El fin de la milonga de la austeridad

Si algo positivo cabe encontrar en ese nefasto dato que supone el déficit público de 2011, en esos 90.000 millones de euros de más que las administraciones españolas se fundieron por encima de lo que ingresaron (el 8,51% del PIB), es que de una vez por todas debería servir para enterrar esa cansina milonga de que nuestra recesión actual proviene de los duros rigores de la austeridad presupuestaria.
Remarco el debería porque huelga decir que no lo hará. La propaganda estatista y keynesiana ha permeado demasiado en nuestro subconsciente como para que la evidencia oponga resistencia alguna al avance de la impostura. Ya se sabe que, según reza la sabiduría convencional, si Grecia, España o Portugal se encuentran en recesión ahora mismo no es porque se hallen hiperendeudados, al borde de la suspensión de pagos y con riesgo de abandonar el euro, sino por el fanatismo de Merkel en hacernos cuadrar las cuentas.
Sí, en hacernos cuadrar las cuentas: porque, para muchos, reducir nuestro déficit en siete décimas, desde el 9,2% al 8,5%  del PIB, equivale a cuadrar las cuentas mediante un magno ejercicio de austeridad capaz de hundir en crisis a la economía española. Nada les importa que en 2010 el déficit se recortara en dos puntos porcentuales (tres veces más que en 2011) sin que, al parecer, nuestro crecimiento se resintiera en lo más mínimo.
Desengáñense: en este país, como en Grecia o como en Portugal, no ha habido hasta el momento austeridad ninguna. Unos gastos se recortaban, sí, pero al tiempo que otros aumentaban multiplicados. Que el Estado haya inyectado, endeudamiento a través, casi la misma cantidad de dinero extra que en 2010 debería ser señal suficiente para no caer en los cantos de sirena de las intervencionistas manirrotos: si estamos en recesión no es porque la terquedad teutona se haya impuesto sobre los ponderados dictados krugmanitas, sino porque continuamos aplicando en toda su extensión el credo keynesiano: el máximo déficit que jamás alcanzó el tan mentado Franklin Delano Roosevelt durante su New Deal previo a la II Guerra Mundial fue del 4,75% del PIB, prácticamente la mitad del que las austeras administraciones españolas alcanzaron en 2011 y que, se nos dice, nos ha arrastrado a la recesión.
No: si la salida de la crisis ha estado en 2011 más lejos que en 2010, no ha sido a pesar del excesivo déficit público, sino como consecuencia del mismo: como consecuencia de haber arramblado con el escaso ahorro y crédito disponible en nuestra economía y de haber continuado con el deterioro de la credibilidad de nuestra deuda pública y de quienes la han adquirido en masa (nuestros bancos).
Aquí, a fin de cuentas, el único que de momento se ha comportado de manera ejemplarmente austera ha sido el sector privado: desde comienzos de 2009, familias y empresas han reducido su endeudamiento en unos 90.000 millones de euros. Lástima que, paralelamente, nuestras administraciones lo hayan incrementado en 300.000 millones. Ah, la austeridad pública, qué exagerada y devastadora.

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