son  realmente extraordinarios hay que mirar su tasa de rentabilidad sobre  activos (en inglés, ROA). Por ejemplo, ¿creerían que 13.400 millones al  año es mucho dinero si para lograrlos tuviéramos que inmovilizar 1  billón de dólares durante 20 años? Pues no deberían, ya que su tasa de  rentabilidad apenas sería del 1,3%, es decir, bastante menos de lo que  pagan muchos bancos por un depósito. En la medida en que el capital es  un factor escaso, parece lógico que deba recibir algún tipo de  remuneración, y esa remuneración es el ROA.</p>
<p>Los beneficios netos, por consiguiente, deben ponerse en relación con  el capital que tenemos que inmovilizar para lograrlos. En caso  contrario, las cifras no son realmente significativas: hay sectores que  necesitan mucho capital, por lo que es lógico que obtengan grandes  beneficios (pensemos en la industria aeronáutica o en los astilleros), y  otros que emplean muy poco capital, de ahí que les baste con beneficios  menores para repartir a sus poco comprometidos accionistas (por  ejemplo, un vendedor ambulante). En el caso de Wal-Mart, en 2008 sus  beneficios fueron de unos 13.400 millones de dólares, y para lograrlos  tuvo que inmovilizar 163.000 millones de dólares, lo que nos lleva a un  ROA del 8,2%; una rentabilidad aceptable que demuestra lo eficiente que  sigue siendo esa compañía 40 años después de su creación.</p>
<p>En definitiva: la mejor medida para conocer la rentabilidad real de  una empresa es su ROA, ya que pone en relación todos los elementos de la  actividad económica. Como segundo mejor indicador, podemos quedarnos  con el margen de beneficio neto. El margen bruto y el <em>mark-up</em> no indican absolutamente nada.</p>
<p><strong>Los márgenes del campo español</strong></p>
<p>Ahora sí que podemos ponernos a analizar si es cierto que los  intermediarios españoles se quedan con unos escandalosos márgenes que  deberían redistribuirse entre los productores (a través de mayores  precios ofrecidos) y los consumidores (a través de menores precios  pedidos). Ya hemos visto que los márgenes de los que habla el lobby  agrario son <em>mark-ups</em>, lo que resulta de todo punto irrelevante  para conocer la sostenibilidad y rentabilidad de un negocio. Más bien,  tendremos que analizar cuál es el ROA y el margen de beneficio neto de  los intermediarios que intervienen en el campo español.</p>
<p>Básicamente, la cadena de intermediaros es así: el agricultor vende  al mayorista, el mayorista distribuye al minorista y el minorista vende  al consumidor final. Los mayoristas más importantes son los mercados de  abastos, como Mercamadrid o Mercabarna; y los minoristas son los  supermercados, los hipermercados y las pequeñas tiendas especializadas.</p>
<p>Si los enormes <em>mark-ups</em> que denuncia el campo al reclamar  precios más justos proporcionan a los intermediarios unos beneficios tan  extraordinarios, deberíamos ser capaces de localizarlos en unos  elevados márgenes de beneficio neto y, sobre todo, en unos altísimos  ROA. Pero ¿dicen eso realmente los datos?</p>
<p>Cuentas de 2008 (en millones de euros)</p>
<table>
<tbody>
<tr>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom">Mercamadrid</td>
<td valign="bottom">Mercabarna</td>
<td valign="bottom">Mercadona</td>
<td valign="bottom">Eroski</td>
<td valign="bottom">Carrefour</td>
<td valign="bottom">El Corte Inglés</td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom">Ingresos</td>
<td valign="bottom">26</td>
<td valign="bottom">28,2</td>
<td valign="bottom">14.283</td>
<td valign="bottom">8.144</td>
<td valign="bottom">86.966</td>
<td valign="bottom">17.362</td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom">Beneficio netos</td>
<td valign="bottom">8,5</td>
<td valign="bottom">3,4</td>
<td valign="bottom">320</td>
<td valign="bottom">-97</td>
<td valign="bottom">1.255</td>
<td valign="bottom">382</td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom">Activo</td>
<td valign="bottom">147</td>
<td valign="bottom">95,2</td>
<td valign="bottom">4.324</td>
<td valign="bottom">7.000</td>
<td valign="bottom">52.082</td>
<td valign="bottom">17.588</td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom"></td>
<td valign="bottom"></td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom"><strong>Margen   beneficio</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>32,7%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>12,1%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>2,2%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>-1,2%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>1,4%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>2,2%</strong></td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom"><strong>ROA</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>5,8%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>3,6%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>7,4%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>-1,4%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>2,4%</strong></td>
<td valign="bottom"><strong>2,2%</strong></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Con las cuentas de 2008 en la mano, vemos que los márgenes de  beneficio de los minoristas (Mercadona, Eroski, Carrofour y El Corte  Inglés) apenas superan el 2%; algunos, por ejemplo Eroski, pierden  dinero. Los mayoristas (Mercamadrid y Mercabarna) presentan mayores  márgenes de beneficio (33 y 12%), pero en todo caso no demasiado  escandalosos, sobre todo cuando los ponemos en relación con el capital  que emplean. Y es que, cuando tomamos el ROA, el auténtico baremo de  rentabilidad de un negocio, vemos que ninguno está por encima del 7,5%, y  que los de algunos, como Carrefour y El Corte Inglés, son muy moderados  (2,4 y 2,2%).</p>
<p>¿Es mucho un ROA del 7,5%? Teniendo en cuenta que la rentabilidad  nominal media de la bolsa estadounidense a lo largo del s. XX fue del  10%, se trata de una cifra bastante normalita, nada sobresaliente. De  hecho, a finales de 2009 aproximadamente un tercio de todas las empresas  cotizadas en Estados Unidos tenían un ROA superior al 7,5%.</p>
<p>En definitiva, las rentabilidades de los intermediarios españoles son  normales tirando a bajas, y los beneficios extraordinarios no aparecen  por ningún lado, al contrario de lo que denuncian los agricultores.</p>
<p><strong>Conclusión</strong></p>
<p>La demonización de los intermediarios es una estrategia bastante  extendida en el campo español para tratar de excusar la ineficiencia del  propio sector. Desde hace años resulta bastante evidente que en España  sobran agricultores, lo que se traduce en un exceso de producción y en  unos bajos precios de venta. No se trata de que los intermediarios les  paguen menos de lo que deberían, en esencia porque no pueden pagarles  mucho más.</p>
<p>En vista de los escasos márgenes y de las escasas tasas de  rentabilidad de nuestros intermediarios, no hay posibilidad alguna de  subir significativamente los precios ofrecidos que reciben los  agricultores. Precios ofrecidos más altos darían lugar a la progresiva  quiebra y descapitalización de nuestros intermediarios, lo que a medio  plazo significaría un menor volumen de transacciones, precios ofrecidos  más bajos y precios pedidos más altos.</p>
<p>Tampoco parece posible que nuestros intermediarios suban los precios  que piden a los consumidores para, a su vez, pagar precios más altos a  los agricultores. Ya hemos visto que los precios no dependen de los  costes, sino al revés, y que por tanto no se puede subir de manera  sostenida el precio pedido por encima de la utilidad del producto.</p>
<p>El campo, por tanto, necesita una reconversión urgente, que no ha de  pasar por rapiñar a los intermediarios. Los márgenes que están tratando  de arbitrar –entre el precio ofrecido y los costes medios de la  agricultura– hace tiempo que se estrecharon y que deberían haber dejado  de ser explotados. Están realizando actividades que no satisfacen las  necesidades de los consumidores.</p>
<p>No se trata de que los agricultores queden fuera de la sociedad, sino  de que algunos de ellos desempeñen otras funciones, en aquellas  actividades cuyos márgenes sean positivos. Por desgracia, parece que la  estrategia que han adoptado pasa por proclamar que parte de los márgenes  de los intermediarios les pertenece y, a través de tan injustificados  llantos, obtener todo tipo de prebendas. Al menos se nota que han  entendido el funcionamiento de sistemas políticos intervencionistas como  el español.</p>
</div>
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