¿Cuáles son los zapatos adecuados para un economista?

En muchas ocasiones se critica a los economistas por teorizar desde torres de marfil alejadas de la vida cotidiana y no descender jamás al mundo real. El reproche no tiene demasiado que ver con el, por otro lado, interesante debate sobre la calidad y los límites de los estudios empíricos en Economía: más bien se refiere a la sesgada percepción de mucha gente de que su experiencia práctica en el mercado no guarda relación con la que describen los modelos.
Por ejemplo, cuando los economistas hablan de conciliación de intereses, muchas personas sólo ven conflictos persistentes; cuando alaban la competencia, esas mismas personas únicamente encuentran monopolios; cuando razonan que la remuneración del trabajo depende de su capacidad para generar valor, se espeta que los obreros viven explotados por el capitalista; cuando se menciona que el motor de la economía no es el consumo, sino el ahorro, rápidamente se cosecha la incomprensión de aquellos comerciantes cuyos negocios sí dependen del consumo.
Esta contraposición entre la realidad según es descrita por la teoría y la realidad según es percibida por cada agente económico es lo que lleva a mucha gente a pedir a los economistas que desciendan de sus torres de marfil y que se pongan en la piel, o en los zapatos, de cualquiera de los millones de trabajadores o pequeños empresarios que conforman una sociedad para, acto seguido, proceder a reflexionar si sus teorías siguen en pie.
En general, soy un entusiasta de enriquecer la teoría económica con todo el realismo posible, esto es, de alejarla de modelizaciones y abstracciones que deliberadamente se quieren irreales. Sin embargo, la crítica de que los economistas deben efectuar sus análisis desde el punto de vista de alguno de los agentes me parece del todo desacertada. Pues la cuestión de fondo sigue siendo: ¿desde el punto de vista de qué agente o agentes? ¿Del trabajador del carbón, del trabajador de paneles solares, del alto directivo de una multinacional, del gestor de un hedge fund, del rentista pasivo que tiene sus ahorros inmovilizados en deuda corporativa, del especulador bajista que busca desinflar los activos burbujísticos, del promotor inmobiliario que ha construido muchas más viviendas de las que puede vender o del inversor buitre que se dedica a desmembrar empresas quebradas para extraer algo de valor de los escombros? De hecho, ¿hemos de analizar la economía desde la perspectiva del trabajador del carbón cuando actúa como factor productivo, cuando actúa como consumidor o cuando actúa como ahorrador-capitalista (cuando una pequeña porción de su renta la invierte en un fondo de pensiones)?
Cualquier respuesta que demos a estas preguntas será, a buen seguro, una respuesta arbitraria. Pedir que los economistas dejemos de ser observadores externos e imparciales para colocarnos los zapatos de algún agente concreto equivale a exigir que retorzamos nuestros análisis para justificar que los intereses particulares de unos agentes primen y se impongan sobre los del resto, cuando precisamente los mercados son sistemas dentro de los cuales se intentan conciliar de manera pacífica y cooperativa los muy diversos intereses de los muy heterogéneos factores económicos.
Por ejemplo, si analizamos el conjunto de la economía desde los anteojos de un minero del carbón, será necesariamente una catástrofe que caiga el precio del carbón, o incluso que no suba año a año. Si, en cambio, analizamos la economía desde el punto de vista del consumidor de electricidad, vemos que el encarecimiento del carbón le hará pagar más por la luz y, por lo tanto, le empobrecerá, y que verá reducirse los fines vitales que puede satisfacer. Lo que preferiría el consumidor sería que el precio del carbón cayera a cero, en claro perjuicio del minero. ¿Qué intereses habría que tomar en cuenta? ¿Qué zapatos habría que ponerse? ¿Los del minero o los del consumidor?
Lo mismo sucede si, a la muy subconsumista manera, analizamos la totalidad de la economía desde el punto de vista del comerciante minorista. En tal caso, confundiremos el bienestar de la sociedad con el bienestar de un vendedor en particular y concluiremos que la base de la prosperidad está en el consumo masivo (sobre todo si la mayoría de las ventas se las lleva el comerciante desde cuya perspectiva analizamos la economía), cuando en tal caso los tipos de interés se dispararían, muchos empresarios endeudados o dedicados a la producción de bienes de capital irían derechitos a la bancarrota y, en suma, la sociedad se volvería mucho más pobre. ¿Qué zapatos habría que calzarse? ¿Los del minorista o los de empresarios endeudados y volcados en las industrias más intensivas en capital?
En realidad, ninguno de ellos. La misión del economista no es convertirse en vocero de intereses particulares, sino estudiar las condiciones que favorecen la coordinación entre una pluralidad de agentes económicos con propósitos vitales muy heterogéneos pero que terminan renunciando a una parte de sus intereses absolutos para alcanzar acuerdos con otras personas y lograr una cooperación mutuamente beneficiosa. Es decir, el economista debería describir cómo, a través de la propiedad privada, los contratos voluntarios, la libre determinación de precios, la competencia de planes empresariales, los beneficios y otras instituciones del mercado se logra que todos los agentes, cada uno desde su función especializada, colaboren en la creación y distribución de riqueza. Y también estudia, claro está, qué interferencias o actuaciones distorsionan y destruyen ese saludable proceso.
Por eso, el economista no ha de ponerse los zapatos del trabajador, ni los del capitalista, ni los del político, ni los del especulador, ni los del banquero, ni los del terrateniente ni los del parado. No, el economista ha de vestirse con los zapatos del economista, es decir, los de un científico social que estudia la conciliación espontánea de intereses en ese proceso dinámico de cooperación y coordinación pacífica que es el mercado. Por eso, quienes critican a los economistas por no ponerse en su situación particular deberían hacer un esfuerzo por ponerse en la situación particular del economista y tratar de evitar análisis del conjunto de la sociedad sesgados por sus intereses concretos y por su parcial conocimiento de la realidad.

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