Sin opciones y sin principios

Gusta a los políticos justificar sus desmanes con la frasecita de que no tenían otra opción. Si no existe disyuntiva entre libertad y coacción, si el único camino es el asilvestrado intervencionismo, entonces huelga repudiar o criticar los recortes de libertades: “No me culpen a mí, echen pestes contra la fatalidad”.

Rajoy, como cabía esperar, no se ha salido del guión. Sí, ha traicionado sus principios, sus reiteradas promesas pre y postelectorales e incluso la lógica económica más elemental, pero lo ha hecho porque no había otra opción. El gallego incluso nos ha asegurado que colocar los tipos impositivos del IRPF a uno de los niveles más elevados de toda Europa ha sido una decisión dura y dolorosa; dura y dolorosa para él, entiéndase, no para los millones de españoles que van a ver esquilmados todavía más sus bolsillos este 2012.

Responsabilidad, sacrificio, soledad o incomprensión: características todas ellas de quien se pretende quijotesco hombre de Estado. ¿Acaso no estamos siendo demasiado duros con él? ¿Acaso los españoles somos tan cortos de miras como para reprender a nuestro abnegado salvador? ¿Acaso nos hemos convertido en unos malcriados antipatriotas?

La estrategia propagandística es cristalina. Después de meterte la mano en la cartera, pretenden no sólo que les des las gracias por esquilmarte, sino que encima te sientas culpable por haberte opuesto al atraco. Ya nos lo advirtió Lysander Spooner cuando trazaba las diferencias entre el Gobierno y el asaltador de caminos: ambos te roban, sí, pero el segundo lo admite a las claras y no pretende convertirte en su bufón o en su esclavo. A la infamia, al menos, no le añade el insulto, la moralización servil y el recochineo.

Precisamente por ello sería ingenuo pensar que el poder político puede desplegar sus malas artes sin tratar de legitimarse de algún modo ante la opinión pública. El asaltador nunca contará con la aquiescencia de una mayoría de sus víctimas; el Estado, sí. Por esto mismo, si algo nos queda a los ciudadanos es patalear y mostrar a las claras que el káiser está desnudo.

De entrada, es falso que no hubiese alternativa. ¿Alguien se cree que, en un Estado que gasta 455.000 millones de euros anuales, no pueden recortarse 6.200 millones (el 1,3% del total) de ningún lado? Espero que no, y si alguien se lo cree sólo tiene que echarle un vistazo a este recorte alternativo que propusimos Manuel Llamas y un servidor. Rajoy tenía la opción de recortar no 6.200 millones, sino 80.000; trece veces más. O, si lo restringimos sólo a la Administración central del Estado, 32.000 millones, cinco veces más de lo que ingenuamente se espera recaudar con el aumento del IRPF.

Que sí, que puede que algunos –entre los que, a buen seguro, se encuentra el socialdemócrata de Rajoy– prefieran subir impuestos a reducir más los gastos; de acuerdo, pero entonces que no nos lo vendan como que no había otras posibilidades.

De hecho, por tener alternativas, incluso las tenían dentro de ese error genérico que representa subir los impuestos: podían subir otros (como el IVA o el de Sociedades), o haber ejecutado la subida del IRPF de otra forma (rebajando el mínimo vital exento, eliminando parte de las subvenciones, aumentando mucho más los tramos superiores o los inferiores, no persiguiendo con tanta saña a las rentas del capital o haciéndolo con todavía más desvergüenza, etc.). No digo que se traten, necesariamente, de mejores alternativas, pero incluso dentro de la mayúscula equivocación que supone apretar más las clavijas a un sector privado hiperendeudado había margen para hacerlo mejor o peor.

Mas supongamos hipotéticamente que Rajoy tiene razón y que, en efecto, no había otra opción que la de subir impuestos en la exacta forma en que se ha hecho. Siendo así, ¿por qué no nos avisaron antes o después de las elecciones de que, en efecto, no había alternativa? Si tan apremiante era aumentar los impuestos, que hubieran acudido a los comicios o a la sesión de investidura con ese responsabilísimo discurso. Pero no lo hicieron. ¿Por qué? Pues, según se nos dice, porque el déficit real para 2011 ha terminado siendo mucho mayor al previsto.

Claro que esto de las previsiones es algo bastante relativo. Los analistas económicos venían advirtiendo desde hacía meses de que el déficit cerraría más próximo al 8 que al 6%. ¿No lo sabían los analistas económicos del PP? ¿Ni siquiera contando con la privilegiada información que supone gobernar en 11 de las 17 comunidades autónomas del Reino de España (entre las que, según el propio Rajoy, se concentran tres cuartas partes de la desviación del déficit)? Sólo caben dos opciones: o lo sabían y mintieron o nos están diciendo la verdad y no fueron conscientes del agujero real hasta que se instalaron en La Moncloa. En este último caso, de nuevo, sólo caben dos alternativas: o el equipo económico del PP –el que ahora nos gobierna– es incapaz de interpretar los más elementales datos, o se despreocuparon por completo de la situación de España hasta que se sentaron en el Consejo de Ministros. Si mienten, mal; si no saben leer una ejecución presupuestaria, mal, y si el devenir de este país les importa en la medida en que pueden alcanzar y mantenerse en el poder, también mal. Con todo, habida cuenta de la “sorpresa relativa” del propio Cristóbal Montoro acerca de la desviación del déficit, me quedo con la ockhamiana primera posibilidad: mintieron con sumo descaro.

En definitiva, puede que el socialdemócrata Rajoy no tuviera otra opción que subir impuestos si es que quería salvaguardar sus (auténticos) principios ideológicos. Los españoles, en cambio, sí nos merecíamos haberla tenido antes del 20 de noviembre. Habría estado bien que nos advirtieran de que, en materia fiscal, iban a tomar las mismas decisiones que podría haber adoptado un Zapatero cualquiera. Algunos probablemente se habrían comportado de otra manera; otros lo habríamos tenido todavía más claro a la hora de actuar como lo hicimos.

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