Delirios tardomarxistas

Por mucho que a algunos nos decepcionara el discurso de investidura de Mariano Rajoy, obviamente todavía se sitúa a una importante distancia de otros disparates populistas que pudieron oírse en el hemiciclo. Muchos han sido quienes han concentrado su atención en las palabras incendiarias del coordinador general de Izquierda Unida, Cayo Lara; como si hubiera presentado un programa económico anticrisis alternativo al de la austeridad pública y la liberalización privada.

Consciente de que las depresiones suelen ser el caldo de cultivo ideal para la gestación de este tipo de extremismos liberticidas, tal vez deba detenerme un instante a analizar su tramposa exposición.
El diagnóstico
Para Cayo Lara, nuestras dificultades actuales proceden de afrontar una crisis mal entendida con un instrumental neoliberal que sólo contribuye a empeorar nuestros problemas subyacentes. ¿Por qué hemos entendido mal la crisis? Porque, en contra de lo que se predica, ésta no procede de haber vivido por encima de nuestras posibilidades –los salarios reales, señala el comunista, han caído un 8% entre 1996 y 2008–, sino de una dañina especulación financiera que ha hundido la actividad económica. ¿Y por qué el instrumental empleado no es el idóneo? Porque si la crisis no procede de haber gastado demasiado, la austeridad predicada por el sector público –según él, reducciones de gastos y privatizaciones de servicios estatales– no puede ser la solución.
Los recortes, prosigue, son injustos –cargan la crisis sobre quienes no la han causado: los trabajadores– e inútiles –nos abocan a un círculo vicioso de menor consumo y mayor paro que sólo agrava la crisis, como queda demostrado con el aumento del desempleo en 200.000 personas en octubre y noviembre–, pues la prima de riesgo que nos exigen los mercados no ha parado de subir desde que los hemos implantado: «Los mercados nos siguen castigando porque son insaciables y su única función es especular y seguir desangrando a los países y a las personas». Además, el déficit de las Administraciones Públicas no se ha generado en su mayor parte porque hayan aumentado los gastos, sino porque se han desplomado los ingresos: ¿cuál es entonces el motivo de insistir en podar el Estado, cuando debería ponerse el énfasis en volver a aumentar la recaudación?
La narrativa del comunista tiene ciertas ventajas para aquellos que continúan con su mentalidad instalada en la época de la burbuja: «No, no somos más pobres; en realidad es que algunos facinerosos nos han quitado el dinero del que antes disfrutábamos y lo están utilizando para especular contra nuestro país, obligándonos a pagar unos ingentes intereses por nuestra deuda, que se detraen del gasto social». Pero la narrativa está equivocada de cabo a rabo e incluso tiene escasa inconsistencia interna.
Para empezar, ¿los salarios reales son el único indicador para saber si vivimos o no por encima de nuestras posibilidades? Pues uno pensaría que no, y que, de hecho, son un muy mal indicador. Si una persona ve caer su sueldo de 20.000 a 15.000 euros y, en cambio, asume unas deudas de un millón de euros, ¿acaso diríamos que no está viviendo por encima de sus posibilidades? ¡Al contrario!: cuanto menor sea su salario y mayor su endeudamiento, más irresponsablemente estará viviendo. ¿Niega Cayo Lara que el sector privado en España se encuentre hiperendeudado? No, lo que pasa que sólo recurre a este dato cuando le interesa: por ejemplo, para recordar que el problema de nuestro país no es la deuda pública sino la deuda privada. Mas si la deuda privada es un problema (y lo es, suponemos, porque es mayor a aquella que familias, empresas y bancos pueden amortizar), no puede afirmarse al mismo tiempo que los españoles en su conjunto no han vivido por encima de sus posibilidades. De hecho, sólo es necesario acudir al dato del déficit exterior entre 2003 y 2007: el país pidió prestado por año hasta el 10% de su PIB, el mayor déficit exterior del mundo junto con el de EEUU; o dicho de otro modo, los españoles disfrutábamos cada año de hasta un 10% más de la renta que producíamos. ¿Eso no es vivir por encima de nuestras posibilidades?
Claro que uno podría argumentar que no fueron los trabajadores ni el sector público quienes vivieron por encima de sus posibilidades, sino las empresas y los bancos. Los trabajadores vieron sus salarios reales reducirse; el sector público incluso produjo ligeros superávits en 2006 y 2007.
¿Tiene sentido el razonamiento? No demasiado: el crédito hipotecario, dirigido fundamentalmente, a las familias pasó de 235.000 millones a comienzos de 2003 a 618.000 millones a principios de 2008: es decir, se multiplicó por 2,5 en apenas cinco años. Cuando una persona duplica su endeudamiento en sólo cinco años sin que su renta se incremente de manera apreciable, ¿está viviendo más imprudentemente que antes o no? Que sí, que tal vez la culpa no resida en las familias sino en los bancos, que las engañaron para adquirir unas viviendas encarecidas artificialmente por la especulación; pero lo cierto es que, con culpa o sin ella, una parte muy importante de la sociedad vivió por encima de sus posibilidades.
¿Y qué decir del Estado? Es verdad que incluso logró durante en un par de años un parco superávit, pero lo consiguió simple y llanamente porque los políticos no eran capaces de gastar todo el dinero que les estaba entrando a espuertas como consecuencia de la distorsionadora burbuja inmobiliaria. Acierta en parte Cayo Lara cuando dice que el déficit actual se debe también al desplome de ingresos (si bien es más importante el efecto del aumento de los gastos; entre 2007 y 2010 los gastos aumentaron en 65.000 millones de euros y los ingresos cayeron en 53.000 millones), pero no extrae las pertinentes conclusiones: los ingresos se han venido abajo porque la actividad que generaba la porción extraordinaria de los mismos dependía de un endeudamiento interno insostenible, que colapsó en 2007. Por eso el Estado también vivió por encima de sus posibilidades: porque consolidó una serie de gastos a partir de un volumen de ingresos tan vaporoso como la falsa prosperidad de la burbuja.
Si una familia recibe este año una herencia de 100.000 euros y decide incrementar permanentemente su consumo en 100.000 euros anuales, ¿acaso no vive por encima de sus posibilidades? Evidentemente: confunde un ingreso extraordinario con uno ordinario y asienta una partida enorme de gastos, a los que no podrá hacer frente en el futuro.
Para nuestra desgracia, fue el conjunto de la economía nacional el que vivió por encima de sus posibilidades. O, más bien, el que hundió sus posibilidades de vivir como lo venía haciendo. El drama no es que los salarios reales cayeran un 8% entre 1996 y 2008, el drama es que entre 1996 y 2008 la economía española creó, merced a endeudarse sobremanera con el extranjero, ocho millones de puestos de trabajo, de los cuales casi la mitad dependían directa o indirectamente del hipertrofiado sector de la construcción. En circunstancias normales habríamos aprovechado nuestra masiva inversión basada en la deuda para vender bienes y servicios a nuestros acreedores extranjeros y proceder, así, a devolverles el dinero que nos prestaron. ¿Pero qué bienes les vamos a vender, si nos empeñamos en fabricar carísimas viviendas que nadie demandaba en realidad? Ese es nuestro drama: una estructura productiva descompuesta que debe reorganizarse y una montaña de deuda que debe pagarse. Y hasta que lo logremos, lamentablemente seremos más pobres. Por eso necesitamos austeridad pública y liberalización privada: para que la economía se reajuste.
¿Acaso la austeridad no está hundiendo la economía? Pues no: el Estado sigue gastando un 17% más que en 2007; austeridad, poca. ¿Pero no habría que estimular la economía con mayores déficits públicos? Como si eso arreglara algo: cuando Zapatero comenzó a sacar tímidamente la tijera, el número de parados había aumentado de 2,1 a 4,6 millones (en junio de 2010). Ahora tenemos 4,9 millones, según la EPA.
Y, por cierto, todo este desastre no es culpa ni de la especulación, ni de la desregulación, ni del neoliberalismo ni de ninguno de esos fantasmas que tanto entusiasman a Cayo Lara; son, más bien, responsabilidad directa de nuestro endiablado, privilegiado e intervenido sistema financiero. Pero esta discusión nos llevaría demasiado lejos.
Las recetas
Con tan torcido diagnóstico, no cabía esperar lógicamente que Lara acertara en su recetario, pero aun así conviene que comentemos algunos de sus puntos más destacados. Para empezar, el comunista reconoce que es necesario cambiar el modelo productivo. Sólo hay un problema: ¡no quiere que sean los millones de empresarios de este país los que descubran hacia dónde debe ser el cambio! Entonces, ¿deberá escogerlo él? Es de suponer. ¿Y qué propone exactamente? Pues eso ya no lo especifica. Sólo tiene claro que el objetivo de ese nuevo modelo productivo ha de ser «la creación de empleo y el desarrollo sostenible». ¿Mande? ¿El objetivo de trabajar –de organizar la producción– es trabajar y conservar el medio ambiente?
En tal caso, cualquier trabajo que transforme poco el entorno le sirve a Izquierda Unida. No sé, ¿tal vez cavar agujeros y volverlos a tapar? Si todo consiste en mantener a la gente ocupada en algo y no dañar el medio ambiente, ¿acaso no podemos colocar a los 20 millones de españoles en activo en tan próspero empeño? Ah, que si todos nos dedicáramos a esa inutilidad nos moriríamos de hambre, careceríamos de vestido, no habríamos entrado en la era de la información, etc. Pues entonces es que no se trata de trabajar para trabajar, sino de trabajar para producir aquello que más urgentemente necesitamos y más altamente valoramos. ¿Y eso qué es? Pues ni lo sé yo ni, por supuesto, lo sabe Cayo Lara. Semejante tarea corresponde a millones de empresarios que día a día recopilan y readaptan información sobre el terreno para servir a los consumidores. A diferencia de lo que afirma el comunista, el cambio de modelo productivo o es capitalista o se queda en mera farsa constructivista que nos aboca a todos a la miseria.
Claro que si de cambiar el modelo productivo a través del mercado se trata, lo que menos necesitaremos serán más impuestos, más regulaciones y más intervenciones dirigistas. Pues Cayo Lara propone todo ello: aunque se llena la boca de apoyar a las pymes, lo que sugiere en la práctica es subir el salario mínimo (se ve que más de cinco millones de parados le saben a poco), aumentar el impuesto de sociedades y forzar la utilización de las carísimas energías renovables. Costes y más costes para las empresas. ¿Cómo confeccionar en semejante entorno hostil planes de negocio competitivos y generadores de valor? Pues de ninguna manera. No olvidemos que el comunismo de IU no aspira a una sociedad de propietarios autónomos, sino de individuos controlados y teledirigidos por el Estado. También, claro, en el caso de las pymes. A lo mejor por eso no sólo se niega a reducir un volumen de empleo público claramente sobredimensionado (sólo desde 2007 ha aumentado en 300.000 personas), sino que incluso propone seguir incrementándolo: ¡Papá Estado, sálvanos! Eso sí, si el sector privado no produce, ¿quién paga la fiesta?
Y aquí la respuesta de Cayo Lara es doble. Por un lado, «que paguen los que más ganan y más tienen»; de hecho, el delirio llega al extremo de proponer un «salario máximo», que a buen seguro se articularía como un tipo marginal del 100% en el IRPF a partir de cierta cuantía. O, dicho de otra manera, hay que perseguir a quienes más riqueza generan, a quienes están en la buena dirección para cambiar el modelo productivo de nuestra economía, a quienes financian con su dinero buenos proyectos empresariales o incluso el despilfarro estatal. Las quejas contra el vilipendiado fraude fiscal son sólo trampas retóricas para esquilmar todavía más a aquellas ovejas que no defraudan (aunque probablemente les gustara). Las estimaciones sobre los impuestos que se dejen de recaudar son sólo eso: estimaciones. Mientras no se consiga aumentar efectivamente la recaudación, el gasto público debería reducirse hasta cuadrar las cuentas públicas; si no, pasará como en Grecia: que llevan dos años tratando de financiar su elefantiásico Estado socialista con su lucha contra el fraude fiscal… y la recaudación ha terminado por menguar.
Sólo una duda más: si uno de sus argumentos estrella es que los recortes provocan que los españoles no consuman y esa restricción del gasto dispara el desempleo, ¿consumirán más o menos los españoles si les subimos de manera salvaje los impuestos? ¿Invertirán más o menos las empresas –y crearán más o menos empleo– si reducimos la rentabilidad de los recursos que inmovilicen? En esta sede rogaría una aclaración: si IU está a favor de reducir el déficit subiendo impuestos, entonces no debería poner el grito en el cielo si el sector privado gasta menos; y si propugna que el sector público acometa políticas expansivas del gasto, entonces no debería promover subidas de impuestos. ¿Será que todo se confecciona para llegar a la misma conclusión, a saber, que el Estado debe crecer?
Por otro lado, Cayo Lara espera obtener los recursos de la estatalización del sistema financiero. Por eso reclama no sólo el regreso a la banca pública (¿y qué otra cosa eran las cajas de ahorros?), sino una «democratización del Banco Central Europeo», es decir, una monetización masiva de deuda pública. Dicho de otro modo: los comunistas no pretenden acabar con la especulación financiera y la destructiva exuberancia crediticia; pretenden canalizarlas para abaratar las emisiones de deuda pública dirigidas a financiar los desproporcionados gastos estatales. Lo que molesta no es que el país se haya hiperendeudado durante una década, sino que esa deuda la haya concentrado el sector privado en lugar del público.
En definitiva, el modelo de IU no es la España del ladrillo, sino la Grecia del quebrado Estado mastodóntico (pero con acceso, eso sí, a la imprenta del BCE). Realmente descorazonador. No tanto porque Cayo Lara tenga posibilidades reales de aplicar su programa de gobierno, sino porque sus injustas y contraproducentes ideas sí podrían llegar a cuajar entre la izquierda. Y la izquierda irresponsable y manirrota, por desgracia, seguiría contando.

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