Dos falsos problemas de la teoría austriaca del ciclo

Escribe David Glasner que la teoría austriaca del ciclo económico tiene dos problemas:

  1. No queda claro por qué la expansión crediticia de los bancos centrales tiene que detenerse en algún momento, sobre todo en ausencia de patrón oro.
  2. La idea de que la expansión crediticia induce a iniciar proyectos insostenibles no se sostiene. Si la estructura productiva colapsa por la existencia de cuellos de botella, cuando comienza la crisis, quiebran demandantes marginales de recursos y de hecho aparece recursos ociosos, la rentabilidad de las empresas supervivientes debería incrementarse y, por tanto, el crecimiento debería reanudarse.

¿Tiene fundamento estas dos críticas? No voy a negar, como siempre he dicho, que la teoría austriaca ortodoxa necesita de una profunda actualización y mejora (algo que humildemente he tratado de hacer en mi tesis doctoral) que, entre otras cosas, aclare por qué las críticas anteriores no la desmontan. Aun así, como también digo siempre, si por obstáculos tan salvables como los anteriores uno descarta todo el marco analítico de la teoría austriaca del ciclo denota poco interés, honradez o finura intelectual por hacer avanzar nuestro conocimiento a partir de determinados modelos (y por lo que he leído de Glasner, no carece ni de lo segundo ni de lo tercero, así que imagino que será desinterés). Sea como fuere, ¿qué decir de las críticas anteriores?
Primero, la expansión crediticia artificial puede llegar a su fin tanto por consideraciones que afectan a la oferta como a la demanda de crédito. Entre las que afectan a la oferta de crédito encontramos la obligación de que los bancos paguen sus deudas en dinero (que no otra cosa es el patrón oro), el que los bancos centrales decidan restringir su provisión de crédito a la banca (por ejemplo, para estabilizar el valor de sus pasivos, esto es, controlar la inflación) o, también, que los bancos privados decidan prudencialmente dejar de prestar a deudores cada vez menos solventes (cuando un banco deja de expandir el crédito tanto como sus pares, comienza a acumular saldos acreedores en las cámaras de compensación interbancarias que fuerzan a los otros bancos a contraer su propio crédito… a menos que el banco central supla la diferencia). Las limitaciones a la expansión crediticia por el lado de la oferta son efectivas o cuando la economía cuanta con mecanismos automáticos para evitar que los agentes se desmadren (patrón oro) o cuando los banqueros son lo suficientemente responsables como para no apalancarse extraordinariamente descalzando plazos. En general, los dos elementos se retroalimentan (la existencia de límites automáticos lleva a una prudencia preventiva y la ausencia de esos límites incentiva retrasar para el futuro el momento desagradable de restringir la oferta de crédito) y, desde luego, han ido desapareciendo a lo largo de las últimas décadas (tanto en los banqueros centrales como en los dependientes banqueros privados).
A falta de límites por el lado de la oferta para controlar la expansión crediticia, sólo nos quedan los límites por el lado de la demanda. ¿Cuándo entran en funcionamiento? Los agentes sólo dejan de demandar crédito (ante progresivas reducciones de los tipos de interés por el lado de la oferta) cuando se da alguna de esas dos circunstancias (que, como ahora explicaré, suelen darse simultáneamente): o bien cuando no existen oportunidades de inversión (empresas) o de adelantamiento de consumo (familias) que compensen asumir nuevos pasivos con sus posibles intereses (esto es, renunciar al control futuro de bienes económicos); o bien cuando los agentes ya estén tan endeudados que no tengan capacidad financiera para acumular más deudas (saturación de la demanda de crédito). Justamente, la ventaja de las limitaciones por el lado de la oferta es que no hace falta llegar al colapso de la demanda para proceder a un saneamiento de la deuda acumulada.
Como digo, ambas circunstancias (falta de oportunidades y saturación de la deuda) suelen darse a la vez, aunque no necesariamente sobre los mismos agentes. Y es que cuando una expansión artificial del crédito (aquella fruto del descalce de plazos y riesgos) se filtra lo suficiente por toda la economía, se darán a la vez distorsiones en los planes productivos empresariales y en los planes financieros de los agentes. Esto es, habrá descoordinaciones reales en la estructura productiva (sobreexpansión de ciertos sectores a costa de un crecimiento infraproporcional de otros) pero también distorsiones en los planes financieros de los agentes (sobreendeudamiento en relación con la capacidad real de repago). No olvidemos que familias y empresas tienen a acumular un endeudamiento excesivo en relación con el ahorro a análogo plazo y riesgo (en relación con la preferencia de los ahorradores para esperar hasta que maduren de manera exitosa los planes empresariales existentes) y eso es lo que descoordina tanto la parte real de la economía como la financiera. Por poner un reciente ejemplo: el sobreendeudamiento de familias y empresas en España llevó a sobreexpandir ciertas áreas de nuestra economía (paradigmáticamente el ladrillo), dando como resultado un colapso real (desajuste de la economía española) pero también financiero (incapacidad de hacer frente, con la estructura productiva descompuesta, a las enormes deudas asumidas).
Y aquí es donde enlazo con la segunda crítica de Glasner, que es la que él considera fundamental. Cuando el crédito colapsa (ya sea por motivos de oferta o, en nuestras sociedades modernas, por consideraciones de demanda), la excesiva presión sobre la demanda de ciertos escasos bienes presentes se aligera y sus precios caen. ¿Por qué ello no permite reanudar el crecimiento? Por un lado, es verdad que al colapsar la demanda marginal de los factores donde encontramos cuellos de botella más acusados, la consecuente caída de precios alivia la situación de numerosos empresarios y les permite sobrevivir e incluso volver a crecer. Pensemos simplemente cuántas empresas españolas o estadounidenses hubiesen quebrado en caso de que el precio del petróleo (o del cobre, o del gas o de casi cualquier otra commodity) no hubiese caído de 150 dólares el barril a mediados de 2008 a 35 dólares a mediados de 2009. Pero, por desgracia, esto no basta y no basta por dos motivos básicos.
Uno es que, mientras el cuello de botella gestado durante la fase expansiva del ciclo no desaparezca, la economía seguirá asfixiada por ese frente a poco que crezca. Es lo que le está pasando a la economía mundial desde 2009: a poco que crece, las materias primas vuelven a dispararse y el ritmo de crecimiento no puede sostenerse. Además, desde un punto de vista real tengamos presente que la quiebra de una parte sustancial de la economía tiene repercusiones sobre sectores que en un primer momento parecían sanos: todas las rentas que los sectores colapsados generaban (en forma de salarios, demanda de bienes intermedios, dividendos…) desaparecen y eso tiene consecuencias expansivas sobre el resto de los empresarios, que deberán proceder a reinventarse total o parcialmente. En suma, los agentes económicos necesitan de un general proceso de readaptación de sus patrones de especialización y de sus planes de negocio (lo que Arnold Kling ha llamado recalculation), lo que toma mucho tiempo: no sólo por el hecho de tener que repensar los planes en un contexto de incertidumbre y de cambios no concluidos, sino por las dificultades inherentes a implementarlos (desde un punto de vista real como financiero).
El otro motivo, que es el de Glasner desdeña por entero en este post, es que las rebajas de precios no resuelven ni mucho menos todos los desequilibrios financieros acumulados. Los impagos y los riesgos de impago no sólo trastocan los planes empresariales de otros agentes (que esperaban tener unas entradas de capital que no lograrán y que, por tanto, pueden tener que rehacer sus planes de negocio y de financiación, generando nuevos desequilibrios), sino que además colocan a una parte de la economía en una situación de muy prolongada debilidad e inestabilidad: muchas empresas entran (o corren el riesgo de entrar) en un proceso concursal, donde los intereses de todos los acreedores tienen que conjugarse de manera insatisfactoria para alguna (o muchas) de las partes. Mientras ese riesgo de interrupción de los planes operativos como consecuencia de una mala estructura financiera no se despejen (esto es, mientras no se saneen los planes empresariales pero, también, mientras no se recapitalicen las empresas más dudosas), el crecimiento coordinado de todos los agentes no se relanzará. Por ejemplo, mientras que España no despeje el riesgo de una suspensión de pagos general a su deuda (derivada de que seguimos gastando mucho más de lo que producimos ante la ausencia de una industria exportadora competitiva que permite autosufragar nuestro gasto actual), es dudoso que el crecimiento vuelva a España y al conjunto de Europa (al menos de un modo intenso; crecimientos átonos a la japonesa sí pueden darse si nos siguen dando cuerda crediticia posponiendo la resolución de nuestros problemas). En definitiva, tanto para lo uno como para lo otro necesitamos mucho más ahorro, que es algo que los gobiernos de medio mundo están dilapidando.
Por consiguiente, las dos críticas de Glasner no atacan la esencia del problema que sí detecta adecuadamente la teoría austriaca del ciclo económico: las expansiones crediticias no basadas en ahorro no pueden durar indefinidamente (los agentes no pueden endeudarse indefinidamente, pues ello implica reducir su renta futura prevista, con el agravante de que, debido a las malas inversiones asociadas a la expansión crediticia, esa renta futura inflada no termina de llegar a tiempo); y el ajuste de los precios de algunos recursos escasos no sirve para recomponer instantáneamente los planes productivos y financieros de todos los agentes, sobre todo en presencia de un marcado e intenso intervencionismo gubernamental.

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