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	<title>Juan Ramón Rallo &#187; Teoría del capital</title>
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		<title>El fiasco de la teoría marxista de la explotación</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jan 2013 06:24:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mercado de trabajo]]></category>
		<category><![CDATA[Mi blog]]></category>
		<category><![CDATA[Sistemas económicos alternativos]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría del capital]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Sabido es que Marx popularizó la idea de que los capitalistas explotaban a los trabajadores al apropiarse de parte de su trabajo. El argumento, desvestido de toda su hojarasca, es relativamente simple: las mercancías que sean útiles se intercambian a largo plazo según el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas, de modo que cada trabajador debería quedarse el (equivalente) al fruto íntegro de su trabajo. Sucede, sin embargo, que el capitalista, pese a no trabajar, se queda con una parte de los bienes que se producen gracias a su monopolio de los medios de producción distintos del trabajo (que si bien no son fuente de nuevo valor, sí son bienes complementarios indispensables para el trabajador): el capitalista remunera el trabajo (incluyendo el trabajo contenido en factores distintos del trabajo, lo que Marx llama “capital constante”) por 100 (D), ese trabajo lo transforma en mercancías (M) y las mercancías se terminan vendiendo por 120 (D’). Que ello sea así sólo puede deberse a que hay una parte del trabajo que no se paga (D’-D) pero que sí produce mercancías con valor de cambio (una parte de M). Esa diferencia es justamente la plusvalía o plusvalor, la medición exacta de la explotación laboral o del trabajo prestado por el obrero al capitalista y que no ha obtenido remuneración. ¿La solución? Traspasarles los medios de producción a los trabajadores para que puedan retener el producto íntegro de su trabajo sin intermediarios capitalistas que se apropian de parte del sudor de su frente.</p>
<p>La teoría marxista tiene distintos problemas, como hacer depender todo el valor de cambio del trabajo acumulado (y no de la utilidad marginal de los distintos bienes, como si el que una clase de mercancías tuviese una función social dotara a todas las unidades de esa categoría de función social) o lo que se ha conocido como el problema de la transformación: si sólo los trabajadores son capaces de crear nuevo valor de cambio (y no las máquinas, por ejemplo) y las mercancías se intercambian según sus valores de cambio, ¿por qué la tasa de beneficios de las distintas industrias tiende a converger a una misma cifra si esas industrias utilizan “composiciones orgánicas del capital” muy dispares? En teoría, aquellas industrias muy intensivas en trabajo (y por tanto, con mucha masa de trabajadores explotados insuficientemente pagados) deberían ser más provechosas que las muy intensivas en capital, pero en general la rentabilidad de todas las industrias del mercado converge en una misma tasa. Pero su mayor problema es una naturaleza muy distorsionada del capital: Marx asume que el valor del capital se determina por el trabajo que costó producirlo y que el valor de ese capital se traslada, en función de su depreciación, al valor de la mercancía final; es una especie de contabilidad de coste histórico según el tiempo de trabajo utilizado.</p>
<p>El problema, claro, es de enorme gravedad: que una imprenta tenga un precio de 100 onzas de oro (porque el tiempo de trabajo necesario para fabricarla ha sido el equivalente a 100 onzas de oro) no significa que, asumiendo que pueda imprimir hasta 1.000 libros, el valor que impute a cada libro sea de 0,1 onzas de oro. Las cosas funcionan más bien al contrario: precisamente porque los consumidores están dispuestos a pagar al menos 0,1 onzas de oro por cada libro, la imprenta podrá tener un valor de mercado de 100 onzas de oro. Si, en cambio, los consumidores dejan de valor tanto los libros impresos y pasan a valor más los libros electrónicos, esa misma imprenta, aunque el tiempo de trabajo socialmente necesario para fabricarla sea el mismo y aunque los consumidores sigan demandando libros impresos (aunque en mucha menor cantidad, se depreciará enormemente.</p>
<p>Establecida la correcta relación entre el precio de los bienes de consumo y los de los bienes de capital, la siguiente cuestión es: ¿por qué si una imprenta puede imprimir durante los próximos diez años 1.000 libros con un valor de mercado de 0,1 onzas de oro la imprenta jamás costará 100 onzas de oro sino bastante menos? Obviemos los costes complementarios (que, siguiendo a Marx, sólo se trasladarían al precio final, esto es, si para imprimir un libro tenemos que pagar salarios de 0,02 onzas por libro y si además dejamos de pagarle 0,01 onzas al trabajador por su jornada, el precio final del libro será de 0,13 onzas), pues no subyace ahí la dificultad: el tema es, ¿por qué nadie pagaría hoy 100 onzas por un activo para recibir de vuelta, a lo largo de los próximos diez años, esas mismas 100 onzas? O todavía mejor, ¿por qué nadie pagaría hoy 100 onzas por un activo para recibir vuelta <em>(o tal vez no hacerlo)</em>, a lo largo de los próximos diez años, esas mismas 100 onzas? Pues básicamente porque 100 onzas presentes y seguras no tienen el mismo valor que 100 onzas futuras e inseguras. Y quien dice onzas, dice satisfacción inmediata y segura de necesidades presentes frente a satisfacción futura e insegura de necesidades presentes: no es lo mismo gastarse 100 onzas de oro hoy en divertimentos varios que gastárselas en una inversión que nos permitirá recuperarlas con el paso de los años. Lo lógico es que compráramos la imprenta por, por ejemplo, 90 onzas para arriesgarnos a recibir 100 a lo largo de los próximos diez años.</p>
<p>Pero si el capitalista compra por 90 para recibir 100, está obteniendo plusvalías, y son unas plusvalías que no están vinculadas a la explotación del trabajador, sino al valor que tiene esperar y asumir riesgos en un proceso productivo: dicho de otro modo, el tiempo y el riesgo son tan factores productivos como el trabajo (si no estamos dispuestos a esperar y a asumir riesgos, no se produce, por mucho trabajo en abstracto que tengamos). Dado que el capital que se adelanta en forma de salarios y en forma de bienes complementarios supone también una espera y asunción de riesgos para el capitalista, ¿no será que la plusvalía no procederá del atraco a mano armada al trabajador sino de la remuneración de esos dos factores productivos (tiempo y riesgo)?</p>
<p>El propio Marx se retrata cuando describe cómo funcionaría la producción y los intercambios en una economía donde los medios de trabajo estuvieran socializados: “A igual tiempo de trabajo, las plusvalías serían las mismas para el trabajador I [que utiliza más medios de producción] y el trabajador II [que utiliza menos medios de producción] o, más exactamente aun, puesto que tanto I como II obtienen el valor del producto de una jornada laboral, cosechan, luego de deducir el valor de los elementos &#8220;constantes&#8221; adelantados, iguales valores, de los cuales una parte puede ser considerada como la reposición de los medios de subsistencia consumidos en la producción, y la otra como el plusvalía excedente por encima de dicha reposición. Si I tiene más desembolsos, éstos se reponen merced a la mayor parte de valor de su producto destinada a reponer esa parte &#8220;constante&#8221;, y por ello también debe reconvertir una parte mayor del valor global de su mercancía en los elementos materiales de esa parte constante, mientras que II, si embolsa menor cantidad a cambio de ello, también debe reconvertir tanto menos. Por consiguiente, bajo este supuesto la diversidad de las tasas de ganancia sería una circunstancia indiferente, tal como hoy en día le resulta indiferente al asalariado la tasa de ganancia en la cual se expresa la cantidad de plusvalía que le ha sido expoliada”.</p>
<p>La hipótesis esencial en el párrafo anterior es la de que dos bienes que requieran el mismo tiempo de trabajo deberán poseer el mismo valor de cambio (ya sea tiempo de trabajo prestado directamente por el trabajador o tiempo de trabajo “cristalizado” en los medios de producción que utiliza) y, por tanto, el mismo precio (nótese que en la teoría de Marx precio y valor de cambio sólo coinciden cuando los trabajadores son dueños de los medios de producción, como en el caso anterior). Pero esto simplemente no tiene ningún sentido. Supongamos que para producir 100.000.000 de kilos de trigo se necesitan 50 años de trabajo y que para edificar una vivienda también se requieren 50 años de trabajo; según Marx, salvo oscilaciones a corto plazo, deberían intercambiarse por el mismo precio. Pongamos que 1.000 onzas de oro. Bueno, admitamos que así es: si un trabajador tiene 100.000.000 kilos de trigo y otro tiene una vivienda, asumamos que pueden intercambiarlos. Pero el asunto clave es otro: ¿acaso podemos esperar que si un trabajador tiene 100.000.000 kilos de trigo contigo estará dispuesto a intercambiarlos por el derecho a recibir una vivienda dentro de 50 años?</p>
<p>Fijémonos que, según Marx, la transacción es idéntica: lo que se intercambian son tiempos de trabajo. Pero en un caso el <em>fruto </em>del trabajo de 50 años ya está disponible (100.000.000 de kilos de trigo) y en el otro todavía habrá que esperar 50 años a que lo esté (si es que el trabajador no se muere mientras tanto, no se fuga o cualquier otra riesgosa desgracia que le inhabiliten a cumplir su promesa). No, sencillamente no podemos esperar que una vivienda ya producida se intercambia por 100.000.000 de trigo ya producidos, esos 100.000.00 kilos de trigo <em>también</em> se vayan a intercambiar por una casa disponible dentro de 50 años. Y no podemos esperarlo por el simple motivo de que una casa hoy no tiene el mismo valor que una casa dentro de 50 años. Si necesitamos ya la casa, sólo estaremos dispuestos a comprar la promesa de entrega de la vivienda a cambio de un descuento muy grande en su precio, por ejemplo, desde las 1.000 onzas de oro que vale una casa ya construida a las 200 onzas que puede valer una casa construida en 50 años: justamente esa plusvalía (pagar 200 hoy para recibir 1.000 en 50 años) es el tipo de interés (en concreto, equivale a un tipo anual medio del 2,8%).</p>
<p>Lo mismo cabe concluir, pues, de los capitalistas que <em>adelantan</em> bienes presentes a sus factores productivos (entre ellos los trabajadores) a cambio de recibir, cuando el proceso productivo concluya, bienes futuros. Existe necesariamente una diferencia de valor entre los bienes presentes a los que renuncian hoy y los bienes futuros que adquirirán, si es que todo sale bien, el día de mañana. Y esa diferencia de valor, y no la apropiación de un tiempo de trabajo no remunerado, es la plusvalía, esto es, el interés derivado de esperar y asumir riesgos hasta que el proyecto productivo concluya.</p>
<p>Son muchos quienes no entienden bien este concepto de que los capitalistas adelanten bienes presentes para recibir, dentro de mucho tiempo, bienes futuros. Pero sólo tienen que irse al balance de cualquier empresa: por ejemplo, General Electric ha invertido (adelantado) capitales por importe de 685.000 millones de dólares para recuperar en forma de flujos operativos de caja (antes de intereses) de alrededor de 35.000 millones. Es decir, el conjunto de los capitalistas de General Electric ha renunciado a 685.000 millones de dólares (y su equivalente en bienes presentes) para percibir año a año una renta de 35.000 millones. A este ritmo, se necesitarían 20 años para recuperar todo el capital adelantado. ¿Acaso estamos diciendo que los capitalistas que adelantan 685.000 millones –que se abstienen de consumirlos en el momento en el que deseen y que asumen riesgos de no recuperarlos– no deberían percibir ninguna remuneración por ello? Que durante los próximos 20 ó 30 años se deberían contentar con recuperar, si es que todo va perfectamente, tan sólo los 685.000 millones de dólares que han adelantado y no percibir ninguna remuneración por su tiempo de espera y por su riesgo? Es decir, ¿estamos sosteniendo cabalmente que es lo mismo disponer de 1.000 euros hoy que de 1.000 euros en 500 años (asumiendo cero inflación) aunque ambos valores contengan el mismo tiempo de trabajo?</p>
<p>Pues eso es lo que subyace en todo el análisis marxista de la explotación. Al cabo, si los capitalistas no adelantaran su capital y ahorro al resto de factores productivos, éstos lo tendrían tan sencillo como fabricar los medios de producción de manera cooperativa. Ah, ¿que les tocaría esperar muchos años hasta completar la construcción de edificios, infraestructuras, maquinarias, inventarios, etc. similares a los de General Electric o cualquier otra compañía? Pues eso, todo ese tiempo que les tomaría fabricarlos desde cero, son precisamente los bienes presentes que adelantan los capitalistas. Nacionalizar los medios de producción y redistribuirlos entre los trabajadores no cambiaría nada las cosas (obviando todos los enormes problemas de cálculo económico que llevarían a esa economía al desastre), pues en un par de generaciones volvería a haber personas que han dilapidado sus capitales y otras que los han acumulado y volveríamos a la situación de partida, que no es una situación de explotación sino de intercambio de bienes presentes (el ahorro de los capitalistas) por bienes futuros (la producción futura de los trabajadores y del resto de factores productivos complementarios a los que se les adelantan los bienes presentes). Böhm-Bawerk lo expresó de manera bastante más sintética: “Me parece justo que los trabajadores cobren el valor íntegro de los frutos futuros de su trabajo, pero no que cobren la totalidad de ese valor futuro <em>ahora</em>”.</p>
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		<title>Lección 8 &#8211; El ciclo económico como una degradación generalizada de la liquidez</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Dec 2012 19:53:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Apuntes de la historia de las doctrinas monetarias]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo económico]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría de dinero]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría del capital]]></category>

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		<description><![CDATA[El presente texto es un resumen de la lección octava de la asignatura Historia de las doctrinas monetarias que imparto dentro del máster en Value Investing y Teoría del Ciclo del centro de estudios OMMA. Antecedentes En la lección 7 estudiamos cuáles eran las condiciones de que debía disfrutar un crédito regular para poder actuar como moneda sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El presente texto es un resumen de la lección octava de la asignatura <em>Historia de las doctrinas monetarias</em> que imparto dentro del máster en Value Investing y Teoría del Ciclo del <a href="http://ommayau.com/">centro de estudios OMMA</a>.</strong></p>
<p><strong>Antecedentes</strong></p>
<p><a href="http://juanramonrallo.com/2012/11/leccion-7-el-debate-entre-cuantitativistas-y-cualitativistas-sobre-el-valor-del-dinero/">En la lección 7</a> estudiamos cuáles eran las condiciones de que debía disfrutar un crédito regular para poder actuar como moneda sin generar inflación a lo largo de la coyuntura económica: ese crédito debía ser un derecho de cobro sobre una mercancía que existente en el mercado y que vaya a ser demandada durante el período de tiempo en el que se vaya a utilizar como medio de pago ese crédito regular. En caso de que se moneticen deudas cuya amortización final dependa de la venta de unas mercancías que sólo existirán en el futuro lejano o cuya realización sólo pueda efectuarse liquidándolas con pérdidas, la inflación hará su aparición. Era precisamente en este punto donde la tradición cuantitativa y la tradición cualitativa más abiertamente discrepaban: no son per se los aumentos en la cantidad de los medios de pago los que deterioran su poder adquisitivo (pues estos pueden emitirse sin consecuencias negativas monetizando crédito regular autoliquidable), sino el deterioro de la calidad de esos medios de pago derivado de monetizar créditos no líquidos.</p>
<p>Sin embargo, es necesario tener presente la doble naturaleza de la moneda-crédito: por un lado, es moneda pero, por otro, también es crédito. Eso significa que su desacertada gestión no sólo influirá sobre el volumen y la calidad de los medios de pago –depreciándolos y generando inflación– sino también sobre las condiciones de provisión de crédito. Friedrich Hayek, en su libro <em>La teoría monetaria y el ciclo económico </em>(1929), ya manifestó la decisiva separación de ambos fenómenos: &#8220;El paso más importante a una teoría del ciclo económico (…) es la emancipación de la teoría del dinero de las restricciones que limitan su análisis al valor del dinero”. Pocos años más tarde, Melchior Palyi lo expuso con mayor claridad en su artículo <em><a href="http://www.fame.org/HTM/Palyi_Malchor_Liquidity_MP-001.HTM">Liquidity</a> </em>(1936): “El sistema bancario no sólo crea medios de pago, también los distribuye. El enfoque puramente cuantitativo no se preocupa acerca de la segunda función, que no es, sin embargo, de poca importancia social (…) La elección que realizan los bancos acerca de sus activos es un factor determinante de la distribución del capital entre sus usos a corto y a largo plazo”.</p>
<p>El propósito de esta lección es precisamente el de estudiar cuáles son las consecuencias económicas, más allá de la pérdida de la inflación, que acarrea un proceso generalizado de degradación de la liquidez por parte de los emisores de la moneda-crédito.</p>
<p><strong>Melchior Palyi: Los principios de la liquidez de los agentes económicos</strong></p>
<p>Entroncando con la tradición de la Doctrina de las Letras Reales expuesta por Adam Smith, Palyi pretende clarificar en su artículo <em>Liquidity </em>(1936) qué debemos entender cuando decimos que la posición de un agente económico es ‘líquida’. Con <em>El origen del dinero</em> (1892) de Menger, ya analizamos cuáles eran las condiciones que debía cumplir un bien económico para poder ser calificado de líquido (utilidad marginal decreciente a un ritmo muy lento que lleva a que su spread de precios sea muy estrecho ante incrementos en la cantidad ofrecida o demandada del mercado), de modo que, erróneamente, podríamos caracterizar como líquido a aquel agente económico que poseyera en abundancia bienes líquidos.</p>
<p>Sin embargo, en tal caso sólo estaríamos fijándonos en la parte del Activo de los agentes económicos y no en su Pasivo. Como dice Palyi: “el concepto de liquidez carece de significado sin hacer referencia a las obligaciones contractuales [a los pasivos]”. Por eso, el economista húngaro propugna definir la liquidez de los agentes económicos como “la capacidad de hacer frente a las obligaciones financieras”. Semejante definición se enfrenta, empero, con dos posibles confusiones: una, que pretenda limitar demasiado el significado de liquidez y otra, que pretenda extenderlo excesivamente.</p>
<p>En cuanto a la primera, podríamos caer en el error de exigir a los agentes económicos, incluyendo los bancos, que para mantenerse líquidos han de mantener un porcentaje muy elevado de tesorería en relación con sus deudas. Pero como explica Palyi: “[Liquidez] no es idéntico a reservas de tesorería. El coeficiente de caja es un asunto menor dentro del conjunto de activos del banco. Si el resto de activos son ‘líquidos’, entonces la caja llegará cuando sea necesaria”.</p>
<p>La idea de Palyi podemos ilustrarla en los balances de los siguientes dos hipotéticos bancos: el banco A, pese a mantener un coeficiente de caja del 100% sobre sus depósitos a la vista, está en una posición muchísimo más ilíquida que el banco B (quien mantiene un coeficiente de caja del 0% sobre sus depósitos a la vista): el 90% de su activo son inversiones a muy largo plazo (hipotecas) y muy arriesgadas (subprime) financiadas con deuda a muy corto plazo (3 meses), mientras que el 90% del banco B son inversiones a muy largo plazo (hipotecas) pero bastante seguras (prime) y, sobre todo, financiadas con pasivos a muy largo plazo (deuda a 30 años).  Por tanto, una elevada reserva de tesorería no es ni condición necesaria ni suficiente para garantizar la liquidez de los agentes económicos.</p>
<p><a href="http://juanramonrallo.com/2012/12/leccion-8-el-ciclo-economico-como-una-degradacion-generalizada-de-la-liquidez/liquidez-bancos/" rel="attachment wp-att-2864"><img class="alignleft size-full wp-image-2864" title="liquidez bancos" src="http://juanramonrallo.com/wp-content/upLoads/2012/12/liquidez-bancos.jpg" alt="" width="481" height="289" /></a></p>
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<p>En cuanto a la segunda confusión sobre el significado de liquidez, Palyi destaca el error que supondría conferirle unos límites demasiado amplios. La liquidez no puede consistir en que el agente económico sólo pueda hacer recurrentemente frente a sus pasivos si es capaz de <em>liquidar</em> a buen precio parte de sus activos a largo plazo. Básicamente porque, en ese caso, sólo conseguiríamos garantizar la liquidez de un solo agente económico, pero no la del conjunto de los agentes económicos: cuando se enajena un activo ilíquido, el agente que lo vende mejora su liquidez pero el que lo compra la empeora. No hay forma de lograr que un sistema económico entero sea líquido si la salvaguarda de esa liquidez depende de que todos los agentes sean capaces de liquidar a buen precio sus activos a largo plazo: por la sencilla razón de que es imposible que todos los agentes vendan a la vez y a buen precio esos activos a largo plazo (todos serían vendedores y no habría compradores).</p>
<p>Esta errónea concepción de liquidez deriva de confundirla con otro concepto cercano como es el de “negociabilidad”. En 1918, Harold G. Moulton escribió una serie de artículos bajo el título <em><a href="http://www.jstor.org/stable/pdfplus/1821994.pdf">Commercial banking and capital formation</a></em>, donde pretendía redefinir liquidez como la facilidad para desprenderse de un activo:</p>
<blockquote><p>Debe enfatizarse que, en tiempos normales, el problema de la liquidez no es tanto un problema de cuándo vecen los préstamos sino de facilidades para vender los activos a otros bancos. Si un banco es capaz de encontrar, siempre que la necesite, ayuda en otro banco, no hay necesidad alguna de hacer depender su liquidez de las fechas en que sean pagaderos sus préstamos. De hecho, en estos momentos ya se reconoce en todos los círculos bancarios que la forma de lograr un mínimo de reservas no pasa por depender del vencimiento de los activos, sino por mantener una cantidad considerable de activos que puedan ser traspasados [<em>shifted</em>] a otros bancos antes de que venzan pero tan pronto como sea necesario. Liquidez equivale a negociabilidad.</p></blockquote>
<p>El problema de esta definición de liquidez es justamente la que el propio Moulton no tiene más remedio que reconocer: sólo es válida “en tiempos normales”. En tiempos anormales –en momentos de crisis– que es cuando, justamente, más necesaria se vuelve la liquidez, la negociabilidad no sirve para garantizar la liquidez del conjunto de los agentes económicos. En estas circunstancias, la liquidez sólo puede conseguirse cuando los activos se <em>autoliquidan</em> en el momento en el que deben pagarse las deudas, es decir, cuando las inversiones vencen en el momento en el que lo hacen las deudas. Como explica Palyi:</p>
<blockquote><p>Observar las reglas de la liquidez no implica prepararse para la liquidación, sino prepararse para evitar la liquidación (…) Una estructura líquida nunca se liquida; sólo las ilíquidas sufren la presión de la liquidación. ‘Liquidez perfecta’ significa que, para cualquier extensión de tiempo, todas las obligaciones financieras son amortizadas sin pérdidas netas de capital. Una sociedad líquida ha ajustado sus pasivos a sus flujos de renta, tanto en cantidades como en vencimientos, de modo que las ventas forzosas de activos no llegan a ocurrir.</p></blockquote>
<p>La regla de encajar los vencimientos y los niveles de riesgo de los activos y de las deudas para garantizar la liquidez del sistema económico no es, sin embargo, una novedad que introduzca Palyi. Ya Tomás de Mercado, en su libro <em>Suma de tratos y contratos </em>(1571) ya advertía que el negocio de los banqueros sólo era legítimo siempre que se cometieran a dos condiciones: “[La primera] no despojar tanto al banco que no pueda pagar luego los libramientos que vinieren. Porque si se imposibilitan a pagarlos, expediendo y ocupando el dinero en empleos y granjerías y otros tratos, cierto pecan. (…) Lo segundo, que no se metan en negocios peligrosos”. En el siglo XIX, Otto Hübner acuñó en su libro <em>Die Banken </em>(1854) lo que más tarde se conocería como “regla de oro de la banca” y que el propio Ludwig von Mises recoge en su <em><a href="http://mises.org/books/tmc.pdf">Teoría del dinero y el crédito</a></em> (1912):</p>
<blockquote><p>Para la actividad de los bancos como intermediarios del crédito, la regla de oro es que debe establecerse una conexión orgánica entre las transacciones acreedoras y las transacciones deudoras. El crédito que el banco concede debe corresponder cuantitativa y cualitativamente al crédito que recibe. Para expresarlo de una manera más precisa: ‘La fecha en que vencen las obligaciones del banco no debe preceder a la fecha en que sus derechos de cobro pueden hacerse efectivos’.</p></blockquote>
<p>En realidad, la regla de oro no debe respetarse sólo por los bancos, sino por todos los agentes económicos. Si los deudores del banco ven vencer sus deudas antes de que obtengan la liquidez de sus activos, sucederá como el propio Moulton pronosticaba en su artículo ya mencionado: “Cuando una crisis alcanza un estado avanzado, es absolutamente imposible que el banco obligue a todos sus consumidores a que paguen sus créditos. Las refinanciaciones, de hecho, serán universalmente demandadas”. Pero fijémonos que esto sólo es cierto si los deudores del banco están, a su vez, en una posición ilíquida. De ahí que la liquidez del conjunto sistema financiero requiere que los cobros y los pagos de todos los agentes –no sólo de los bancos– coincidan en plazo y en riesgo asumidos: de poco sirve que un banco tenga derechos de cobro a corto plazo que el deudor, debido a su iliquidez, no puede honrar.</p>
<p>Algo similar parece opinar Ludwig von Mises en su <em>Teoría del dinero y el crédito</em> (1912), cuando sostiene que los bancos, incluso limitándose al descuento de letras de cambio a corto plazo, no serán de mantener la convertibilidad de sus pasivos a la vista en caso de una corrida bancaria generalizada:</p>
<blockquote><p>Que los activos de la entidad financiera sean letras a corto plazo o créditos hipotecarios resulta indiferente en caso de un pánico bancario generalizado (…) Cuando el pánico entre el público es generalizado y exige el pago de los pasivos del banco, una letra de cambio que expire en 30 días no es más útil que una hipoteca que va a pagarse en muchos años. En esos momentos, lo único importante es la negociabilidad de los activos; y en ciertas circunstancias las hipotecas e incluso la deuda perpetua puede ser más fácil de colocar que los activos a corto plazo.</p></blockquote>
<p>La afirmación de Mises tiene sentido cuando la letra de cambio no se ha librado contra mercancía presente en alta demanda, pues en tal caso que la deuda sea a corto plazo puede ser, paradójicamente, una razón de peso para que esa deuda resulte impagada (si su repago depende sólo de la liquidez del deudor y el deudor está en una posición ilíquida en el corto plazo, no se abonará a vencimiento); en ese caso estaríamos simplemente ante un pasivo a corto plazo que se ha dirigido a financiar inversiones a medio o largo plazo, esto es, ante un crédito que no es autoliquidable. Sin embargo, si la letra se ha girado contra bienes presentes y líquidos, es extremadamente difícil que ese pánico no pueda ser detenido a tiempo por el propio sistema bancario: al cabo, que la mercancía sea líquida significa que puede venderse inmediatamente con pequeñas reducciones en su precio y que, por tanto, podrá transformarse en efectivo en cualquier momento aceptando limitadas pérdidas de valor. Por eso mismo, las letras giradas contra bienes existentes y muy demandados pueden venderse con reducidos descuentos en su valor nominal: por ejemplo, si una letra pagadera en tres meses tiene un valor nominal de 100 onzas de oro y el banco la vende por 95 onzas, el comprador obtendría una rentabilidad trimestral del 5,1% que equivale a una rentabilidad anual de más del 21%. Una rebaja del 5% en el precio de las letras trimestrales permitiría, por ejemplo, que un banco relativamente imprudente que destinara el 95% de su activo al descuento de letras y que sólo contara con un 5% de fondos propios no quebrara tras liquidar todo su activo con ese descuento.</p>
<p>Dicho de otro modo, con una ligera rebaja en el precio de sus activos y sin necesidad de verse abocado a la quiebra, un banco necesitado de liquidez podría comenzar a ofrecer a la venta activos a corto plazo y extremadamente seguros –cuyo repago depende del simple curso normal de los negocios– con unas muy elevadas rentabilidades anuales del 20%. La operación sería similar a que el banco comenzara a captar depósitos trimestrales prometiendo pagar un tipo anual del 20%. Se antoja extremadamente improbable que o bien los clientes de la entidad o bien ciertos inversores medianamente avezados no sepan ver esa oportunidad de ganancia, evitando con ello la bancarrota de la entidad financiera. Pero, de hecho, incluso aunque el banco quebrara y hubiese que proceder al concurso de acreedores… ¡las pérdidas derivadas de liquidar el activo no podrían ser muy considerables, pues los bienes subyacentes se terminarían vendiendo antes de finalizar el concurso con descuentos reducidos! Nunca podrá ser problemático, pues, que los bancos descuentes promesas de pago garantizadas por bienes presentes líquidos: pues al final sus pasivos no son más que la expresión del derecho (y del deseo, si es que el banquero ha descontado bien) a adquirir los bienes que ya se están ofreciendo en el mercado. Los problemas, a los que Moulton y Mises se refieren, comienzan cuando el repago de los activos del banco no depende, en realidad, de esperar a que se distribuyan los bienes ya producidos y demandados, sino de tener que esperar a que terminen de producirse: quien en esas condiciones adquiere una deuda, aunque sea a tres meses, sabe que sólo recuperará el principal si, al cabo de ese período, otro individuo ahorra y se subroga en su posición hasta que el proceso productivo subyacente haya concluido, lo que en ciertos contextos puede suponerle un elevado riesgo.</p>
<p>Es aquí donde, precisamente, vuelve a cobrar relevancia la Doctrina de las Letras Reales de Adam Smith: el único modo en que los deudores del banco pueden garantizar el repago de sus deudas a corto plazo es cuando esas deudas a corto plazo son autoliquidables, esto es, cuando dependan de la venta de una mercancía líquida, cuya adquisición por los consumidores proporcione, precisamente, los medios de pago necesarios para saldar la deuda comercial descontada por el banco. Dicho de otro modo, si los bancos siguen las directrices de la Doctrina de las Letras Reales (limitar sus descuentos a créditos comerciales a corto plazo respaldados por mercancía muy líquida) estarán, a su vez, cumpliendo con toda seguridad la regla de oro de la banca en lo referente a sus pasivos a corto plazo, que son los pasivos que les pueden ocasionar una mayor iliquidez a corto plazo; y, viceversa, si no siguen la Doctrina de las Letras Reales estarán, a su vez, incumpliendo con toda seguridad la regla de oro de la banca en lo referente a sus pasivos a corto plazo.</p>
<p>El incumplimiento de la Doctrina de las Letras Reales –y por tanto de la regla de oro– por parte de la banca da lugar a una provisión de crédito al sistema económico mayor de la debida: los bancos asumen deudas a corto plazo (por las que abonan tipos de interés muy bajos) con las que financian préstamos e inversiones a largo (por las que reciben tipos de interés más altos). Por consiguiente, la oferta de préstamos a largo plazo será mayor de la que debería ser y, en consecuencia, los tipos de interés a largo plazo también serán más bajos de lo que deberían.</p>
<p>Las consecuencias de este exceso de “crédito barato” no se restringen a la mera iliquidez del sistema financiero, sino que afectan al conjunto de la sociedad. Por el lado del Activo agregado de la economía, asistiremos a una generalización de malas inversiones empresariales, tal como analizaron los economistas de la Escuela Austriaca Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Por el lado del Pasivo agregado de la economía, observaremos una acumulación de deuda crecientemente impagable, tal como describió Irving Fisher.</p>
<p><strong>Ludwig von Mises y Friedrich Hayek: las distorsiones del crédito barato sobre la estructura productiva</strong></p>
<p>La obra económica de Friedrich Hayek, desarrollada fundamentalmente entre los años 20 y 40, va dirigida a desarrollar la teoría sobre las fluctuaciones cíclicas que Ludwig von Mises había tejido casi dos décadas antes en su <em><a href="http://mises.org/books/tmc.pdf">Teoría del dinero y el crédito</a></em> (1912):</p>
<blockquote><p>Las entidades de crédito son capaces de extender sus préstamos indefinidamente; gracias a ello pueden estimular la demanda de capital reduciendo el tipo de interés de los préstamos (…) Si el tipo de interés de los préstamos se reduce artificialmente por debajo del  tipo natural que prevalecería por la libre interacción de las fuerzas del mercado, entonces los empresarios se ven obligados a emprender proyectos productivos de mayor duración (…) [de este modo], aunque no ha habido un aumento de los bienes intermedios y no hay ninguna posibilidad de alargar el período medio de producción, los bancos establecen un tipo de interés en el mercado de crédito que se corresponde con un período productivo más largo; y así, aunque en última instancia este alargamiento es inadmisible e impracticable, durante un tiempo puede parecer provechoso (…) Sin embargo, llegará un momento cuando los medios de subsistencia disponibles para el consumo se agoten antes de que los bienes de capital dedicados a su producción se hayan terminado de transformar en nuevos bienes de consumo.</p></blockquote>
<p>Nótese que el lenguaje que emplea Mises para describir su teoría del ciclo económico arrastra mucha jerga confusa y equivocada de Böhm Bawerk (período medio de producción) y de Wicksell (tipo de interés natural) que no contribuyen a facilitar la comprensión del proceso exacto que está describiendo Mises (y que resultaría mucho más inteligible en caso de valerse de un lenguaje financiero bastante más precioso como el que emplea Palyi). Pero, de manera muy resumida, el ciclo económico que relata Mises constaría de tres fases: 1º reducción artificial de los tipos de interés, 2º alargamiento artificial de la estructura productiva, 3º insostenibilidad y crisis.</p>
<p>Hayek, lejos de abandonar la imprecisa nomenclatura que emplea Mises, profundiza en ella. En verdad, su contribución no se dirige a una clarificación de los conceptos empleados, sino a pergeñar un análisis más detallado de las tres etapas de los ciclos económicos que Mises sólo supo apuntar de manera un tanto rudimentaria en 1912. En particular, Hayek desarrolla la teoría austriaca del ciclo económico especialmente en dos libros: <em>La teoría monetaria y el ciclo económico </em>(1929) y <em>Precios y producción </em>(1931).</p>
<p>La primera de estas dos obras tiene como propósito ampliar los circuitos exactos por los cuales los bancos son capaces de mantener artificialmente reducidos los tipos de interés:</p>
<blockquote><p>Una vez un banco o un grupo de bancos ha comenzado la expansión del crédito, todos los demás reciben una entrada de caja que les permitir, a  su vez, expandir su crédito sin deteriorar su liquidez; posibilidad de la que hacen uso tan pronto como les es posible pues pronto sienten que la demanda de crédito ha aumentado. Una vez el proceso de expansión crediticia se ha convertido en generalizado, los bancos pronto se dan cuenta de que pueden modificar sus ideas previas sobre su posición de liquidez. Si bien la expansión crediticia de un solo banco pronto se verá frenada con un saldo negativo en la cámara de compensación interbancaria de aproximadamente la misma magnitud que los créditos que haya extendido, una expansión general del crédito puede, por grande que sea, terminar compensando los saldos de un banco con los de otro hasta el punto de volver irrelevantes las pérdidas de tesorería (…) La causa determinante de las fluctuaciones cíclicas es, por consiguiente, el que, debido a la elasticidad del volumen de medios de pago, el tipo de interés fijado por los bancos no es necesariamente igual al tipo de interés de equilibrio sino que, en el corto plazo, se determina por consideraciones que afectan a la liquidez de los bancos.</p></blockquote>
<p>En realidad, Hayek debería hablar de “liquidez a corto plazo” de los bancos, pues gracias a Palyi ya hemos podido comprar que si los bancos se endeudan a corto e invierten a largo deteriorarán de manera inexorable su liquidez; cuestión distinta es que los efectos de este deterioro tarden en dejarse sentir sobre los bancos. ¿Y a qué se debe que los bancos sólo sientan los efectos negativos de su iliquidez de una manera retardada? Pues, precisamente, al proceso que expone Hayek en su primer libro y que queda extractado en la cita anterior: el hecho de que uno o varios bancos comiencen a expandir el crédito permite a los restantes hacer lo propio sin que vean reducir sus reservas de tesorería durante un tiempo. Los saldos deudores de unos y de otros se compensan en la cámara de compensación interbancaria, permitiendo que la expansión generalizada del crédito perdure hasta el momento en que alguno de los bancos decide pisar el freno y deja de expandir tanto el crédito (en cuyo caso los saldos de las entidades ya no se compensarán unos con otros en la cámara de compensación y el resto de bancos no tendrá otro remedio que minorar sus respectivas ofertas de crédito).</p>
<p>Del estudio conjunto de Hayek y Palyi, pues, podemos obtener una imagen bastante fiel de cómo los bancos, al saltarse la regla de oro, contribuyen a incrementar la oferta de crédito a proyectos con unos plazos y niveles de riesgo mayores a los que desean asumir los ahorradores que financian a los bancos y, por consiguiente, a rebajar los tipos de interés a los que pueden financiarse esos proyectos. Sin embargo, hemos visto que Ludwig von Mises daba un paso más allá: esos tipos de interés artificialmente bajos darán lugar a malas inversiones generalizadas en la economía que terminan por mostrarse insostenibles. Esto es, justamente, lo que Friedrich Hayek trata de desarrollar en su segundo libro <em>Precios y producción </em>(1931).</p>
<p>Hayek expone en este libro que una sociedad puede incrementar su inversión y tratar de volver su economía más intensiva en capital sólo de dos maneras: o con un mayor ahorro (lo que equivale a un aumento de la demanda de bienes de capital y una concomitante reducción de la demanda de bienes de consumo) o con más crédito para la producción de bienes de capital que no vaya de la mano de un mayor ahorro (y, por tanto, sin que cambie la proporción deseada de bienes de consumo y de bienes de capital). Sucede, sin embargo, que el primero de estos dos métodos sí es sostenible en el tiempo, por cuanto se ha producido un cambio <em>estructural</em> en las preferencias de los ahorradores (que desean más bienes de capital y menos de consumo); y, gracias a ello, se desatará un proceso de readaptación de la economía, donde se invertirá más para el largo plazo y menos para el corto plazo:</p>
<blockquote><p>El efecto inmediato de un incremento en la demanda de bienes de capital relativa a la de los bienes de consumo será que el precio de los primeros se incrementará en relación al de los segundo. Pero el precio de los bienes de capital no subirá en igual proporción para todos los casos, ni siquiera tiene por qué subir en algunos. En los estadios de producción en los que se terminan de retocar los bienes de consumo, el efecto de la caída de precios se sentirá más intensamente que el efecto derivado de que existen más fondos para adquirir bienes de capital. El precio en estas etapas caerá peor lo hará en menor medida a lo que se abaratarán los bienes de consumo, lo que significa que el margen de ganancia entre estos dos estadios se estrechará. Es este estrechamiento del margen de ganancia lo que volverá la inversión de capital en la etapa de bienes de consumo menos atractiva que la inversión en etapas anteriores.</p></blockquote>
<p>En el otro caso de que el aumento de la demanda de bienes de capital se halle alimentada por una mayor oferta de crédito que no vaya de la mano de un incremento en la oferta de ahorro (es decir, un aumento del crédito fruto de una degradación de la liquidez de los agentes económicos y, muy en particular, del incumplimiento de la regla de oro por parte de los bancos), en un comienzo la economía tratará de volverse más intensiva en capital, pero como las preferencias temporales de los ahorradores no se habrán modificado, conforme el crédito utilizado para comprar bienes de capital muy alejados del consumo se vaya transformando en nuevas rentas (por ejemplo, en nuevos salarios para los trabajadores), el gasto agregado rápidamente se redirigirá hacia la adquisición de bienes de consumo, lo que modificará la rentabilidad de los distintos sectores y empujará a la economía a abandonar los métodos de producción más intensivos en capital: “[El nuevo gasto en bienes de consumo] significará un nuevo e inverso cambio en la proporción entre la demanda de bienes de consumo y la demanda de bienes de capital favorable a la primera. Los precios de los bienes de consumo aumentarán relativamente a los precios de los bienes de capital (…) Todo ello necesariamente provocará un regreso a métodos de producción más cortos y menos intensivos en capital”.</p>
<p>Lo que Hayek está justamente describiendo es la gestación de un ciclo económico de carácter autorreversible como consecuencia de una expansión artificial del crédito: durante un tiempo (auge), la economía sobreinvierte en las industrias de bienes de capital demasiado alejados del consumo, pero como los consumidores no han renunciado a seguir consumiendo al mismo ritmo que antes de la expansión del crédito (es decir, como no ahorran lo suficiente para financiar las inversiones que se acometen con el crédito), la rentabilidad de las industrias de bienes más cercanos al consumo volverá a aumentar por encima de la de las más alejadas, volviendo necesario un traumático reajuste de la estructura productiva (crisis). En uno de los pasajes más conocidos del libro, el economista austriaco resume su teoría del siguiente modo:</p>
<blockquote><p>La situación sería similar a un conjunto de personas aisladas en una isla que, después de haber construido una parte de una enorme máquina que podría proporcionarles todos los bienes y servicios que necesitan, se dan cuenta de que se les ha agotado el ahorro y el capital disponible antes de poder concluirla. En tal caso, no les quedaría otra alternativa que abandonar temporalmente su construcción para dedicar toda la mano de obra a producir, sin la ayuda del capital, la comida diaria que necesitan. Sólo después de haber logrado nuevas provisiones de comida, podrían dedicarse a tratar nuevamente de poner la máquina en funcionamiento.</p></blockquote>
<p>Atendiendo a lo anterior, queda claro que las depresiones no son, para Hayek, períodos en los que se consuma insuficientemente, sino en las que no se ahorra suficientemente como para permitir que todos los proyectos empresariales intensivos en capital sean completados. Precisamente porque la demanda de bienes de consumo es demasiado intensa como para que los procesos productivos muy intensivos en capital y dilatados en el tiempo concluyan sus operaciones, muchos de esos bienes de capital permanecerán ociosos y dejarán simplemente de utilizarse: dado que esos bienes de capital son incapaces de proporcionarnos los bienes de consumo en el momento apetecido y dado que, además, deben ser empleados de manera complementaria con otros factores productivos relativamente más escasos y que resultan necesarios en la elaboración de bienes de consumo, muchos de esos bienes de capital quedarán sin uso hasta que haya ahorro suficiente como para ponerlos en funcionamiento. Así, según Hayek: “La existencia de capacidad ociosa no es ni mucho menos una prueba de que exista un exceso de bienes de capital y un consumo insuficiente: al contrario, es el síntoma de que no somos capaces de utilizar nuestros bienes de capital fijos a todo tren porque la demanda presente de bienes de consumo es demasiado urgente como para concentrar los esfuerzos productivos en los muy largos procesos productivos en los que esos bienes de capital duraderos se hallan insertos”.</p>
<p>Precisamente por lo anterior, el economista austriaco rechaza todo plan de estímulo de la demanda como fuente de recuperación. Si el problema productivo de fondo es una demanda de consumo demasiado grande en relación con la capacidad para satisfacerla de que dispone la estructura productiva actual, un mayor gasto en consumo sólo contribuirá a agravar y retrasar la superación de la crisis. La solución, en cambio, consiste en disponer de más tiempo y más ahorro para readaptar esa descompuesta estructura productiva:</p>
<blockquote><p>Lo que necesitamos para asegurarnos un saneamiento dela economía es la más rápida y completa adaptación posible de la estructura productiva a la proporción entre la demanda de bienes de consumo y de bienes de capital que determina el volumen de ahorro real. Si esa proporción no es determinada por las decisiones voluntarias de los individuos sino que es distorsionada por la creación de una demanda artificial, necesariamente parte de los recursos disponibles se dilapidará en una mala dirección y el ajuste necesario se verá pospuesto (…) La única manera de ‘movilizar’ permanentemente todos los recursos no es utilizar estímulos artificiales, sino dejar que el tiempo ejerza su cura adaptando la estructura productiva a los recursos disponibles para la inversión en capital.</p></blockquote>
<p>Uno podría plantearse, sin embargo, por qué motivo la readaptación de una determinada estructura productiva va necesariamente acompañada de un período de crisis. ¿Por qué el reajuste de la estructura productiva necesita de tanto tiempo? ¿Por qué no consiste en un simple traslado instantáneo de los factores productivos desde un sitio a otro, acortando al máximo la duración de la crisis?</p>
<p>Aunque podrían darse multitud de razones para explicar por qué este proceso puede ser muy dilatado, nos vamos a quedar con tres: la relativa inconvertibilidad de los bienes de capital, la incertidumbre sobre la viabilidad de los planes negocio y el exceso de endeudamiento.</p>
<p>El primero de estos tres motivos fue desarrollado por un discípulo de Hayek, Ludwig Lachmann, en su libro <em><a href="http://mises.org/books/capitalstructure.pdf">Capital and its Structure</a></em> (1956). La idea fundamental de Lachmann es que los bienes de capital no son masas de plastilina que puedan moldearse a placer del empresario, sino estructuras heterogéneas, complementarias, poco divisibles y muy difícilmente reconvertibles, lo que vuelve muy complicado el redirigirlos hacia usos distintos de aquellos para los que fueron originalmente concebidos. Durante una crisis, no basta con cambiar de posición a los bienes de capital, pues la mayoría de ellos no podrá utilizarse en aquellas industrias donde son necesarios (una cementera no puede fabricar ropa); de ahí que muchos bienes de capital simplemente deban abandonarse y se haga necesario comenzar casi desde cero a fabricar aquellos nuevos que se requieren.</p>
<p>Pero, además, todas estas decisiones sobre recolocar, abandonar o crear bienes de capital no tienen una influencia neutra sobre el sistema económico, sino que a su vez desatan nuevos cambios. En tanto en cuanto las estructuras de capital funcionan mediante complementariedades internas (armonía entre los bienes de capital de un plan de negocios) y complementariedades externas (armonía entre planes empresariales), modificar algunos elementos dará lugar a nuevos desajustes que también tendrán que ser corregidos: “Los cambios en la producción harán necesario otros cambios en las combinaciones de capital. Además, es improbable que un bien de capital pueda recolocarse en otro uso sin afectar el modo en que se combina con otros factores productivos. Por consiguiente, será necesario recombinar los bienes de capital tanto en la empresa que comienza los cambios como en aquellas afectadas por él”.</p>
<p>Semejante incertidumbre en relación con qué planes de negocios (combinaciones de bienes de capital) van a salir airosos y a ser rentables en el futuro es, precisamente, otro de los motivos que retrasan la superación de una crisis, tal como ha expuesto recientemente Arnold Kling en su <a href="http://econlog.econlib.org/archives/2010/07/the_recalculati_2.html">teoría del recálculo</a> (2010). Básicamente, Kling sostiene que los empresarios necesitan de prolongados períodos de tiempo para descubrir cuáles son los planes de negocio viables, consistentes y sostenibles en el futuro: “Si los viejos patrones de comercio y especialización no son sostenibles, la economía se enfrentará a un Problema de Recálculo. Tienen que crearse nuevos patrones de especialización y comercio (…) y el Problema del Recálculo impide que se creen lo suficientemente rápido como para evitar el desempleo generalizado”. Esta incertidumbre, además, puede agravarse y convertirse en paralizante si el marco jurídico en el que se mueven los empresarios se halla sometido a cambios tan bruscos e impredecibles que las propias bases de los derechos de propiedad se ven socavadas; una idea capturada por Robert Higgs en su concepto de “incertidumbre régimen” (del que habló por primera vez en su artículo <em><a href="http://www.independent.org/pdf/tir/tir_01_4_higgs.pdf">Regime Uncertainty: why the Great Depression Lasted so Long and Why Prosperity Resumed after the War</a> </em>[1997]) y que muestra otro de los límites del activismo político a la hora de promover la recuperación (los planes de estímulo no sólo son contraproducentes por estimular en demasía el gasto en consumo, sino por la renovada incertidumbre a la que dan lugar).</p>
<p>Por último, hemos mencionado que el tercer factor que retrasa la recuperación es el sobreendeudamiento. Sucede que Hayek concentró su atención en las distorsiones que la expansión del crédito provocaba sobre las estructuras productivas de una economía, pero descuidó la mayor parte de las fundamentales distorsiones sobre las estructuras financieras a que también daba lugar esta expansión crediticia, así como la decisiva influencia que éstas jugaban sobre el reajuste de las estructuras productivas, tanto al retrasarlo como al agravarlo. Para considerar este problema, tendremos que echar mano de Irving Fisher y de Richard Koo. <strong></strong></p>
<p><strong>Irving Fisher y Richard Koo: Las distorsiones del crédito barato sobre la estructura financiera</strong></p>
<p>Unos tipos de interés artificialmente bajos, consecuencia de la violación de la regla de oro por parte de la banca, no sólo acarrean, como hemos visto en el epígrafe anterior, una estructura productiva descompuesta donde las preferencias y expectativas de ahorradores e inversores son inconsistentes entre sí, sino también una estructura de financiación de familias y empresas basada en una deuda a demasiado corto plazo o que se reputaba más segura de lo que realmente era. Tengamos en cuenta que un plan de producción puede fabricar los bienes que los consumidores demandan justo en el momento en el que los desean, pero terminar frustrándose por un inadecuado plan de financiación: si, por ejemplo, su deuda vence a muy corto plazo y, por el motivo que sea, es incapaz de obtener refinanciación o si, visto desde el lado del acreedor, la compañía ha inmovilizado su tesorería en activos que se reputaban mucho más seguros de lo que realmente eran y, de repente, se ve privada de este activo, puede verse en la obligación de liquidar parte de sus activos inmovilizados y, con ello, desmantelar su exitoso plan de negocios. Por expresarlo en términos más llanos: una estructura productiva cuyo flujo de bienes y servicios coincidiera puntualmente con aquel deseado por los ahorradores (donde, por consiguiente, la cantidad, calidad y proporciones de los bienes de capital fuera la correcta) podría, aun así, necesitar de notables correcciones en su estructura financiera que, de no llegar a buen puerto, podrían destrozar parcialmente esa saludable estructura productiva.</p>
<p>Por eso resulta igualmente importante estudiar no sólo las distorsiones de la estructura productiva, sino también las dinámicas y la problemática propia de las distorsiones de la estructura financiera de la economía que provengan del incumplimiento de la regla de oro por parte de los bancos. El primer autor moderno en estudiar sistemáticamente el problema del sobreendeudamiento generado por los tipos de interés artificialmente bajos fue Irving Fisher con su libro <em><a href="http://fraser.stlouisfed.org/docs/publications/books/booms_fisher.pdf">Booms and Depressions</a> </em>(1932), seguido de su artículo <em><a href="http://fraser.stlouisfed.org/docs/meltzer/fisdeb33.pdf">The Debt-Deflation Theory of Great Depressions</a> </em>(1933).</p>
<p>Fisher considera que una política deliberada de bajos tipos de interés da paso a una situación de sobreendeudamiento (“el dinero barato es la causa principal del sobreendeudamiento”), donde “las deudas son demasiado grandes en relación con otros factores económicos”, entendiendo demasiado grande no sólo en su aspecto cuantitativo, sino sobre todo en el aspecto cualitativo –correspondencia de plazos y riesgos entre activos y pasivos– que hemos venido destacando al referirnos a la regla de oro dela banca:</p>
<blockquote><p>La suficiencia de los fondos propios no es sólo una cuestión de cantidad, sino que debe variar de acuerdo con la calidad de los activos y de los pasivos. Los activos fijos y los pasivos a corto plazo (como los préstamos a la vista) necesitan de unos fondos propios más amplios que los activos corrientes y los pasivos a largo plazo. El activo más corriente [más líquido] y, por tanto, más seguro cuando llegan las tensiones, es el dinero en efectivo; el pasivo más a corto plazo, y por tanto más inseguro en momentos de tensión, son los préstamos a la vista. El sobreendeudamiento es, sobre todo, un problema de plazos de vencimiento.</p></blockquote>
<p>Cuando, debido a cualquier motivo, el ciclo de sobreendeudamiento llega a su fin, Fisher cree que se darán diversos efectos que pueden terminar devastando el sistema económico. Los tres principales son los siguientes: 1º la liquidación, voluntaria o forzosa, de parte de los activos que se financiaron con la nueva deuda; 2º la amortización de parte de los préstamos otorgados por el sistema bancario y, por tanto, la reducción de sus depósitos (esto es, de los medios de pago de la economía); 3º, como consecuencia de los dos anteriores (mayor oferta de activos en liquidación y menor demanda por contracción de los medios de pago), el nivel de precios se reducirá con fuerza (el valor del dinero aumentará). Es esta caída del nivel general de precios la que provocará que el saldo <em>real</em> de las deudas vivas se incremente a pesar de los esfuerzos sociales por reducirlo “Cuando el sobreendeudamiento va tan lejos que la liquidación masiva de deuda se vence a sí misma llegamos a la paradoja que, en mi opinión, explica el misterio de las depresiones (…) Sucede que el valor del dólar aumenta más rápido de lo que se reduce el número de dólares adeudados. Cuando esto pasa, la liquidación no liquida realmente, de modo que la depresión continúa hasta que hay suficientes bancarrotas como para acabar con la causa que desata todo este proceso: la deuda”.</p>
<p>Pero los efectos depresivos del sobreendeudamiento no terminan aquí: la caída de precios reduce los fondos propios de los empresarios (por depreciaciones de sus activos) así como sus beneficios (porque los precios de sus mercancías suelen reaccionar más a la baja que algunos de sus costes) y eleva los tipos de interés reales que abonan por su deuda, lo que les lleva a practicar recortes en su producción y en el empleo o, incluso, a afrontar la bancarrota (lo que agrava las liquidaciones y, por tanto, las caídas de precios). A su vez, este clima recesivo eleva el pesimismo de los agentes económicos, lo que promueve un mayor atesoramiento de dinero (una caída en la velocidad de circulación) que, de nuevo, refuerza las tendencias deflacionistas.</p>
<p>Este depresivo círculo vicioso que describe Fisher no durará, sin embargo, eternamente, pues en algún momento la liquidación de las deudas “comenzará a reducir no sólo su número, sino su saldo real”. De hecho, puede llegar un momento en el que el endeudamiento vivo y el precio de los activos ya sean tan bajos, que los agentes comiencen a endeudarse de nuevo, generando inflación, reduciendo todavía más el saldo real de las deudas y dando lugar a un nuevo ciclo alcista de endeudamiento. Pero, según el estadounidense, aun cuando la depresión terminará tarde o temprano, las dinámicas deflacionistas alimentadas por la propia liquidación de la deuda la prolongarán de manera innecesaria: la receta que Fisher propondrá para evitarlo consistirá en un plan de estabilización del valor del dólar, lo que en plena deflación pasará por reinflar el crédito sea como fuere, incluso monetizando deuda pública: “el gobierno, en lugar de equilibrar el presupuesto, pagaría sus gastos con la impresión de dinero fiduciaria, matando así dos pájaros de un tiro: solventaría el problema del déficit y el de la inflación”. Los temores de Fisher sobre los riesgos de la deflación y la necesidad de estabilizar el nivel de precios para minimizar la contracción de la actividad económica supondrán un claro antecedente de los ulteriores defensores de una política monetaria expansiva como principal remedio frente a las crisis; corriente que analizaremos en la siguiente lección.</p>
<p>El análisis de Fisher de las dinámicas del sobreendeudamiento ha sido recientemente complementado y perfilado por el economista japonés Richard Koo y su teoría de las recesiones de balance, expuesta en su libro <em>The Holy Grail of Macroeconomics </em>(2008). Según Koo, el análisis de Fisher se centra excesivamente en la caída del nivel general de precios como consecuencia de las liquidaciones forzosas de activos, cuando lo realmente importante es uno de los elementos que Fisher menciona de pasada pero que no desarrolla convenientemente: el hundimiento de los fondos propios de las empresas como consecuencia de la depreciación masiva del valor de los activos (depreciación que, según Koo, no trae causa de sus ventas forzosas, sino del inevitable pinchazo de su burbuja de precios como consecuencia de la interrupción del crédito).</p>
<p>Así, este hundimiento de los fondos propios de las compañías por el pinchazo de las burbujas de activos provocará un cambio de mentalidad en las familias y, sobre todo, en las empresas, quienes dejarán de pretender la maximización del saldo de su cuenta de resultados por la vía de aumentar todavía más su endeudamiento y reinvertir sus beneficios para pasar a concentrar su atención en el saneamiento de su hoja de balance, destinando sus beneficios a minimizar deuda y ampliar sus fondos propios (a mejorar la liquidez de su pasivo). Esta aversión al endeudamiento se prolongará aun después de que los balances de las empresas sean sólidos, dando lugar a una muy baja demanda de crédito (observable en tipos de interés excepcionalmente bajos) y a un reducido nivel de actividad económica (recesión). En este contexto, la política monetaria consistente en facilitar el endeudamiento no obrará ningún resultado por cuanto el sector privado no tendrá ningún deseo de seguir endeudándose o porque, en el peor de los casos, socavará la confianza en la moneda y tendrá efectos perversos sobre la actividad económica; la solución pasará, según Koo, por una política fiscal activa que mantenga la demanda agregada mientras el sector privado se está desapalancando y, por tanto, está dejando de gastar. Obviamente, esta defensa de la política fiscal expansiva conecta y bebe enormemente de las prescripciones de John Maynard Keynes que también estudiaremos en la siguiente lección.</p>
<p>De momento, basta señalar que, pese a las aparentes discrepancias entre Koo y Fisher, su análisis es fundamentalmente complementario. Koo describe adecuadamente cómo la insolvencia sobrevenida de los agentes económicos bajo la losa del sobreendeudamiento provoca un cambio de actitud conducente a mejorar la liquidez de su pasivo incrementando su ahorro y destinándolo no a nueva inversión sino a reducir su endeudamiento y compensar las pérdidas acumuladas por sus malas inversiones pasadas (reflejadas en el hundimiento del valor de sus activos). En este sentido, el análisis de Koo liga perfectamente con el de Hayek: el sector privado se ve incentivado a aumentar su nivel de ahorro con tal de sanear sus estructuras productivas y financieras. Acaso lo incoherente del análisis de Koo sea su obsesión cortoplacista con estabilizar la demanda agregada recurriendo a unas políticas fiscales expansivas que contrarrestarán la sana y necesaria amortización de deuda privada con un paralelo incremento de la deuda pública, lo que necesariamente prolongará la recesión de balance; la respuesta razonable a una recesión de balance, es decir, a la crisis ocasionada por un desajuste de las estructuras financieras de los agentes económicos, es la más rápida amortización posible del sobreendeudamiento privado con cargo a un mayor volumen de ahorro, por mucho que ello implique a corto plazo una caída de la demanda agregada (del PIB).</p>
<p>Por otro lado, el análisis de Koo pasa por alto la esencia del razonamiento y de las preocupaciones de Fisher que tan bien podrían complementarse con el suyo: la necesaria contracción del crédito propio de las recesiones de balance puede, bajo ciertos supuestos, dar lugar a una dinámica deflacionista autoagravante, tradicionalmente conocida como “contracción secundaria”. Yerra Fisher, sin embargo, al creer que, como él mismo apunta, “la causa de casi todos los males” es la deflación: la deflación, especialmente de los activos, sólo aumenta los incentivos para acelerar el saneamiento de los balances por la vía de un mayor ahorro familiar y empresarial. Sin una cierta deflación de precios, de hecho, el propio Fisher reconoce que “[el efecto de la destrucción de medios de pago] se sentiría con mayor intensidad”, agravando la caída de las ventas y el desempleo en el conjunto de la economía.</p>
<p>El auténtico problema, al que Fisher sólo se refiere de pasada, es que el natural (y necesario) atesoramiento de dinero que tiene lugar en los momentos de incertidumbre y de reorganización de estructuras productivas y financieras sólo pueda abastecerse mediante una reducción de los medios de pago en circulación, con la consecuente caída de las ventas, estrechamiento de márgenes empresariales, liquidación de activos productivos y desmembración de planes de negocio solventes, todo lo cual añade todavía más incertidumbre a la etapa de crisis y podría seguir cebando un aumento del atesoramiento con cargo a los medios de pago. Nótese que todas estas consecuencias negativas de la deflación derivada del atesoramiento tienen como única causa el que los precios y los costes no se ajusten tan rápido a la baja como se destruyen los medios de pago; si precios y costes fueran absolutamente flexibles, sólo habría un cambio nominal en las variables sin que asistiéramos a modificaciones reales.</p>
<p>En este sentido, como ya vimos en la lección anterior, la manera lógica y saludable de atender una mayor demanda de dinero es mediante una mayor monetización de créditos autoliquidables: de este modo, los agentes son capaces de mejorar su liquidez sin mermar artificialmente los medios de pago en circulación. Desde luego, cabría la posibilidad de satisfacer esa mayor demanda de dinero monetizando cualquier crédito, autoliquidable o no, pero en tal caso el sistema bancario estaría proporcionando una barra libre generalizada de crédito a todos los planes de negocio, evitando bancarrotas empresariales que sí deberían tener lugar (y retrasando los incentivos al saneamiento de los balances privados descrito por Koo). Y es que una cosa es evitar una contracción excesiva de los medios de pago y otra, muy distinta, paralizar todo proceso de restructuración de la estructura productiva. Como señala Lachmann en su libro ya mencionado: “Los factores productivos no podrán retirarse en todos los casos, de modo que las combinaciones de capital no se recompondrán a menos que se ejerza presión sobre los propietarios y los directivos que controlan determinados recursos. En algunos casos, no será posible recuperar el control sin recurrir al concurso de acreedores. Para ello, se hará necesaria una política crediticia ‘severa’. Pero una política crediticia demasiado severa con el propósito de romper las combinaciones de capital menos exitosas podría desalentar la inversión en los sectores importantes de la economía”.</p>
<p>En suma, la liquidación sana de la deuda requerirá una combinación de un elevado volumen de ahorro que permita a los agentes económicos recuperar su solvencia lo más rápidamente posible con una política crediticia que no evite las bancarrotas necesarias pero que tampoco aboque a la economía a una contracción secundaria como consecuencia de la desaparición súbita e irremplazable de medios de pago fruto del necesario aumento del atesoramiento. Es evidente que en tanto en cuanto el sistema bancario ha financiado inversiones a muy largo plazo o muy arriesgadas que deben liquidarse mediante bancarrotas empresariales, una cierta deflación, derivada de la contracción del crédito, será inevitable. Pero será la deflación imprescindible para reajustar la estructura productiva y la financiera sin acumular nuevas distorsiones o sin redistribuir pérdidas. Si nos fijamos, la política de estabilización propuesta casa bastante bien con la que estudiamos que defendía Walter Bagehot en la lección 5.</p>
<p><strong>Recapitulación</strong></p>
<p>La violación de la regla de oro por parte de los bancos y, muy en especial, de la Doctrina de las Letras Reales, provoca no sólo una depreciación de la moneda-crédito (como estudiamos en la lección anterior) sino una provisión inadecuada y excesiva de crédito que distorsiona en una dirección errónea las estructuras productivas y financieras del resto de agentes económicos: los bancos captan ahorro financiero a un determinado plazo y con unos determinados niveles de riesgo y lo reinvierten en proyectos a más largo plazo y con mayor riesgo. Gracias a ello, los bancos son capaces de maximizar temporalmente sus beneficios arbitrando entre los intereses que pagan por la deuda segura y a corto plazo y las rentabilidades que perciben por sus inversiones a largo plazo y más arriesgadas. Simplemente, los ahorradores, pese a haber expresado su preferencia a que su capital esté disponible en un determinado plazo de tiempo y con unos ciertos niveles de seguridad, sufren una inmovilización de su capital a mayor plazo y riesgo del que son conscientes y del que pueden asumir.</p>
<p>Es así cómo se gesta una descoordinación entre ahorradores e inversores que se traduce en unas estructuras productivas y financieras que no proporcionan la cantidad y la calidad de bienes en el momento deseado por los ahorradores: ora los ahorradores quieren dejar de serlo y comenzar a consumir antes de que las inversiones maduren en los bienes que éstos ahorradores desean (inconsistencia de las estructuras productivas), ora los ahorradores quieren modificar la composición de su cartera de activos financieros de un modo que imposibilita la continuidad de numerosos planes productivos. Dicho de otro modo, la liquidez de los agentes económicos se deteriora tanto por el lado del Activo (inversiones a más largo plazo y más arriesgadas) y por el lado del Pasivo (más endeudamiento, sobre todo a corto plazo) hasta que desean proceder a reconstruirla mediante recomposiciones y liquidaciones de sus bienes de capital y amortizaciones o refinanciaciones de deuda.</p>
<p>Las reflexiones de Melchior Palyi y Friedrich Hayek sobre la liquidez y la operativa bancaria nos sirven para comprender cómo los bancos deberían proveer crédito y cómo abusan del mismo en forma de expansiones insostenibles. A su vez, Mises, Hayek, Lachmann y en menor medida Kling y Higgs nos ofrecen una acertada descripción de cómo ese crédito falseadamente barato distorsiona la estructura de planes de negocio de los empresarios en una dirección insostenible y de la que será lento y costoso salir. Por su parte, Fisher y Koo exponen la problemática derivada de las distorsiones de las estructuras financieras de los agentes económicos (del sobreendeudamiento), tanto por lo que se refiere a la reducción de la oferta de medios de pago como al colapso de la demanda de nuevo crédito, si bien los dos abogan por una solución que en la siguiente lección expondremos como equivocada: políticas monetarias o fiscales expansivas. Ahora bien, ni Mises ni Hayek reflexionan especialmente sobre las influencias sobre el ciclo de la distorsión en las estructuras financieras, ni Fisher ni Koo hacen lo propio con respecto a las distorsiones en las estructuras productivas.</p>
<p>Al final, ya hemos visto que la única solución de fondo a los problemas ocasionados por una provisión inadecuada de crédito pasa por proporcionar tiempo al sistema económico para que, dentro de un entorno de libertad de mercado, acumule el suficiente nivel de ahorro como para cubrir, paliar y sanear las pérdidas latentes en las distintas estructuras productivas y financieras. Una conclusión que, sin embargo, no ha sido del agrado de los diferentes economistas de corte inflacionista que han prometido paliativos mágicos para acelerar y atajar la superación de la crisis. Precisamente, a ello dedicaremos nuestra lección novena.</p>
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		<title>Pero, ¿cómo pueden ser tan ricos?</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Mar 2012 19:08:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Economía paso a paso]]></category>
		<category><![CDATA[Libre Mercado]]></category>
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		<description><![CDATA[Cada vez que la revista Forbes publica su lista de los hombres más ricos del mundo, son muchos quienes se llevan las manos a la cabeza por las milmillonarias fortunas que acumulan unos pocos hombres. ¿Cómo es posible que el dinero esté tan mal distribuido en el mundo? ¿Cómo es posible que unas pocas manos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada vez que la revista <em>Forbes</em> publica su lista de los hombres más ricos del mundo, son muchos quienes  se llevan las manos a la cabeza por las milmillonarias fortunas que  acumulan unos pocos hombres. ¿Cómo es posible que el dinero esté tan mal  distribuido en el mundo? ¿Cómo es posible que unas pocas manos acumulen  los recursos que podrían alimentar durante mucho tiempo a tanta gente?</p>
<p>Por  ejemplo, si un señor tiene una fortuna de 40.000 millones de euros, es  fácil echar cuentas y concluir que 40 millones de personas podrían  recibir una asignación de 1.000 euros (o un millón de personas, las más  desfavorecidas de un país, una compensación de 40.000 euros). ¡Y estamos  hablando de redistribuir la riqueza de una <em>sola</em> persona! ¿Qué  sucedería si tomáramos la riqueza de 100 ó 1.000 de estos superricos? Es  normal que algunos incluso elucubren con la posibilidad de que,  atacando solo algunos de estos patrimonios, pueda ponerse fin a la  pobreza en el mundo.</p>
<p>El asunto, por supuesto, dista de ser tan  simple. Estamos habituados a imaginarnos a los multimillonarios como  personas con una inmensa cantidad de dinero <em>en efectivo</em>: algo  así como un Tío Gilito al que le gusta zambullirse entre sus monedas de  oro y billetes de banco. Sin embargo, el dinero en efectivo es sólo uno  de los muy diversos activos que componen el patrimonio de un  multimillonario; y en ocasiones, uno de los activos con una presencia  más reducida.</p>
<p>El rico, salvo marginales excepciones, no es la  persona que tiene mucho dinero, sino la persona que tiene muchos activos  muy valiosos: acciones, bonos, inmuebles, locales comerciales, suelo,  empresas no cotizadas, etc. Cuando se dice que un multimillonario posee  una riqueza de 40.000 millones de euros, lo que en realidad se está  afirmando es que el valor de mercado <em>estimado </em>de todos los activos que comprenden su patrimonio asciende a 40.000 millones de euros.</p>
<p>Pero,  y esto es lo fundamental, el valor de mercado de un activo no subsume  el valor de todos los bienes presentes que ya ha contribuido a producir,  sino el de todos los bienes futuros que se espera que produzca. O dicho  de otra manera, quien posee 40.000 millones de euros en activos no  dispone de 40.000 millones de euros en bienes de consumo inmediatamente  disponibles, sino la más o menos razonable expectativa de que sus  propiedades generarán (o contribuirán a generar) en los próximos lustros  unos bienes de consumo valorados hoy en 40.000 millones de euros.  Verbigracia, si una tierra de labrar se vende por 100.000 euros no es  porque vaya acompañada de un almacén adosado que contenga abundantes  toneladas de trigo valoradas en 100.000 euros, sino porque se espera que  esa tierra sirva a cultivar a lo largo de las próximas décadas una  cierta cantidad de trigo cuyo valor presente es 100.000 euros.</p>
<p>Por  consiguiente, si un archirrico quiere disponer de parte de su riqueza  tendrá dos opciones. La primera y más razonable, si es que el tiempo no  le apremia, es la de gastar año a año los rendimientos que percibe por  esos activos (los beneficios distribuidos de sus compañías, los  dividendos, los intereses, los alquileres, etc.). Conforme el tiempo  pasa, los activos van fabricando una pequeña porción de aquellos bienes  de consumo futuros que les daban valor en el pasado: y son justamente  esos bienes de consumo los que sí pueden disfrutarse sin demasiadas  complicaciones (aunque con ciertas limitaciones, pues parte de la renta  periódica que proporcione un activo deberá destinarse a reponer,  mantener y amortizar ese activo).</p>
<p>La segunda y más radical opción, si es que el tiempo le apremia, pasa por <em>liquidar</em> todo su patrimonio, pero aquí ya comienzan los problemas: el importe  que previsiblemente obtendrá de una venta apresurada de una enorme  cantidad de activos no será ni mucho menos tan alto que si sólo tuviera  que vender una pequeña porción. Al cabo, para colocar a buen precio  todos sus activos, será necesario encontrar a suficientes ahorradores  que, primero, dispongan de cuantiosos ahorros <em>en efectivo</em> que,  segundo, deseen utilizar en la adquisición de esos activos. ¿Sencillo?  Ni mucho menos. Para empezar, el canje de efectivo por activos no  constituye ni mucho menos una decisión automática: quien tiene efectivo  no se encuentra sometido a ningún riesgo y puede gastarlo en cualquier  momento ya sea en consumir o en invertir; quien posee un activo, en  cambio, tendrá que soportar los riesgos inherentes a la inversión,  esperar a que le vaya proporcionando una renta con el paso del tiempo y  verse en el brete de tener que liquidarlo si es que necesita hacer  frente a un imprevisto.</p>
<p>Pero además, el volumen de ahorros en  forma de bienes de consumo intercambiables no es tan abundante como para  absorber cualquier oferta de activos. Por ejemplo, el valor de mercado  de todas las bolsas en 2011 alcanzó los 45 billones de dólares, mientras  que el PIB mundial –el valor de todos los bienes y servicios  producidos– se situó en 65 billones. Teniendo en cuenta que alrededor  del 70% del PIB consistirán en bienes de consumo (45 billones), el  máximo importe que podrían aspirar a consumir los accionistas de  empresas cotizadas equivaldría a 45 billones de dólares, y ello bajo el  muy restrictivo supuesto que toda la población mundial decidiese no  consumir nada durante ese ejercicio y que los propietarios de otros  activos (inmuebles, empresas no cotizadas, bonos, etc.) no decidieran  liquidarlos al mismo tiempo para adquirir bienes de consumo.</p>
<p>Y  precisamente aquí se encuentra la razón de por qué la redistribución de  la riqueza de los archimillonarios no serviría en absoluto para  erradicar la pobreza en el mundo. Por un lado, porque si lo que queremos  es elevar la calidad de vida actual de los más desfavorecidos (esto es,  elevar su consumo), ya sabemos que los valiosos activos de los ricos no  se pueden comer ni trocar por grandes cantidades en bienes de consumo  en el presente. Si, por otro, nuestro objetivo es convertir a los más  desfavorecidos en rentistas (propietarios de activos que proporcionen  una renta periódica), lo que debemos tener presente es que esos activos  monitorizan y son parte integral de todos los procesos productivos de  una economía.</p>
<p>Sería una completa ficción el pensar que la  productividad de una economía puede mantenerse con independencia de  quien controle (y tenga una capacidad de decisión última) las empresas,  los inmuebles o las materias primas de esa economía. Alterar  políticamente la estructura patrimonial de una sociedad va aparejado a  mutar las estructuras financieras y productivas de prácticamente todas  las compañías, lo que repercutirá en su capacidad para producir bienes y  servicios valiosos.</p>
<p>Por ejemplo, si les arrebatamos el control de  Google a Sergei Brin y Larry Page para entregárselo a millones de  personas repartidas por todo el mundo, es bastante probable que alguno  de los siguientes escenarios (o todos ellos) se materializaran: Google  perdería la visión estratégica de sus fundadores que es la que lo ha  hecho grande; los accionistas minoritarios se unirían para reclamar una  mayor remuneración en perjuicio no ya de la capacidad de la empresa para  crecer y seguir generando riqueza, sino incluso de la capacidad de la  empresa para reponer su equipo de capital actual; la dirección de Google  lo tendría más fácil para no ser fiscalizada por millones de dispersos  accionistas y podría asignarse sueldos mucho mayores; y la visión  desorientada de la compañía la llevaría a perder cuota de mercado y a  sucumbir ante sus mejor gestionados competidores.</p>
<p>Imaginen este devastador proceso pero a escala generalizada. No: ni podemos comernos los activos <em>en el presente</em> ni tampoco redistribuirlos de manera arbitraria sin afectar a la comida disponible <em>en el futuro</em>.  Sí: hay algunos individuos que son tremendamente ricos, pero si no han  recibido ningún favor gubernamental, lo son en la medida en que han  generado muchísimo valor para millones de consumidores. Si lo que  queremos es que haya más ricos en una comunidad, lo que necesitamos no  es perseguir la acumulación de capital, sino facilitarla tanto como sea  posible (reducir impuestos y regulaciones). Recuerde: el que haya muchos  ricos no le dificulta a usted la labor de hacerse rico; al contrario,  se la facilita enormemente.</p>
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		<title>¿Qué es una burbuja?</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:38:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Economía paso a paso]]></category>
		<category><![CDATA[Libre Mercado]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría del capital]]></category>

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		<description><![CDATA[La RAE la define como un &#8220;glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie&#8221;; pero no, no me refiero a esto, sino más bien a qué es una burbuja financiera. Con la crisis actual, parece que todo el mundo posee, a posteriori, un exquisito conocimiento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><div>
<p>La RAE la define como un &#8220;glóbulo de aire u otro gas que se forma en el interior de algún líquido y sale a la superficie&#8221;; pero no, no me refiero a esto, sino más bien a qué es una burbuja <em>financiera.</em></p>
<p>Con la crisis actual, parece que todo el mundo posee, <em>a posteriori</em>, un exquisito conocimiento acerca de las burbujas: se habla de burbuja inmobiliaria, de burbuja bursátil, de burbuja del oro&#8230; Parecería que vivimos en un mundo lleno de pompas a punto de estallar. Mas, ¿realmente sabemos definir una burbuja financiera? ¿O simplemente calificamos como tal a todo recalentón más o menos acelerado en el precio de un activo?</p>
<p>Para empezar, ¿en qué consiste un activo? Una definición bastante simple sería la de todo factor productivo que nos dé derecho a bienes o servicios a lo largo del tiempo. Una vivienda, por ejemplo, es un activo porque nos proporciona servicios de habitación durante toda su vida útil (servicios de habitación que podemos alquilar a otras personas a cambio de dinero); una acción es un activo porque representa una porción de la propiedad de una empresa que genera bienes que se venden en el mercado; un terreno también puede considerarse un activo en la medida en que obtengamos año a año una cosecha.</p>
<p>La cuestión es, ¿de qué depende el valor de todos estos activos? Muchos pensarán que los activos poseen valor por sí mismos. De hecho, esta era la idea de numerosos economistas, como los fisiócratas, los marxistas o los keynesianos, quienes elucubraban que la tierra, el trabajo o el capital poseían un valor intrínseco e independiente de casi cualquier otra consideración. Sin embargo, pensémoslo bien: si una vivienda está ruinosa y no es habitable, ¿posee algún valor? Si somos propietarios de una empresa quebrada que ha interrumpido sus operaciones, ¿serán sus acciones en algún sentido valiosas? Si nuestro terreno se ha vuelto yermo y no podemos darle ningún otro uso (ni siquiera la edificación), ¿conservará algún valor? No, claramente el valor de todos los activos depende poderosamente del valor de los bienes y servicios que sean capaces de producir <em>en el futuro</em>.</p>
<p>E insisto en el complemento temporal del enunciado: en el futuro. Pues, obviamente, no podemos esperar que una tierra que nos garantiza dos décadas de trigo a partir del año 2100 sea hoy igual de valiosa que otra que nos garantiza desde ya dos décadas de trigo. El tiempo tiene su valor: preferimos consumir antes que después, y por eso los activos que nos proporcionan antes los bienes o servicios serán más valiosos que aquellos que nos los proporcionan más tarde.</p>
<p>Por ejemplo, 100 euros hoy serán más valiosos que 100 euros dentro de un año y éstos a su vez lo serán más que 100 euros dentro de 10 años. Así, podemos preguntarnos, ¿cuántos euros estaríamos dispuestos a entregar hoy a cambio de recibir 100 euros mañana? O lo que es lo mismo, ¿por cuantos euros actuales estaríamos dispuestos a recibir a cambio de los 100 euros mañana? Si, verbigracia, nos parece bien intercambiar 90 euros de hoy por 100 euros de dentro de un año, diremos que el valor presente de esos 100 euros dentro de un año son 90 euros actuales (de hecho, <a href="http://juanramonrallo.com/08/04/2011/%C2%BFque-son-los-tipos-de-interes/">esa diferencia de valor entre los bienes presentes y futuros se corresponde con el tipo de interés</a>).</p>
<p>Pues bien, el valor de un activo no será más que el valor actual o presente de los bienes futuros que produce (o, por expresarlo en términos monetarios, del dinero a cambio del que se venderán esos bienes futuros). Si un activo proporciona una entrada de caja de 1.000 euros dentro de un año y otra de 2.000 dentro de dos años –siendo, por ejemplo, el valor presente de la primera suma 900 euros y el de la segunda 1.500–, el valor del activo será de 2.400 euros.</p>
<p>Pero valor no es igual a precio. Una cosa es el precio teórico, intrínseco o fundamental que debería exhibir un activo en función de su valor y otra el precio que realmente exhiba en el mercado. En la medida en que los bienes futuros que genere un activo, el precio al que éstos vayan a poder venderse y los tipos de interés a los que habrá que descontarlos son inciertos, su precio de mercado también lo será. Dependiendo de los dispares juicios y estimaciones que hagan los inversores, su valor estará parcialmente indeterminado y, por tanto, también lo estará el precio al que los inversores estén dispuestos a comprarlo o a venderlo.</p>
<p>Mas, como es sabido, en todo mercado donde existe incertidumbre tienden a hacer acto de presencia los muy denostados especuladores (otro día hablaremos de la función económica esencial que realizan&#8230; también en los mercados financieros). Los especuladores no guían sus compras o sus ventas del activo en función de su valor estimado, sino en función del precio que esperan que otros inversores o especuladores estén dispuestos a pagar a cambio del activo.</p>
<p>¿Qué significa todo esto? Pues que en ocasiones el precio de mercado de un activo tendrá muy poquito que ver con su valor (aun estando éste parcialmente indeterminado). Cuando el precio de mercado de un activo sea superior a su valor, entonces hablaremos de burbuja financiera; esto es, burbuja es sinónimo de sobrevaloración. Por ejemplo, si el valor de una empresa, determinado por el descuento al presente del valor de los bienes futuros que generará, debiera ubicarse entre 100 y 150, pero su precio es de 5.000, entonces tenemos claramente una burbuja en la valoración de esa empresa.</p>
<p>Al igual que nos encontramos con burbujas podemos encontrarnos con lo que podríamos llamar anti-burbujas, esto es, con que el precio de mercado de un activo se sitúe por debajo de su valor. En tal caso, podremos comprar activos muy valiosos a precio de saldo. Es la técnica de inversión que emplea la llamada filosofía del <em>value investing</em>, de la que Warren Buffett es fiel seguidor.</p>
<p>Conviene aclarar que las subidas de precios de un activo pueden ser un síntoma de que se está gestando una burbuja, pero ni mucho menos son su elemento esencial. En ocasiones, observaremos subidas de precios que están justificadas por la mayor cantidad de bienes futuros que ese activo producirá. Por ejemplo, desde 2003 las acciones de Apple se han multiplicado por 50; al margen de que en la cotización actual pueda existir (o no) un elemento de burbuja, es evidente que gran parte de esta subida responde a que las ventas se han multiplicado por 10 y los beneficios por 200, lo que a su vez se debe a que Apple empezó a fabricar una mayor cantidad de productos que los consumidores reputaron útiles. E inversamente, podemos encontrarnos con burbujas sin que hayan subido los precios de un activo: si su valor se desploma (por ejemplo, porque los bienes futuros que puede producir han quedado súbitamente obsoletos) y su precio de mercado no hace lo propio, tendremos una sobrevalorización del activo por inercia en su precio.</p>
<p>Por último, son muchos quienes creen que toda burbuja tiene su origen en un crédito bancario excesivo. Lo cierto, sin embargo, es que las burbujas son fenómenos relativamente frecuentes en mercados con gran presencia de especuladores o de inversores inexpertos. Es del todo factible que un activo esté sobrevalorado aun cuando los bancos no inflen el crédito (en la bolsa, por ejemplo, ocurre a diario). Ahora bien, sí es cierto que toda expansión del crédito bancario no respaldada por ahorro provocará una burbuja financiera en alguna parte de la economía, pues esas expansiones dan lugar a auges económicos insostenibles; esto es, dan lugar a la expectativa de que la producción futura va a ser mayor de lo que en realidad llegará a ser debido al advenimiento de la crisis (y de ahí su peligrosidad: los bancos concentran su patrimonio en activos sobrevalorados que cuando pinchan contraen los medios de pago y dilapidan el capital de los ahorradores).</p>
<p>Por eso, si media una expansión del crédito, lo que juzgamos valoraciones prudentes de un activo podrían tornarse sobrevaloraciones cuando acaezca la crisis, revelando a posteriori la existencia de una burbuja. Y por eso también resulta en gran medida vano que las autoridades pretendan regular y controlar la recurrencia de burbujas: salvo en casos muy evidentes –y ni siquiera así: ahí están las recientes burbujas inmobiliarias que fueron negadas sistemáticamente por las autoridades–, es imposible que los políticos sepan si cada uno de los activos de la economía están sobre, infra o adecuadamente valorados. Quienes triunfan en tal actividad son ahora multimillonarios (o van camino de serlo) y su éxito deriva en gran medida de concentrarse en los sectores económicos concretos que conocen y dominan.</p>
<p>No hay manera de evitar que se produzcan burbujas, pues el futuro es inerradicablemente incierto; pero sí hay maneras de no incentivar su recurrencia y de no multiplicar su potencial destructor. Pero esas soluciones, como ya explicaremos, no pasan por una mayor regulación, sino por eliminar los privilegios a la banca.</p>
</div>
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		<title>Los tipos de interés negativos destruyen el capital</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 19:44:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciclo económico]]></category>
		<category><![CDATA[El Cato]]></category>
		<category><![CDATA[Keynesianismo]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría del capital]]></category>

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		<description><![CDATA[Los tipos de interés nominales negativos son una anomalía dentro de un sistema productivo sano. No indican ni que el ahorro es mucho más abundante que las inversiones ni que, súbitamente, los agentes hayan pasado a valorar mucho más los bienes futuros que los bienes presentes: en ambos casos, los ahorradores tendrían la opción de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><p>Los tipos de interés nominales negativos son una anomalía dentro de  un sistema productivo sano. No indican ni que el ahorro es mucho más  abundante que las inversiones ni que, súbitamente, los agentes hayan  pasado a valorar mucho más los bienes futuros que los bienes presentes:  en ambos casos, los ahorradores tendrían la opción de trasladar su renta  presente al futuro atesorando dinero, lo que provocaría una reducción  de los precios actuales (incluyendo los de los factores productivos) en  relación con los precios futuros y, por tanto, un restablecimiento de  los tipos de interés positivos (pasaríamos de un backwardation a un  contango en el mercado de capitales), lo que canalizarían el  atesoramiento previo hacia inversiones que generaran intertemporalmente  valor. Es decir, los capitalistas adelantarían a los factores  productivos una menor cantidad de bienes presentes a cambio de su  contribución a fabricar bienes futuros.</p>
<p>Obviamente, dado que, tras el ajuste de precios forzado por el  atesoramiento, ni tiene por qué haber caído el ahorro ni tiene por qué  haber mutado la preferencia temporal, el tipo de interés negativo no  podía traer causa en alguno de estos fenómenos: los ahorradores siguen  dispuestos a esperar el mismo tiempo que antes a volver a consumir  (ahorro) y siguen sin aceptar degradar su liquidez en proyectos de  inversión a largo plazo cuyo excedente de explotación sea igual o  inferior a cero (prefieren la liquidez del atesoramiento que la merma de  su capital). Y, por los mismos motivos, el tipo de interés negativo no  era una condición esencial para lograr el crecimiento y la plena  ocupación de los recursos: más bien al contrario, era una maldición que  iba erosionando el capital inmovilizado en proyectos que despilfarraban  los recursos (pues el valor de su producción futura era inferior al  coste de oportunidad presente de esos recursos).</p>
<p>Siendo así, ¿cuál es la causa de los tipos de interés negativos? El  deseo, por parte de los ahorradores, de conservar una parte de su  capital en un mundo donde todas las alternativas de inversión acarrean  pérdidas. Dicho de otro modo, los tipos de interés negativos son un  engendro que jamás podría darse allí donde la tenencia de dinero en  efectivo no esté penalizada o prohibida, pues los ahorradores siempre  disponen de la opción de atesorar dinero si quieren trasladar su capital  al futuro.</p>
<p>Pero, aun en un mundo donde suprimiéramos el dinero en efectivo, ¿a  qué podría deberse que no existieran oportunidades de inversión con  rendimientos positivos? Pues a que los recursos estuvieran mal  invertidos, de modo que los ahorradores hubiesen adelantado a los  factores productivos bienes presentes más valiosos que aquellos que  finalmente han terminado fabricando. La solución a este entuerto puede  ser tanto la de reducir los precios abonados a los factores productivos  cuanto darles a esos factores otros usos más valiosos (o una combinación  de ambas). Sólo en un mundo donde no fuera posible el atesoramiento y  donde no se pudieran llevar a cabo ajustes en los planes empresariales  —donde la estructura de bienes de capital estuviera <em>dada</em>—  tendría sentido que los capitalistas aceptaran tipos de interés  negativos: en ese contexto, para trasladar renta presente al futuro sólo  tendrían la opción de hacerlo con pérdidas.</p>
<p>Con todo, fijémonos que, en realidad, lo esencial para explicar la  existencia de tipos nominales negativos es la imposibilidad de atesorar  el dinero: y es que, precisamente, el atesoramiento —la negativa de  consumidores y ahorradores a salirse de los circuitos del sistema  productivo, no comprando los bienes de consumo y de capital que se están  fabricando— es lo que fuerza a los empresarios a desatar los cambios  dentro de sus planes de negocio —a reajustar precios y ocupaciones— y,  gracias a ellos, a volver generar un excedente de explotación positivo,  momento en el que consumidores y ahorradores comenzarán a desatesorar el  dinero.</p>
<p>Keynes escribió su <em>Teoría General</em> bajo la hipótesis de que  el equipo de capital se mantenía constante; sus políticas iban  orientadas a lograr el pleno empleo de los recursos bajo estas  condiciones. Por eso se sumó a la propuesta inflacionista de Silvio  Gesell del dinero sellado: si se penalizaba el atesoramiento de dinero,  los tipos de interés podrían llegar a ser negativos, de modo que incluso  las empresas con pérdidas podrían convertirse en inversiones atractivas  para minimizar las pérdidas de capital.</p>
<p>A Keynes no le interesaba demasiado cómo generar empleo más allá de  este corto plazo donde el equipo de capital estaba dado; de ahí su  famosa expresión de que “a largo plazo, todos muertos”. Pero, aun así,  conviene remarcar que todas las políticas keynesianas de reinflar la  generación de empleo a corto obstaculizan el reajuste de la estructura  productiva (y por tanto la generación de riqueza, esto es, de bienes de  consumo futuros más valiosos que los usos alternativos de los factores  productivos actuales) en el medio plazo; por eso su discusión con Hayek  nunca fue fructífera: éste pensaba en cómo generar riqueza a lo largo  del tiempo y aquél en cómo maximizar el empleo aun destruyendo riqueza a  lo largo del tiempo.</p>
<p>Lo mismo sucede con los tipos de interés nominales negativos:  penalizar el atesoramiento para convalidar rendimientos negativos sólo  consigue perpetuar estructuras productivas inadecuadas que destruyen  valor a lo largo del tiempo. Justo lo contrario de lo que debería hacer  un sistema económico sano. Puede que ello contribuya a estabilizar el  gasto durante un tiempo, pero sólo a costa de desacumular capital, esto  es, sólo a costa de nuestra producción futura de bienes y servicios.</p>
<p>De ahí, por cierto, que resulte esencial contar con un patrón  monetario sólido y no susceptible de ser manipulado por el poder  político: el atesoramiento es el garante de la soberanía del consumidor y  del ahorrador, no ya en tiempos de bonanza, sino también en medio de  una crisis donde los productores se resisten al cambio y pretenden que  consumidores y ahorradores asuman las pérdidas derivadas de sus errores  de cálculo previos.</p>
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		<title>El capitalismo depende del ahorro, no del consumo</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 09:46:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Economía paso a paso]]></category>
		<category><![CDATA[Keynesianismo]]></category>
		<category><![CDATA[Libre Mercado]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría del capital]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><p>Uno de los mayores problemas de los que adolecen nuestros juicios  económicos es que tratamos de elucubrarlos a la luz de nuestra  experiencia diaria. En ocasiones el resultado puede ser satisfactorio  pero en otras puede resultar bastante catastrófico. Por ejemplo, por  todos es sabido que al capitalismo lo mueve el consumo; basta con darse  un paseo por la calle para darse cuenta: cuando las tiendas están a  rebosar, se crea empleo, y cuando están vacías, se destruye. Sencillo,  ¿no?</p>
<p>Pues no tanto. A quienes creen que el capitalismo se sustenta sobre el  consumo –o incluso sobre el consumismo– debería extrañarles el étimo  mismo de &#8220;capitalismo&#8221;. Capitalismo procede de capital (esa parte de  nuestro patrimonio destinada a generar riqueza para el resto de agentes  de un mercado) y para amasar un capital hay que ahorrar y para ahorrar  hay que restringir el consumo. ¿Qué sentido tiene entonces decir que un  sistema, el capitalismo, cuya misma existencia depende de la virtud de  no consumir sólo puede sobrevivir y medrar cuando se consume  masivamente? Ninguno, salvo porque aquello que conocemos del capitalismo  son sus expresiones más primarias y más mundanas: como productores <em>especializados</em> y consumidores <em>generalistas</em> que somos, cada semana visitamos decenas de tiendas distintas, pero muy  pocos serán quienes a lo largo de toda su vida visiten decenas de  centros de producción diferentes.</p>
<p>Mas las cosas son así: el capitalismo no depende del consumo sino del  ahorro. Una sociedad donde se consumiera el 100% de la renta sería una  sociedad nada capitalista. No tendríamos ni un solo bien de capital: ni  viviendas, ni fábricas, ni infraestructuras, ni laboratorios, ni  científicos, ni arquitectos, ni universidades ni nada. Simplemente,  todos los individuos tendrían que estar ocupados permanentemente en  producir bienes de consumo –comida, vestidos, mantas&#8230;– y no dedicarían  ni un segundo a producir bienes de inversión (por definición, si se  consume el 100% de la renta es que no se producen bienes que no sean de  consumo). Es el ahorro, el no desear consumir todo lo que podamos, lo  que nos permite dirigir durante un tiempo nuestros esfuerzos, no a  satisfacer nuestra más inmediatas necesidades, sino a preocuparnos por  satisfacer nuestras necesidades futuras: producimos bienes de capital  para que éstos, a su vez, fabriquen los bienes de consumo futuros que  podamos necesitar.</p>
<p>Pero entonces, ¿acaso la economía no entra en crisis cuando cae el  consumo? No, quienes entran en crisis cuando cae el consumo son los  negocios que venden directamente a los consumidores, pero no toda la  economía. Salvando el caso –que trataremos en otro artículo– de que el  consumo caiga porque aumente el atesoramiento de dinero (el dinero  debajo del colchón), un menor consumo implica que hay disponibles una  mayor cantidad de fondos y recursos para invertir. En otras palabras,  cuando caiga el consumo, <a href="http://www.libremercado.com/2011-04-08/juan-ramon-rallo-que-son-los-tipos-de-interes-59200/">los tipos de interés</a> también se reducirán, con lo que la inversión aumentará; es decir,  pasarán a producirse más bienes de capital contratando a los factores  que habían quedado desempleados en las languidecientes industrias de  bienes de consumo.</p>
<p>Alto. Pero, ¿acaso no son las industrias de bienes de consumo las que  compran los bienes de capital (máquinas, productos intermedios, grúas,  patentes, material de oficina, ordenadores&#8230;)? Entonces, si las  industrias que producen bienes de consumo entran en crisis porque venden  menos, ¿acaso no reducirán sus compras a las industrias que fabrican  bienes de capital? ¿Para qué querrían éstas incrementar su producción?</p>
<p>No, no están locas. Que el consumo caiga significa que las empresas de  bienes de consumo ya no pueden vender una parte de sus mercancías al  mismo precio que antes. Si no rebajan los precios, parte del género se  les queda en las estanterías sin vender, pero si lo hacen, deja de  salirles a cuenta comercializar muchos de esos productos. ¿Callejón sin  salida? No. Toda empresa que vea minorar su margen de ganancia tiene dos  opciones: o comprar el mismo producto más barato a sus proveedores o  adquirirles un producto igual de caro pero de mayor calidad por el que  los consumidores estén dispuestos a pagar más. En ambos casos, el margen  de beneficio de estos productos vuelve a ser positivo: o los precios  caen pero los costes también lo hacen, o los costes se mantienen  constantes pero los precios de venta suben.</p>
<p>Así pues, sí existe una demanda potencial insatisfecha por parte de las  empresas de bienes de consumo y, en definitiva, por parte de los  consumidores: demandan bienes de consumo o más baratos o de mayor  calidad. Y es a esto a lo que se dedicarán los asequibles fondos y  recursos que quedan disponibles tras la minoración del gasto en consumo:  a fabricar más bienes de capital que, gracias a su superior  productividad, permitan producir en el futuro bienes de consumo más  baratos o de mayor calidad.</p>
<p>¿A qué creen que se están dedicando si no las compañías que ahora mismo  están buscando nuevos pozos de petróleo o minas de cobre,  experimentando con motores de gas más eficientes o investigando como  abaratar y perfeccionar las tabletas de los próximos cinco años?  Justamente a eso. ¿Piensa que su actividad sería más fácil si todos  consumiéramos aún más de lo que ya lo hacemos ahora? Es decir, ¿piensa  que su actividad sería más fácil si los tipos de interés se dispararan y  si, por tanto, les metiéramos más prisa para que concluyeran todos sus  proyectos? No, muchos los terminarían de forma chapucera a los pocos  meses y muchos otros ni siquiera los emprenderían.</p>
<p>Por este motivo, en contra de lo que piensan los subconsumistas, no  existe ninguna paradoja del ahorro: el ahorro es tanto individual como  socialmente beneficioso. Más ahorro incrementa nuestro patrimonio  individual y, también, la capitalización de toda la economía: es un  poquito menos de pan hoy a cambio de muchísimo más pan mañana. El  capitalismo no ha medrado sobre el consumismo, pues en tal caso las  sociedades más pobres del planeta –aquellas que para sobrevivir se ven  forzadas a consumir todo lo que tienen– serían las más ricas; ha  medrado, en cambio, sobre la virtud de la frugalidad de unas clases  bajas que se han ido convirtiéndose en medias y, en algunos casos, en  capitalistas.</p>
<p>Y ahora, la pregunta estrella: ¿podemos llevar este principio hasta el  extremo? ¿Acaso si todos dejáramos de consumir por completo la economía  no se desmoronaría? Pues depende de qué entendamos por &#8220;dejar de  consumir por completo&#8221;. Si con ello queremos decir que nunca más, jamás,  nadie sobre la faz de la tierra piensa volver a adquirir un bien de  consumo, entonces sí. Pero por un motivo elemental: producimos para  consumir (nota al margen: el ingenuo pensamiento keynesiano razona al  revés; consumimos para producir y para tener empleo en algo). Si nadie  quiere consumir ni hoy ni mañana, no hay objeto para que sigamos  produciendo; podemos tumbarnos todos el día a la bartola en lugar de  perder el tiempo y las energías en fabricar algo que nadie desea.</p>
<p>Pero si por &#8220;dejar de consumir por completo&#8221; entendemos, verbigracia,  abstenernos de consumir durante cinco años (en caso de que fuera  posible), entonces sí tendría sentido económico que durante esos cinco  años dejáramos de fabricar bienes de consumo (esto es, que las empresas  que los comercializaran y los ensamblaran cesaran en su actividad) y nos  concentráramos en producir unos excelentes y punteros bienes de capital  que nos permitieran dar a luz a fabulosos y baratísimos bienes de  consumo al cabo de esos cinco años. Es simple: a más ahorro, más riqueza  futura&#8230; siempre, claro, que valoremos y deseemos más esa riqueza  futura que convertirnos en unos austeros anacoretas.</p>
<p>No, el capitalismo no tiene nada que ver con el consumismo. Bueno, en  realidad una sola cosa: tanto nos ha enriquecido el ahorro de nuestras  generaciones pasadas que ahora, como nuevos ricos, podemos disfrutar de  más bienes de consumo de los que jamás soñaron disponer los faraones y  los monarcas absolutos. Eso es a lo que los carcas abuelos cebolletas de  30 ó 40 años llaman consumismo y lo que muchos de ellos consideran que  debería ser regulado o prohibido (es intolerable que la prosperidad del  capitalismo afee la progresista miseria del comunismo). Pero, en todo  caso, tengamos bien presente que el afluente consumo actual son los  frutos de las privaciones del consumo de ayer y anteayer. El consumo es  la cosecha, no la plantación. La plantación es el capital y el sistema  social de plantaciones empresariales que nos permite disfrutar de un  abundante y variado consumo es el capitalismo.</p>
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		<title>Consumismo estatal</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Dec 2006 02:26:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Juan de Mariana]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría del capital]]></category>

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		<description><![CDATA[Todos los años por estas fechas suelen aparecer mensajes en contra del insostenible consumismo al que nos abocan las grandes multinacionales capitalistas. A los ojos de estos austeros neocarcamales, los individuos estamos manipulados por la irresistible publicidad que elimina nuestra auténtica capacidad de elección; motivo que serviría para justificar la intervención y coerción del Estado sobre la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Todos los años por estas fechas suelen aparecer mensajes en contra del insostenible consumismo al que nos abocan las grandes multinacionales capitalistas. A los ojos de estos austeros neocarcamales, los individuos estamos manipulados por la irresistible publicidad que elimina nuestra <em>auténtica</em> capacidad de elección; motivo que serviría para justificar la intervención y coerción del Estado sobre la soberanía del consumidor.</p>
<p>Estos primitivistas desconocen por entero el <a href="http://www.juandemariana.org/comentario/739/">papel</a> del consumo en el sistema económico, ya que precisamente el capitalismo se basa en la acumulación de <em>capital</em> y por tanto en la necesidad de ahorrar (restringir el consumo) para invertir e incrementar nuestra riqueza.</p>
<p>Con todo, la parcialidad de sus críticas resulta aun más llamativa que su ignorancia económica. Si tanto les molesta el excesivo consumo de la sociedad, uno esperaría que una parte sustancial de sus críticas estuvieran dirigidas hacia uno de sus principales promotores: el Estado. Sin embargo, esta estructura compulsiva sólo recibe halagos y vergonzantes pleitesías por parte de estos enemigos de la soberanía del consumidor.</p>
<p>Baste esta lista no exhaustiva de intervenciones nunca criticadas por los supuestos anticonsumistas y que aun así contribuyen enormemente a incrementar el consumo de los individuos:</p>
<ol>
<li>La inflación: La continua pérdida de valor del dinero incentiva a que los individuos lo gasten cuanto antes. La inflación dificulta el ahorro y el atesoramiento de la riqueza en dinero, de ahí que convenga desprenderse de él cuanto antes. El Estado es culpable de la secular inflación debido a la instauración del dinero fiduciario y del continuo incremento de la masa monetaria no respaldada.</li>
<li>Reducciones del tipo de interés: Aunque la inflación sea su consecuencia más vistosa, las reducciones artificiales del tipo de interés promovidas por el Banco Central también permiten un incremento de la inversión por encima del ahorro real de la economía, esto es, un incremento del gasto en inversión sin que disminuya el gasto en consumo. Suponen por ello un consumo neto del capital acumulado sin que los individuos sean conscientes de ello.</li>
<li>Déficit público: El déficit público supone una captación de ahorro privado por parte del gobierno para emplearlo en gastos corrientes o en inversiones que no generan el flujo de ingresos necesario para amortizarlas; en otras palabras, son inversiones cuya rentabilidad se desconoce y que, por tanto, su mantenimiento se salda a través de ahorros que no son repuestos.</li>
<li>Propiedad colectiva: Todos aquellos bienes (como el agua) cuya privatización impide el Estado están sujetos a la famosa &#8220;tragedia de los comunes&#8221;, es decir, un consumo del valor del bien por encima de los fondos dedicados a amortizarlo. Ante la inexistencia de un derecho de propiedad, los distintos usuarios no destinarán <em>sus</em> ahorros a preservar un bien que otros usarán más adelante sin que él pueda impedirlo. Cada usuario exprimirá al máximo el bien sin tratar de conservarlo.</li>
<li>Pensiones públicas: Las pensiones públicas están basadas actualmente en un sistema de redistribución intergeneracional, por el cual los jóvenes trabajadores pagan su pensión a los jubilados. Dado que estos jóvenes trabajadores tienen una predisposición a ahorrar parte de su renta para el futuro y los jubilados tienen una tendencia a consumir durante sus últimos años de vida su renta disponible y acumulada, el sistema público de pensiones propicia el consumismo.</li>
<li>Subsidio de desempleo: Cuando una persona pierde su empleo debería reducir su consumo o seguir consumiendo con cargo a sus ahorros previos. Los subsidios de desempleo permiten al individuo carecer de cualquier tipo de ahorro (esto es, consumir la totalidad de la renta mensual percibida) y aun así seguir consumiendo cuando es despedido.</li>
<li>Subvenciones: Hay multitud de individuos y asociaciones (sindicatos, partidos políticos, cineastas…) que son incapaces de generar riqueza pero que, aun así, perciben una renta gracias a la gracia estatal. Obviamente, en estos casos el consumo es mucho mayor al que podían alcanzar sin subvención.</li>
<li>Renta básica: La renta básica consiste en un derecho universal a percibir una retribución incondicional por el Estado. Se habilita a todos los individuos a consumir aun cuando no produzcan ni hayan ahorrado previamente de un modo similar, pero más generalizado, al de las subvenciones.</li>
<li>Impuesto sobre sucesiones: El impuesto sobre sucesiones disminuye la riqueza que percibirán los herederos, de modo que los propietarios actuales tienden a reducir y dilapidar sus patrimonios en mayor medida. Dado que no pueden transmitirlo íntegramente a sus sucesores, el consumo presente se vuelve más intenso.</li>
<li>Impuesto de sociedades: El impuesto sobre sociedades grava los beneficios de la empresa y, por tanto, disminuye el montante de ahorro empresarial que podría haberse reinvertido. Dado que no se permite su capitalización, las compañías tienen una tendencia muy clara a incrementar todos los gastos deducibles (como el salario de los directivos, las cenas de empresa, los regalos de Navidad…) para disminuir la base imponible (los beneficios) y reducir la cuota efectivamente pagada.</li>
<li>Gravamen de las plusvalías: La tributación de las plusvalías es un caso claro de doble imposición, ya que el incremento del valor bursátil de la empresa proviene de la capitalización de unos beneficios que ya han sido gravados por el impuesto de sociedades. Aparte de esta duplicación del atraco, el impuesto sobre plusvalías disminuye la rentabilidad de la inversión y, por tanto, convierte el ahorro en una opción menos atractiva.</li>
</ol>
<p>Además existen dos diferencias esenciales entre el consumo privado y el consumo estimulado por el Estado: la voluntariedad y la auténtica sostenibilidad. Por un lado, el consumo privado es de carácter voluntario y pacífico, todas las partes de la transacción salen mutuamente beneficiadas; el consumo estatal se basa en la redistribución coactiva, el pillaje y la violencia. Por otro, las empresas destinan una porción de sus beneficios a amortizar sus estructuras productivas: un consumo por encima de ese mínimo capaz de regenerar los insumos empleados supone la depreciación progresiva de la compañía y su expulsión del mercado. En el caso del consumo inducido por el Estado la amortización ni siquiera es posible ya que el individuo que se ha de beneficiar de los servicios de la estructura productiva (o del montante de ahorros) no es el mismo encargado de amortizarla.</p>
<p>Casualmente ninguno de los autoproclamados enemigos del consumismo ha dedicado ni un segundo en criticar alguna de las intervenciones económicas que incentivan esta &#8220;plaga de nuestro tiempo&#8221;. Parece más bien que el consumismo sea sólo una excusa vistosa para reclamar que el Estado cercene nuestra libertad de elección y estrangule el capitalismo.</p>
<p>Consuman y ahorren cuanto quieran durante estas fechas: un deseo que va mucho más allá de lo que les permite el Estado y de lo que los tontos útiles del auténtico consumismo insostenible están dispuestos a tolerar.</p>
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