Confianza que genera desconfianza

Se ha adueñado de este país la muy peregrina (y keynesiana) idea de que para crear empleo necesitamos crecer y que para crecer es menester generar confianza. Al final, pues, todos nuestros problemas se reducirían al consabido estoloarreglamosentretodismo. La concordia nacional, de PSOE a PP y de sindicatos a patronal, sería el mejor bálsamo para nuestros males y permitiría recolocar a esos cinco millones de personas en empleos de calidad. Conocida, por tanto, la fórmula mágica, huelga preocuparse por nada más. Los flashes de las cámaras, los apretones de mano y el cambio de gobierno obrarán milagros por sí mismos. «Reforma laboral, ¿para qué?», responden al unísono el falsario socialista que aprendió economía en dos tardes y el enigmático socialista-bis que arregla todo entuerto en dos años.
Se ve que nada tendrá que ver con nuestro rigidísimo mercado laboral que el PIB alemán cayera entre 2007 y 2009 un 3,7%, y pese a lo cual su tasa de paro se redujera del 8,3% al 7,5%, y que el nuestro, minorándose un 2,9%, provocara un aumento del desempleo del 8,2% al 18%. Será que los germanos, muy orgullosos ellos, no perdieron nunca la confianza en sí mismos y que nosotros, melodramáticos españoles que no sabemos valorar los líderes de que gozamos, nos deprimimos a las primeras de cambio.
Mas déjenme que apunte a un detalle sobre el que, tal vez, los partidarios del trinomio confianza-crecimiento-empleo no han recaído. La economía crece cuando aumenta la producción de bienes y servicios, y la producción de bienes y servicios aumenta o cuando el número de empleados se incrementa o cuando los que hay se vuelven más productivos. Relacionar lo primero con la creación de empleo equivale a confundir causa y consecuencia: no es el crecimiento lo que crea empleo, sino el empleo lo que engendra crecimiento. Relacionarla con lo segundo tiene más de esperanza que de ciencia: ninguna conexión automática existe entre que la mayor productividad (y mayor poder de compra) y la creación de empleo; sin reestructuraciones sectoriales, sólo si esa mayor productividad se destinara a demandar los carísimos bienes y servicios que venían produciendo los desempleados –¿inmuebles?–, el paro comenzaría a menguar. Lástima que las burbujas, cuando pinchan, lo hagan por varias décadas.
Señores políticos, confíen menos en la confianza y más en la flexibilidad del libre mercado. Vamos, preocúpense menos por conservar o regresar al mullido sillón y al coche oficial y más por retirar las cadenas sindicales y administrativas que han extendido sobre nuestras empresas.

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