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	<title>Juan Ramón Rallo &#187; Nosotros: los austriacos</title>
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		<title>Míster Libertarian</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 19:16:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libertad Digital]]></category>
		<category><![CDATA[Nosotros: los austriacos]]></category>

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		<description><![CDATA[A diferencia de Hayek, el otro gran discípulo de Ludwig von Mises no fue austriaco, sino estadounidense. No fue un liberal clásico al uso, sino un convencido anarcocapitalista. No trató de hacer concesiones fusionistas con las corrientes económicas mayoritarias, sino que las atacó sin piedad. No tenía una mente dispersa en múltiples campos, sino sistemática [...]]]></description>
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<p><img class="alignleft" src="http://s.libertaddigital.com/fotos/noticias/rothbard3.JPG" alt="" width="143" height="200" />A diferencia de Hayek, el otro gran discípulo de Ludwig von Mises no fue  austriaco, sino estadounidense. No fue un liberal clásico al uso, sino  un convencido anarcocapitalista. No trató de hacer concesiones  fusionistas con las corrientes económicas mayoritarias, sino que las  atacó sin piedad. No tenía una mente dispersa en múltiples campos, sino  sistemática y maestra en todos ellos. No creía en los cambios graduales  sino que, como Lord Acton y Leon Trotski, abogaba por la &#8220;revolución  permanente&#8221;.</p>
<p>Murray Newton Rothbard es, sin duda alguna, el más representativo de la  segunda generación de los discípulos de Mises. Si la primera –con  Hayek, Machlup, Haberler o Morgenstern– se había fraguado en los  círculos intelectuales de Viena durante la década de los 20, esta  segunda se constituyó en Nueva York durante los años 50 y comprendió,  aparte de a Rothbard, a otros eminentes académicos como Israel Kirzner,  George Reisman, Hans Sennholz o Louis Spadaro.</p>
<p>Si en nuestra <a href="http://agosto.libertaddigital.com/mises-creador-de-un-sistema-1276238093.html">pequeña biografía</a> de Mises ya tuvimos que advertir que unas pocas páginas no iban a hacer  justicia a todas sus contribuciones económicas y en la de Hayek  mencionamos la variedad de disciplinas a las que recurrió para  justificar su teoría de los órdenes espontáneos, en el caso de Rothbard  hay que empezar señalando que el estadounidense trató de dominar y de  reformular un sinfín de materias: economía, ética, filosofía política,  política, metodología, historia económica, historia del pensamiento  económico o historia estadounidense fueron sólo algunos de los temas  sobre los que escribió prolijamente.</p>
<p>Suele decirse que tal cantidad de escritos sólo pudo ser acometida por cuatro o cinco <em>Rothbards</em> distintos, especializados cada uno de ellos en un área del conocimiento  concreta; aunque, todo hay que decirlo, la hipótesis de Walter Block,  uno de los seguidores y amigos de Rothbard, parece más verosímil: el  estadounidense era capaz de escribir a una media de <a href="http://mises.org/content/blockonmnr.asp">ocho páginas por hora</a>.</p>
<p>Aún así, lo cierto es que los dos grandes temas del pensamiento  rothbardiano, de los cuales nacen por combinación todos los restantes,  son la praxeología y la filosofía política.</p>
<p><strong>Su teoría económica</strong></p>
<p>El estadounidense, pese a sus diversos intereses, fue sobre todo un  economista. Un excelente economista, diría yo –pese a que discrepo en  varios asuntos fundamentales de su teoría monetaria–, distinguido en  todo momento por su rigor y sistemática. Tengamos presente que Rothbard  publica su gran tratado de economía, <em><a href="http://mises.org/rothbard/mes.asp">El hombre, la economía y el Estado</a>,</em> a la edad de 36 años. Lo que empezó como una guía académica para comprender la <a href="http://libros.libertaddigital.com/el-libro-que-me-convirtio-en-economista-1276236938.html"><em>Acción Humana</em></a> fue engordando hasta transformarse en un volumen de más de mil páginas que el propio Mises <a href="http://mises.org/efandi/ch36.asp">describió</a> como &#8220;una contribución trascendental para la economía&#8221;.</p>
<p>Como  digo, si algo caracteriza a la teoría económica de Rothbard es su  robótica sistemática y su extremo rigor metodológico. En cuanto a lo  primero, cualquier lector de su tratado de economía comprobará lo  cuidado y meticuloso del lenguaje de Rothbard frente al mucho más  literario estilo de Mises. Si el austriaco sistematizó las ideas, el  estadounidense se encargó de sistematizar los razonamientos. A la luz de  Rothbard, el sistema miseano exhibe con enorme claridad toda su  consistencia interna (entre las diversas partes de la teoría) y externa  (con la realidad).</p>
<p>Precisamente, esta consistencia es la otra gran característica que  impregna todo el libro: Rothbard no busca atajos en sus razonamientos,  sino que les exige a todos ellos que pasen el test de ser compatibles  con el resto de teoremas y con la realidad. Su rigor metodológico es  extremo. El estadounidense tenía muy claro que, en contra de lo que  proponían otros economistas como Milton Friedman, la función esencial de  la economía no es la de predecir el futuro, sino la de explicar la  realidad. Nunca soportó demasiado bien que la mayoría de economistas  partieran de supuestos irreales con tal de convertirse en algo así como  &#8220;buenos predictores&#8221;.</p>
<p>Si los positivistas se escudaban en la extrema complejidad de los  fenómenos que estudia la economía para defender sus irreales  simplificaciones, Rothbard objetaba con razón que precisamente por esa  complejidad, resultaba absurdo ir arrastrando errores en cada sucesivo  razonamiento; construir sobre errores, simplificaciones e irrealidades  sólo nos conduciría a desarrollar oscuras y abstractas modelizaciones  con las que nos sería imposible comprender el complejo mundo en el que  nos movemos y, por consiguiente, incluso realizar la más mínima  predicción exitosa.</p>
<p>El realismo que exigía Rothbard a la teoría económica era exquisito y  absoluto, dado que una premisa falsa podía arrastrarnos a conclusiones  igualmente falsas, aun aplicando adecuadamente el razonamiento lógico.  Sus reflexiones sobre el método de la economía se encuentran recopiladas  en los dos volúmenes de <em>La lógica de la acción</em> y, más en particular, en su famoso artículo <em><a href="https://mises.org/rothbard/toward.pdf">Hacia una reconstrucción de la utilidad y de la economía del bienestar</a>.</em></p>
<p>Básicamente,  Rothbard, a diferencia de Mises, parte de que la acción humana es un  axioma de cuya verdad somos conscientes de manera empírica: los seres  humanos sabemos que el actuar forma parte de nuestra naturaleza gracias a  nuestra experiencia. Sobre este axioma y alguna otra hipótesis empírica  auxiliar (la diversidad de recursos y habilidades en la sociedad  humana) Rothbard, muy en línea con la <em>Acción Humana</em>, desarrolla  toda la restante teoría económica pero respetando siempre ciertos  límites: la economía y la ética son disciplinas distintas (si bien la  primera puede influir en la segunda, pues no puede ser ético aquello que  resulta imposible); la psicología y la economía estudian campos  distintos pero complementarios (de ahí que, en realidad, la praxeología  no necesite asumir un dualismo cuerpo-mente, ni siquiera en las  versiones más relajadas del teatro cartesiano) y lo que le interesa a la  economía no son estados mentales, sino las decisiones y preferencias  que se materializan en la acción concreta (la preferencia demostrada);  la utilidad es un fenómeno ordinal no cuantificable que se manifiesta en  la acción y por tanto no pueden efectuarse comparaciones  intersubjetivas de utilidad; la indiferencia es un fenómeno psíquico, no  económico, pues al actuar se demuestra siempre que se prefiere una  opción frente al resto.</p>
<p>Fijémonos en cómo algunas de estas limitaciones en pos del realismo  restringen mucho el campo del intervencionismo estatal. Si no podemos  realizar comparaciones intersubjetivas de utilidad, entonces no es  posible afirmar en términos económicos que la redistribución de la renta  mejora el bienestar general. O si nuestras preferencias sólo se  materializan en la acción, entonces resulta imposible afirmar  económicamente que un grupo de individuos quiere que se provea un bien  que ni se ha provisto ni se va a proveer en ausencia de la intervención  del Estado (bien público).</p>
<p>Por supuesto, seríamos muy ingenuos si creyéramos que los  intervencionistas van a aceptar que sus teorías se han visto refutadas  por un simple error de forma. La crítica económica a las  redistribuciones de renta, a las externalidades o a los bienes públicos  debe ir mucho más allá que a descartarlos de entrada por no tener encaje  en una teoría económica realista y subjetivista. De hecho, muy  probablemente incluso se podría hallar  ese encaje, pero la crítica de  Rothbard sí revela dos cosas: que los intervencionistas han popularizado  sus teorías sin que se hayan tenido que esforzar en pulir su realismo  (lo que, a su vez, revela una agenda más política que económica) y que  generalmente las violaciones del realismo preceden a violaciones de la  ciencia y las violaciones de la ciencia a violaciones de la libertad.</p>
<p>Tan sólo esta traducción de la <em>Acción Humana</em> a un formato más sistemático y riguroso si cabe (tanto que en ocasiones  se pierde parte de la profundidad analítica de Mises) ya convertiría a <em>El hombre, la economía y el Estado</em> en una excepcional y muy recomendable obra. Pero, además, Rothbard  realiza dos novedosas y esenciales contribuciones a la economía que no  estaban presentes en el libro de Mises: en concreto, sus teorías sobre  el monopolio y sobre los límites del cálculo económico.</p>
<p>En cuanto a lo primero, Mises había admitido como posible, aunque muy  improbable, la existencia de monopolios en un mercado libre. Su análisis  no se diferenciaba en lo sustancial del neoclásico predominante (aunque  sí en algún punto clave en torno a los costes sociales del monopolio).  Rothbard, en cambio, completó la intuición hayekiana de que la  competencia debe estudiarse no como un estado, sino como un proceso de  rivalidad para lograr el favor de los consumidores. En este sentido, el  estadounidense lanza por la borda la célebre distinción entre &#8220;precio de  competencia&#8221; y &#8220;precio de monopolio&#8221;, argumentando que en la realidad  resultan indistinguibles bajo criterio alguno: el único precio que  existe es el de mercado y a él debe restringirse la ciencia económica.  Para Rothbard, el único monopolio que existe es el creado por el Estado  (el propio Estado es un monopolio, de hecho) y todas las otras formas de  organización empresarial son simples estrategias –incluyendo las  fusiones o los tan denostados cárteles– que tratan de beneficiar en  última instancia al consumidor.</p>
<p>Por otro lado, Rothbard complementa el teorema de la imposibilidad del  socialismo de Mises al descubrir que el problema no es específico del  comunismo, sino de todo sistema de organización económica donde los  factores productivos carezcan de precios de mercado. En otras palabras,  los empresarios tampoco serán del todo capaces de practicar el cálculo  económico en el sistema capitalista si algunos factores productivos  carecen de mercado y, por tanto, de precio (por ejemplo, un bien de  capital muy específico desarrollado por una empresa para su uso  interno).</p>
<p>Las implicaciones de este descubrimiento son múltiples, pero están muy  relacionadas con el tamaño óptimo de las empresas: dado que cuanto más  grandes sean las compañías, peor podrán redistribuir su capital, no es  cierto que en el mercado exista una tendencia hacia el crecimiento  ilimitado de las empresas (o el monopolio único, en lenguaje marxista).  Los gestores de ese monopolio único privado se enfrentarían a problemas  análogos a los de un comité de planificación central en el socialismo.</p>
<p>Del resto de la obra –aparte de la interesante ampliación que hace del libro <em>Precios y Producción</em> de Hayek, su clarificación del concepto de preferencia temporal de  Böhm-Bawerk siguiendo al economista Frank Fetter, o su irregular teoría  monetaria, mucho más cuantitativista de lo que él era consciente–  destaca su despiadada crítica a todo tipo de intervencionismo económico  en unos capítulos que originalmente fueron publicados como un libro  aparte –<em>Poder y mercado. </em></p>
<p>Rothbard no ataca aquí el intervencionismo por ser contrario a los  derechos del ser humano, sino, en línea con Mises, por no ser capaz de  resolver los problemas hacia los que supuestamente se dirige. Sin  embargo, para el estadounidense, esta crítica utilitarista contra el  estatismo no era suficiente. Al fin y al cabo, argumentaba Rothbard, el  objetivo de las intervenciones del Estado no tiene por qué ser el  declarado (por ejemplo, acabar con la carestía de un producto imponiendo  un precio máximo a su venta), sino simple y llanamente acrecentar el  poder de la clase política (objetivo éste que sí cumplían con bastante  éxito). Tampoco le valía a Rothbard el argumento antirracionalista de  Hayek según el cual debemos respetar las instituciones que emergen  espontáneamente por contener éstas una cantidad de información que  ningún ser humano individual es capaz de procesar; al fin y al cabo,  decía, en muchas ocasiones esta sumisión ciega a la costumbre y a la  experiencia recibida podría convertirse en la dictadura del statu quo  (¿habría que haber conservado la institución de la esclavitud?).</p>
<p><strong>Su filosofía política</strong></p>
<p>El estadounidense, pues, se ve impulsado a justificar y asentar la  necesidad de libertad en la doctrina de los derechos naturales  aristotélico-tomista que su maestro Mises tanto detestaba por  considerarla pura superstición. Rothbard pensaba que sí era posible  deducir una serie de normas o pautas generales a partir de la naturaleza  del ser humano: hay ciertos principios que deberían observar todas las  formas de organización social que quieran minimizar los conflictos y  sobrevivir, sin que esta reflexión suponga un intento por construir  hiperracionalistamente las instituciones concretas por las que deben  regirse y coordinarse. En particular, el derecho básico de todo ser  humano es para Rothbard el de la autopropiedad: cada individuo tiene el  derecho a controlar su propio cuerpo y a establecer relaciones con su  entorno (apropiárselo), lo que implica que carecerá de derechos para  controlar los cuerpos y las propiedades ajenas (principio de no  agresión).</p>
<p>En <em><a href="http://mises.org/rothbard/ethics/ethics.asp">La ética de la libertad</a>,</em> Rothbard desarrolló todo este sistema ético hasta sus últimas  consecuencias: el Estado, al asentarse en el expolio sistemático de la  propiedad ajena, es el mayor criminal que existe y por tanto debería  desaparecer. Fusionando la ética del derecho natural con el anarquismo e  individualismo radical de ciertos autores estadounidenses como Benjamin  Tucker, Lysander Spooner o Albert Jay Nock y, sobre todo, con las ideas  del pionero economista belga <a href="http://www.libertaddigital.com/ilustracion_liberal/articulo.php/709">Gustav de Molinari</a>, Rothbard dio carta de naturaleza al movimiento anarcocapitalista dentro de la Escuela Austriaca.</p>
<p>Con estas dos armas –la filosofía política y la praxeología–, Rothbard  creía tener suficiente para desatar una ofensiva sin cuartel contra el  Estado (por ejemplo, en su panfletario <em>Hacia una nueva libertad: el manifiesto libertario)</em>.  Si el Estado es contrario a los derechos del ser humano y además reduce  su prosperidad, no hay motivo para que siga existiendo un minuto más.  El estadounidense se declaraba incluso partidario de pulsar un  hipotético botón rojo que suprimiera todas las instituciones políticas  ipso facto.</p>
<p>Y es aquí, me temo, donde el análisis hayekiano sí tiene bastante que  decir: porque al margen de que la crítica económica que efectúa Rothbard  contra la provisión de defensa por parte del Estado sea muy endeble, la  eliminación del aparato estatal de la noche a la mañana dejaría a  nuestras sociedades desprovistas de un mecanismo por el que (más mal que  bien) se coordinan a día de hoy. La destrucción revolucionaria del  Estado llevaría a la anarquía en su peor sentido (a la ausencia de un  orden espontáneo) aun cuando podamos suponer que en algún largo plazo la  sociedad se reorganizaría bajo directrices liberales y antiestatistas  (o no).</p>
<p>Parece más lógico, y compatible con la naturaleza humana, suponer que  si el Estado llega a desaparecer algún día (y aquí hace falta bastante  más investigación científica, no sólo económica, que justifique esta  esperanza) será de manera gradual. Porque sí, la URSS se derrumbó de la  noche a la mañana, pero las instituciones que la sustituyeron (mercados  más o menos libres y ordenamientos jurídicos) eran fruto de la evolución  de centurias.</p>
<p>Aún así, la filosofía política de Rothbard ha resultado una rica fuente  de inspiración para muchos científicos sociales, al permitirles abrir  al máximo sus horizontes de investigación. Hoy, por fortuna, disponemos  de una creciente literatura sobre lo que Michael Polanyi llamó &#8220;órdenes  policéntricos&#8221; (diversidad de centros de jurisdicción que interactúan en  un mismo territorio sin un árbitro último que resuelva  monopolísticamente sus conflictos) y sobre alternativas en apariencia  viables a todas o casi todas las funciones del Estado. La filosofía  política de Rothbard, pues, más que un punto de llegada o confluencia de  tradiciones diversas, debe ser observada como un punto de partida para  un <a href="http://analyticalanarchism.net/wp-content/upLoads/Boettke-Anarchism-as-a-Progressive-Research-Program.pdf">programa de investigación</a> mucho más amplio (y que, en parte, aún está en pañales).</p>
<p><strong>Otras contribuciones</strong></p>
<p>En cualquier caso, toda la vida personal y profesional de Rothbard giró  sobre estos dos ejes: la praxeología austriaca y la ética anarquista.  Su valiosa reinterpretación de la Gran Depresión estadounidense (que  Paul Johnson utiliza como principal referencia para este episodio  histórico en <em>Tiempos Modernos</em>) es una forma de demostrar cómo  la teoría austriaca del ciclo económico explicaba a la perfección  aquella crisis; su muy completa <em>Historia del Pensamiento Económico</em>,  si bien nutrida en demasía de fuentes secundarias, es una manera de  alertar a los economistas de que el avance científico no es progresivo y  de que en la historia de nuestra ciencia han sido más frecuentes los  consensos en torno a teorías falsas que en torno a las verdades  fundamentales que luego iría desarrollando la Escuela Austriaca; sus <em>Qué  ha hecho el gobierno con nuestro dinero, El caso contra la Fed, Una  historia monetaria y bancaria de Estados Unidos o El misterio de la  banca</em> son estudios detallados –en ocasiones demasiado  conspiranoicos– sobre cómo el Estado ha ido pervirtiendo la institución  del dinero para sufragar sus dispendios y beneficiar a la plutocracia  bancaria; y su <em>Concebidos en libertad</em> es una reinterpretación histórica de la revolución americana a la luz del liberalismo radical.</p>
<p>Pese a su antiestatismo militante, no fue reacio a meterse en política y  a aliarse con cualquier movimiento que circunstancialmente le sirviera,  con más pena que gloria, para promover objetivos liberales (si bien  casi siempre estuvo en la órbita del Partido Libertario estadounidense).  En política exterior, era un decidido aislacionista partidario de la  neutralidad de Estados Unidos; nunca vio con buenos ojos, todo lo  contrario, las guerras &#8220;democratizadoras&#8221; que a modo de cruzadas  desarrollaba el gobierno para pacificar el planeta y constituir un  imperio republicano. En política interior, buscaba desarmar por entero  el Estado de Bienestar (no aceptaba medias tintas como el cheque escolar  de Friedman) y regresar al patrón oro con tal de constreñir el gasto y  el endeudamiento públicos. En definitiva, sus bestias negras en política  eran el <em>Warfare</em> y el <em>Welfare State</em>; a su juicio, dos caras de la misma moneda.</p>
<p>Murray  Rothbard murió en 1995, a la temprana edad de 68 años. Tras de sí nos  dejó no sólo una muy variada obra (en temas y en calidad), sino también  un think tank, el <a href="http://mises.org/">Mises Institute</a>, que,  pese a todos sus defectos, es el centro que más ha hecho hasta la fecha  por promover y facilitar el acceso a las ideas austriacas por todo el  mundo. Aunque probablemente nunca alcanzará la fama de Mises o de Hayek,  sería imposible concebir la pujanza, la claridad y la solidez del  pensamiento austriaco actual sin su labor.</p>
<p>Por fortuna, las líneas de investigación que abrieron <a href="http://agosto.libertaddigital.com/hijo-de-alemanes-padre-de-austriacos-1276238074.html">Menger</a>, <a href="http://agosto.libertaddigital.com/el-tiempo-es-oro-1276238084.html">Böhm-Bawerk</a>, <a href="http://agosto.libertaddigital.com/mises-creador-de-un-sistema-1276238093.html">Mises</a>, <a href="http://agosto.libertaddigital.com/hayek-y-el-surgimiento-del-orden-libre-1276238100.html">Hayek</a> y Rothbard siguen siendo exploradas, ampliadas, reformuladas y  enriquecidas por miles de economistas en todo el mundo. Sus obras son y  seguirán siendo referencias esenciales para todos aquellos interesados  en la economía y en todas las disciplinas conexas a la misma. Estoy  convencido de que es dentro de este paradigma donde podemos encontrar y  seguiremos encontrando una respuesta válida a gran parte de nuestros  problemas contemporáneos. En parte –sólo en parte– que seamos capaces de  defender en la teoría y en la práctica nuestra libertad en el futuro  dependerá de que vayamos absorbiendo y difundiendo intelectualmente los  escritos de estos cinco gigantes intelectuales y de sus muchos  brillantes discípulos.</p>
</div>
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		<title>Hayek y el surgimiento del orden libre</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 19:14:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Nosotros: los austriacos]]></category>

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		<description><![CDATA[Friedrich Hayek es probablemente el autor más conocido de la Escuela Austriaca, en buena medida por haber recibido el Premio Nobel de Economía en 1974. Sin embargo, y pese a ser el único austriaco con tal distinción en su palmarés, Hayek fue mucho más que un economista; de hecho, él mismo se encargaba de advertir [...]]]></description>
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<p><img class="alignleft" src="http://s.libertaddigital.com/fotos/noticias/hayek1.jpg" alt="" width="157" height="200" />Friedrich Hayek es probablemente el autor más conocido de la Escuela  Austriaca, en buena medida por haber recibido el Premio Nobel de  Economía en 1974. Sin embargo, y pese a ser el único austriaco con tal  distinción en su palmarés, Hayek fue mucho más que un economista; de  hecho, él mismo se encargaba de advertir que &#8220;un economista que sea sólo  economista no puede ser un buen economista&#8221;.</p>
<p>Con el paso de los años, sus intereses y estudios fueron abarcando  campos tan aparentemente diversos e inconexos como el derecho, la  psicología, la filosofía política, la teoría de la información, la  sociología, la antropología o la metodología de la ciencia.</p>
<p>Uno podría temer que, ante tal variedad de objetos de estudio, Hayek  fuera más bien una mente dispersa, caótica y poco sistemática a la que  le fue imposible profundizar lo suficiente en alguna de estas  disciplinas. Sin embargo, y por mucho que haya algo de cierto en  semejante diagnóstico, la gran preocupación intelectual de su vida no  fue tanto lograr un conocimiento completo en cada una de estas materias,  cuanto utilizarlas para explicar un aspecto muy concreto de nuestro  mundo: cómo emerge el orden (o, más bien, los órdenes).</p>
<p>La de Hayek fue una travesía intelectual que comenzó en Viena. Después  de pasar por los cursos del discípulo menos mengeriano de Carl Menger,  Friedrich Wieser, empezó a trabajar en una agencia estatal dedicada a  saldar las deudas privadas tras la Primera Guerra Mundial. Fue allí  donde conoció a quien entonces era su director, la persona que se  convertiría en su gran maestro y la que de una manera más crucial  determinó su carrera como economista: <a href="http://agosto.libertaddigital.com/mises-creador-de-un-sistema-1276238093.html">Ludwig von Mises</a>.</p>
<p>Era la década de los 20, Mises ya había publicado sus dos grandes aportaciones a la ciencia económica: su <em>Teoría del dinero y de los medios fiduciarios </em>y <em>Socialismo.</em> Hayek, tras una corta estancia en EEUU, supo sacar un enorme provecho a  la relación personal e intelectual con Mises, sobre todo gracias a sus  participaciones en el seminario privado que impartía éste y al que  también acudían otros egregios economistas como Machlup, Haberler,  Morgenstern o Schutz. No es casualidad que toda la producción  intelectual de Hayek durante casi dos décadas no fuera más que un  intento de perfeccionar las dos áreas en las que había centrado su  atención Mises: la teoría de los ciclos económicos y el teorema de la  imposibilidad del socialismo.</p>
<p>Pese  a que Mises pensaba que Hayek era la persona que más fiel se había  matenido a sus ideas, éste no estaba plenamente satisfecho con el  tratamiento que su maestro les había dado en sus libros. No tanto porque  considerara incorrectas las conclusiones a las que había llegado, sino  por los argumentos que ofrecía para respaldarlas.</p>
<p>Por un lado, Hayek deseaba ampliar la explicación de los ciclos  económicos para compatibilizarla con el cada vez más empleado concepto  de &#8220;equilibrio económico&#8221; y también para vincular la causa de las crisis  no tanto a los bancos centrales cuanto a la propia existencia de un  sistema crediticio gestionado por bancos. Por otro, el austriaco temía  que el argumento de Mises contra el socialismo pecaba de excesivamente  racionalista –apelaba a la razón y a la racionalidad de los individuos  para <em>comprender</em> por qué el socialismo no podía funcionar– y  trató de reconducirlo a un problema más general de falta de información  por parte de los planificadores centrales.</p>
<p>Esta no siempre acertada reformulación hayekiana de la obra de Mises  alcanzó mucha mayor difusión que la propia obra de Mises, especialmente  en el mundo anglosajón. La razón es sencilla de comprender: a comienzos  de la década de los 30, el director del Departamento de Economía de la  London School of Economics (LSE), Lionel Robbins, buscaba a un profesor  que cumpliera tres características: ser extranjero para así enriquecer  una plantilla predominantemente inglesa; estar volcado en trabajos  teóricos para poder contrarrestar la producción mayoritariamente  empírica de los fabianos que poblaban la LSE; y ser capaz de combatir a  la cada vez más influyente figura de John Maynard Keynes. Desde luego,  era un puesto hecho a la medida de Hayek: un austriaco centrado en la  teoría económica que además acababa de publicar una extensa crítica  contra las falacias subconsumistas de dos demagogos estadounidenses hoy  ya caídos en el olvido –William Foster y Waddill Catching– que  resultaban enormemente parecidas a las soflamas keynesianas.</p>
<p>De  ahí que, tras ser invitado a dar cuatro clases sobre las crisis  económicas –de cuya recopilación salió una de sus obras más conocidas, <em>Precios y Producción–, </em>Hayek  obtuviera una plaza fija en la LSE desde la que pudo combatir con más  notoriedad tanto las reiteradas falacias de Keynes como la propaganda de  los economistas socialistas que trataban de justificar a la desesperada  que el cálculo económico sí era posible bajo el comunismo.</p>
<p>La batalla intelectual que libró contra el intervencionismo durante la  década de los 30 le resultó ciertamente frustrante y agotadora. No ya  porque quiso luchar con elegancia y rigor lo que en muchos casos sólo  era un alud de propaganda económica dedicada a justificar el creciente  rol dirigista del Estado durante la Gran Depresión –la crítica que  escribió contra el <em>Tratado del Dinero</em> de Keynes fue tan  devastadora que el de Cambridge dejó de responderle antes de que se  publicara la segunda parte de su reseña aduciendo que estaba buscando  otras bases para respaldar sus conclusiones–, sino porque se dio cuenta  de que si la ciencia económica resultaba de alguna forma compatible con  tantas falacias era porque se encontraba viciada de raíz.</p>
<p><strong>La gran transformación</strong></p>
<p>Dos fueron las críticas que le hicieron replantearse el status  científico de la economía. Una, procedente de su colega Morgenstern,  sostenía que el concepto de equilibrio que Hayek se había empeñado en  inocular a la teoría miseana del ciclo económico estaba incorrectamente  definido: Hayek, siguiendo la corriente mayoritaria de su tiempo,  afirmaba que para alcanzar el equilibrio era necesario que los agentes  fueran capaces de prever perfectamente el futuro, pero Morgenstern  demostró –con su famoso caso de Holmes contra Moriarty– que el supuesto  de previsión perfecta implicaba una parálisis de toda acción y, por  ello, resultaba incompatible con cualquier definición de equilibrio. La  otra réplica provino de un socialista inglés, H. D. Dickinson, para  quien los sistemas comunistas podían ser viables si la posición deseada  de equilibrio económico se representaba a través de un sistema de  ecuaciones matemáticas de cuya resolución pudieran extraerse los precios  con los que realizar el cálculo económico.</p>
<p>Pese a que ninguna de las dos críticas desvirtuaba en lo más mínimo el  edificio intelectual de Mises, Hayek sí se vio forzado a replantearse el  concepto de &#8220;equilibrio económico&#8221; y es muy probable que, al hacerlo,  emprendiera lo que Bruce Caldwell ha llamado su &#8220;gran transformación&#8221;  intelectual.</p>
<p>Así, en 1937, el austriaco publicó el artículo al que él mismo atribuye su giro intelectual, <em><a href="http://www.virtualschool.edu/mon/Economics/HayekEconomicsAndKnowledge.html">Economía y Conocimiento</a></em>,  donde redefinió &#8220;equilibrio&#8221; como aquella situación en la que los  planes de los individuos se vuelven compatibles entre sí gracias a que  todos tienen una previsión correcta (que no perfecta) de lo que van a  hacer el resto. Pero esta nueva definición, que superaba las objeciones  planteadas por Morgernstern, sólo sirvió para que Hayek se planteara una  nueva pregunta a la cual dedicó el resto de su vida: bajo qué  condiciones resulta realista suponer que los individuos van a  compatibilizar sus planes al ser capaces de anticipar con razonable  seguridad qué piensan hacer el resto de individuos.</p>
<p>Es decir, la cuestión central en el pensamiento hayekiano que se  plantea por primera vez en este seminal artículo es cómo resulta posible  que cada individuo se coordine de manera exitosa con el resto de la  sociedad sin que nadie esté &#8220;al mando&#8221; para organizarlos a modo de  piezas de un engranaje superior: cómo emergen los órdenes de manera  espontánea y no planificada.</p>
<p>Hayek  no responde en el artículo a esta importante pregunta, a la que eleva a  la tarea central de la investigación económica, pero sí lo hará durante  los siguientes 50 años: entre muchas otras obras, en 1948 publica <em>Individualismo y orden económico; </em>en 1952 <em>El orden sensorial;</em> y en 1973 <em>Normas y orden</em> (el primer volumen de su trilogía <em>Derecho, legislación y libertad</em>).  Fijémonos cómo la palabra &#8220;orden&#8221; aparece en el título de los tres  libros, lo que nos indica que Hayek concibió la existencia de al menos  tres órdenes crecientes en complejidad: el orden psicológico, el orden  individual y el orden grupal.</p>
<p><strong>Los tres órdenes</strong></p>
<p>El primero, el sensorial o psicológico, permite a cada individuo  alcanzar percepciones coherentes y consistentes a partir del maremágnum  de datos y estímulos externos que recurrentemente experimenta. Para  Hayek, la mente actúa como un &#8220;clasificador&#8221; de nuestras sensaciones, lo  que permite dar significados distintos a hechos externos aparentemente  iguales (no obtenemos la misma sensación ante el color naranja de una  fruta que ante el color naranja de un automóvil). Lo característico de  la mente es que las categorías que clasifican los datos externos no  están dadas, sino que van ampliándose, reformulándose, recombinándose y  evolucionando a través de nuestra experiencia (si bien Hayek admite, en  línea con la moderna psicología evolucionista, que una cierta estructura  de la mente está dada genéticamente y no puede modificarse).</p>
<p>Este orden sensorial, sin embargo, no es suficiente para que los  individuos logren coordinarse y entenderse entre sí. Aunque una cierta  empatía será posible –sobre todo cuando las personas se ven sometidas a  experiencias parecidas–, la base genética y el conocimiento y las  sensaciones que adquiere cada individuo son propios, por lo que en la  mayoría de los casos nos será imposible predecir cuál será la respuesta  que darán otras personas ante un determinado estímulo externo.</p>
<p>Para conseguir una mayor coordinación entre individuos, es necesario  estudiar cómo se conforma el orden individual y aquí la respuesta que  ofrece Hayek es múltiple. Por un lado, el orden dentro de una economía  se logra mediante la información que &#8220;transportan&#8221; un conjunto de  precios surgidos de la rivalidad y competencia entre los agentes; a  través del cálculo económico que permiten esos precios, cada individuo  puede conocer dónde resultan más valiosos sus esfuerzos para otros  individuos y, por tanto, coordinarse con ellos. Por otro, el orden  dentro de una sociedad se alcanza a través de instituciones espontáneas  como el lenguaje, el derecho, el dinero, la moral o la religión que  favorecen que los individuos se sometan a pautas de comportamiento  comunes que vuelven sus decisiones más previsibles y comprensibles para  el resto, favoreciendo así su coordinación y cooperación.</p>
<p>A  través de las instituciones (en el fondo, el mercado libre es también  una institución), los individuos pueden interactuar en sociedad y a  través de esta interacción, modifican y perfeccionan el contenido de  esas instituciones (se van volviendo cada vez más útiles para coordinar a  los individuos). Por ello, para el austriaco, ni el derecho, ni el  lenguaje, ni el dinero son resultado de la construcción de nadie (de ahí  que, por ejemplo, defendiera <em>la desnacionalización del dinero</em>),  sino fruto de las consecuencias no intencionadas de las acciones de  todo el grupo social (un argumento que procede de la ilustración  escocesa y, sobre todo, de <a href="http://agosto.libertaddigital.com/hijo-de-alemanes-padre-de-austriacos-1276238074.html">Carl Menger</a>).</p>
<p>Pero Hayek no se queda en el análisis de cómo los individuos alcanzan el orden <em>dentro del</em> grupo, sino que también concibe la existencia de un orden de cada grupo  con respecto a otros grupos. En ocasiones, la supervivencia de una  sociedad dependerá de la adopción de normas que si bien no son  necesariamente beneficiosas para ningún sujeto dentro del grupo, sí lo  son para que el grupo permanezca unido y pueda coordinarse con otros  grupos (dentro de esta categoría se incluirían, por ejemplo, la  provisión de bienes públicos, las redes de solidaridad o incluso la  propia configuración de la organización política estatal). Hayek cree  que este orden grupal se irá generando por simple evolución y  supervivencia de los órdenes institucionales más eficientes: los peores  conjuntos de instituciones tenderán a ser barridos por los mejores.</p>
<p><strong>Socialismo, metodología y filosofía política</strong></p>
<p>En la complejidad de estos tres órdenes se encuentra el germen de la  crítica de Hayek al socialismo: dado que es imposible para un  planificador o grupo de planificadores aprehender y procesar toda la  información dispersa que es privativa de cada individuo, el comunismo no  será capaz de crear deliberadamente una &#8220;organización&#8221; que pueda  coordinar de manera satisfactoria y mutuamente beneficiosa a todas las  personas a lo largo del tiempo. El socialismo es un simple ejercicio de <em>fatal arrogancia</em> que desconoce los límites de la razón y de la planificación del ser humano.</p>
<p>También aquí podemos ubicar la posición metodológica de Hayek: si bien  rechaza el apriorismo extremo de Mises –en ocasiones de manera un tanto  apresurada y equivocada–, el austriaco sí reconoce la existencia de dos  grandes grupos de ciencias, las que estudian fenómenos simples (como la  física) y las que estudian fenómenos complejos (como la economía o la  sociología). No es tanto que la economía sea <em>menos ciencia</em> que la física (hoy se la llama <em>soft science</em>),  sino que su objeto de estudio son fenómenos mucho más complejos. Por  ese motivo, constituye un gran error aplicar los métodos  reduccionistamente experimentales de las ciencias simples a las ciencias  complejas (Hayek llamó a este vicio el <em>cientismo</em> y a su crítica dedicó todo el libro de <em>La contrarrevolución de la ciencia) </em>e  incluso –y aquí se distanciaba de su amigo Karl Popper– habrá que  reconocer las crecientes limitaciones con la que se encontrará la  falsación de los resultados según aumente la complejidad de una ciencia:  a mayor complejidad, predicciones menos exactas (más genéricas), por lo  que habrá que ser cuidadoso con descartar cualquier conclusión que <em>aparentemente</em> no tenga una traslación cuantificable y medible en el mundo real (sobre  este tema fundamental, de hecho, reflexionó en su discurso de recepción  del Nobel: <em><a href="http://nobelprize.org/nobel_prizes/economics/laureates/1974/hayek-lecture.html">La pretensión del conocimiento</a></em>).</p>
<p>Y, por último, también en este contexto resulta más comprensible la filosofía política de Hayek, especialmente contenida en <em>Los fundamentos de la libertad</em> y en su libro más conocido <em>Camino de Servidumbre</em>.  Parece claro que para alcanzar estos tres órdenes evolutivos resulta  esencial la libertad del ser humano; libertad para probar, equivocarse,  rectificar y así influir en el desarrollo de las instituciones. Hayek,  pues, se plantea de qué modo puede minimizarse la coacción de nuestra  libertad y llega a la conclusión de que la mejor forma es crear un  aparato político que combata y reprima la coacción que unos individuos  ejercen sobre otros. El nuevo problema es entonces cómo evitar que ese  monopolio de la violencia –el Estado– se convierta en el principal  represor de la libertad y para el austriaco la solución pasa por  desterrar el poder arbitrario de los políticos sometiéndolos al <em>rule of law</em>:  un conjunto de normas impersonales, evolutivas, universales, conocidas y  ciertas para todos. Sólo en ese marco, cada individuo podrá conocer  cuáles serán las consecuencias de sus decisiones y escapar a una  represión directa por parte de los poderes públicos.</p>
<p>El intervencionismo económico, sin embargo, socava este orden jurídico  impersonal, pues cada individuo debe ajustarse al plan dictado por un  comité de planificación que tenderá a ir fagocitando las instituciones  políticas ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre cuáles son  los objetivos del plan (¿qué debemos producir?) y sobre cómo  implementarlo (¿quién y de qué modo debemos producirlo?). Del dirigismo  económico pasaremos a los mandatos políticos y, por tanto, al control  total de los planificadores sobre las vidas de las personas.</p>
<p>Muchos han considerado que esta última reflexión que Hayek expuso en <em>Camino de servidumbre</em> demuestra el fracaso de toda su filosofía política, pues el  intervencionismo económico posterior a la Segunda Guerra Mundial no  condujo a la liquidación de las democracias occidentales. No obstante,  esta crítica simplista a Hayek pasa por alto el verdadero objetivo del  libro, que no era tanto efectuar un pronóstico historicista –un  pronóstico que el propio Hayek consideraba imposible de realizar en una  ciencia compleja como la economía y la política– cuanto lanzar una  advertencia del posible proceso de podredumbre que sufrirían las  democracias si seguían escalando en su intervencionismo en un contexto  de desencanto hacia los logros y los méritos de los órdenes espontáneos  del capitalismo.</p>
<p>Sin duda, no se trata de que Hayek no se equivocara en nada; de hecho,  su teoría económica o su filosofía política contienen numerosos errores y  contradicciones (como su crítica a la &#8220;justicia social&#8221; y su defensa  del Estado de bienestar; o la aceptación acrítica del monopolio de la  violencia como camino óptimo para minimizar la violencia; o sus más que  discutibles reproches al patrón oro) provocados en buena medida por la  propia evolución que sufrieron sus ideas y sus intereses a lo largo de  sus 93 años de vida. Pero, desde luego, habría que huir de las críticas  más aparentemente facilonas contra su pensamiento, sobre todo cuando  proceden de quienes desconocen toda la unidad del rompecabezas  hayekiano.</p>
<p>Si  Mises creó un sistema de pensamiento económico claro, sólido y  focalizado en el individualismo metodológico, Hayek nos legó un conjunto  de ideas originales pero dispersas que sólo tras un cuidadoso estudio  aparecen como un intento bastante exitoso, aunque no libre de errores,  de promover la libertad en todas sus manifestaciones: política, social,  cultural y económica. Siendo el economista menos concentrado en la  economía de la Escuela Austriaca, pasará a la historia vulgarizada como  su economista más representativo. Los austriacos, sin embargo, no  deberíamos quedarnos en la superficie: más allá de sus casi siempre  profundas teorías económicas, existe toda una potentísima narrativa que,  ampliada y mejorada, constituye una de nuestras principales líneas de  defensa de la libertad: cómo los órdenes privados, voluntarios,  naturales y espontáneos logran superar los límites de nuestra razón y de  nuestro conocimiento ante los que siempre sucumbirá cualquier  planificador central.</p>
</div>
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		<title>Mises, creador de un sistema</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 18:05:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libertad Digital]]></category>
		<category><![CDATA[Nosotros: los austriacos]]></category>

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		<description><![CDATA[Los clásicos ya se lamentaban de que el tiempo pasa volando, de que se escurre entre los dedos y la vida se queda en nada; un tic-tac existencial que lleva a muchos a aprovechar el día como si no hubiera mañana, siguiendo la interpretación literal del carpe diem horaciano. A otros, en cambio, los conduce [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><img class="alignleft" src="http://s.libertaddigital.com/fotos/noticias/suludwigvonmises2.jpg" alt="" width="192" height="200" />Los clásicos ya se lamentaban de que el tiempo pasa volando, de que se escurre entre los dedos y la vida se queda en nada; un tic-tac existencial que lleva a muchos a aprovechar el día como si no hubiera mañana, siguiendo la interpretación literal del <em>carpe diem</em> horaciano.</p>
<p>A otros, en cambio, los conduce a dedicar cada minuto de su breve existencia a aliviar su sed insaciable de saber y a compartir la mayor parte posible de sus hallazgos con el resto del mundo. Ludwig von Mises era claramente un sujeto de la segunda especie. Incluso padeciendo gripe, desnutrido y a la escasa luz de unos candiles que sustituían malamente el suministro eléctrico –interrumpido por los destrozos de una más que próxima Primera Guerra Mundial en la que había puesto en peligro su vida en diversas ocasiones–, Mises encontró tiempo para estructurar y redactar la que, en palabras de Antal Fekete, es &#8220;la contribución más relevante a la ciencia económica en el siglo XX&#8221;.</p>
<p>Por eso, porque la vida y la mente de un brillante Mises estuvo dedicada por entero a la economía, es imposible escribir un artículo de unas pocas páginas tratando de enumerar y describir sus aportaciones sin ser bastante injusto. Son tantas y tan ricas que por fuerza omitiremos varias de ellas. Baste señalar que el biógrafo de Mises, Jörg Guido Hülsmann, le ha tenido que dedicar <a href="http://mises.org/store/Mises-The-Last-Knight-of-Liberalism-P433.aspx">un libro de más de 1.000 páginas</a> para intentar hacer honor a la magnitud de sus contribuciones.</p>
<p>Lo primero que debemos tener presente es que Mises fue el sucesor intelectual de la línea de pensamiento subjetivista muy antigua que culminó en la figura de <a href="http://agosto.libertaddigital.com/hijo-de-alemanes-padre-de-austriacos-1276238074.html">Carl Menger</a> y que prosiguió en la de <a href="http://agosto.libertaddigital.com/el-tiempo-es-oro-1276238084.html">Eugen Böhm-Bawerk</a>. La apreciación no es baladí, pues el sucesor <em>académico</em> de Menger en la Universidad de Viena no fue Böhm, como habría cabido esperar, sino su cuñado, Friedrich Wieser, un economista socialista que, en oposición a la tradición mengeriana, buscaba derivar la ciencia económica de supuestos muy abstractos y nada realistas (como 50 años más tarde propondría el chicaguense Milton Friedman) y que caracterizaba el valor, no como un orden de prelación de necesidades, sino como una magnitud psicológica con la que podían realizarse operaciones aritméticas y que, en ciertas condiciones, resultaba objetivo e igual para todos los miembros de la sociedad (&#8220;el valor natural&#8221;, lo llamaba).</p>
<p>A partir de la jubilación de Menger en 1903, la nefasta influencia de Wieser dentro de lo que ya se llamaba &#8220;la Escuela Austriaca&#8221; no dejó de acrecentarse. Durante un tiempo, hasta su deceso en 1914, el prestigio universal de Böhm permitió contener esta tendencia desde sus seminarios universitarios. Pero tras su muerte, Wieser y su contrarrevolución marcaron el desarrollo de los economistas austriacos durante más de una década. Gente como Hayek, Machlup, Haberler o Morgenstern –pese a haber sido alumnos de Mises– no estudiaron la clara y seminal obra de Menger (descatalogada desde finales del s. XIX), sino los pasteleos de un Wieser que buscaba asimilar los errores de otras escuelas de pensamiento –como las de Jevons o Walras– y que opinaba que los estados comunistas estarían en posición de racionalizar la producción aprehendiendo los &#8220;verdaderos&#8221; valores de todos los individuos. Por mucho que luego trataran de zafarse de esta herencia wiseriana y de <em>redescubrir</em> a Menger (sobre todo en el caso de Hayek), nunca fueron capaces de lograrlo del todo y su producción intelectual se vio fuertemente condicionada por ello.</p>
<p>Mises, sin embargo, se convirtió en economista, de acuerdo con su propia confesión, leyendo los <em>Principios </em>de Menger. Proveniente de los círculos historicistas de Schmoller contra los que tanto luchó el propio Menger, Mises comprendió con este libro que en economía sí existen leyes a priori cognoscibles a través de la experiencia humana y del uso de la lógica y que la sociedad se basa en intercambios voluntarios y mutuamente beneficiosos para las partes. A partir de entonces, Mises pasó a frecuentar los seminarios del que sería su más importante profesor, Eugen Böhm-Bawerk, donde conoció a los más nutrido del marxismo austriaco (que acudía a los seminarios de Böhm para tratar, sin éxito, de refutar su refutación de Marx) y a economistas de la talla de Joseph Schumpeter o Felix Somary.</p>
<p><strong>La teoría del dinero</strong></p>
<p>Fue aquí cuando se dio cuenta que todo el andamiaje intelectual subjetivista de Menger y Böhm, que como sabemos giraba en torno a los intercambios en el espacio y en el tiempo de bienes económicos que satisficieran necesidades humanas, no se había extendido a un campo esencial: el dinero. Es cierto que Menger había analizado con gran perspicacia cómo y por qué surgía el dinero, pero no logró articular una teoría sobre las alteraciones de valor del dinero; y desde luego Böhm-Bawerk ni siquiera lo intentó, pues lo suyo fue volcarse a desentrañar el origen del interés puro (sin perturbaciones monetarias).</p>
<p>La desconexión entre la teoría del valor y la teoría del dinero era desde luego llamativa, pues antes de Menger se había elaborado una vastísima literatura relativa a cuestiones de dinero y banca (en especial, aunque no sólo, con las Escuelas Monetaria y Bancaria en Inglaterra), de la que podían extraerse numerosas teorías acertadas pero que, por desgracia, no habían pasado por la destilería de la teoría subjetiva del valor. En muchos casos, de hecho, ni siquiera se la consideraba teoría económica propiamente dicha, sino tan sólo refriegas entre profesionales de la banca.</p>
<p>Se hacía necesario, pues, conectar ambos mundos –el del dinero y el del valor–, aunque para ello debía superarse la reacción antimercantilista que probablemente los había mantenido separados hasta ese momento; a saber, que el dinero carecía de influencia sobre las transacciones reales. Los clásicos habían concluido que el dinero era un simple &#8220;velo&#8221; detrás del cual se realizaban unos intercambios que, en última instancia, podían retrotraerse al trueque; los subjetivistas, análogamente, pensaban que el análisis del dinero no aportaba nada a la ciencia económica, pues su demanda y su valor derivaban enteramente de los bienes finales que iban a adquirirse. Ambos sostenían que lo único que cabía decir del dinero era que a mayor cantidad, precios más elevados y viceversa, sin que la actividad económica de fondo se viera en absoluto afectada por estas variaciones.</p>
<p>Mises, en su primer libro, <em>La teoría del dinero y de los medios fiduciarios </em>(traducido incorrectamente al inglés y al castellano como <em>La Teoría del dinero y el crédito</em>) tendió los puentes que conectaban estos dos mundos. El dinero era un bien económico más que debía analizarse a la luz de la pujante teoría marginalista: su valor venía determinado por el fin menos importante que contribuía a satisfacer y este fin venía determinado a su vez por los bienes que permitía adquirir.</p>
<p>Esta sencilla proposición, a la que podría haber llegado cualquier otro economista que conociera por encima la obra de Menger, se topaba con el obstáculo de que, en apariencia, incurría en un razonamiento circular: el valor del dinero de hoy dependía del poder de compra del dinero de ayer, pero a su vez ese poder de compra del dinero de ayer dependía del valor del dinero de anteayer (o dicho de otra forma, la utilidad del dinero dependía de su precio y su precio dependía a su vez de su utilidad). Mises, sin embargo, quebró la presunta circularidad a través de lo que llamó el &#8220;teorema regresivo del dinero&#8221;: era cierto que la utilidad del dinero de hoy dependía de su poder adquisitivo de ayer y éste a su vez de su utilidad de anteayer, pero esta regresión no era infinita, ya que podíamos ir hacia atrás hasta que llegara un momento en el que el bien económico que actuaba como dinero no tuviera ningún uso monetario y se demandara sólo por su utilidad directa (por ejemplo, la demanda de oro con fines ornamentales).</p>
<p>Así pues, el dinero era un bien económico más –con su oferta y su demanda basada en la utilidad– y como tal debía analizarse. Bajo este nuevo prisma, no resultaba difícil entender los billetes o los depósitos de los bancos como obligaciones de estas entidades a entregar una determinada cantidad de dinero (verbigracia oro); unas obligaciones que podían estar en cada momento completamente cubiertas (en cuyo caso cabía denominarlas &#8220;certificados de deuda&#8221;) o sólo estarlo parcialmente (en cuyo caso hablábamos de &#8220;medios fiduciarios&#8221;). Y por ello, tampoco resultaba complicado comprender que la cantidad de &#8220;medios de pago&#8221; en la economía podía incrementarse o bien produciendo más dinero (sacando más oro de las minas) o bien generado más medios fiduciarios mediante el sistema bancario.</p>
<p>Pero para redondear su análisis de la economía monetaria a Mises le faltaba explicar cuáles eran los efectos que, más allá de la inflación o la deflación, tenían las variaciones de la cantidad de medios de pago sobre la economía. Para ello tuvo que echar mano de las intuiciones del mejor economista del siglo XVIII, Richard Cantillon, y de la teoría del capital y del interés de su maestro Böhm-Bawerk: un incremento de los medios de pago –especialmente del dinero fiduciario que fabrican los bancos bajo el influjo de los bancos centrales– se filtraría en forma de una mayor oferta de crédito, lo que rebajaría artificialmente los tipos de interés en el mercado y estimularía un período de fuertes inversiones muy por encima del ahorro disponible para financiarlas, creando un &#8220;boom económico&#8221; que, naturalmente, daría paso más tarde a una crisis por insuficiencia de recursos reales para completar todas las grandes inversiones iniciadas. Mises alcanzaba así una de las joyas de la corona de toda la teoría económica de la Escuela Austriaca, su explicación de los ciclos económicos.</p>
<p><strong>Teorema de la imposibilidad del socialismo</strong></p>
<p>Sólo con su teoría monetaria, por consiguiente, Mises podría haber figurado entre los economistas más grandes de la Escuela Austriaca y, por extensión, de la historia. Pero no contento con ello, el austriaco se propuso, menos de una década después de publicar su tratado monetario, llenar otro de los grandes terrenos inexplorados por Menger y Böhm-Bawerk y que resultaba esencial para fundamentar una sociedad libre.</p>
<p>Hasta Mises, la Escuela Austriaca había basado sus teorías sobre la hipótesis implícita de que los agentes operaban en un marco de relativa libertad y respeto a la propiedad privada. Era así cómo el valor que los consumidores otorgaban a los bienes económicos se trasladaba a los factores de producción, de modo que toda la estructura empresarial se desarrollaba a partir de lo que años más tarde William Hutt llamaría &#8220;la soberanía del consumidor&#8221;.</p>
<p>Wieser fue de los pocos que se planteó que ese valor primigenio de los consumidores era contingente a que tuvieran capacidad de elegir, aunque llegó a la conclusión de que tanto con libertad como sin ella podían alcanzarse unos &#8220;valores naturales&#8221; que sirvieran tanto para una economía libre como para una fuertemente intervenida o una totalmente socializada.</p>
<p>Mises, poco satisfecho con estas conclusiones, recogió el guante tras haber servido en el frente del ejército austro-húngaro durante la Primera Guerra Mundial y, por tanto, mientras se estaba viviendo una revolución soviética que amenazaba con extenderse a toda Europa, empezando por las profundamente socializadas economías de guerra de Alemania y Austria.</p>
<p>Fue entonces cuando, como decíamos al comienzo, elaboró la que tal vez sea la contribución a la teoría económica más importante del siglo XX: su teorema de la imposibilidad del socialismo. Mises, como ejemplar liberal clásico, se propuso refutar punto por punto el marxismo y lo logró en su libro <em>Socialismo</em>, donde uno a uno fueron cayendo todos los dogmas marxistas: desde la concepción de la historia como una continua lucha de clases hasta la inevitabilidad de la llegada del socialismo o la tendencia inherente del capitalismo hacia el monopolio único. Pero lo realmente relevante, original y devastador de esta obra no fueron tanto las múltiples críticas que Marx recibió tanto sobre sus análisis históricos como sobre sus profecías de futuro, sino la que es sin duda la refutación definitiva del socialismo: su imposibilidad.</p>
<p>Mises, que anticipó este argumento definitivo tres años antes de publicar su libro en un artículo para la revista de economía de Max Weber, explicó que el socialismo carece de mecanismos para asignar racionalmente los recursos. Una economía de mercado cuenta con precios para los bienes de consumo y para los factores productivos y gracias a la comparación de ambos –de precios finales y de costes– puede saber cuándo está usando adecuadamente los siempre escasos recursos para satisfacer las necesidades más apremiantes de los consumidores o cuando los está despilfarrando.</p>
<p>El socialismo, por el contrario, no puede realizar este &#8220;cálculo económico&#8221;, pues para que existan precios debe producirse un intercambio entre dos bienes (por ejemplo, dinero y una mercancía) y para que haya intercambios debe haber propiedad privada para las partes. Pero como el socialismo se basa en la propiedad <em>colectiva</em> de los medios de producción, carece de precios y de la posibilidad de efectuar cualquier cálculo de racionalidad económica. Si ignoramos cuáles son los costes de un bien, ¿por qué no construir, por ejemplo, las vías de ferrocarril con oro? ¿O por qué no destinar, como hizo Mao, a la práctica totalidad de los trabajadores de un país a producir metal? ¿O cómo saber si dedicar a los obreros a producir máquinas que sirvan para fabricar zapatos en lugar de destinarlos a confeccionarlos directamente? No se trata de un problema técnico sobre cómo producir un bien, sino de un problema económico sobre la conveniencia de producirlo de una determinada forma. Una sociedad tiene delante de sí en cada momento millones de proyectos técnicamente viables, pero sólo unos pocos le permitirán satisfacer los fines más importantes de los consumidores con las menores renuncias (o coste de oportunidad) posibles.</p>
<p>El socialismo era y es incapaz de discriminar entre proyectos económicamente viables y por tanto no puede asignar los recursos de un modo en el que todos los sujetos salgan beneficiados a la hora de satisfacer continuamente sus fines más valiosos. Su implantación sólo llevará a la disgregación de la división voluntaria del trabajo y, como esquema coactivo que es, a la explotación de un grupo de individuos por otro grupo de individuos.</p>
<p><strong><em>La acción humana</em></strong></p>
<p>Tras sus aportaciones a la teoría monetaria y a la teoría del intervencionismo estatal, Mises completaba un programa de investigación económico –iniciado por Menger y continuado por Böhm– que cubría prácticamente todas las manifestaciones de la acción humana: desde la simple elección individual aislada hasta el intercambio intertemporal con dinero, desde el mercado sin injerencias estatales (la cataláctica, en lenguaje de Mises) al completo control de la producción y de la distribución de los recursos (el socialismo), pasando por todos sus respectivos estadios intermedios. Se trataba de un conjunto de enunciados, teoremas y leyes a priori que el propio Mises había deducido simplemente a partir de un axioma autoevidente como es que &#8220;el hombre actúa&#8221;; de ahí que considerara pertinente denominar a esta nueva ciencia &#8220;praxeología&#8221; (ciencia de la acción humana, término acuñado por Weber) en lugar de economía (que vendría a ser sólo la parte más importante de la praxeología, en concreto, la dedicada a estudiar la cataláctica).</p>
<p>A sus casi 70 años, Mises publicó todo este profuso compendio vital, refinado y mejorado, en el que hasta ahora es el libro cumbre de nuestra ciencia: <a href="http://libros.libertaddigital.com/el-libro-que-me-convirtio-en-economista-1276236938.html"><em>La acción humana</em></a><em>.</em> Como con los <em>Diálogos</em> de Platón, bien puede decirse que toda la ciencia económica (o praxeológica) subsiguiente es un simple comentario de los párrafos de <em>La acción humana</em>,ya sea para ampliarla (por ejemplo con la Escuela de la Elección Pública de James Buchacan y Gordon Tullock o con la teoría del orden espontáneo de Hayek) o para corregirla (con la teoría del monopolio de Murray Rothbard o con la moderna teoría de la liquidez de Antal Fekete y José Ignacio del Castillo).</p>
<p>Sin Menger no habríamos tenido una teoría del valor, de los intercambios y de los precios; sin Böhm-Bawerk no habríamos dispuesto de una teoría del interés y del capital; pero sin Mises careceríamos no sólo de teoría monetaria y de una teoría del intervencionismo, sino sobre todo de una ciencia económica consistente, integrada y basada en las libertades individuales –con todos los errores e insuficiencias que más tarde los nuevos economistas le podamos ir encontrando. Sin Mises, la Escuela Austriaca –y con ella, la mejor teoría propiamente económica que además defiende sin ambages la libertad del ser humano– habría desaparecido con el Imperio Austrohúngaro.</p>
</div>
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		<title>El tiempo es oro</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 18:05:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libertad Digital]]></category>
		<category><![CDATA[Nosotros: los austriacos]]></category>

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		<description><![CDATA[Decía Hayek que había dos tipos de mentes: las mentes rompecabezas y las mentes maestras. Las primeras, de las que el propio Hayek se consideraba un caso extremo, sufrían de una inherente incapacidad para memorizar un gran número de teorías y de datos, pero a cambio tenían la habilidad de establecer de manera intuitiva conexiones [...]]]></description>
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<p><img class="alignleft" src="http://s.libertaddigital.com/fotos/noticias/su-eugene-bohm-bawerk.jpg" alt="" width="200" height="199" />Decía Hayek que había dos tipos de mentes: las mentes rompecabezas y las mentes maestras. Las primeras, de las que el propio Hayek se consideraba un caso extremo, sufrían de una inherente incapacidad para memorizar un gran número de teorías y de datos, pero a cambio tenían la habilidad de establecer de manera intuitiva conexiones entre multitud de disciplinas que nadie más podía ver (podríamos llamarlas para mayor simplicidad mentes creativas).</p>
<p>Las segundas podían memorizar al detalle todas las teorías y los hechos que giraban alrededor de un asunto concreto y gracias a ello formulaban, tras un dilatado proceso de reflexión y maduración, una síntesis que hacía progresar su estrecho campo de conocimiento.</p>
<p>Hayek creía que Eugen von Böhm Bawerk, el discípulo más conocido y exitoso de Carl Menger, era un caso extremo de mente maestra. Y no le faltaban desde razones para pensarlo: la empresa intelectual de Böhm Bawerk fue de tal profundidad que se le puede considerar en justicia como el padre de la teoría moderna del capital y del interés. No en vano, el gran economista sueco Knut Wicksell calificó su obra de &#8220;uno de los mayores logros de la teoría económica&#8221;.</p>
<p><a href="http://agosto.libertaddigital.com/hijo-de-alemanes-padre-de-austriacos-1276238074.html">Carl Menger había revolucionado nuestra ciencia</a> al unificar y perfeccionar las aportaciones que diversos economistas alemanes habían venido realizando en la primera mitad del s. XIX. Sin embargo, la formidable teoría económica mengeriana, que si por algo podía vanagloriarse era por haber dejado claro que los bienes económicos lo eran en tanto instrumentos empleados a lo largo del tiempo para satisfacer fines individuales, adolecía de una llamativa carencia: no tenía una teoría sobre cómo se valoraban esos bienes en distintos momentos del tiempo. Es decir, ¿acaso los individuos valorarán igual el disfrute de, por ejemplo, una vivienda hoy que el disfrute de una vivienda dentro de 10 años? Este fue el punto de partida que adoptó Böhm Bawerk.</p>
<p>A buen seguro su interés en la cuestión no se había desarrollado de manera casual. En los años en los que Böhm se formó como economista (60-70 del s. XIX), demagogos socialistas como Lassalle, Rodbertus o Marx estaban espoleando contra el sistema capitalista a esos ejércitos de proletarios que, como ya apuntara Hayek, habían sobrevivido y crecido gracias a la prosperidad creada por el propio capitalismo.</p>
<p>A comienzos de los 70, la publicación al alemán del <em>Manifiesto Comunista </em>y la Comuna de París terminaron por preocupar al acomodado funcionariado germano, que reaccionó de inmediato tratando de contentar a las masas obreras ofreciéndoles un embrionario estado de bienestar. Diversos economistas alemanes favorables al intervencionismo gubernamental –el llamado &#8220;socialismo de cátedra&#8221;, que agrupaba a gente tan variopinta como Knies, Hildebrand, Roscher, Schmoller o Brentano– buscaron resolver la llamada &#8220;cuestión social&#8221; instaurando un &#8220;Estado social&#8221; a favor de los proletarios y en perjuicio de los capitalistas. De hecho, en 1872 se creó la <em>Verein Für Sozialpolitik</em>, un grupo de presión intervencionista que agrupaba a los socialistas de cátedra y a otros intelectuales y cuyas propuestas cristalizarían en 1881 en la <em>Sozialpolitik</em> de Bismark, deriva catastrófica que perdió a Alemania para más de medio siglo.</p>
<p>Böhm-Bawerk creció en este clima cada vez menos favorable al liberalismo. No es que Böhm fuera, ni mucho menos, un liberal clásico como probablemente lo fue Menger y desde luego Mises, ya que entre sus deméritos se encontraban el haber defendido las obras públicas contracíclicas, el proteccionismo estratégico o la redistribución de la renta (si bien dentro de un marco de equilibrio presupuestario y patrón oro), pero aún así, desde su mentalidad conservadora-funcionarial con algún elemento liberal, se dio cuenta de que la demagogia socialista no podía ser combatida con medidas políticas (o al menos no sólo con medidas políticas, pues Böhm formó parte de la <em>Verein</em>) y que hacía falta una refutación intelectual solvente que desmontara la milonga de que los capitalistas explotan a los proletarios (Böhm fue de los pocos en detectar la amenaza para la sensatez y la prosperidad que suponían las teorías <em>económicas</em> de Marx y, años más tarde, sería el primero en ofrecer una <a href="http://www.liberalismo.org/articulo/5/58/bohmbawerk/refuta/teoria/explotacion/capitalista/">refutación sistemática del marxismo</a>, metiendo el dedo en la llaga de su &#8220;gran contradicción&#8221;).</p>
<p>La cuestión que debía resolver Böhm no era ya la de si el trabajo era fuente de valor y por tanto si el capitalista se apropiaba del producto de los trabajadores (al fin y al cabo la teoría del valor-trabajo carecía de predicamento en los ambientes académicos alemanes y austriacos, incluso antes de la llegada de Menger), sino qué explicación y justificación tenía, aun admitiendo la subjetividad del valor, que los capitalistas percibieran una rentabilidad dentro del proceso productivo sin estar haciendo aparentemente nada.</p>
<p>La respuesta que ofreció Böhm-Bawerk partiendo de las intuiciones de Turgot y de Menger le sirvió para articular toda la producción teórica de su vida: el pago de salarios por parte del capitalista constituye un intercambio entre producción presente (los salarios) y producción futura (las ventas de la mercancía que fabrican los trabajadores) y, como es razonable suponer que los bienes presentes son más valiosos que los bienes futuros, por necesidad los salarios pagados <em>hoy </em>habrán de ser menores que las ventas recibidas <em>mañana</em>.</p>
<p>Böhm simplemente reflejaba que los capitalistas, al pagar los salarios, adelantaban a los trabajadores la renta para adquirir bienes de consumo antes de haber vendido y producido sus mercancías; a efectos prácticos, era como si los capitalistas les concedieran un préstamo a los trabajadores.</p>
<p>En otras palabras, Böhm-Bawerk trató de extender la teoría subjetivista de Menger al campo de los intercambios intertemporales: si los bienes futuros eran menos valiosos que los bienes presentes, entonces por necesidad una unidad de cualquier bien presente se intercambiaría por más de una unidad de bienes futuros, y esa diferencia constituiría el &#8220;interés&#8221; o el &#8220;rendimiento&#8221; propio de los capitalistas.</p>
<p>Esta fue la tesis que Böhm fue desarrollando a lo largo de su gran obra: <em>Capital e Interés</em>. El primer libro de esta antología, publicado en 1884 mientras era profesor en la Universidad de Innsbruck, llevaba por título <em>Historia y Crítica de las Teorías del Interés</em> y su objeto era el de refutar una a una las grandes explicaciones que hasta el momento se habían ofrecido sobre el interés. Es algo así como, en palabras de Edgeworth, una &#8220;teoría <em>negativa</em> del interés&#8221;, una explicación detallada de qué no es el interés. Bajo su pluma, van cayendo una a una todas las teorías que justificaban el interés en motivos como la productividad física de los bienes de capital, la abstinencia del consumo, la renta de la tierra o la explotación del trabajo. Böhm es implacable y no deja títere con cabeza, pues su intención no era la de hacer una historia del pensamiento en torno al interés, sino utilizar a egregios economistas como representantes de teorías erradas que convenía descartar.</p>
<p>Cinco años después de esta teoría negativa del interés, vino por fin su auténtica contribución económica, el segundo libro titulado <em>La teoría positiva del interés.</em> Böhm-Bawerk tuvo que publicarlo en 1889, probablemente sin todas las revisiones necesarias, porque ese mismo año abandonó Innsbruck para iniciar su andadura política como director del departamento de la imposición directa (años más tarde sería nombrado ministro de Hacienda en tres ocasiones).</p>
<p>Böhm comienza este segundo libro recordando la teoría del intercambio atemporal de Menger, clarificando y elaborando algunos de sus aspectos, como el proceso exacto por el cual los costes empresariales dependen de las utilidades marginales de los consumidores. Una vez hecho esto, el austriaco pasa a centrarse por fin en explicar la existencia del interés como la subestimación de los fines futuros frente a los presentes.</p>
<p>Böhm daba tres razones esenciales por los que era razonable suponer que los bienes futuros resultaban menos valiosos que los presentes (sus famosas <em>Drei Gründe</em>); las dos primeras afectaban a los consumidores y la tercera al productor.</p>
<p>La primera es que la mayoría de personas disponen de mayor renta en el futuro que en el presente, de modo que valorarán más la renta escasa presente que la renta abundante futura (en realidad, simplemente se trata de una aplicación del principio de la utilidad marginal decreciente a la renta). Böhm admitía la posibilidad de que hubiera sujetos cuya renta futura fuera menor que la presente, pero aún así, decía, el valor futuro será como mucho igual al presente, pues todos los agentes tienen la opción de atesorar dinero si es quieren trasladar poder adquisitivo al futuro (hoy esta posibilidad se ve muy limitada por la inflación inherente al dinero fiduciario). La segunda razón se basa en una subestimación de las necesidades futuras frente a las presentes, ya sea por imprevisión, codicia o incertidumbre en tono a la fugacidad de la vida.</p>
<p>La tercera causa fue la más polémica pero a la vez la más fructífera. Böhm-Bawerk partió de que en las economías capitalistas modernas los bienes de consumo no se producen directamente, sino de manera indirecta: con la tierra y el trabajo producimos bienes de capital, que a su vez, en conjunción con otra tierra y trabajo, producen otros bienes de capital que, tras otras etapas del mismo estilo, terminan madurando en bienes de consumo. Böhm asumió que cuanto más largo fuera este proceso indirecto de producción, más eficiente y productivo sería, de modo que los capitalistas sólo estarían dispuestos a renunciar a sus muy productivos bienes de capital presentes a cambio de sumas mayores de bienes de consumo futuros (y de ahí el interés).</p>
<p>Esta intuición le sirvió de base para construir toda una rica teoría del capital que aún hoy es el armazón básico de la teoría austriaca del ciclo económico: las reducciones de los tipos de interés irán de la mano de una ampliación del período productivo de la economía, es decir, del tiempo que media entre el momento en que empezamos a producir bienes de capital y el momento en que obtenemos los bienes de consumo. A su vez, dentro de la teoría de Böhm, los precios y los salarios quedaban determinados en función del período de producción óptimo, lo que le permitía alcanzar lo que los neoclásicos llamarían hoy un &#8220;equilibrio general&#8221; del sistema económico.</p>
<p>Pero, como decía, la tercera razón justificativa del interés fue la que más críticas recibió; en ocasiones merecidamente, pero en otras por simple incomprensión. Por un lado, algunos economistas como Fisher la tildaron de redundante con respecto a las dos primeras razones, pues, a su juicio, si los productores valoraban menos los bienes futuros que los presentes era sólo porque así lo hacía los consumidores (en este caso la crítica es errónea, porque durante cortos períodos de tiempo la tercera razón forzaría que el tipo de interés fuera positivo aun cuando no concurrieran las dos primeras). Por otro, muchos atacaron los simples cálculos, medidas y supuestos que había adoptado Böhm para justificar la mayor productividad de los métodos indirectos de producción (en este caso, algunas críticas están justificadas, pues Böhm-Bawerk buscaba demostrar la existencia de una mayor productividad en términos <em>físicos, </em>y no monetarios, lo que si bien podía parecer la única alternativa en un patrón monetario fijo, emponzoñaba gran parte de su análisis).</p>
<p>Por consiguiente, la obra de Böhm no está exenta de errores teóricos y formales. Algunos economistas austriacos más recientes, como Ludwig Lachmann, incluso han llegado a <a href="http://www.econlib.org/library/NPDBooks/Dolan/dlnFMA10.html">defender</a> –de manera bastante exagerada, a mi entender– que Böhm no debería ser considerado un miembro de la Escuela Austriaca, pues sus libros tienen más que ver con el estudio ricardiano de la distribución de las rentas que con el análisis del proceso empresarial de mercado característico de los austriacos.</p>
<p>Además, Böhm-Bawerk, si bien era un pensador sistemático, no podía considerarse ni mucho menos un escritor brillante y claro (el idioma alemán en este caso no ayudó; su facilidad sintáctica para encadenar subordinadas permitió a Böhm a escribir frases superiores a una página); de hecho, para mayor desgracia de sus lectores, su estilo fue volviéndose más farragoso conforme fue ampliando sus libros a partir de su abandono de la política activa en 1904. Su fuerte sentido del deber le movía a responder a todas las críticas que recibía para no convertirse, según sus propias palabras, en un &#8220;camorrista literario&#8221;.</p>
<p>Sin embargo, lo cierto es que ninguna obra económica es perfecta, tampoco la de la &#8220;mente maestra&#8221; de Böhm-Bawerk. Lo cual, dicho sea de paso, tampoco supone ningún drama cuando se cuenta con una cantera de excelentes discípulos. En este caso, sus errores e imprecisiones fueron más tarde enmendados y corregidos por economistas de la talla de Mises, Hayek, Wicksell, Fisher o el propio Lachmann, dando como resultado una riquísima y solidísima teoría del interés y del capital.</p>
<p>Pero nada de lo anterior habría sido posible sin Böhm. A él le corresponde casi en exclusiva el mérito de haber dado el gigantesco paso adelante que supuso ampliar el esquema teórico mengeriano a los intercambios de bienes en el tiempo. De esa simple intuición vino el resto: definir el interés como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros y relacionarlo con la dimensión temporal del capital, dos rasgos que desde entonces han constituido parte esencial del núcleo teórico de la Escuela Austriaca y de que cualquier teoría económica que no esté podrida de base.</p>
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		<title>Hijo de alemanes, padre de austriacos</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 17:58:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Ramón Rallo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Nosotros: los austriacos]]></category>

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<p><img class="alignleft" src="http://s.libertaddigital.com/fotos/noticias/menger2.gif" alt="" width="133" height="200" />Durante décadas, la opinión casi unánime de los arqueólogos del pensamiento económico era que la Escuela Austriaca había nacido <em>ex nihilo</em> por obra y gracia de Carl Menger, un economista no sólo desgajado del contexto intelectual de su época, sino incluso enfrentado a la corriente mayoritaria del momento, representada por la Escuela Histórica Alemana de Gustav Schmoller.</p>
<p>Sin duda, no faltaban razones de peso para llegar a esta conclusión. El que probablemente sea el mejor historiador del pensamiento económico que haya existido jamás, Joseph Schumpeter, escribió en 1915, con motivo del 75 cumpleaños de Menger: &#8220;Como si hubiesen venido de otro mundo –sin explicación y sin causa– Menger, Böhm-Bawerk y Wieser aparecieron en la escena económica de aquella época&#8221;. Schumpeter conocía en ese momento el terreno de primera mano, porque pocos años antes había sido discípulo de Eugen Böhm Bawerk, a su vez discípulo de Menger. El paso de los años tampoco hizo cambiar a Schumpeter de opinión, pues a lo largo de su vida reiteró este juicio en diversas ocasiones; por ejemplo en su libro de biografías de economistas, datado en 1952, <a href="http://mises.org/daily/3520">puede leerse</a> que &#8220;con autonomía y grandeza científica, el trabajo intelectual de Menger se presenta con un marcado contraste frente a su entorno. Sin estimulación externa y desde luego sin ninguna ayuda, atacó el edificio en ruinas de la teoría económica&#8221;.</p>
<p>Más llamativo aún es el caso del gran Ludwig von Mises, quien en su <a href="http://mises.org/etexts/histsetting.pdf">historia de la Escuela Austriaca</a> señala textualmente que &#8220;sin duda, ninguno de sus profesores, amigos o colegas se interesó por los problemas que emocionaban a Menger. Cuando, poco antes de estallar la Primera Guerra Mundial, le pregunté sobre las reuniones informales en las que participaban los jóvenes economistas de Viena para discutir problemas de teoría económica, me comentó: ‘Cuando tenía tu edad, nadie en Viena se preocupaba por estas cosas’. Hasta finales de los años 70 del s. XIX no había ninguna Escuela Austriaca. Sólo estaba Carl Menger&#8221;.</p>
<p>El problema –y lo siento mucho por el gran Schumpeter y todavía más por el aún mayor Mises– es que este relato histórico es más falso que un duro sevillano. Desconozco las razones que llevaron a estos, por otro lado, honestos y ejemplares economistas a tergiversar de manera tan artera la historia del pensamiento económico –aunque la hipótesis más probable es la marcada germanofobia de ambos– pero después del devastador <a href="http://books.google.es/books?hl=es&amp;lr=&amp;id=ir0g_PW5lAYC&amp;oi=fnd&amp;pg=PA31&amp;dq=The+influence+of+German+economics+on+the+work+of+Menger+&amp;ots=i4c8K2Awoh&amp;sig=4UtmtU09FGvLMdALfWZ-nEn8EHo#v=onepage&amp;q=The%20influence%20of%20German%20economics%20on%20the%20work%20of%20">artículo</a> de Erich Streissler sobre las influencias intelectuales de Carl Menger, resulta simplemente imposible seguir sosteniendo que el austriaco era algo así como un <em>outsider</em> en su época. Menger, por el contrario, fue la culminación histórica de toda una tradición económica que hoy sabemos que abarcaba a la Escuela del Valor de Uso alemana (<em><a href="http://www.juandemariana.org/comentario/607/fuente/principios/">Gebrauchtwertschule</a></em>) e incluso, tras los impagables descubrimientos de Gabriel Calzada, a toda una corriente de pensamiento que llega hasta nuestra Escuela de Salamanca (pasando por Francia, Escocia, Holanda e Italia).</p>
<p>Casi ninguno de los grandes hallazgos que se le atribuyen a Menger –la subjetividad del valor, la relación real entre precios y costes, el origen evolutivo del dinero e incluso la utilidad marginal decreciente– es original suyo, sino que ya eran sobradamente conocidos en Alemania desde comienzos del s. XIX.</p>
<p>Tengamos en cuenta que la magnum opus de Menger en 1871, los <em>Principios de Economía</em>, fue desde un comienzo muy bien recibida en Alemania por cuanto encajaba a la perfección con todo lo que se venía publicando y enseñando en sus universidades desde hacía 70 años. Es más, Menger en ningún momento trata de ocultar esa deuda intelectual con sus precedesores alemanes, pues dedica sus <em>Principios</em> a Wilhelm Röscher, el economista alemán más importante de la época; cita positivamente y con profusión a otros economistas alemanes como Hermann, Schäffle, Knies o Rau; y, de hecho, reconoce explícitamente en el prólogo que &#8220;el campo de estudio aquí tratado ha sido, en su mayor parte, patrimonio común de los recientes avances de la economía política <em>alemana</em>&#8220;.</p>
<p>Menger no llegó a lo más alto de nuestra ciencia rebotando contra el vacío, sino alzándose sobre hombros de gigantes; más bien, de <em>otros</em> gigantes como él. Porque si algo no me gustaría es que esta contextualización de la obra del austriaco desmereciera un ápice su monumental contribución a la ciencia económica. Menger fue un genio como pocos habrá tenido nuestra disciplina. Antal Fekete –probablemente el continuador más fiel del pensamiento mengeriano– ha llegado a afirmar que el austriaco se sitúa a la altura intelectual de Aristóteles dentro de la historia del pensamiento. Y, exagerado o no, lo cierto es que sus <em>Principios de Economía </em>siguen siendo, en palabras de otro enorme economista como Charles Rist, &#8220;la mejor introducción que se le puede dar a un joven economista para que aprenda las nociones básicas de la economía política&#8221;.</p>
<p>El libro sistematiza, clarifica y engarza lo mejor de todos sus predecesores en un corpus que servirá de base para el ulterior desarrollo de la ciencia económica. A través del individualismo metodológico, es decir, tomando como punto de partido el individuo que actúa y toma decisiones, Menger va explicando cómo los bienes económicos lo son en tanto instrumentos para satisfacer necesidades humanas; que la importancia de esas necesidades será la que determinará su valor y su precio (y no el trabajo incorporado, como creyeron, entre muchos otros, David Ricardo y Karl Marx); que la importancia de las necesidades será progresivamente decreciente conforme aumente la cantidad de un bien (resolviendo la paradoja de por qué los diamantes eran más caros que el agua siendo menos útiles); que los intercambios se realizarán a un precio que sea mutuamente beneficioso para las partes en función de la importancia subjetiva que le asignen al bien intercambiado; que la producción de cada bien se estructura en una serie de etapas temporales –distinguiendo entre bienes finales o de consumo y bienes de orden superior– y en un ambiente de incertidumbre inerradicable en torno al resultado final donde, por tanto, el individuo puede equivocarse; que el valor y el precio (o coste) de los bienes económicos de orden superior dependerá del valor y del precio del bien de consumo que contribuyan a producir (aun hoy se sigue creyendo ingenuamente que los precios dependen de los costes cuando es al revés); que no todos los bienes económicos serán igualmente vendibles en grandes cantidades (presentarán diversos grados de lo que más tarde llamará &#8220;liquidez&#8221;); y que mediante la búsqueda empresarial de medios que faciliten y aceleren los intercambios, el dinero evolucionará de forma espontánea en sociedad –sin necesidad de que lo imponga el Estado– a partir de los bienes más líquidos (los que son más fácilmente vendibles), siendo el caso paradigmático el del oro.</p>
<p>Aunque, como digo, muchas de estas ideas no eran nuevas, su unidad sí lo fue. Y por ello logró un reconocimiento y una influencia generalizada que sólo cabe lamentar que no fuera mucho mayor.</p>
<p>Pero sería injusto reducir los logros de Menger a sus formidables <em>Principios de Economía</em>. Tras la publicación del libro, el economista austriaco se convirtió, primero, en el tutor personal del príncipe Rudolf, el sucesor al trono del Imperio austrohúngaro y, posteriormente, en uno de los dos púgiles de la célebre <em>Methodenstreit</em> o polémica sobre el método en economía.</p>
<p>De las lecciones a Rudolf nos ha quedado una recopilación de las transcripciones escritas que hizo el propio Rudolf y donde encontramos el lado más político del pensamiento de su tutor. Menger educó al príncipe en los principios del liberalismo, pero no de un liberalismo cualquiera, sino, en palabras de Streissler, a la sazón editor de la recopilación de las lecciones, &#8220;un liberalismo clásico de la más pura cepa que asignaba un papel al Estado incluso más reducido que el de Adam Smith&#8221;. Lástima que Rudolf no gozara de la fortaleza psicológica suficiente como para hacer buen uso de la magnífica formación recibida.</p>
<p>De la polémica sobre el método que libró con éxito contra el historicista alemán Gustav Schmoller hemos recibido la otra gran obra de Menger: <em><a href="http://libros.libertaddigital.com/el-metodo-de-las-ciencias-sociales-1276233302.html">La investigación sobre el método de las ciencias sociales</a></em>, donde se analizan los distintos métodos y enfoques que pueden dársele a la ciencia económica en sus tres vertientes (teoría económica, historia económica y economía aplicada). Menger considera que el método ideal –siempre que pueda utilizarse– es el deductivo, por ser mucho más preciso, completo, riguroso y exacto que el inductivo. Esta valiosa semilla metodológica fue la que germinó en todo su esplendor en la praxeología de Mises, una ciencia a priori de la acción humana y de la economía.</p>
<p>Concluida la <em>Methodenstreit</em>, Menger continuó preparando hasta su muerte una segunda edición de sus <em>Principios</em> <em>de Economía</em> bastante más ambiciosa y omnicomprensiva que la primera y donde se integraran algunas de las investigaciones sobre el dinero, el capital o el interés que seguía desarrollando. Parte de su proyecto teórico quedó inconcluso y sólo pudo ser completado por economistas posteriores (especialmente por su discípulo Böhm-Bawerk). Pero otra parte muy importante fructificó en ricos hallazgos que se fueron publicando en artículos sueltos –como una caracterización más precisa de la liquidez de los bienes según la variación de sus spreads de precios o su definición empresarial del capital– y que nunca fueron hilvanados coherentemente con el resto de su teoría en esa tan esperada segunda edición de los <em>Principios</em>. Este fue motivo por el cual, y para desgracia de nuestra ciencia, esas nuevas aportaciones de Menger han caído en el olvido a la espera de que alguien las rescate.</p>
<p>Es curioso, pues, que más de un siglo después de que Menger revolucionara la ciencia económica, los economistas todavía no le hayamos sacado todo el jugo posible a su obra. Pero precisamente por ello –porque no lo desarrolló <em>todo</em> y no todo lo que desarrolló fue perfecto–, generaciones sucesivas de economistas se han ido acercando a sus libros para ir enriqueciendo nuestra ciencia alrededor del corazón teórico mengeriano. La obra de Menger no sólo alcanzó fama universal, sino que, sobre todo, dio origen a la línea de pensamiento y al programa de investigación económico más realista y profundo de cuantos se hayan abierto hasta el momento: la Escuela Austriaca de Economía.</p>
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