Contra la reválida

Uno de los posicionamientos ideológicos más absurdos e incoherentes que se han vivido en los últimos años es el de la oposición frontal a la reválida por parte de la izquierda política. Quienes promovemos una enseñanza privada, liberalizada y en competencia estamos lógicamente en contra de la reválida: a la postre, se trata de un examen centralizado sobre contenidos curriculares estandarizados que, en consecuencia, le otorga al Estado el monopolio para diseñar, imponer, evaluar y certificar tales contenidos. Por el contrario, los partidarios de una enseñanza privada, libre y en competencia defendemos que debe ser cada escuela la que determine sus itinerarios educativos, la que examine a sus alumnos y la que expida sus propios títulos acreditativos: no es necesario ningún organismo público que avale si tales titulaciones son de calidad o no, pues el mismo mercado se encargará de discriminar entre ellas en función de la reputación de cada escuela, de su plan de estudios y del rigor de sus controles internos de calidad.

La reválida es precisamente lo opuesto a este mercado de enseñanza: cada escuela debe impartir el currículum nacional y cada alumno obtiene el título de educación secundaria sólo en la medida en que sea capaz de demostrar que ha interiorizado ese currículum nacional. Frente a la descentralización y a la libre competencia propias de un sistema de acreditaciones privadas por centro de enseñanza, la reválida constituye un mecanismo público, centralizado e igualitarista de acreditaciones. Oponerse a la reválida y, por tanto, a que la titulación que proporcione el Estado cuente con un mínimo control interno de calidad, supone seguir condenando al descrédito a esa titulación pública y, por tanto, a que sea el prestigio particular de cada centro de enseñanza el que dote de buena o mala fama a la trayectoria discente de cada estudiante. Sin reválida, lo que cuenta no es el título público —pues cualquier chiringuito público o privado tiene derecho a regalar tales títulos a sus estudiantes sin ninguna supervisión exhaustiva por parte del Estado—, sino la reputación del centro de enseñanza en el que haya estudiado cada alumno.

La reválida, en suma, es incompatible con una educación genuinamente privada, liberalizada y competitiva. Por eso es de agradecer que la izquierda esté oponiéndose furibundamente a ella: nos está haciendo el favor a todos los liberales de no tener que eliminarla en el futuro cuando, por fin, podamos lanzarnos a privatizar la educación.

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