Bernard Madoff, al frente de la Seguridad Social

Intuye el común de los mortales que, conforme abona sus gravosísimas cotizaciones a la Seguridad Social, éstas se van acumulando en una hucha pública de la que irá echando mano una vez alcanzada la senectud. En este sentido, las pensiones serían la justa y proporcional retribución de años de duro y abnegado trabajo en provecho del Fisco. Es, o debería ser, de sentido común: mi consumo futuro debería estar basado en mi ahorro acumulado en el pasado.
Sucede que tan elemental y primario sentido común financiero quiebra por todos los costados cuando se trata de gestionar –torpe sector público mediante– el mayor volumen de capital que jamás manejará una persona: el orientado a preparar su jubilación. Lejos de, en efecto, constituir un fondo patrimonial del que obtener unas rentas periódicas que permitan afrontar con holgura el abandono de la vida laboral, las cotizaciones a la Seguridad Social de los trabajadores actuales integran los pagos de pensiones de los jubilados del año en curso. El ahorro juvenil se transforma en consumo senil, sin que entremedio se interponga amasamiento de riqueza alguno: no hay constitución de un fondo patrimonial, sino consunción del mismo.
Los sistemas de pensiones de todo Occidente se asientan en la modalidad de reparto y no de capitalización. No acrecientan la tarta individual de cada trabajador presente sino que se les traslada íntegra a los pensionistas actuales a cambio del derecho de poder arramblar las tartas de los obreros futuros. Desastroso esquema financiero de corte piramidal –por el que un tal Bernard Madoff ha sido condenado a 150 años de reclusión penitenciaria– que acaso acarrea un inconveniente: si, llegado el día de autos, no hay suficientes pasteleros que manufacturen suficientes cocas, algunos tendrán que quedarse sin la ración que se les había prometido.
Mas si la anterior piramización de la Seguridad Social constituyera escaso obstáculo para su viabilidad, añadan a tal mejunje la última de Fátima Báñez que no es más que la primera de Celestino Corbacho: el fondo de reserva de las pensiones, ese garante último de la calidad de vida de nuestros jubilados, se halla en un 97% invertido en deuda pública española. O por expresarlo en términos más sencillos pero no menos precisos: con tal de costear su sobredimensionado Estado, Zapatero y Rajoy se han merendado los 60.000 millones de euros de capital del fondo de reserva a cambio de la inverosímil promesa de que lo repondrán más adelante soltando algún que otro interés a modo de aguinaldo.
Voluntariosa actitud que se topa con un obstáculo fundamental: las Administraciones Públicas españolas arrastran un déficit anual de más de 75.000 millones de euros. ¿Cómo reponer el capital dilapidado si no se cuenta con capacidad de ahorro en términos netos? Sólo aspirando a una continuada refinanciación en los malosos ‘mercados’ del insostenible nivel de deuda pública: ahí tienen a BernieMadoff travestido de Báñez manoseando nuestra Seguridad Social por partida doble; no sólo las pensiones, sino el famoso fondo que presuntamente iba a garantizarlas.
Aunque, bien mirado, tampoco lloren demasiado por ese milmillonario fondo de reserva que nuestros políticos se han fundido en apenas unos añitos. Con 63.000 millones de capital, sólo podrían haberse cubierto cinco años del actual y expansivo déficit de la Seguridad Social (12.000 millones en 2012). Así pues, cuanto antes asumamos que nuestro socialdemócrata sistema de pensiones ha muerto y debemos comenzar a reformularlo sobre los principios del ahorro individual y del libre mercado, tanto mejor para todos.

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