Una recompensa a la mala gestión

Mi último artículo crítico con la gestión que realizó Bernanke de la crisis posterior a la quiebra de Lehman Brothers ha despertado el interés de algunos lectores que me han inquirido sobre cuál habría sido la alternativa adecuada a su política monetaria.

No es que quiera simplificar el cometido de un banquero central aunque, como ya expliqué, Bernanke debería haberse limitado a lo que prescribió Walter Bagehot en su famoso tratado Lombart Street:

La mejor manera en la que el banco de banco –que posee la custodia de las reservas de todos los bancos– puede gestionar una crisis de confianza es prestando sin límites. El instinto inicial de todo el mundo es el contrario. Que si existe una gran demanda del bien que tu quieres preservar, hay que atesorarlo (…) Pero todo banquero sabe que este no es un buen mecanismo para calmar el pánico (…). Quienes tienen el dinero en efectivo deben estar preparados no para utilizarlo no para satisfacer sus obligaciones, sino las obligaciones de los demás. Han de prestar dinero a los mercaderes, a los pequeños banqueros, a ese y a aquel hombre… siempre que aporten buen colateral.

Subrayo deliberadamente las últimas cinco palabras porque son la clave para delimitar el error de Bernanke. Básicamente, pensemos en un pánico bancario como un escenario en el que cada individuo está ansioso por retirar su dinero del banco no porque necesite el efectivo, sino porque el resto de personas –que tampoco lo necesitan– están acudiendo a retirarlo y teme que no haya suficiente para todos y que, por tanto, los demás sean más veloces y se queden con su porción.

Se trata, pues, de un problema de coordinación entre los agentes: nadie sacaría el dinero del banco si nadie más lo hiciera, pero como todos lo hacen, todos se ven forzados a hacerlo. En Teoría de Juegos se diría que nos encontramos ante un dilema del prisionero donde la acción individual provoca consecuencias colectivas desastrosas (la destrucción de grandes cantidades de unidades de negocio sin motivo alguno).

Por fortuna, los mercados suelen desarrollar mecanismos que coordinen a los agentes y prevengan estos resultados desastrosos. En nuestras sociedades, ese mecanismo de coordinación está monopolizado por los llamados bancos centrales, encargados de gestionar de manera centralizada estos pánicos bancarios. No es una situación agradable ni óptima, pero es la que tenemos y padecemos y, por tanto, la que hemos de analizar. Una resignación que también se manifestaba en el texto de Bagehot:

Habría fracasado en mi objetivo si no hubiese mostrado que un sistema que confíe todas las reservas a un solo banco es anómalo, peligroso y trae nefastas consecuencias no del todo percibidas. (…) Estamos tan acostumbrados a un sistema bancario que dependa de un solo banco, que difícilmente podemos concebir otro. Pero un sistema natural –el que habría emergido sin la intervención del Gobierno– es el de muchos bancos que no se diferencien mucho de tamaño. (…) ¿Me convierte eso en revolucionario? ¿Propongo abandonar el sistema del monopolio de reservas y pasar a uno de reservas competitivas? Simplemente no, sería demasiado ingenuo por mi parte.

Así pues, y admitiendo que vivimos en uno de los peores sistemas financieros posibles, ¿qué política debe implementar un banquero central ante una crisis de confianza en la banca? Pues prestar sus reservas de manera ilimitada… siempre que exista buen colateral; esto es en el lenguaje inglés del s. XIX, activos que vayan a cobrarse sin incertidumbre y a corto plazo.

Cualquier otro préstado ilimitado por parte del banco central será un mecanismo de “ahorro forzoso” que confundirá salir de una crisis de liquidez con evitar un conjunto de necesarias quiebras empresariales (en este caso de la banca). Es decir, un mecanismo para que la ciudadanía subsidie a la banca vía inflación.

Dentro de esas directrices y siendo conscientes de las muy importantes diferencias entre el sistema bancario que estudiaba Bagehot y el actual, las decisiones que tomó Bernanke durante el cuarto trimestre de 2008 fueron bastante sensatas. En concreto, conforme se acumulaban las reservas de la banca privada en sus baúles, comenzó a descontar efectos comerciales a corto plazo de las empresas (en un programa que se denominó Commercial Paper Funding Facility) y al resto de la banca comercial (en otro programa denominado Term Auction Facility). Dos medidas, como digo, bastante acertadas que no suponían tensiones inflacionistas –como demuestra el hecho de que casi todas las empresas y bancos a las que prestó dinero ya lo han devuelto– y que permitían a la economía disipar el pánico sin bancarrotas innecesarias.

El problema es que a partir de 2009 Bernanke comenzó a prestar, no a corto plazo, sino por períodos de tiempo muy prolongados. Así, inició un programa para adquirir hipotecas a 30 años por importe de un billón de dólares y otro para comprar masivamente la deuda pública que emitía Obama para financiar sus planes keynesianos de estímulo.

Con ellos, Bernanke está poniendo en muy serio peligro la salud de la economía estadounidense y la estabilidad de su moneda. Y todo sin que fuera en absoluto necesario para resolver el pánico de confianza.

Tengamos presente que, siendo optimistas, la Fed no recuperará hasta dentro de 30 años el dinero que ha destindo a comprar hipotecas a valores muy inflados y que había recibido como depósito a la vista por parte de los bancos privados. En el momento en que estos bancos privados quieran retirar sus fondos de la Fed (y previsiblemente lo querrán antes de 30 años), al banco central no le quedará más remedio que, como yareconocen sus propios directivos, vender a muy bajo precio las hipotecas y diluir el valor del dólar. El billete verde, por consiguiente, podría sufrir un pánico de confianza de la misma manera en que lo ha sufrido hoy el sistema bancario privado.

Y si estos son los méritos de Bernanke, ¿por qué Obama decide ahora renovarlo al frente de la Fed? Pues simplemente porque ha actuado muy lealmente a la hora de colocar las ingentes cantidades de deuda pública que ha emitido la nueva Administración con tal de expandir el poder del Estado. Roma no pagaba a traidores, Washington sí.

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