El Corte Inglés, espejo de España

Sostuvo César Alierta este pasado lunes que El Corte Inglés del recientemente fallecido Isidoro Álvarez era «la auténtica marca España». Es obvio que el presidente de Telefónica tan sólo estaba tratando de dedicarle un merecido halago a una de las más emblemáticas empresas nacionales, después de que tristemente perdiera a quien la estuvo presidiendo y dirigiendo durante los últimos 25 años. Pero, al hacerlo, es posible que Alierta estuviera más acertado de lo que pretendía. A la postre, El Corte Inglés es ahora mismo una reproducción a escala cuasi perfecta de la economía española.
Tanto la economía española como El Corte Inglés basaron sus modelos de crecimiento durante los últimos quince años en un uso muy intensivo del crédito: crédito barato para financiar el aumento del consumo y crédito barato para financiar la inversión en ladrillo. Si España exhibió en el pico de la burbuja un déficit exterior del 10 por ciento del PIB (es decir, los extranjeros nos prestaban un importe de bienes y servicios equivalente al 10 por ciento de nuestro PIB), El Corte Inglés financiaba a crédito más de un tercio de sus ventas; si España invertía en ladrillo 130.000 millones de euros en 2007, El Corte Inglés invertía en adquisición y apertura de nuevos centros comerciales más de 1.600 millones de euros anuales.

Evidentemente, cuando concluyó la fiesta del crédito laxo y burbujístico, tanto España como El Corte Inglés iniciaron una amarga travesía por el desierto, que en ambos casos está lejos de haber concluido. De hecho, tanto España como El Corte Inglés padecen problemas análogos: por un lado, un modelo de negocio que necesita reinventarse y, por otro, un modelo de financiación que necesita reestructurarse.
En cuanto al modelo de negocio, tanto España como El Corte Inglés tuvieron que parar el shock adverso inicial que supuso el agotamiento súbito del crédito: contención de gastos -incluyendo reducción salarial y cese de los empleos menos productivos- para de esa forma poder recortar los precios de venta y recuperar algo de competitividad. Así, por ejemplo, El Corte Inglés ha prescindido de más de 14.000 trabajadores desde el inicio de la crisis y ha reducido enormemente su margen de ganancias para minimizar la caída de las ventas (en 2013, apenas logró 0,1 céntimos de euro en forma de beneficios antes de impuestos por cada euro de ingresos por ventas).

A medio plazo, sin embargo, tanto España como El Corte Inglés necesitarán reenfocar en profundidad su modelo de negocio para adaptarse al nuevo entorno competitivo global: al igual que España necesita seguir incrementando sus exportaciones ofreciendo un mayor valor añadido, El Corte Inglés necesitará construir nuevas ventajas competitivas tras la rivalidad disruptiva que han ejercido empresas tan diversas como Amazon, Mercadona o Inditex; nuevas ventajas competitivas para cuya creación no existe una estrategia clara, pero que podría pasar por volver a incorporar calidad diferenciadora a sus servicios, por probar suerte en nuevos sectores o incluso por internacionalizarse. Para todo ello, empero, tanto España como El Corte Inglés necesitarán incorporar mucho más ahorro interno con el que poder incrementar sus inversiones, dado que su alto nivel de apalancamiento les impide continuar endeudándose con tal propósito. Lo cual nos lleva al necesario cambio en el modelo de financiación: tanto España como El Corte Inglés van a tener que desapalancarse para aliviar su pesada carga de deuda. Para ello, existen diversos mecanismos a su disposición: liquidar activos, reestructurar deuda y ampliar capital. Todos ellos mecanismos que El Corte Inglés o ha utilizado o se especula que va a utilizar a fin de digerir sus 5.000 millones de euros de deuda: entre las liquidaciones de activos destaca la venta del 51 por ciento de su financiera al Santander por 140 millones de euros o la titulización de 600 millones de derechos de cobro por tarjetas de crédito; en la reestructuración de deuda, sobresale el préstamo de 4.909 millones de euros sindicado entre 27 entidades por el cual se refinanciaba a ocho años la deuda del grupo; y en la ampliación de capital acaso en el futuro asistamos a su salida a bolsa.
Los paralelismos entre la economía española y El Corte Inglés son, pues, más que notables. Pero, para desgracia de los españoles, también lo son las diferencias. A diferencia de El Corte Inglés, España sí está gobernada por un equipo directivo obsesionado con consolidarse en el poder a costa de parasitar al conjunto de la ciudadanía: ciertamente, lo peor que podría deseársele a la incipiente dirección de El Corte Inglés es que emulara en lo más mínimo el comportamiento que durante esta crisis han exhibido los Ejecutivos de Zapatero y de Rajoy. Deseémosle, más bien, la oportunidad, la valentía y la pericia para que este gigante de la distribución afronte con entereza los retos del siglo XXI.

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