Capitalismo de filántropos

Filantropía es amor por el género humano: luchar pacíficamente por transformar la sociedad en un lugar mejor donde vivir. Son muchos quienes, incorrectamente, creen que ese amor hacia el género humano es incompatible con el capitalismo: a su juicio, el interés personal por necesidad está reñido con el bien común y, por tanto, uno no puede perseguir ese bien común guiado por la estela del beneficio empresarial. Se diría, pues, que son ámbitos completamente separados, incluso enemigos: economistas como Christian Felber, de hecho, han defendido la necesidad de “reprogramar” el capitalismo para que los empresarios dejen de buscar la estrecha maximización de beneficios monetarios y pasen a perseguir una concepción de bien común verdaderamente enriquecedora.
A este respecto, es habitual replicar que muchos capitalistas son ante todo personas de carne y uso preocupados por el bienestar de sus semejantes, tal como se pone de manifiesto cuando reciclan una parte de sus ganancias en ayudar a los más desfavorecidos: sería el caso de Bill Gates, quien ha nutrido las arcas de la Fundación Gates con 28.000 millones de dólares, o de Warren Buffett, quien se ha comprometido a entregar el 99% de su fortuna (unos 73.000 millones de dólares) a la filantropía (en gran medida a la propia Fundación Gates); en España, la Fundación Amancio Ortega también destina cada año varias decenas de millones de euros a sufragar diversos proyectos educativos y caritativos. En todos estos casos hablamos de “filantropía de capitalistas” (filantropía sufragada y protagonizada por grandes capitalistas).
Sin embargo, la filantropía dentro del capitalismo no se limita a cómo los capitalistas reinvierten socialmente la riqueza que han conseguido por medios no filantrópicos, sino también a cómo la generan originalmente desde sus compañías. Los capitalistas, cuando buscan maximizar sus beneficios, pueden hacerlo dentro de un proyecto empresarial que ellos consideren que coadyuva al bien común mucho más que cualquier iniciativa puramente filantrópica. Por ejemplo, es evidente que la principal contribución de Edison al género humano fueron sus invenciones, especialmente la bombilla eléctrica, y que ninguna obra filantrópica que hubiese podido realizar a lo largo de su vida podría haber opacado el impacto que tuvo semejante innovación empresarial; asimismo, es obvio que Henry Ford no hubiese dejado una mayor huella en la humanidad dedicándose a la asistencia social que inventando el automóvil de masas.
Desde el ámbito empresarial, pues, también puede promoverse el bien común desarrollando productos, tecnologías e innovaciones que mejoren sosteniblemente el modo de vida de cientos de millones, o de miles de millones, de personas: en tal caso podríamos hablar no de filantropía de capitalistas, sino de capitalismo de filántropos; a saber, un capitalismo protagonizado por filántropos visionarios, por grandes creadores de valor que no sólo se preocupan por enriquecerse personalmente sino, sobre todo, por desplazar los horizontes de la humanidad.
Uno de los capitalista-filántropos más notables de estos primeros quince años del siglo XXI ha sido, sin duda alguna, Elon Musk. Sería difícil explicar los intereses empresariales de Musk sin referirnos a su preocupación por el bienestar del conjunto de la humanidad: el desarrollo de coches eléctricos no contaminantes por Tesla Motors, la ambición aeroespacial por llegar a Marte de SpaceX o la lucha contra el cambio climático a través del abaratamiento de paneles solares de SolarCity son proyectos visionarios que, como decía, difícilmente pueden entenderse sin una vocación profundamente filantrópica que complemente el legítimo ánimo de lucro de Musk.
Así lo reconoció hace poco más de medio año el cofundador de Google, Larry Page, quien afirmó que en caso de morir inminentemente preferiría donar su fortuna a capitalistas con ganas de mejorar la humanidad, como Elon Musk, que a organizaciones benéficas. A juicio de Page, Musk tiene ideas empresariales revolucionarias no para su bolsillo, sino para el género humano: “eso es una empresa y también es filantropía”, sentenció Page.
En efecto: Musk busca transformar el mundo en un lugar mejor donde vivir. Musk ama la humanidad y canaliza ese amor a la humanidad a través de sus empresas e inversiones, del mismo modo que muchas otras personas lo canalizan colaborando con ONGs o sirviendo desinteresadamente a su comunidad local. Musk es un filántropo: no a pesar de ser capitalista, sino a fuer de ser capitalista.
Durante mucho tiempo el Estado ha tratado de monopolizar las ideas de “bien común” o de “interés general”. Si sólo los Estados podían preocuparse por el bienestar del conjunto de las personas —a pesar de sus frecuentes guerras, de sus antihumanitarias barreras migratorias, del espionaje y control sistemático de la población o de su captura e instrumentación por parte de grupos de presión—, entonces parecería que la omnipresente coacción que tales Estados infligen sobre los ciudadanos estaría justificada: sólo desde intereses personales, egoístas, sectarios y antisociales podía uno oponerse el ordeno y mando estatal. Pero una vez nos damos cuenta de que todos, también los capitalistas, pueden perseguir el bien común de una sociedad desde los más variados y heterogéneos ámbitos de su vida diaria, entonces el intervencionismo estatal se vuelve todavía menos justificable. No manejemos la vida de la gente: permitámosle a cada cual realizar en este mundo su particular concepción de bien común.

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