El polvorín europeo de 2015

La anémica recuperación europea amenaza con ser incluso más frágil de lo que sus propios fundamentos indican. Esta vez, eso sí, no por culpa de sus enquistados desequilibrios económicos, sino por la inestabilidad política que amenaza con devorar al sur de Europa: a lo largo de 2015 se celebrarán elecciones en Grecia y en España (además de Portugal, Reino Unido, Finlandia, Dinamarca o Polonia), dos plazas donde actualmente lideran las encuestas partidos favorables, en última instancia, a abandonar el euro para implementar políticas decididamente inflacionistas.
Podemos y Syriza son partidos ideológicamente hermanados en lo esencial: la voluntad de hipertrofiar el Estado a costa de exprimir fiscalmente a la población, de defraudar a los acreedores y de parasitar a los tenedores de moneda. Tres medidas que tan solo contribuyen a enriquecer al Estado a costa de empobrecer (todavía más) a la población que en muchos casos ni siquiera es consciente de cómo se la está expoliando: tres medidas, por tanto, del todo letales para las bases de una sociedad libre y de una economía próspera.
Así, tras el rodillo de intervencionismo oligárquico que han supuesto en España Partido Popular y Partido Socialista, o en Grecia Nueva Democracia y Pasok, lo último que necesitan españoles y griegos es un estatismo radicalizado: a saber, más confiscatorios impuestos, más manirroto gasto público o más asfixiantes plurinormativas. De hecho, lo último que necesitan es un estatismo radicalizado a quien incluso el actual marco hiperregulador europeo se les queda diminuto.

Al parecer, sin embargo, una parte significativa de los ciudadanos griegos parecen dispuestos a convertirse en conejillos de indias de semejante experimento suicida: cegados por la desesperación o por el fanatismo económico, parecen dispuestos a otorgarle a Syriza las llaves del poder.

Así sea, pues. Que Syriza llegue al poder y que despliegue en la península helénica todas sus extraordinarias propuestas: que impaguen la deuda, que regresen a la dracma, que devalúen su tipo de cambio un 40%, que suban masivamente los impuestos y que intenten reindustrializar el país a golpe de talonario estatal. Si tan maravillosos resultados arroja semejante política económica ultraintervencionista, los españoles no tardaremos en copiarla para superar la crisis; si, en cambio, arroja resultados desastrosos, acaso podamos aprender preventivamente la lección.
Mas, por desgracia, ni siquiera existen garantías de que un completo fiasco en Grecia se traslade en un mínimo aprendizaje por parte de la clase política española y, sobre todo, por parte de la población española. En cuanto a los primeros, es obvio que sus ansias irrefrenables de poder los llevarían a adaptar su estrategia para seguir medrando electoralmente: aquellos políticos españoles que hoy se hermanan con Syriza, terminarían profiriendo que «ellos no son como Syriza» y que «España no es Grecia»; aquellos otros políticos españoles que hoy marcan distancias de Syriza, seguirían aplicando políticas igualmente populistas tras el barniz del antipopulismo como han venido haciendo en los últimos años.
En cuanto a la población española, nada indica que, incluso con un interpuesto colapso griego, esté dispuesta a despertar del plácido sueño del bienestar burbujístico que todavía coloniza nuestro imaginario colectivo. Y es que el principal problema de España -o de Grecia- no son los partidos que vehiculizan desastrosas políticas económicas.
El problema de fondo es que las ideas y los valores compartidos por la inmensa mayoría de ciudadanos giran en torno a un consenso socialdemócrata que impide articular una salida liberal a la crisis: y como no deseamos salir de la crisis con menores impuestos, con menor gasto público, con menor burocracia, con menores regulaciones y con menores prebendas, simplemente nos quedamos atascados en ella. La estrategia consiste tan solo en ganar tiempo huyendo hacia adelante: si el intervencionismo de Zapatero falla, redoblamos la apuesta con el intervencionismo de Rajoy; y si el intervencionismo de Rajoy se estrella, ahondamos en el error con el intervencionismo de Iglesias.
Difícil, en suma, que semejante entramado político -parasitable por los más variopintos oportunistas- y semejante sustrato ideológico -favorable a justificar los abusos y las ruinas del Estado atribuyéndole sus calamidades a una «mala administración» o a una «insuficiente democracia»- permitan constituir un marco institucional que aporte una mínima seguridad, previsibilidad y confianza a aquellos ahorradores internos y externos que barajen invertir en España o en Grecia. Por eso cualquier recuperación será por necesidad frágil y por eso seguiremos huyendo hacia adelante ante el fracaso de nuestra miopía ideológica.
De ahí que el multielectoral 2015 puede ser, en palabras del exministro de Exteriores alemán Joschka Fischer, el año decisivo para la supervivencia de la unión monetaria europea: el año donde todas las debilidades estructurales del Sur de Europa -anestesiadas durante más de dos años por Mario Draghi- pueden terminar estallando. Nuevamente las luchas intestinas por instrumentar el Estado en favor de un determinado grupo político o social serán los principales enemigos de cualquier recuperación mínimamente sostenible: pero, como digo, no es previsible que muchos terminen reconociéndolo. Ni en España ni en Grecia.

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