Casado: pasar de las palabras a los hechos

El discurso de Pablo Casado en el cierre de la convención del Partido Popular de este fin de semana ha sido un discurso ambivalente para cualquier liberal: inmaculado en el apartado de los principios; grisáceo en las propuestas prácticas, y oscuro en las perspectivas de aplicación.

En cuanto a la proclamación de los principios generales, es difícil apostillarle nada al líder del PP. Cualquier liberal suscribiría de principio a fin las cinco grandes ideas fuerza sobre las que Casado ‘dice’ querer fundamentar su acción de gobierno: igualdad jurídica, libertad individual, libertad de mercado, imperio de la ley y responsabilidad personal. Cinco principios que estructuran el pensamiento liberal y que el propio Casado ha ligado a las ideas fundacionales de la Escuela de Chicago y de la Escuela Austriaca. Desconozco, eso sí, hasta qué punto el popular es consciente del tipo de políticas que históricamente han propugnado estas dos escuelas de pensamiento en las que dice inspirarse (por ejemplo, privatizar la educación manteniendo a lo sumo implantar un cheque escolar; privatizar el sistema de pensiones a través de un modelo de capitalización; privatizar el dinero y eliminar los privilegios jurídicos de la banca; suprimir toda legislación laboral que privilegie a los sindicatos; despenalizar las drogas, etc.) o si tan solo se remite a ellas como continentes eufónicos vacíos de contenido.

Sea como fuere, tras tan ilusionante declaración de intenciones, nos topamos con unas líneas de actuación bastante más grisáceas desde la perspectiva liberal. En concreto: lucha penal contra el nacionalismo (sin dar respuesta al problema de desafección de fondo de casi la mitad de la sociedad catalana hacia España); revolución fiscal audaz sin especificar cómo financiarla (y, aunque el discurso de cierre de una convención no es el momento para desgranarlo, no se le conoce al PP, como tampoco a Vox, ninguna memoria económica al respecto); reforma educativa basada, por un lado, en la libertad de elección de los padres (bien) y, por otro, en la centralización de contenidos (mal); impulso de la natalidad y defensa de la familia (declaración poco específica de intenciones y sin especificar medios a emplear); simplificación burocrática sin, eso sí, alterar el estatus ventajoso de los funcionarios; promoción de la cohesión territorial (a través de la tramposa ‘solidaridad interterritorial‘); Justicia imparcial e independiente (algo que sonaría estupendo si el propio Casado no hubiese participado en el infame reparto político del CGPJ); fronteras seguras pero a su vez abiertas a quienes quieran convivir con nosotros (no queda nada claro si se apuesta por flexibilizar las condiciones de acceso o más bien por todo lo contrario); una política exterior donde España se haga respetar (nuevamente, palabras genéricas y vacías), y una apuesta decidida por la globalización y la revolución tecnológica (al menos, aquí sí hay un compromiso tangible: eliminar las tasas Google y Tobin).

Pero acaso lo peor del discurso es que es solamente eso: un discurso. La política es el arte de conquistar el poder generando obediencia entre todos aquellos que pueden disputártelo, lo que en democracia significa manipular a los ciudadanos (diciéndoles aquello que quieren escuchar y prometiéndoles aquello que desean que les sea prometido). El político liberal no es solo aquel capaz de hilar unas buenas palabras en torno a la libertad —pues en tal caso sería solo un intelectual o un divulgador—, sino aquel capaz de traducir tales palabras en medidas liberalizadoras. Y para ello ha de estar dispuesto a librar la batalla, no solo contra la opinión pública sino también contra su propio partido, contra los ‘lobbies’ consolidados en la sociedad y, sobre todo, contra sus propios intereses personales. El profesor Rodríguez Braun lo resumió magníficamente durante la convención: “El político que merece ganar votos es aquel que para defender la libertad está dispuesto a perderlos”. Y pocos políticos están dispuestos a arriesgarse a fracasar en su conquista de las instituciones por el hecho de impulsar unos principios —los de la libertad— que incomodan a demasiada gente demasiado poderosa dentro y fuera del partido.

A este respecto, de hecho, la historia del PP no puede ser más decepcionante: no solo con el PP de Rajoy —que es obvio que se burló sin escrúpulos de todos los españoles, prometiendo primero recortar los impuestos y castigándonos después con una de las mayores subidas fiscales de nuestra historia—, sino también con el PP de Aznar —cuya acción de gobierno, por mucho que haya tratado de ser reescrita ‘a posteriori’ bajo el prisma de la épica liberal, tuvo muchísimos elementos nada liberales—.

Por supuesto, juzgar a Pablo Casado por lo que todavía no ha tenido ni siquiera opción de hacer sería totalmente injusto. Es más, bien mirado, ya ha hecho algo que sus antecesores no hicieron: hilvanar un discurso con algunas partes genuinamente liberales. Pero, siendo realistas, ni la opinión pública, ni sus compañeros de partido, ni los poderes fácticos ni, sobre todo, sus ambiciones personales hacen demasiado probable que tan notable alocución se traduzca en prácticas sobresalientes. El tiempo nos dirá si Casado es una muy ‘rara avis’ dentro de la clase política —un político dispuesto a perder el poder por sus ideas— o, simple y llanamente, otro político más que no duda en embaucar a sus votantes para alcanzar el poder.

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