Entrevista en El Pulso

Eduardo Fort: ¿Por qué cree que John Maynard Keynes sigue vigente? ¿Cuáles son los motivos de su «éxito»?
Juan Ramón Rallo: Es una respuesta muy intuitiva ante las crisis. Si el desempleo aumenta es porque las empresas no venden lo suficiente y si no venden lo suficiente es porque la gente no gasta. Conclusión: hace falta un mayor nivel de gasto, que deberá impulsarlo preferentemente el Estado mediante déficits. Casi nadie se plantea que si no se vende es por diversos motivos: uno, que no se ofrece la mercancía adecuada; dos, que se ofrece a precios demasiado elevados; tres, que la demanda de mercancías se financiaba en gran parte mediante crédito y ese crédito ha desaparecido de repente.
Fijémonos en que si esos tres son los problemas de verdad de una economía, la respuesta será la opuesta a la que plantea Keynes: necesitaremos una mayor movilidad de factores, precios más flexibles y, sobre todo, un mayor volumen de ahorro que sanee la situación financiera de los agentes para que el crédito pueda volver a circular productivamente.
E.F.¿Cuál es el origen auténtico de esta crisis económico-financiera?
J.R.R.: Las crisis son la consecuencia inevitable de los booms artificiales, y los booms artificiales se producen porque el crédito que extiende el sistema financiero a los agentes económicos (familias y empresas) crece muy por encima del volumen de ahorro disponible para sufragarlo. Como los bancos pueden endeudarse a corto plazo (crear depósitos a la vista, por ejemplo) e invertir a largo (préstamos empresariales, hipotecas, etc.), son capaces de financiar inversiones a mucho mayor plazo del que la sociedad está dispuesta a financiar con su ahorro a corto plazo. Se produce, por consiguiente, una sobreinversión en inversiones que maduran de manera muy tardía, lo que degenera en burbujas en ciertos activos (vivienda, acciones, bonos, bienes de capital…) y en una estructura productiva que no encaja con las necesidades de los consumidores.
E.F.: Muchos economistas neokeynesianos sostienen que sólo la inversión pública puede paliar los efectos de la situación actual… ¿Es esto cierto?
J.R.R.: No, ya hemos visto cuáles han sido los devastadores efectos en Europa de las políticas fiscales expansivas que se han venido aplicando, de manera ininterrumpida, desde 2009: Sobreendeudamiento público, crisis de deuda soberana que se traslada a la banca, colapso de las disponibilidades de capital y de crédito, y amenaza de ruptura monetaria y de devaluación. Es decir, el Estado, al incurrir en enormes déficits que ponen en jaque su solvencia y la de su sistema bancario, genera una brutal incertidumbre que enturbia enormemente todo cálculo empresarial y agrava de manera muy notable la crisis.
Por supuesto, se nos ha dicho que la culpa de esta recaída en la crisis le corresponde a las políticas de austeridad, pero ¿qué austeridad? España ha cerrado 2011 con un déficit del 8,51%, apenas siete décimas menos que en 2010 y casi el doble que el mayor déficit en el que, por ejemplo, jamás incurrió Franklin Delano Roosevelt durante el New Deal (dejando fuera los déficits de la II Guerra Mundial). Lo mismo podría decirse de Grecia o Portugal. Claramente, seguimos instalados en un contexto de política fiscal muy expansiva que sólo nos ha empujado hasta el abismo.
E.F.: ¿Estamos ante un problema de demasiado «laissez-faire» o de sobrerregulación?
J.R.R.: Estamos ante un sistema financiero privilegiado. Los bancos pueden endeudarse a corto plazo e invertir a largo gracias a que tienen abierta la ventanilla de redescuento de los bancos centrales. Cualquier empresa que se comportara a gran escala como un banco, caería de inmediato en una suspensión de pagos. Los bancos no lo hacen porque pueden acudir al banco central; y el banco central, no lo olvidemos, es un monopolio público sobre la emisión de dinero (dinero que, además, no es aquel que seleccionaron los agentes económicos sin influencias espurias, el oro, sino aquel otro que nos han impuesto por diversas vías los políticos).
Se nos ha dicho que a partir de los 90 hubo una completa desregulación de los mercados financieros, pero simplemente se cambiaron unas regulaciones por otras sin tocar la esencia común a todas ellas: la banca sigue siendo un sector privilegiado por todo el entramado montado por los políticos. Eso no es liberalizar la banca, someterla al mercado, a la competencia y a las necesidades de consumidores y ahorradores. No, es cambiar un poquito sus estatutos para que puedan seguir haciendo lo que ya venían haciendo (endeudarse a corto e invertir a largo) de manera más exagerada.
Por decirlo sintéticamente: si hubiese habido una auténtica liberalización y desregulación del sistema financiero durante los 90, la mayoría de los bancos deberían haber entrado en suspensión de pagos tan pronto como hubiesen intentado expandir insosteniblemente el crédito y generar una burbuja. El hecho de que no lo hicieran –sino que, al contrario, amasaran enormes beneficios fantasma durante esos años– es suficiente ilustración de que no hubo tal desregulación.
E.F.: ¿Existe una «salida liberal» de la crisis?
J.R.R.: Sí. Liberalización privada y austeridad pública. Por un lado, tanto el sector privado como el público deben incrementar de manera muy sustancial sus volúmenes de ahorro para sanear su situación y sufragar la reconversión económica; la diferencia es que el sector privado tiende a ahorrar durante las crisis de manera natural, mientras que el Estado, debido a la pandemia keynesiana, tiende no sólo a fundirse los ahorros del sector privado sino que muchas veces incluso se endeuda con el exterior, frustrando el ejercicio de austeridad nacional de la economía. Por otro, el sector privado debe ser lo más flexible posible para recolocar los factores productivos hacia aquellos sectores que corrijan los errores previos de la burbuja: es decir, necesitamos regulaciones muy poco intrusivas en todos los mercados (laboral, energético, concursal, financiero…).
E.F.: Desde finales de los ’90 se instaló la idea de que el «neoliberalismo» destruyó la economía mundial… ¿A qué se debe esta percepción?
J.R.R.: Es la Gran Mascarada que denunció Jean-François Revel. Al equiparar no-comunismo con neoliberalismo salvaje, la caída de la URSS supuso, para muchos, un triunfo del neoliberalismo, o al menos eso se nos quiso vender. En realidad, lo que triunfaba era una socialdemocracia estatista muy pero que muy alejada de los principios del liberalismo clásico. De hecho, nunca el volumen de regulaciones como el monto de gasto público habían sido tan elevados en la historia de Occidente. Una estrategia realmente inteligente, porque las disfuncionalidades del socialismo se atribuían a un exceso de libertad y a una insuficiencia de intervención: es decir, a más estatismo, más problemas y más vindicación de estatismo.

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