Depreciar la moneda: una enorme chapuza

Las crisis económicas suelen relacionarse con insuficiencias de demanda: si la gente no gasta, la economía no tira y todo se viene abajo. En realidad el problema es más complejo que ése, pues si una economía se había adaptado a unos niveles de gasto basados en unos volúmenes de crédito insostenibles, antes de que se pueda volver a gastar será necesario readaptar la estructura productiva a la nueva realidad (en caso contrario, lo que se demande no coincidirá con lo que pueda ofrecerse). Pero la percepción generalizada si es ésa: se gasta poco y su solución sólo puede provenir de gastar mucho más.
Una manera de aumentar los desembolsos totales de la economía es incrementar la demanda que procede del exterior: si dentro nos hemos vuelto suicidamente austeros, sólo nos quedará incentivar las compras de los extranjeros para así recolocar a los parados y poner a pleno rendimiento a las compañías en dificultades. Y la forma que suele reputarse más veloz para acicatear al gasto foráneo es depreciar o devaluar la moneda nacional: si los extranjeros pueden adquirir nuestra divisa mucho más barata, nuestros bienes y servicios les saldrán igualmente mucho más asequibles (más exportaciones); asimismo, a los ciudadanos nacionales pasarán a resultarles bastante más caros los bienes y servicios extranjeros, lo que estimulará su sustitución por productos locales (menos importaciones y más gasto interior).
Así pues, todo encaja: la manera más efectiva y rápida de superar las recesiones es devaluando o depreciando la divisa y darle un empujón a la industria exportadora. Se habla de devaluación cuando los tipos de cambio son fijos y de depreciación cuando son flexibles. En el primer caso, los tipos de cambio los fija el Gobierno, en el segundo el mercado, pero el Estado puede influir sobre ellos por diversas vías: por ejemplo, haciendo que el banco central monetice masivamente deuda pública. Pero, ¿realmente es así? ¿Acaso la depreciación del dinero es tan efectiva contra las crisis como se suele decir?
Antes que nada es imprescindible entender que el volumen de comercio internacional no está dado y que por tanto no tenemos que pelearnos unos con otros para poder incrementar nuestra producción y nuestras ventas. El problema al que se enfrentan las diferentes economías no es el de que todas ellas puedan sobreproducir demasiados bienes y servicios y, por tanto, parte de los mismos puedan quedarse sin vender; éste es un arraigado prejuicio mercantilista que el sueco Eli Heckscher acertadamente bautizó como el «miedo a las mercancías». En realidad, las mercancías se pagan, en última instancia, con otras mercancías, de modo que cuanto más produzcan los chinos, mayor será su poder adquisitivo y mayor podrá ser su demanda de los productos españoles, estadounidenses o japoneses. De hecho, como ya supo ver David Ricardo, cada individuo y sociedad se especializará en aquello para lo que tenga una «ventaja comparativa» sobre el resto (en aquello en lo que sea relativamente menos ineficiente). Desde el s. XIX a acá digamos que el volumen del comercio internacional ha crecido ligeramente.
Cuestión muy distinta, claro está, es que los chinos sí fabriquen los bienes que deseamos los españoles y los españoles no fabriquemos los bienes que desean los chinos (en realidad, que no fabriquemos los suficientes bienes que los chinos desean como para pagar íntegramente las mercancías que éstos nos venden): en ese caso no nos comprarán parte de nuestra producción interna y tendremos que comérnosla con patatas hasta que nos reajustemos y les ofertemos algo que sí les agrade. Mas fijémonos en que esto no es distinto a lo que le sucede a cualquier agente económico dentro de las fronteras de su país: nadie negará que existen muchísimas más oportunidades de negocio en una sociedad rica (donde todos producen mucho) que en una sociedad pobre (donde nadie produce casi nada), pero ello no significa que cualquier plan de negocios vaya a triunfar en una sociedad rica: los empresarios deben adaptarse a las necesidades de los consumidores para lograr colocar sus mercancías a precios remunerativos.
Pues bien, la depreciación de la divisa es un mecanismo para puentear esta división internacional del trabajo. Su propósito es evitar que los concretos empresarios nacionales que no satisfagan las necesidades de los potenciales clientes foráneos deban reelaborar sus planes de negocio para sufragar los bienes y servicios extranjeros que directa o indirectamente importan. ¿Y cómo lo consigue? Pues abaratando todas las mercancías y todos los activos del país en términos de las diferentes divisas extranjeras.
De este modo, los de fuera tenderán a comprarnos más de todo y los consumidores locales tenderán a adquirir menos cosas en el extranjero y más dentro de nuestras fronteras. A saber, no se trata tanto de que las industrias nacionales que no eran competitivas pasen a serlo gracias al abaratamiento de la divisa, cuanto de que su insuficiencia de exportaciones (derivada de su ineficiencia e incapacidad para satisfacer los deseos de los extranjeros) se vea compensada con un exceso exportador o una merma importadora del resto de agentes.
Hasta aquí la depreciación podría parecer un mecanismo chapucero pero sin demasiadas contraindicaciones. Vamos a demostrar que no es así. Empecemos colocándonos en el mejor de los supuestos: la depreciación funciona y consigue relanzar la economía y el empleo. ¿Ahí termina todo? No, al menos hay dos grupos claramente perjudicados.
Por un lado nos encontramos con los ciudadanos nacionales que adquirían mercancías o activos del extranjero y que, tras la depreciación, han visto encarecer notablemente sus compras; especialmente sangrante será el caso de empresarios que adquirieran factores productivos en el exterior para procesarlos y enajenar la manufactura en el mercado nacional: sus costes en divisa nacional se dispararán con la depreciación e incluso podrían quebrar. En todo caso, el conjunto de los ciudadanos que realizan compras al exterior se verán forzados a reorientar sus gastos hacia activos locales menos rentables o hacia productos internos de peor calidad (o más caros) de lo que lo eran los extranjeros antes de la depreciación; máxime cuando, tras el envilecimiento de la divisa, los productores locales se sientan menos presionados por la competencia extranjera y puedan cargar precios todavía mayores a sus cautivos clientes internos. En suma, el bienestar de muchos que lo estaban haciendo bien es sacrificado en el altar de unos pocos incompetentes que lo estaban haciendo mal: se empobrece al conjunto de la población respecto al extranjero con tal de que unos pocos –las industrias menos competitivas– no se empobrezcan tanto como debieran.
Acaso ésta pueda parecernos una molestia menor frente a la mayor lacra del desempleo, pero si lo llevamos al extremo comprobaremos que todo es una cuestión de grados: una depreciación del 5% puede ser llevadera, pero una del 80% sería devastadora. Al cabo, tengamos presente que una depreciación del 100% implicaría una prohibición de facto de comprar al extranjero, o dicho de otro modo, la población local se convertiría en esclava de la foránea: les venderíamos toda nuestra producción interna gratis y no podríamos adquirir nada del exterior.
Por otro lado, las industrias extranjeras también resultan damnificadas por la depreciación de la divisa local. De la noche a la mañana, pese a su superior competitividad, comenzarán a perder mercados –tanto locales como exteriores– y a medio plazo deberán atravesar un duro proceso de reajuste (ése mismo que no quisieron experimentar algunos empresarios nacionales). En otras palabras, en lugar de incrementar la producción global para que todos los ciudadanos y todas las sociedades puedan dar salida a todas sus mercancías, la depreciación redistribuye hacia el extranjero los problemas productivos nacionales: como el gasto total está limitado por una menor producción total, el objetivo en endosarles esas deficiencias a las industrias foráneas.
Probablemente muchos, imbuidos por un cierto nacionalismo monetario, consideren que los españoles debemos preocuparnos sólo por las empresas de España y que si con la depreciación perjudicamos a las alemanas o chinas al tiempo que beneficiamos a las nuestras, tanto peor para ellas. No voy a entrar a rebatir el fondo de esta tesis cuya conclusión lógica sería la autarquía, tan sólo tengamos presente que el resto de países no se quedarán probablemente de brazos cruzados ante nuestro dumping monetario: siempre tienen la opción de depreciar adicionalmente sus divisas o de incrementar sus aranceles contra nuestros productos. El riesgo, pues, es el de desatar una guerra comercial que a todos perjudica y a nadie beneficia, pues nos conduce a la disolución de la división internacional del trabajo y del comercio global, con todos los enormes perjuicios (incluso para la paz) que ello implica.
Llegados a este punto, es momento de abandonar una de las hipótesis críticas que hemos mantenido hasta ahora: que la depreciación consigue impulsar la recuperación. Entiéndaseme: no niego que sea posible depreciar la divisa hasta un nivel en el que, efectivamente, se logre el pleno empleo; digo, más bien, que no toda depreciación será suficiente para conseguirlo y que, en ocasiones, los niveles necesarios para alcanzarlo pueden resultar demasiado gravosos para la población. ¿Y por qué no toda depreciación nos acerca al objetivo del pleno empleo?
El éxito de toda depreciación depende de la sensibilidad de las exportaciones y de las importaciones de un país a sus tipos de cambio: si reducciones moderadas del tipo de cambio no consiguen incrementar de manera sustancial las exportaciones o que los ciudadanos nacionales sustituyan importaciones por productos locales, la depreciación fracasará en su empeño estimulante. De hecho, las depreciaciones podrían incluso incrementar el desempleo y el desequilibrio exterior. Por ejemplo, si un país carece de petróleo y de sustitutivos al petróleo, una depreciación del 5% no llevará a que compremos menos oro negro, sino, simplemente, a que lo paguemos más caro. Y si, para mayor desgracia, esa depreciación del 5% no consigue impulsar decisivamente las exportaciones (¿usted compraría cualquier producto que le fuera rebajado un 5%?) o hace encarecer el precio de las mercancías exportadas alrededor de un 5% (por el mayor coste del petróleo), ¿cuál será el resultado neto de envilecer nuestra moneda? Mayor déficit exterior y menor producción interna. Así, entre 1992 y 1995 (dos veces en 1992, una en 1993 y otra en 1995) la peseta se devaluó cerca de un 30% con respecto al marco alemán, y el paro no bajó del 20% alcanzado en 1992 hasta seis años después.
En conclusión, nadie nos asegura que con una depreciación moderada consigamos solventar los problemas de una economía en crisis; de hecho, es posible que incluso los agravemos, por cuanto alteramos los costes de todas aquellas empresas que se abastecen del extranjero y que, en todo caso, deberán proceder a algún tipo de reorganización interna. Por el contrario, una devaluación extrema es muy probable que, en cualquier caso, sí consiga aproximarnos al pleno empleo, pero a un coste gravosísimo para la población. Y, en todo caso, nadie puede asegurar que esa recuperación sea duradera en el tiempo: en una economía dinámica y cambiante, más pronto o más tarde se modificarán los patrones de producción o de gasto, volviendo a colocar en la picota a la economía que no ha resuelto sus verdaderos problemas económicos –sus rigideces internas para competir sin devaluar en un mercado global–.
Pero, por si todo lo anterior fuera poco, juguetear con los tipos de cambio y generar expectativas de que van a depreciarse puede tener, asimismo, efectos caóticos y amplificados sobre el mismo (el famoso overshooting). Si se espera que la divisa vaya a seguir depreciándose en el futuro, los inversores nacionales tratarán de sacar sus capitales del país y los ahorradores extranjeros los mantendrán fuera del mismo hasta que desaparezcan las expectativas de ulterior depreciación; al tiempo, los importadores adelantarán sus compras o serán instados por sus vendedores extranjeros a acelerar sus pagos (pues ningún extranjero quiere poseer derechos de cobro en una divisa que se va a depreciar) y los exportadores querrán retrasar sus ventas, sus cobros o la conversión de la divisa extranjera percibida cuanto sea posible. Todo lo cual contribuye a ejercer todavía más presión sobre el tipo de cambio (mucha demanda de divisa extranjera contra divisa nacional y poca oferta) y a ahuyentar los capitales que presuntamente debían tirar de la inversión y del consumo interno para acabar con el desempleo.
Con tipos de cambio flexibles sucede, además, que esas expectativas de depreciación pueden ser autocumplidas: como la especulación contra la divisa puede alcanzar volúmenes prácticamente ilimitados –ya que el banco central se desentiende de defender su paridad–, en parte es la simple expectativa de depreciación lo que la puede llevar a caer mediante la especulación. Muchos economistas, como Milton Friedman, creen que los especuladores en el mercado de divisas se abstendrán de apostar por la depreciación en cuanto se alcance un tipo de cambio de equilibrio que iguale las importaciones y las exportaciones de un país; pero tengamos presente que la balanza comercial es sólo una parte diminuta de todos los movimientos internacionales de divisas y que obtener el equilibrio en esa rúbrica no garantiza ni mucho menos un equilibrio en todos los demás mercados donde se compran y venden divisas (mercados monetarios y de capitales). Por eso, no existe un solo equilibrio estable en los tipos de cambio del papel moneda, y la especulación desestabilizadora no supone la excepción extravagante del mismo sino su característica más fundamental y definitoria.
En definitiva, aunque en ocasiones la depreciación de la divisa pueda funcionar empobreciendo moderadamente al conjunto de la población, en muchas otras generará inestabilidades en los tipos de cambio que distorsionarán los cálculos empresariales a largo plazo, será insuficiente e incluso contraproducente para alcanzar el pleno empleo y cuando, por el contrario, alcance una dimensión tal que permita reducir de manera muy significativa el paro, los efectos serán demasiado gravosos para los consumidores y ahorradores nacionales así como para las industrias extranjeras. Monetizar deuda pública con tal de buscar la depreciación de la divisa es una doble irresponsabilidad: primero porque sustenta el despilfarro público, y segundo porque sirve para anestesiar las verdaderas reformas que sí permitirían mejorar la competitividad de un país dentro de la división internacional del trabajo. Una chapuza en toda regla con muchísimos más contras que pros.

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