Cuba: el modelo de nuestro ministro de Consumo

El próximo ministro de Consumo del Gobierno de España, el comunista Alberto Garzón, considera que “el único país cuyo modelo de consumo es sostenible y tiene un desarrollo humano alto es… Cuba”. Lo escribió en un tuit de 2012 recientemente borrado (supongo que en aras de la transparencia y la fiscalización política) donde a su vez se nos remitía a un texto del marxólogo Carlos Fernández Liria en el que se loaban las virtudes de la sostenibilidad económica de la castro-cárcel cubana y en el que se contenían aseveraciones tan deplorables e insultantes como que los balseros que han huido de la miseria y de la represión de la isla hacia Estados Unidos son “irresponsables, criminales y suicidas” por intentar mejorar sus estándares de vida personales y familiares.

El quid de la cuestión, más allá del incienso con el que Garzón suele rociar a toda la recua de criminales filomarxistas que el mundo haya conocido, como CastroLenin o el Che Guevara, es que el próximo ministro de Consumo de España estaba poniendo como paradigma de consumo sostenible a Cuba. ¿Y cuál es ese nivel de ejemplar consumo sostenible en opinión de Garzón?

De acuerdo con las estadísticas oficiales de la isla, el salario medio en Cuba en el año 2016 era de 740 pesos cubanos; al cambio, unos 28 pesos convertibles (26,5 pesos cubanos = 1 peso convertible) o 28 dólares antes de retenciones fiscales (un peso convertible = un dólar). En 2012, cuando Garzón publicó su tuit, ese salario medio (que no mínimo) era todavía menor: de 466 pesos convertibles o 17,5 dólares mensuales. Sí, han leído bien: el trabajador cubano medio malvive hoy con un salario de 28 dólares mensuales: una cifra que muchos (incluido el propio Garzón cuando no se rompe las manos aplaudiendo a la dictadura cubana) reputarían inaceptablemente baja en términos diarios (no digamos ya mensuales) para España.

Por supuesto, uno podría pensar que un salario medio de 28 dólares en Cuba cundirá mucho más que uno de 25 euros en España. Pero no. Dado que Cuba no produce prácticamente nada salvo turismo, todas las mercancías esenciales deben ser importadas y, en consecuencia, se importan a los altos precios de los países que las fabrican. De hecho, y para despejar cualquier duda, las autoridades cubanas también publican una larga lista de precios regulados para productos de primera necesidad: por ejemplo, cinco huevos tienen un precio de 0,6 pesos convertibles (0,6 dólares), un kilo de pechuga de pollo deshuesada asciende a 4,35 pesos convertibles, un kilo de leche en polvo cuesta 5,5 pesos convertibles, un tercio de cerveza supone un peso convertible y 100 gramos de pasta de dientes tienen un precio de 1,2 pesos convertibles. O expresado con otras palabras, el sueldo mensual del cubano medio se extingue en una cesta compuesta por tres kilos de pechuga de pollo, dos kilos de leche en polvo, dos docenas de huevos y un tubo de pasta de dientes. Su sueldo no da para más en todo un mes. Y ya si ese cubano medio quisiera optar por un bien de mucho más lujo como un televisor de tubo de rayos catódicos de 21 pulgadas (nótese el sarcasmo), necesitaría el sueldo íntegro de 10 meses (dado que el salario medio en España es de 1.950 euros al mes, sería equivalente a que un televisor de segunda nos costara casi 20.000 euros).

Probablemente, muchos lectores se estén preguntando cómo es posible sobrevivir en tan paupérrimas condiciones. Y, desde luego, la clave está en que aquellos cubanos que no han podido exiliarse de ese infierno sobreviven malviviendo. Existen, empero, dos complementos a ese exiguo salario medio que palían en cierto grado la extrema carestía en las condiciones de vida de los cubanos. Uno son las remesas de los exiliados (esos “irresponsables, criminales y suicidas”, que no solo se jugaron la vida escapando de la cárcel comunista sino que además evitan el colapso socioeconómico del país con sus transferencias exteriores) y el otro es la llamada ‘libreta de racionamiento’, a saber, una canasta de productos básicos que el régimen ofrece a sus ciudadanos a precios subsidiados. ¿Qué bienes están incluidos en esa libreta de racionamiento? En el año 2014, alrededor de la fecha en que Garzón publicó su tuit, con 20 pesos convertibles podían adquirirse, merced al subsidio de la tarjeta, los siguientes alimentos: tres kilogramos de arroz, 230 gramos de frijoles, dos kilos de azúcar, 230 gramos de café, medio litro de aceite, cinco huevos, 454 gramos de pollo, 340 gramos de pescado, 226 gramos de embutido, 230 gramos de carne de soja molida, una caja de cerillas, un kilo de sal (cada seis meses) y 80 gramos de pan diarios. Es decir, miseria racionada y administrada políticamente: ese es el modelo de consumo sostenible que tanto gustaba a nuestro futuro ministro de Consumo.

Acaso se nos intente justificar la extrema miseria del socialismo cubano responsabilizando al embargo (que no bloqueo) estadounidense: pero este sería un debate aparte. Repito: lo relevante (y preocupante) es que Garzón estaba aplaudiendo los misérrimos niveles de consumo de Cuba (sea cual sea su origen) en aras de una (mal entendida) sostenibilidad medioambiental. El próximo ministro de Sánchez ve en la pobreza —forzada, administrada y racionada políticamente desde el Estado— un modelo de consumo que exportar al resto de la humanidad. No se trata, claro, de que el líder comunista vaya a poder trasponer en España el sistema cubano —ni el Gobierno en su conjunto, ni mucho menos un capitidisminuido Ministerio de Consumo tendrían competencias para ello—, sino de que semejantes anteojeras ideológicas —“necesitamos empobrecernos colectivamente y que el Estado sea el encargado de distribuir igualitariamente entre la población la escasez resultante”— serán las que presidirán las medidas que pueda adoptar desde esa rama de la Administración pública.

No más productividad como camino a la sostenibilidad medioambiental (minimizar ‘inputs’ incrementando los ‘outputs’), sino más pauperismo gestionado por políticos bajo el pretexto de la sostenibilidad. El progreso.

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