El agónico ocaso de la sociedad abierta

La socialdemocracia europea se construyó sobre un consenso ideológico profundamente antiliberal, hijo bastardo del pacto silente entre comunistas y fascistas. Sin embargo, la administración de esa socialdemocracia consensuada recayó sobre unas élites presuntamente tecnocráticas que renunciaron a cualquier discurso ideológico en aras del turnismo gubernamental. Ningún partido mayoritario osó jamás disputar las bases de ese consenso, dando la batalla de las ideas y de los valores: al contrario, se limitaron a asimilarlo con el propósito de maximizar sus opciones de acceder y mantenerse en el poder. De hecho, todos aquellos que lo combatían, que pugnaban por plantear un debate más de fondo cuestionando la esencia misma de los valores y las ideas socialdemócratas, eran directamente tildados de antisistema: cuando, en verdad, los mayores antisistema eran aquellos que se obstinaban en blindar un sistema claramente fallido.

A la postre, semejante circo político funcionó mientras la calidad de la gestión socialdemócrata no era cuestionada por el conjunto de la población. Mas en cuanto el pan ha comenzado a escasear, ha bastado con que unas pocas formaciones de inspiración fascista o comunistaarticularan un discurso mínimamente ideologizado para que la fallida tecnocracia se ponga a tiritar. No sólo en España, sino en casi toda Europa.

Acaso muchos opten por responsabilizar a la crisis del ascenso de formaciones filocomunistas y filofascistas. Y, ciertamente, la falta de pan tiene su porción de responsabilidad. Pero el problema de fondo es otro: si la mayoría de la población asocia crisis con la necesidad de un mayor antiliberalismo es porque las ideas antiliberales llevan décadas siendo absolutamente mayoritarias en Europa; es decir, si la incertidumbre trata de combatirse con mayor estatismo es porque hemos interiorizado el discurso de que el Estado es providente y la libertad una amenaza. A diferencia de otras etapas históricas, nuestro problema no es que el Leviatán haya aprovechado la crisis para crecer, sino que la mayor parte de la población le ha implorado al Leviatán que crezca.

No en vano, el fondo del discurso de las formaciones antiliberales que han ascendido con fuerza en casi toda Europa, y también en España, es idéntico: la honda aversión a la sociedad abierta y a sus valores de tolerancia, diversidad y voluntariedad. Desde el Frente Nacional en Francia azuzando el odio contra los inmigrantes a Syriza en Grecia avivando el odio contra los capitales extranjeros, pasando por los distintos grupos de extrema izquierda que han emergido en España, todos intentan asfixiar y reprimir con gran radicalidad los pocos recovecos de libertad que todavía no habían sido barridos por el consenso socialdemócrata que ha gobernado Europa desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Pero su ascenso no se debe a que los liberales se hayan quedado en casa, sino a que apenas existen. La mayoría de europeos no piensan sustancialmente distinto hoy que hace diez años; el núcleo de sus ideas sigue siendo el mismo: la diferencia es que hace diez años tenían el estómago lleno y hoy no, con lo que han optado por declinar su apoyo a la tecnocracia y abrazar partidos ideológicamente afines pero más radicales.

Así las cosas, el liberalismo lo tiene harto complicado en Europa: las ideas liberales han sido absolutamente barridas de la escena política durante el último medio siglo, machacadas por el consenso socialdemócrata erigido en torno al dadivoso y corruptor Estado de Bienestar. Reconstruirlas no es cuestión de años, sino de décadas: y décadas es justo de lo que carece este Viejo Continente. Pues es viejo en el peor sentido del término, a saber, cortoplacista, mortecino y sin ilusión por el futuro; la tentación del antiliberalismo es justo la de consumir el capital acumulado durante generaciones en Europa, cual tercera generación de nuevos ricos que dilapida la fortuna familiar: una creciente generación de jubilados que tan sólo aspiran a seguir cobrando su pensión garantizada por el Estado y una menguante generación de jóvenes desanimados y sin aspiraciones cuya opción más racional es deglutir políticamente el capital legado por sus padres.

El riesgo, aclarémoslo, no es el de una revolución convencional, que a nadie interesa: el riesgo es el de apuntalar y reforzar el actual régimen extractivo con un legitimador barniz de regeneración democrática. Un sofisticado chavismo a la europea que renueve la arena del circo y vuelva a repartir pan a costa de nuestra libertad presente y prosperidad futura. Los partidos mayoritarios han claudicado a la hora de combatir ideológicamente esta senda de degeneración estatista: en esencia, porque el fondo de su discurso es el mismo. Su esperanza por conservar la poltrona pasa por que la recuperación económica se intensifique y la radicalización de los movimientos antiliberales se modere: pero cuanta más fuerza cobre la radicalidad antiliberal, menos bases quedarán para una recuperación sostenible y no sufragada mediante el expolio y la destrucción generalizada de capital (impagos, devaluaciones, inflaciones, controles de capitales, aranceles, incrementos de impuestos…).

Una pescadilla que se muerde inquietantemente la cola y ante la que los liberales sólo nos queda ofrecer una numantina resistencia ideológica que bregue tanto contra el socavado consenso socialdemócrata cuanto contra las energizadas excentricidades filofascistas y filocomunistas. Eso y, una vez superado el límite personal que razonablemente le impongamos al heroísmo, el exilio.

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