Adiós a 'Helicóptero Ben'

Tras ocho años en el cargo, Ben Bernanke acaba de abandonar la presidencia de la Reserva Federal de EEUU, ese monopolio estatal sobre la emisión de moneda que ha contribuido a hundir el valor del dólar en un 95% desde su creación. Bernanke se marchó entre múltiples vítores y elogios periodísticos por haber evitado el colapso financiero de la economía mundial allá por 2008. Por supuesto, esos mismos aduladores olvidaron convenientemente toda la historia y, más en concreto, su comienzo: que el aclamado economista integraba el Consejo de Gobierno de la Fed durante los años en los que se gestó la burbuja de cuyo estallido presuntamente vino a salvarnos.
Bernanke estrenó su nuevo cargo en la Fed allá por 2002 con dos discursos que constituirían su carta de presentación ideológica. En el primero de ellos, el estadounidense se declaraba contrario a usar la política monetaria para pinchar las burbujas de activos: a su juicio, el banco central ni era capaz de detectarlas ni, aun cuando lo lograra, de pincharlas incrementando los tipos de interés. En su segundo discurso, impartido un mes después del anterior, expresó sus miedos al monstruo de la deflación, prometiendo a los mercados que la Fed haría todo lo necesario para combatirla: incluyendo el uso de todo tipo de políticas monetarias no convencionales para multiplicar la cantidad de dólares dentro del sistema (fue ahí cuando se ganó el apelativo de ‘Helicóptero Ben’). En esos dos discursos, pues, se concentra toda la esencia de la trayectoria de Bernanke al frente de la Fed.
Así, entre 2002 y 2007, Bernanke fue corresponsable —junto con Alan Greenspan— de gestar y negar la burbuja financiera e inmobiliaria que terminó llevándose la economía mundial por delante y cuyas devastadoras consecuencias todavía parecemos hoy. Fiel a las ideas del que luego sería su presidente, la Fed mantuvo durante un larguísimo período de tiempo los tipos de interés en mínimos históricos con el propósito de evitar pinchar preventivamente la orgía crediticia; asimismo, fiel a la ceguera voluntaria de Bernanke, la Fed negó durante años que la burbuja siquiera existiese. El propio Bernanke declaró a finales de 2005 —con los precios de la vivienda en máximos burbujísticos y justo antes de asumir la presidencia de la Fed— que no había burbuja inmobiliaria alguna en el país.
Pero, por mucho que lo desearan Bernanke y la Fed, no hay burbuja que cien años dure, de manera que en 2007 el castillo de naipes se vino abajo a pesar de los desesperados intentos de la Fed por reinflarla. El sistema financiero se vino abajo y es aquí cuando podemos marcar el comienzo de su segunda etapa al frente de la Fed: la de la contención y asimilación del autogolpe financiero para evitar toda contracción deflacionista.
Es verdad que durante el crítico cuarto trimestre de 2008 Bernanke actuó con cierta responsabilidad y acierto: fueron tres meses de infarto en los que la quiebra de Lehman, la torpeza de los planes de rescate gubernamentales y las arbitrarias intervenciones políticas en el necesario proceso de liquidación y reestructuración de los bancos empujaron a la economía mundial al borde de la parálisis y el colapso. Durante esos meses Bernanke hizo lo que debía hacer: garantizar la liquidez del sistema (lo mismo hizo, por cierto, el BCE con bastantes menos alharacas, sin que nadie recuerde hoy a Trichet como «el hombre que evitó el colapso»). Pero ni siquiera en esta segunda etapa Bernanke es merecedor de la cantidad de elogios desproporcionados que los genuflexos con el poder siempre gustan de dirigir hacia aquellos que lo han detentado.
A la postre, disipado el pánico y normalizado el funcionamiento de los mercados financieros, allá por el primer trimestre de 2009, Bernanke volvió a exhibir su peor y burbujística cara implementando un programa de «flexibilizaciones cuantitativas» que han multiplicado por seis el balance de la Fed (incluyendo la compra de 1,5 billones de hipotecas basura que constituye un megarrescate encubierto de los bancos a costa de los tenedores de dólares) y cuyo objetivo declarado era reinflar la orgía crediticia dentro del país. Dado el hiperapalancamiento de las familias y empresas estadounidense, no fue capaz de lograrlo, al menos hasta el momento. Pero la política monetaria de Bernanke sí contribuyó decisivamente a contaminar los mercados emergentes con un caliente y distorsionador crédito barato cuyas inquietantes consecuencias ahora mismo estamos comenzando a presenciar.
En suma, Bernanke tuvo tres buenos meses al frente de la Fed a lo largo de ocho años. Es verdad que fueron tres meses clave, pero resulta complicado juzgar su trayectoria como gestor del colapso sin recordar que fue coautor de ese colapso; difícil presentarlo como el hábil y diligente timonel en momentos de tribulación, cuando también fue el suicida cartógrafo que dirigió al barco hacia la tormenta perfecta. Pero también resulta difícil aplaudirle en su salida cuando deja irresponsablemente el balance de la Fed hipotecado durante décadas con inciertas consecuencias. Acaso convendría no olvidar que los mismos que hoy agasajan a Bernanke son los mismos que en 2006 despedían a Greenspan entre gritos de ‘Maestro’ para, dos años después, terminar pidiendo su procesamiento por ser uno de los causantes de la crisis que acababa de estallar.

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