Dinero caliente y bajos tipos de interés

La presente crisis se desató porque el sistema bancario se endeudó exageradamente a corto plazo para acometer inversiones a muy largo plazo o de elevado riesgo. A esto se le llama transformación de plazos y de riesgos y es la principal causa de inestabilidad de nuestro sistema financiero. Las cosas son así: si los bancos pidieran prestados fondos al mismo plazo y riesgo que asumen en las inversiones que realizan, los tipos de interés que deberían abonar a sus acreedores serían mucho mayores, sus beneficios a corto plazo sustancialmente menores y el crédito a largo plazo y de alto riesgo que manufacturarían muy inferior (y también más caro). Sin embargo, Occidente ha optado por empujar la iliquidez de la banca al máximo y ahora nos sorprendemos de que tengamos un sistema financiero desestructurado. Con todo, acaso lo más sorprendente no es eso, sino nuestra contumacia a la hora de perseverar en nuestros errores antes incluso de haberlos superado.
Resulta que el capital está huyendo de una Eurozona que muchos barruntan que puede implosionar en cualquier momento y se está refugiando en países que de momento se antojan más seguros: es el caso de Suiza o de EE.UU. Se trata del conocido fenómeno del dinero caliente: como dentro de nuestras economías ya no existe un ancla última de valor que permita proteger el patrimonio de los ahorradores nacionales de la suspensión de pagos del estado, del colapso de la banca y de las devaluaciones del papel moneda (es decir, como ya no tenemos una divisa internacional asentada en el oro), los capitales huyen en desbandada de allí donde creen que van a ser desplumados (con el patrón oro, los capitales, salvo riesgo de expropiación directa, nunca huían del país; se limitaban a convertirse y atesorarse en oro).
Este es el motivo de que el franco suizo y el dólar se hayan apreciado notablemente frente al euro en los últimos días —hasta el punto de que el banco central de Suiza ha tenido que comprometerse a comprar todos los euros que se le vendan a 1,2 francos suizos— y de que la deuda pública de estos dos países esté abonando tipos de interés iguales al 0%. Los inversores buscan refugio en unos estados relativamente solventes y con una moneda cuya supervivencia no peligre.
El problema, como con los bancos que transforman plazos y riesgos, es que los gobiernos de estos países podrían confundir las señales que reciben del mercado. Que sean capaces de endeudarse al 0% no significa que deban despilfarrar el dinero público: al contrario, si de momento reciben fondos al 0% es porque los inversores consideran que sus economías son lo suficientemente competitivas como para que el Estado pueda atender sus obligaciones; es como si se les ofrecieran los fondos en custodia (el papel que antiguamente prestaba el atesoramiento de oro). Pensar que los bajos tipos de interés son una carta blanca para el despilfarro sería un error enorme, porque una sociedad que se endeuda para consumir su capital es una sociedad cada vez menos solvente. ¿O es que si una empresa de depósitos pudiese colocar deuda al 0% estaría legitimada para despilfarrar los fondos recibidos?
No: ni EE.UU. ni Suiza deberían confundir el dinero caliente con una entrada de inversión extranjera a largo plazo que les permite acometer los más alocados proyectos. Su solvencia sigue siendo inspeccionada cada día por el mercado y que ahora sean uno de los entornos menos arriesgados del mundo no significa que no puedan dejar de serlo en cualquier momento.
Los bancos privados también pensaban que podían endeudarse a corto y prestar a largo indefinidamente, pero llegó el momento en que se hundieron. Lo mismo puede suceder con un Estado que recibe un capital que busca protección de las amenazas expropiatorias de sus países y que se dedica a dilapidarlo. Claro que el manirroto Obama ya se ha puesto manos a la obra para arruinar, con su nuevo plan de despilfarro de 447.000 millones de dólares, no sólo a EE.UU., sino a los ahorradores extranjeros.

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