Educación fosilizada

La filial británica de Ernst & Young, una de las cuatro mayores consultoras del mundo, ha anunciado que dejará de exigir la posesión de un título universitario a sus trabajadores al no encontrar correlación alguna entre el éxito académico y el éxito profesional.
La decisión de Ernst & Young podrá parecernos llamativa, pero no debería sorprendernos en absoluto. Los sistemas educativos de todo el mundo (pero, muy en particular, los europeos) siguen anclados en el mundo de anteayer que tiene muy poco que ver con el mundo de mañana. Y siguen anclados en él por culpa de unos Estados que, con la engañosa excusa de garantizar la igualdad de oportunidades, han tomado el control de la enseñanza, planificando contenidos, itinerarios, especialidades, titulaciones o metodologías. Pocos aspectos de cualquier sistema educativo occidental quedan fuera de la hiperregulación estatal, tanto en los centros públicos como en los privados.
Semejante intervención masiva de la administración en el mundo educativo ha provocado su fosilización. Lejos de evolucionar y adaptarse continuamente a la cambiante realidad social, nuestro estatalizado sistema educativo instruye a nuestros estudiantes para que se conviertan en obreros industriales alfabetizados o en funcionarios con una memoria prodigiosa; dos perfiles formativos propios de principios del s. XX pero cada vez más inútiles en el s. XXI, lo que necesariamente abocará a gran parte de nuestros estudiantes al subempleo futuro.
El drama del encorsetamiento estatal de un sistema de enseñanza cada vez más inservible y desfasado no es ya el enorme despilfarro de recursos que conlleva (en España dedicamos cerca de 50.000 millones de euros anuales al gasto educativo: prácticamente todo lo que recaudamos por IVA), sino los cruciales años que hacemos perder a nuestros jóvenes: las nuevas generaciones pierden entre 10 y 17 años de su infancia y adolescencia en un sistema que no les proporciona ni lejanamente los conocimientos necesarios para prosperar en su vida adulta; casi dos décadas que podrían haber empleado en desarrollarse humana, social y profesionalmente fuera de un sistema educativo sobrerreglamentado y esclerotizado por el Estado.
Todavía estamos a tiempo de reaccionar y de no condenar a más personas (especialmente, las que cuentan con menores recursos) al analfabetismo profesional en el s. XXI. Pero para ello hemos de sacar al Estado de la educación: es decir, hemos de liberalizar y privatizar completamente el sector de la enseñanza para que ésta pueda experimentar la revolución que necesita desde hace medio siglo en el fondo y en las formas.
 

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