Implicaciones de la teoría del capital sobre el ciclo

En mis dos artículos anteriores traté de analizar por qué las definiciones de capital y de bienes de capital necesitan de una revisión a fondo para adaptarlos a la realidad y para que resulten fructíferos en el desarrollo de la ciencia económica.

Uno de los campos donde más importante tiene adoptar una visión correcta del capital y de los bienes de capital es en el ciclo económico. Sin ella podemos caer fácilmente en las falacias lógicas keynesianas que nos aseguran que lo único que le pasa a la economía es que ha perdido fuelle, que han empeorado las expectativas y que es necesario reanimarlas.

Al fin y al cabo, hay algo ciertamente incomprensible en que la misma estructura productiva que durante años estuvo creciendo a elevadas tasas entre en crisis de la noche a la mañana. ¿Por qué las mismas máquinas, los mismos edificios o los mismos procesos que ayer creaban riqueza hoy son incapaces de hacerlo?

La teoría austriaca del ciclo económico da una respuesta válida que, sin embargo, muchos no han sabido interpretar correctamente por carecer de una buena teoría del capital y de los bienes de capital. Según Mises y Hayek, el crecimiento vivido durante el boom es inducido por un sistema bancario al expandir masivamente el crédito, por lo que en su mayor parte ni es real ni es sostenible; al manipular a la baja los tipos de interés, las industrias más alejadas del consumo comienzan a hiperdesarrollarse a costa de las industrias más cercanas al consumo, arrojando una estructura productiva que dura más tiempo del que están dispuestos a esperar los consumidores para adquirir sus frutos (tal y como manifiestan en el volumen de ahorro real). Las crisis no son más que la etapa en la que esta expansión artificial se detiene, se desinflan las demandas insostenibles, se corrigen los precios relativos distorsionados por esas demandas, desaparece la rentabilidad ficticia que arrojaban esos falsos precios relativos y se procede a la purga de las malas inversiones sectoriales.

Cierto, esta explicación tiene su complejidad pero no debería resultar incomprensible para nadie y mucho menos para economistas supuestamente duchos en la materia. Sin embargo, la ausencia de toda una buena teoría del capital en la que insertar estas conclusiones conduce a muchos de ellos a descartarlas por inconciliables con la realidad.

Tomemos el famoso caso de Paul Krugman y su supuesta refutación de la teoría austriaca del ciclo. El premio Nobel de 2008 plantea en este artículo dos objeciones a la teoría austriaca: a) si los consumidores deciden adquirir más bienes de consumo de los planeados por las empresas, la economía no debería entrar en crisis, sino tan sólo incrementar el capital y la capacidad productiva de las industrias de consumo a costa del de las industrias de bienes de inversión, b) si se han producido malas inversiones, basta con darlas de baja del balance para volver a crecer, lo cual deja sin explicar por qué las buenas inversiones permanecen ociosas durante la crisis y numerosos trabajadores muy productivos son despedidos.

En definitiva, Krugman no entiende por qué una crisis no puede solventarse de la noche a la mañana transportando el exceso de capacidad de las industrias de bienes de inversión hasta las deficitarias industrias de consumo.

Buena parte del problema de Krugman –como el de toda la vertiente keynesiana– es precisamente que carece de una teoría del capital y de los bienes de capital. Las malas inversiones en la etapa del boom se han plasmado en toda una serie de bienes de capital que están diseñados para prestar sus servicios en las industrias muy alejadas del consumo. Como ya vimos, los bienes de capital son heterogéneos, complementarios, específicos y difícilmente reconvertibles, lo que significa que su transferencia de unas industrias a otras no puede ser un proceso automático y ausente de costes. Es más, en la medida en que esos bienes de capital se utilizaban con otros de manera complementaria, la pérdida de valor de alguno de ellos elimina esas sinergias, que no siempre podrán aparecer –o no de un modo tan intenso– en otras estructuras de bienes de capital, dejando muchas de ellas ociosas.

Tomemos el caso de la industria del ladrillo. El hiperdesarrollo de la misma conllevó la aparición y el crecimiento de constructoras, cementeras, inmobiliarias, promotoras, fábricas y minoristas de mobiliario, despachos de arquitectos… Cada una de estas industrias tenía sus propios planes de negocio, en los que se empleaban bienes de capital muy especializados y específicos: grúas, hornos, canteras, pozos, trituradoras, elevadores, palas mecánicas, secaderos, lavadores, laminadores, desintegradores, chapeadoras, barnizadoras, ventiladores, sierras, afiladoras, troqueladoras, lijadoras, canteadoras, aspiradoras, escuadradoras, fresadoras o incluso capital humano diverso como la arquitectura. Y a su vez, cada uno de estos bienes de capital poseía diversos grados de heterogeneidad, especificidad e inconvertibilidad (no todas las sierras son iguales, por ejemplo) que los hacía más o menos aptos para desempeñar una función distinta de la originalmente planeada en otras industrias.

La crisis precisamente revela que todos estos bienes de capital deben reorientarse a otras partes de la economía –las industrias más cercanas al consumo–, al haberse generado un exceso de capacidad en unos sectores cuya demanda estaba inflada por una oferta del crédito artificialmente elevada y barata. Y este proceso, obviamente, ni es sencillo ni automático como parece suponer Krugman y el resto de keynesianos, quienes obvian, bajo el velo del capital, la naturaleza de las estructuras de los bienes de capital.

Debería resultar evidente que la manera de acelerar el ajuste pasa por facilitar tanto como sea posible esa recolocación de los bienes de capital, para lo cual será de vital importancia eliminar todos los costes artificiales a sus movimientos (regulaciones e impuestos) y a las rigideces de sus precios. Al fin y al cabo, para que un bien de capital pueda ser recolocado en otras partes de la estructura productiva será necesario que el precio que los potenciales compradores hayan de pagar por él sea inferior a su productividad marginal dentro de los nuevos planes empresariales; productividad que debido a su complementariedad, especificidad e inconvertibilidad será mucho más baja que en sus anteriores funciones. Pero mientras su precio continúe por encima de su productividad marginal el recurso permanecerá “ocioso” y no contribuirá a generar nueva riqueza.

Asimismo, también será necesario acumular grandes cantidades de ahorro para financiar la reconversión de aquellos bienes de capital cuya transformación no resulte especialmente costosa; para crear nuevos bienes de capital que se complementen en sus nuevas tareas con los antiguos bienes de capital y así aparezcan nuevas complementariedades que eleven su productividad; y para reducir la presión que ejerce una fuerte demanda de consumo que fuerza su traslado hacia las industrias más cercanas al mismo donde previsiblemente su productividad marginal será más baja.

La solución keynesiana, sin embargo, pasa por obstaculizar tanto como sea posible ese ajuste, bajo la falsa idea de que el crecimiento económico se puede reanudar sobre las endebles bases de las malas inversiones previas a través de estímulos de demanda. Convencidos de que el capital equivale no al valor que en un mercado libre tienen los bienes de capital destinados a satisfacer las necesidades de los consumidores, sino al valor que resulta de unos precios manipulados e intervenidos, consideran preferible reorientar todos los bienes de capital específicos e inconvertibles hacia proyectos promovidos con gasto público donde sean fácilmente reutilizables. Así, se pretende buscar salida a toda la maquinaria de la construcción privada en faraónicos planes de obra pública, sin darse cuenta que de este modo obstruyen su recolocación en otras partes del mercado y absorben los escasos capitales necesarios para reconvertirlos, crear nuevos bienes de capital complementarios y rebajar la presión depresora sobre su valor que ejerce una fuerte demanda de consumo.

El keynesianismo es una ideología orientada a conservar las malas inversiones y a evitar la catarsis y el reajuste de la estructura productiva. No entienden la necesidad de purgar los espejos del pasado porque caen en el error de considerar que todo crecimiento del “capital”, tanto durante la fase del boom en la que se acumulan las malas inversiones como durante los estímulos artificiales y cortoplacistas de la demanda a través del déficit, es sinónimo de creación de riqueza. Se olvidaron de qué es realmente el capital y de qué valor y función tienen las libres elecciones individuales en todo esto.

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