Sobre la fiabilidad del PIB: réplica a Juan Carlos Barba

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Aunque creía haber escrito mi última réplica al famoso informe sobre la manipulación del PIB español, elaborado por Juan Carlos Barba, Roberto Centeno, Juan Laborda y Juan Carlos Bermejo, la reciente respuesta ofrecida por uno de ellos, Juan Carlos Barba, creo que sí merece una contestación. No tanto porque aporte ningún argumento ni bueno ni novedoso al debate sino que sí proporciona una nueva modalidad de argumentación: la descalificación personal como cortina de humo para ocultar los errores propios.

Procedo a estructurar mi respuesta en tres partes: en la primera repetiré (por enésima vez) cuáles son los errores del informe que se están negando a rectificar; en la segunda, haré una valoración sobre sus acusaciones personales; y en la tercera efectuaré una reflexión más general sobre su estrategia ventilador.

Los errores persisten

Sinceramente confiaba en que mi última réplica moviera a una reflexión honesta de los cuatro economistas autores del informe: la confusión entre producción final e ingresos así como la adopción precipitada de unos indicadores cuya comparabilidad y relación con el PIB ni siquiera han comprobado, pensaba que eran motivos suficientes para dejar el informe en suspenso a la espera de una reelaboración más sólida o de su definitivo descarte.

Sin embargo, al menos uno de ellos, Juan Carlos Barba, ha optado por empecinarse en el error. Su primera línea de def888ensa es que el informe original no ha visto alterada en absoluto su metodología; la segunda, que afirmo que las importaciones afectan al valor añadido bruto; y la tercera, que la ruptura de correlación entre ingresos y PIB en España sigue siendo un caso excepcional dentro del contexto europeo.

Empecemos con la primera contrarréplica de Barba:

[Rallo] también dice que hemos cambiado la metodología, algo falso pues seguimos haciendo lo mismo, es decir, comparar la evolución del PIB por subsectores con la de otros indicadores económicos del mismo subsector. Dónde está el cambio en la metodología es algo que se nos escapa.

Muy sencillo. No soy sólo yo quien afirma que los autores han cambiado la metodología de su estudio. Es el propio Barba quien lo admite. Vayamos apenas unas líneas antes en su artículo:

En la primera réplica Rallo hay que reconocer que trabajó bien y nos hizo ver que algunos supuestos que habíamos hecho en nuestra primera estimación no eran correctos, básicamente el porcentaje de la economía que abarca el indicador de actividad de los servicios y la ponderación de los subsectores.

(…)

En nuestro segundo informe nos preocupamos de buscar indicadores alternativos en los subsectores que no abarca ni el índice de servicios ni el de industria, ya que al quedar excluida una parte tan grande de la economía no parecía serio hacer una estimación del total del PIB en estas condiciones. Obviamente, y como no existen indicadores tan exahustivos [sic] en el resto de subsectores, hemos tenido que buscar otros.

Es decir, que en mi primera crítica les hizo ver que el método que habían utilizado para calcular la sobrevalorización del PIB no era correcto y, debido a ello, tuvieron que alterarlo en su respuesta buscando otros indicadores de sobrevalorización menos exhaustivos que los empleados en el informe original. ¿Esto no es un cambio de metodología? ¿Acaso haber descartado en gran medida el principal indicador con el que se estimaba esa sobrevalorización (el IASS) y haberlo sustituido por otros indicadores menos “exhaustivos” no constituye un cambio de metodología? Claro que lo es: y es un cambio de metodología, insisto, que vuelve su informe mucho menos robusto de lo que ya era. ¿A qué viene negar lo que él mismo reconoce?

Segunda defensa de Barba: mi presunta confusión entre valor añadido bruto e importaciones. Cito:

Otra de las falacias de este peculiar economista es decir que el valor añadido generado por una actividad productiva depende de si compra sus productos al vecino de al lado o a una empresa de Indonesia, es decir, si importa los productos necesarios para su actividad o no lo hace. El error de concepto es tan garrafal que cuesta creer que lo haya cometido sin darse cuenta.

O Barba no me lee o me manipula (o un poco de ambas). Cito el párrafo de mi artículo donde supuestamente afirmo que el VAB debe corregirse por las importaciones:

Nuestros cuatro economistas se están olvidando de las importaciones: una empresa del sector servicios puede tener muchos ingresos porque venda muchas mercancías importadas, de modo que su facturación puede desmoronarse tan pronto como deje de importar. Este hundimiento de las importaciones, pues, afectaría a los ingresos del sector servicios pero no al VAB del sector servicios.

Como vemos, yo no digo en ningún momento que el VAB deba corregirse por las importaciones (¡las importaciones no afectan al VAB!), sino que las importaciones afectan a los ingresos (IASS). El hundimiento de las importaciones podría explicar por qué los ingresos del sector servicios se hunden a partir de 2008 y, sin embargo, el VAB del sector servicios no lo hace. Si hasta 2007 una empresa sólo ofrecía servicios a partir de los bienes y servicios que importaba desde el exterior, su facturación sería muy elevada, pero su VAB no (el VAB es producción interna y esa empresa no produce nada internamente, sólo vende lo que compra fuera). Como a partir de 2007 las importaciones se han desplomado, es normal que los ingresos (el IASS) que obtenían muchas empresas por la venta de bienes o servicios importados se hayan a su vez desplomado sin que ello haya afectado significativamente a su VAB. Creo que el argumento es relativamente sencillo de entender para cualquier economista medio, de forma que me cuesta aceptar que Juan Carlos Barba caiga en semejante confusión: o se ha leído mi réplica muy rápidamente (escaso interés mostraría en absorber y valorar los argumentos opuestos) o la está adulterando.

Por último, Juan Carlos Barba sostiene que en España la discrepancia entre “producción en los servicios y PIB” [nota: el IASS no mide producción, sino ingresos; ignoro cómo Barba sigue cometiendo este error elemental en torno al indicador base sobre el que construyen todo su informe] es la mayor de toda Europa, sólo a la altura de Portugal. No es estrictamente cierto: entre 2007 y 2013, el VAB de servicios en España crece un 6,7% y el IASS cae un 25,8%, esto es, se abre una brecha de 32,6 puntos; en Portugal, esa brecha es de 26,5 puntos; en Malta, de 47; y en Grecia, de 20,4. Es decir, Malta tiene una brecha aun mayor que la española, y Portugal y Grecia una menor, pero igualmente muy elevada. ¿Qué tienen en común todos estos países? Pues que antes de 2007 exhibían un brutal déficit exterior (importaciones mayores que exportaciones): en 2006, Grecia tenía un déficit exterior del 10,9% del PIB; Portugal, uno del 10,6%; España, uno del 8,9%; y Malta, uno del 9,3%; asimismo, después de la crisis, todos ellos han eliminado ese déficit e incluso han pasado a exhibir superávit: en 2015, Grecia tuvo un déficit exterior del 0,05%; Portugal, un superávit del 0,4% del PIB; España, un superávit del 1,3%; y Malta, un superávit del 9,8%. Es decir, países que pasaron de vender mucho por importar mucho a países que vendían menos importando muchísimo menos: caída del IASS sobreproporcional al VAB.

Barba no ofrece respuesta alguna a esta objeción salvo huir hacia adelante:

Si Grecia ha mentido de forma monstruosa en sus estadísticas y lo hubiera hecho también España, ¿por qué razón no habría de haberlo hecho también Portugal, sometido a las mismas presiones por parte de Bruselas y los mercados?

Es decir, que la manipulación del PIB ya no sólo afecta a España, sino también a Portugal y probablemente a Grecia y a Malta. Nótese la estrategia: intento demostrar que el PIB está manipulado en España porque un determinado fenómeno (amplia brecha PIB-IASS) sólo se da en España y no en el resto de Europa; pero cuando descubro que esa brecha también se da en otras partes de Europa (con un perfil de crisis similar al español)… entonces tendrá que ser porque ellos también manipulan el PIB. Por tanto, si la comparativa internacional se distancia de España, es que España manipula; si la comparativa internacional se acerca a España, es que todos manipulan. Lo que jamás se pone en duda es que España manipule: pero si en ningún momento se ha estado dispuesto a admitir que la comparativa internacional permite falsar la hipótesis inicial de que España manipula, ¿a qué vino utilizar la comparativa internacional desde un comienzo?

En suma, Barba no proporciona ningún argumento novedoso: se limita a reiterar los mismos errores que ya habían sido rechazados en artículos anteriores y que siguen comprometiendo gravemente su informe.

El ventilador en marcha

Juan Carlos Barba comienza su réplica lamentando que “el tema se está convirtiendo, a fuer de las réplicas (ver aquí y aquí) del economista Juan Ramón Rallo, en algo que empieza a rondar peligrosamente lo personal, abandonando el tono técnico que debería ser el dominante en estas discusiones”. Estoy de acuerdo en que estas discusiones deben estar dominadas por un tono técnico y me gustaría que se señalara qué descalificaciones “personales” contra alguno de los cuatro autores del informe introduje en esas dos columnas enlazadas. En todo momento me limité a valorar sus argumentos y, finalmente, les sugerí que se tomaran tiempo en reelaborar un informe cuya metodología y resultados se habían ido derrumbando a golpe de críticas. Pero en ningún momento les acusé ni de tener intereses ocultos, ni de ser ignorantes, ni de carecer de prestigio, ni de ser irrelevantes, ni de estar al servicio de lobbies. Es más, ni siquiera prejuzgué los motivos de su obsesión con demostrar que el PIB español está manipulado: la vigilancia ciudadana y profesional de los organismos estatales me parece un propósito loable. Repito: lo único que critiqué fueron los argumentos, no a las personas. Y si en algún momento lo hice, por favor, extraigan las citas dónde lo hago.

Como decía, a pesar de que Juan Carlos Barba lamenta que el debate degenere a lo personal, él mismo dedica la mayor parte de su réplica a descalificarme en términos personales, no a articular nuevas y buenas réplicas a mis argumentos técnicos. Curiosa forma de mantener el debate alejado de personal por la vía de centrarlo en lo personal.

Así, Barba me acusa de adscribirme a una escuela pseudocientífica como la austriaca, de dirigir un “chiringuito” como el Instituto Juan de Mariana que depende de Exxon y de los hermanos Koch, de dar clase en un máster no acreditado por la ANECA y de ser un “mercenario” del régimen estatal español. No sé muy bien qué relevancia podría tener todo esto en un debate sobre el PIB, pero convendría que Barba se informara mejor o al menos valorara la información disponible de una forma menos sesgada: la Escuela Austriaca no utiliza ningún método acientífico (véase la discusión aquí y aquí), aunque es cierto que hay personas que se adscriben a la Escuela Austriaca y que no son más que demagogos pseudocientíficos (como también hay magufos en otras corrientes sin que ello las invalide). El Instituto Juan de Mariana no ha recibido ningún tipo de aportación económica de Exxon o de los Koch (aunque, como siempre digo, estaríamos encantados de hacerlo si no condicionan nuestros principios y nuestras argumentaciones), por lo que animaría a Barba a demostrarlo empíricamente (método científico) más allá de colocar un par de enlaces que tampoco aportan prueba alguna. El máster de OMMA no está acreditado por la ANECA, pero ello no demuestra que sea de mala calidad (hay muchos másteres de calidad no acreditados) ni que estuviera acreditado demostraría ser de buena calidad (el máster oficial en Escuela Austriaca de la URJC está acreditado y seguro que Barba opina que es de pésima y pseudocientífica calidad); del mismo modo, el hecho de que Barba sea licenciado en Farmacia y carezca de la titulación acreditada de economista no demuestra que sea mal economista (ni el hecho de que poseyera tal titulación probaría que es buen economista: yo mismo la tengo y él me considera un mal economista). Y, por último, mi posición de “mercenario” dentro del régimen español resulta bastante llamativa, dado que critico sin medias tintas a todos los partidos en el poder, defiendo posturas escasamente apreciadas por la casta (el derecho de secesión político, el Brexit, la libertad migratoria, las quitas a la banca como alternativa al rescate, la absoluta descentralización municipal, la oposición al Estado de excepción antiterrorista, la eliminación de todo privilegio estatal a las empresas, la suspensión del QE, la eliminación de cualquier subvención empresarial o la imposición de sanciones al Gobierno —y no a los ciudadanos— por incumplimiento del déficit).

Uno podrá acusarme de estar muy equivocado, de ser un ignorante fanatizado o de presentar un análisis reduccionista de la realidad, pero desde luego no se me podrá acusar de que mis opiniones vengan condicionadas por los intereses de la casta política o empresarial: de hecho, mis opiniones sobre temas muy variados son relativamente previsibles a partir de los principios ideológicos a los que me adscribo (los principios del liberalismo de corte libertario: defensa de la libertad individual, defensa de la propiedad privada y defensa de los contratos). Si alguna vez me desvío de tales principios, cualquier podrá detectarlo con muchísima facilidad (si comenzara a defender subidas de impuestos, ayudas a empresas, rescates bancarios, procesos de centralización política, etc.): en ese sentido, soy extremadamente transparente en mis posiciones intelectuales.

Por supuesto, uno puede formarse la paranoia de que toda la ideología liberal-libertaria es, en el fondo, una construcción al servicio de las élites político-empresariales mundiales: paranoia que sería equiparable a sostener que todos los no liberales-libertaros son en realidad apologistas del Estado y lo único que pretenden es ampliar su poder volviendo a la sociedad más servil frente a la política. La realidad es más sencilla: el liberalismo es una corriente de pensamiento que a muchos —no sólo a unos pocos españoles al servicio de la oligarquía postfranquista del Ibex 35, sino a millones de personas por todo el planeta— nos resulta más justa, más digna y más adecuada para avanzar hacia una sociedad en la que todos puedan promover sus proyectos vitales en cooperación con los demás. ¿Que podemos estar equivocados? Desde luego. El problema es adoptar una postura tan intelectualmente arrogante como para convencerse de que todo el que discrepe de ti ha de ser tonto o malvad. ¿Por qué no considerar la posibilidad de que el equivocado eres tú?

En el caso que nos ocupa, sólo querría efectuar una consideración muy elemental: el informe de Juan Carlos Barba ha aparecido en dos de los medios de comunicación más leídos de España (El Confidencial y Vozpópuli) y, por tanto, habrá sido consultado por varias decenas o varios centenares de economistas académicos y competentes. Puede que Barba no me considere un economista cualificado para desmentir su muy riguroso informe, pero imagino que no guardará esa misma opinión de las decenas o centenares de economistas que lo hayan leído en la última semana. ¿Por qué, si la denuncia que efectúan en su informe es tan evidente, irreprochable y escandalosa, no hay salido ningún economista renombrado a defenderles y a avalarles? ¿Por qué no estamos presenciando una revuelta académica contra el INE? Una de dos: o porque todos los economistas académicos serios de este país —centenares o miles de ellos— están a sueldo de la casta o porque, en cambio, no han creído que el informe tenga demasiado fundamento. En lugar de insultar a quien se toma la molestia de analizar críticamente tu informe en lugar de ignorarte, quizá deberías plantearte de manera no conspirativa por qué todos los demás ni siquiera se han tomado la molestia de comentarlo.

La cortina de humo

Llegados a este punto, permítaseme efectuar, esta vez sí, una valoración personal sobre la réplica de Juan Carlos Barba. ¿A qué viene tamaña sobrerreacción? Mis réplicas han servido para alargar la visibilidad del informe en prensa (esto es, para que más gente lo conozca) e incluso para, según su propia confesión, detectar errores y mejorarlo. Si uno estuviera sincera y honestamente interesado —como afirman los autores del informe— en dar a conocer el informe, mejorar sus posibles errores y, en todo caso, defender su robustez mediante el debate público, lo razonable sería dar la bienvenida al discrepante y ceñirse en ofrecer una respuesta pausada, reflexiva, específica y sosegada a sus réplicas.

Sin embargo, Barba no hace eso: el tono de su artículo es claramente frentista, ofendido, faltón, desquiciado y conspiranoico. ¿Por qué? Pues porque su estrategia para ganar este debate ha mutado: en lugar de defender la tesis del mismo con solidez, ha optado por descalificar al crítico (falacia ad hominem). El propio Barba construye explícitamente ese estigma en su artículo para que así su lector se cierre en banda a mis argumentos:

Es sin ningún género de dudas un mercenario del régimen, una persona cuyo discurso intelectual siempre estará mediatizado por sus intereses. Por lo tanto sus argumentos valen lo que valen: casi nada.

Por el contrario, él mismo se presenta como una persona honesta, sin intereses y sin sesgos:

Yo no tengo ningún interés económico en nada de lo que escribo. Eso me permite libertad de pensamiento, al contrario de lo que le pase a este lamentable personaje.

Puede ser que Juan Carlos Barba no posea interés económico en demostrar que el PIB está inflado, pero desde luego sí tiene intereses intelectuales en probarlo (búsqueda de prestigio, reconocimiento y capacidad de influencia). Poseer intereses intelectuales no es algo necesariamente malo, dado que puede actuar como catalizador para esforzarte y trabajar mejor. Pero esos intereses intelectuales también pueden nublarte el buen juicio: cuando has colocado todo, o gran parte, de tu capital intelectual en una idea que es errónea, tu reputación queda indefectiblemente ligada a la suerte que corra esa idea: si todos aquellos que te siguen, leen, escuchan y valoran llegan a la conclusión de que esa idea es un disparate, tu reputación se reduce de manera muy significativa.

En este caso concreto, Barba viene defendiendo desde hace años que el PIB español está manipulado. Muchas personas, esencialmente agrupada en torno a Colectivo Burbuja, han creído en sus denuncias, y entre esas personas se hallan los otros tres economistas que recientemente se han sumado a ellas —Roberto Centeno, Juan Laborda y Juan Carlos Bermejo—. Como es obvio, si ahora Barba rectificara y se desdijera de todo su análisis previo —si reconociera que su informe sobre la manipulación del PIB era metodológicamente defectuoso y que, a su vez, ahora no es capaz de demostrar con otra metodología más robusta que el PIB sí está inflado—, muchos de sus lectores dejarían de confiar en sus ulteriores análisis y, además, sus otros tres compañeros de informe podrían reprocharle que haya saltado de un navío en el que él los impulsó a embarcarse (traición). Perdería buena parte del capital intelectual y reputacional que posee entre los suyos. En otras palabras, puede que Barba no tuviera en un comienzo intereses en probar que el PIB estaba manipulado, pero desde luego sí los tiene ahora mismo en negar que se ha equivocado de un modo tan notable y, por tanto, en empecinarse a demostrar —por mucho que haya que retorcer datos y metodologías— que el PIB ha de estar —por necesidad personal— inflado.

Esta última réplica de Juan Carlos Barba no es un documento intelectual que pretenda avanzar en la búsqueda de verdad alguna: es un arma arrojadiza para matar al mensajero y, sobre todo, para reafirmarse ante su propia parroquia. Sólo trasladando el mensaje de que el otro está personalmente descalificado para opinar sobre nada se puede tratar de salvaguardar un capital intelectual y reputacional que ha estado durante años ligado a un informe cuyos múltiples fallos no han resistido ni un par de días de análisis medianamente pormenorizado. No sé hasta qué punto esto es una estrategia deliberada de Barba o, simplemente, autoengaño (“me resisto a digerir las críticas así que mejor autoconvencerme de que el crítico no tiene derecho a criticarme”), pero en todo caso el tramposo propósito del artículo es más que claro.

Por mi parte, sólo reiterar el consejo con el que concluí mi última réplica: tomaos tiempo para reflexionar sosegadamente sobre vuestro informe. En apenas una semana lo habéis presentado ante los medios de comunicación y lo habéis rectificado de arriba abajo para tratar de aparentar que las conclusiones no se veían afectadas. Las respuestas apresuradas, impulsivas y en caliente, tal como pone de manifiesto la reciente contestación de Barba, son sólo una forma de meter la pata cada vez más hondo. Equivocarse es algo que hacemos todos; enrocarse en el error es algo tremendamente humano; y rectificar a tiempo es un meritorio logro que a todos les cuesta. Pero nada de ello justifica que recurramos al insulto, a las difamaciones y a las teorías conspirativas para salvaguardar nuestras creencias: es decir, nada de ello disculpa que abandonemos los buenos modales y nos convirtamos en anti-intelectuales marrulleros.

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