La esquizofrenia inflacionista de los keynesianos

He comentado en numerosas ocasiones que uno de los atractivos de la Teoría General de John Maynard Keynes es que le da la vuelta completamente a todo el saber convencional en materia económica. Tuvo que ser fascinante para toda una generación de economistas, frustrados por su impotencia ante los acontecimientos de la Gran Depresión, que un iluminado apareciera con un recetario mágico diciéndoles y convenciéndoles de que todo cuanto habían aprendido hasta el momento era falso y que para hallar la verdad sólo debían profesar fe en todo lo contrario a lo que habían estudiado.

Es un ejercicio interesante pasar las páginas de la Teoría General en búsqueda de disparates, sinsentidos y tergiversaciones. Al lector ducho en economía le costará sin duda no localizar una página con varios errores. Uno de tantos es el tratamiento que Keynes hace de los tipos de interés. Hasta la “revolución” que supuso el inglés, los tipos de interés eran considerados como la prima de valor de los bienes presentes sobre los bienes futuros (preferencia temporal): cuanto más dispuestos estuvieran los consumidores a diferir su consumo, más bajos resultarían estos.

Para Keynes, sin embargo, los tipos de interés del dinero —que son en su opinión los realmente relevantes— dependen en primera instancia de la preferencia por la liquidez: si la gente quiere atesorar mucho dinero, los tipos de interés subirán y si, en cambio, está dispuesta a invertir su dinero atesorado en renta fija, los tipos de interés bajarán.

La divergencia entre la visión austriaca y la keynesiana tiene una relevancia enorme. Para los austriacos, ahorro e inversión necesariamente van de la mano: si se ahorra mucho, los tipos de interés bajarán (por la menor preferencia temporal), de modo que inversiones que no eran rentables pasarán a serlo, generándose una demanda de inversión que absorberá el exceso de ahorro. Por el contrario, si la demanda de inversión aumenta sin que lo haya hecho la preferencia temporal, los tipos de interés subirán, lo que llevará a los empresarios a competir por captar unos recursos dados para implementar sus proyectos —desplazando a los empresarios marginalmente menos rentables— o a los consumidores a incrementar su ahorro para sufragar todas las nuevas demandas de inversión —cuando, por ejemplo, se produce un adelanto tecnológico que promete una elevada rentabilidad y que requiere de un aumento temporal del ahorro para su implementación—.

Para los keynesianos, ahorro e inversión también van de la mano, pero en un sentido distinto: el ahorro se genera automáticamente a partir de los deseos de inversión de los agentes. Si la inversión agregada aumenta, la renta agregada lo hará y, con ella, el ahorro necesario para sufragar las inversiones iniciales; si, por el contrario, la inversión agregada se desploma, la renta agregada también lo hará y, con ella, el volumen de ahorro disponible. Keynes, por consiguiente, temía que el volumen de inversión agregado —determinado no por el tipo de interés, sino por la eficiencia marginal del capital— no fuera suficiente para sustentar una renta agregada creciente; esto es, que la inversión no fuera capaz de absorber todo el ahorro que iba quedando disponible conforme nos enriquecíamos y que, por consiguiente, ese ahorro se autodestruyera cuando la renta agregada decreciera por la parca inversión agregada. En definitiva, Keynes deseaba que la demanda de inversión siempre se encontrara por encima de la oferta de ahorro pues, al final, ambos se igualarían y más valía que se igualaran por lo alto que por lo bajo.

Ahora bien, ¿qué sucederá, según hemos visto, en el mercado de capitales cuando la demanda de inversión supere a la oferta de ahorro? ¿Qué pasará cuando los empresarios quieran invertir más o cuando los capitalistas deseen ahorrar menos? Pues que los tipos de interés subirán. El análisis keynesiano, por consiguiente, debería ver con buenos ojos las situaciones en las que los tipos de interés están muy altos, pues ahí es evidente que todo el ahorro es absorbido en feroz competencia por los empresarios.

Y, sin embargo, dado que resulta empíricamente absurdo sostener que los altos tipos de interés favorecen el crecimiento, el marco keynesiano se las arregla para contradecirse a sí mismo y que los tipos de interés elevados sean una de las mayores amenazas contra la prosperidad, básicamente por dos motivos: primero porque se supone que los altos tipos de interés van asociados con una elevada preferencia por la liquidez (atesoramiento) que obstaculiza la inversión y, segundo, porque se considera que el empresario sólo invertirá cuando la rentabilidad esperada de su plan de negocios supere los tipos de interés, de modo que cuanto más elevados sean éstos, menos incentivos habrá para invertir.

Al margen de las inconsistencias teóricas (la preferencia por la liquidez no eleva necesariamente todos los tipos de interés: puede elevar los tipos a largo y reducir los tipos a corto) y empíricas (casualmente, los períodos en los que el atesoramiento es más elevado suelen ir asociados con períodos en los que los tipos de interés a largo plazo son muy bajos), lo cierto es que el keynesiano es un teórico esquizofrénico que estará permanentemente insatisfecho: si para que su Edén se materialice es necesario que los tipos de interés sean altos, pero al tiempo asocia los altos tipos de interés con la miseria, lo lógico es que siempre que las tasas de interés se eleven —momento en el que un keynesiano debiera estar más calmado y satisfecho— propugne una política monetaria expansiva que las reduzca. Asimismo, cuando se produzca un colapso de la demanda de inversión que provoque una caída de los tipos de interés, los keynesianos defenderán la necesidad de reducirlos aún más, pues no asociarán la minoración inicial con una menor demanda de inversión, sino con una menor preferencia por la liquidez; mas si la demanda de inversión ha colapsado, desde luego no se conseguirá reavivarla con menores tipos, por lo que las facilidades crediticias sólo redundarán en una trampa de la iliquidez que retrase los ajustes en la economía real y en un mayor endeudamiento del Estado que distorsione el proceso de ajuste.

En otras palabras, el keynesiano, por su propio paradigma teórico, se verá siempre abocado a sustituir las carencias de ahorro con respecto a una demanda creciente de inversión por un aumento del crédito bancario no respaldado por ahorro; es decir, sustituirá ahorro por inflación y con ello engendrará un ciclo económico que, a corto plazo —durante el boom económico—, le moverá a la confusión de pensar que, en efecto, la reducción artificial de los tipos de interés ha permitido aumentar la demanda agregada y, con ella, la renta agregada.

El keynesianismo, en suma, sólo es compatible con un sistema económico sumido en recurrentes crisis. Su deficiente comprensión de los tipos de interés le conduce a una esquizofrenia: desear que la demanda de inversión supere la oferta de ahorro pero aborrecer la manifestación que, tal circunstancia, debería tener en los tipos de interés. De ahí a las expansiones descontroladas de crédito fiduciario hay sólo un paso que en las últimas décadas los keynesianos no han dudado ni siquiera un segundo en dar.

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