Grecia no es el problema

El resultado de las elecciones griegas no ha templado, ni mucho menos, los ánimos de los mercados financieros con respecto a la situación económica de España y, en general, de la periferia europea. Tampoco había motivos para que lo hiciera: por desgracia, los problemas de la Eurozona van mucho más allá de Grecia, Portugal o Irlanda: se concentran, fundamentalmente, en esos gigantes con pies de barro de cuya solvencia todos han comenzado a desconfiar. A saber: España, Italia y, cada vez más, Francia.
Mientras todos estos países, comenzando por el nuestro, no acrediten su capacidad para estabilizar sus finanzas públicas y para crear la suficiente riqueza que les permita amortizar su deuda privada a largo plazo, la desconfianza en la solvencia de todas estas economías subsistirá y, por tanto, también las dudas sobre la supervivencia misma del euro.
¿Y cómo podemos demostrar estos dos extremos ante los inversores nacionales y extranjeros? ¿Cómo probar que nuestro déficit público no está enquistado en unos niveles estructuralmente insostenibles y que nuestro sector privado sí es capaz de fabricar la suficiente riqueza como para continuar haciendo frente a toda su deuda?
Lo primero sería aprobar un plan creíble, serio y omnicomprensivo para reducir el gasto público en alrededor de 70.000 u 80.000 millones de euros. Aunque puede parecer mucho dinero, apenas supone un 15% del gasto público total de España. ¿Se imaginan una empresa al borde de la bancarrota que se reconociera incapaz de minorar apenas un 15% sus gastos operativos? Probablemente nos convenciéramos de que tal empresa ya está condenada y que no tiene redención posible. Pues lo mismo pasa con las Administraciones públicas españolas: si en los momentos de pánico y desconfianza generalizadas son incapaces de atajar un 15% los gastos, ¿cómo confiar en su viabilidad?
Lo segundo pasa, por un lado, por facilitar el ajuste productivo del sector privado, es decir, que en este país se pueda volver a generar riqueza sin que las múltiples regulaciones e impuestos asfixien al sector privado; por otro, por reestructurar parte de la excesiva deuda privada –fundamentalmente la del sector bancario– para que sea factible que pueda devolverse. En definitiva, se trata de liberalizar toda la economía y de convertir parte de la deuda de los bancos en acciones para así evitar un gravosísimo rescate a expensas del contribuyente.
Desafortunadamente, ninguno de los países europeos, tampoco España, están cogiendo el toro por los cuernos. Como si esperaran que la tempestad acabara por sí sola, todos ellos se están limitando a parchear el sistema, subiendo unos impuestos por aquí, bajando mínimamente algunos gastos por allá, abriendo la mano regulatoria en algunos mercados concretos y metiendo caprichosamente dinero del contribuyente en los bancos.
Nadie, ni Hollande ni Monti ni Rajoy, se está planteando que el modelo europeo, ese basado en el endeudamiento reiterado de todos los agentes económicos –familias, empresas, bancos y Gobiernos– para vivir de continuo por encima de nuestras posibilidades, ha muerto y que tenemos que proceder a rectificar: es decir, que debemos avanzar hacia economías muchísimo más libres y con Estados infinitamente más pequeños que los actuales.
Mas, como persisten en sus errores, como siguen obsesionados con no meterse en líos y minimizar las reformas, nadie confía en nuestra capacidad para cumplir nuestros compromisos y crecer a largo plazo. Estos días se está hablando mucho de que todas nuestras dificultades se solventarían si el Banco Central Europeo adquiriera nuestra deuda, pero, al margen de tratarse de una ilegalidad, semejante receta no solventaría ninguno de los problemas de fondo: nuestras economías seguirían esclerotizadas e hiperendeudadas. Es sencillo de entender: que a una empresa insolvente le concedan créditos blandos no contribuye a sacarla del concurso de acreedores; tan sólo difiere el momento en que vencen sus pasivos.
Pero lo que necesitamos no es que nos den más tiempo para seguir como hasta ahora, sino proceder a cambiar en profundidad nuestras ruinosas costumbres: hemos de pasar del vicio del sobreendeudamiento a la virtud del ahorro y del desastre de la hiperregulación al aliento de la libertad y de los impuestos bajos.
Las políticas zapateriles, con las que que con enorme cortedad de miras está prosiguiendo en lo fundamental Mariano Rajoy, sólo nos han conducido a una situación de colapso. Si no las revertimos, terminaremos suspendiendo pagos y saliendo del euro. Los inversores ya se están preparando para el colapso y simplemente optan por dejarnos de prestar o por sacar el dinero del país. Comprobando la suicida pasividad de la clase política europea, no me sorprende en absoluto.

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