El mantra de la demanda interna

Un razonamiento recurrente entre todo economista antiausteridad es que España necesita promover su demanda interna. Desde Podemos o IU se insiste recurrentemente en que debemos colocar “más poder adquisitivo” en manos de los trabajadores, ya que el problema esencial al que se enfrentan nuestros empresarios no es tanto que estén soportando unos elevados costes salariales, energéticos o regulatorios cuanto que no son capaces de vender su producción: si la demanda interna aumentara, saldríamos en un santiamén de la crisis.
Los problemas de esta simplista aunque sugerente explicación son dos: primero, que para proporcionar renta a quien no la tiene sin quitársela a quien sí la tiene es necesario endeudarse; segundo, que proporcionar nueva renta a los españoles no equivale a que éstos compren productos españoles.
En cuanto al primer problema, el Estado sólo puede efectuar transferencias presupuestarias de renta o bien aumentando los impuestos o bien incrementando su endeudamiento. Dado que si aumenta los impuestos, tenderá a reducir el gasto en consumo o en inversión de aquellos que los padecen, la única forma de poner netamente dinero en manos de los ciudadanos es mediante el endeudamiento estatal: pero si el endeudamiento estatal fuera la solución a nuestros problemas, España debería hallarse ahora mismo en la vanguardia mundial.
Y es que, aun eliminando del cómputo las emisiones vinculados con el rescate a la banca, la deuda pública española se ha disparado en más de 50 puntos del PIB desde 2009: una media de 7.500 millones de euros al mes. O el equivalente a la cuota española del rescate a Grecia (unos 30.000 millones de euros) cada cuatro meses. ¿De verdad alguien quiere sugerir que no nos hemos endeudado lo suficiente? ¿De verdad alguien piensa que el Estado no ha puesto suficiente dinero adicional en manos de los españoles a través de todo tipo de transferencias financiadas vía deuda?
En cuanto al segundo problema, que los españoles cuenten con mayores rentas no es en absoluto equivalente a que incrementen su demanda de productos españoles. Justamente, uno de los grandes agujeros negros que succionó a España hacia la crisis fue la falta de competitividad de nuestra economía: en 2007, nuestro país le pedía prestado al resto del mundo el 10% de todo lo que gastaba internamente. Un insostenible desequilibrio que nos ha llevado a ser uno de los países con mayor endeudamiento exterior del mundo. ¿Se ha solucionado ya ese problema de competitividad?
Sólo en parte: es verdad que, gracias a los ajustes internos, la competitividad de algunas de nuestras empresas ha mejorado (como ilustra el crecimiento de nuestras exportaciones), pero esa mejoría dista de ser suficiente. De hecho, el superávit exterior con el que cerramos en 2013 ha desaparecido en 2014 por cuanto el tímido aumento de las rentas internas a disposición de los españoles se ha traducido en una intensa demanda de productos extranjeros. Si fuéramos tan competitivos como necesitaríamos, cada vez compraríamos menos cosas fuera y más dentro (o exportaríamos mucho más para poder importar): pero éste no está siendo el caso.
Así pues, cebar ahora mismo la demanda interna con artificiosas políticas de estímulo únicamente contribuiría a incrementar nuestro endeudamiento público y nuestro endeudamiento exterior: la deuda pública aumentaría para colocar dinero fresco en manos de los españoles que estos destinarían a comprar productos de alguna compañía alemana, francesa, china, italiana o estadounidense, engrosando así su cuenta de beneficios.
Lejos de caer en la trampa de demagogos que proponen salir de la crisis apenas pulsando el botón del gasto, España necesita recomponer profundamente su estructura productiva para poder exportar mucho más e importar mucho menos. Es ese reajuste de la oferta el que permitirá contratar nuevos trabajadores que, a su vez, incrementarán sostenible y saludablemente su demanda: es decir, es ese reajuste de la demanda el que permitirá aumentar el gasto interno sin necesidad de endeudarnos. Pero para todo ello necesitamos libertad económica, ahorro y mucho tiempo. No hay atajos. Continuar alimentando la deuda pública y la deuda exterior sería un clamoroso error; acaso por ello, los defensores de las políticas de estímulo son los primeros que reivindican repudiar la deuda que ellos mismos han generado previamente.

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