A Grecia y España se les acaba el tiempo

Grecia se encuentra en estos instantes al borde de la quiebra por dos razones que, para nuestra desgracia, el Gobierno socialista de España ha venido reproduciendo durante esta legislatura. Una es haber gastado durante muchos años por encima de sus posibilidades, echando mano de la deuda pública hasta unos extremos que la volvían literalmente impagable. El segundo es incumplir las condiciones que le impuso la Unión Europea para aceptar su rescate.
Así las cosas, los socialistas de izquierdas y de derechas que gobernaron el país heleno durante décadas cargaron a las espaldas de sus ciudadanos unos volúmenes mastodónticos de deuda pública que han llegado al 150% del PIB. Como es lógico, llegó un momento en el que los inversores extranjeros se asustaron, desconfiaron de la solvencia del país y dejaron de refinanciarle la deuda. Es lo que tiene: los ahorradores prestan su dinero con la esperanza de que les sea devuelto, y Grecia no inspiraba ninguna confianza a este respecto.
Fue en esos momentos de quiebra técnica cuando llegó la Unión Europea con su famoso plan de rescate: Bruselas prometía proporcionarle a Grecia los fondos que necesitaba… siempre que esta asumiera el compromiso de ir reduciendo su abultado déficit. Dicho de otro modo, la Unión Europea le proporcionaba al país periférico una cierta respiración asistida para que este aprovechara el tiempo para reordenar sus finanzas. Lo lógico habría sido combinar enérgicos tijeretazos al gasto público con enormes privatizaciones de su cartera de activos: recordemos que Grecia adeuda alrededor de 350.000 millones de euros pero posee un patrimonio valorado en 300.000 millones. ¿Por qué no liquidarlos todos, dejarlos en las mucho más eficientes y legítimas manos privadas y proceder a amortizar gran parte de la deuda viva?
Pero no. Grecia prefirió incumplir su palabra, adormecida en el muy cómodo rescate de sus socios comunitarios. Así las cosas, en agosto ya había prácticamente rebasado el objetivo de déficit que Bruselas le fijó para todo el año, de modo que la UE optó por congelarle los fondos que el Estado griego necesitaba para seguir pagando las nóminas y las pensiones; unos fondos que permanecerán en el congelador hasta que el país demuestre inequívocamente que quiere reconducir su presupuesto a través de todos los planes de ajuste que sean necesarios para ello. Y aquí no valen medias tintas: o toma decisiones drásticas o se acabó la fiesta, pues los mercados hace tiempo que dejaron de prestarle a unos tipos de interés que fueran asumibles (ayer los intereses a un año alcanzaron el 108%, lo que demuestra que nadie confía en su habilidad para amortizar sus pasivos). El problema de Grecia es que el tiempo se le acaba: en octubre, si alguna parte no ha dado su brazo a torcer, se quedará sin tesorería y deberá suspender pagos.
No sería la peor de las soluciones posibles; tal vez, acaso, la segunda mejor después de que Grecia implementara los planes de ajuste necesarios. Una quiebra castigaría a los prestamistas que se equivocaron financiando ese parque temático socialista y disciplinaría al resto de deudores que, como España, están a verlas venir con Grecia, que no se toman en absoluto en serio el riesgo de una quiebra y confían en engañar a Bruselas y a los mercados para que la fiesta estatista dure un poquito más.
No convendría, sin embargo, que miráramos estos dramáticos acontecimientos con lejanía, como si no fueran con nosotros. No sólo porque si Grecia quiebra, la refinanciación de nuestra deuda se encarecerá de manera muy sustancial –más que nada porque quienes ahora mismo nos financian son bancos franceses y alemanes, que recibirían un durísimo golpe con la quita griega–, sino porque los paralelismos entre ambas economías resultan, cuando menos, inquietantes.
Los Estados de ambos países siguen viviendo muy por encima de sus posibilidades y, lo que es peor, Bruselas ya asume que España no cumplirá con su compromiso de déficit para 2011 y 2012. Es cierto que nuestra deuda pública es menos de la mitad de la griega, pero nuestra deuda privada es muy superior y, en todo caso, si el crédito se corta en seco, se cortará para todos, especialmente para los menos solventes: es decir, para nosotros.
Y, por si lo anterior fuera poco, el partido socialista de Grecia sólo ha atinado a combatir su déficit implantando un ruinoso tributo sobre las propiedades inmobiliarias que únicamente terminará por ahuyentar el poco capital nacional y extranjero que desee permanecer en el país. Por su parte, el partido socialista español pretende asimismo aprobar un impuesto sobre el patrimonio que tampoco contribuirá –ni mucho menos– a reducir el déficit y sí a castigar irracionalmente el ahorro de los españoles, justo lo que ahora necesitamos con urgencia. ¿Por qué no privatizar propiedades estatales en lugar de expropiar las privadas? La perversa lógica del intervencionismo socialista.
Puede que algunos confíen en que los eurobonos acudirán triunfantes al rescate, pero éstos no solventan los problemas de fondo: a saber, que a toda la Eurozona se le acaba el tiempo… y el crédito.

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