Grecia: un parque temático socialista

Decía Margaret Thatcher que el socialismo termina tan pronto como se acaba el dinero. La ex primera ministra no iba desencaminada en su afirmación, pero olvidó que, una vez se ha acabado el dinero, la bacanal socialista puede continuar durante unos años merced al crédito. Eso es justamente lo que ha sucedido con Grecia.
El país quiso convertirse en un parque temático socialista, pero carecía del dinero necesario para ello. Durante la primera mitad de los noventa, los gastos públicos superaron en alrededor de un 50% sus ingresos fiscales, lo que se tradujo en enormes déficits presupuestarios: para que nos hagamos una idea, entre 1990 y 1995, la deuda pública helena se multiplicó por tres, hasta alcanzar el 100% del PIB. Y, aun así, sus políticos todavía estaban ansiosos por gastar más dinero.
Sin embargo, en la segunda mitad de los noventa, Grecia tuvo que guardar las formas y realizar grandes esfuerzos para lograr su entrada en el euro. La mayor parte de ese trabajo lo ejecutaron sus mandatarios entre bambalinas, no apretándose el cinturón, sino maquillando con brocha gorda sus estadísticas de déficit e inflación. Nada de gastar menos: la clave para acceder a la moneda única consistía en mentir y aparentar que ya se gastaba menos.
La falsa disciplina desapareció una vez entraron en el euro. El despilfarro público prosiguió, pero esta vez catalizado por el torrente de crédito barato con que el Banco Central Europeo inundó el mercado a partir de 2002. Así las cosas, los tipos de interés de la deuda pública griega se dividieron por siete: desde el 24,5% a principios de los noventa a apenas el 3,3% en 2005. Y, gracias a ello, los políticos helenos pudieron duplicar el déficit y el gasto público a lo largo de la década del 2000. No es de extrañar; entre otras excentricidades, los salarios de los empleados públicos llegaron a triplicar los del sector privado, y camareros, peluqueros o músicos podían jubilarse a los 55 (las mujeres a los 50) debido a la peligrosidad de su profesión.
Al tiempo que el dinero se dilapidaba, el Estado griego se mostraba tremendamente ineficiente a la hora de recaudar impuestos. El caso más conocido ha sido el de los médicos helenos, dos tercios de los cuales declararon una renta inferior a los 12.000 euros anuales. Pero, más allá del dato anecdótico, se estima que la economía informal griega podría duplicar el tamaño de la economía informal del resto de Europa. Con todo, esto no significa que la presión fiscal del país fuera ni mucho menos reducida: un 40% del PIB pasaba por las manos del Estado, el porcentaje más alto en las últimas tres décadas.
Todo este entramado estatista, sin embargo, saltó por los aires en dos actos. El primero, la crisis económica que comenzó en 2007. El segundo, el cambio de Gobierno griego en 2009 y la posterior revisión de las cifras de déficit: el nuevo Ejecutivo de Papandreou se encontró con que el déficit público de 2009 no era del 3,7%, como había anunciado el anterior Gobierno de Kostas Karamanlis gracias a la excelente labor de maquillaje del banco estadounidense Goldman Sachs, sino del 12,5%. A partir de ahí, los tipos de interés de la deuda pública explotaron desde el 5% al 11%.
Con una deuda pública que supera el 150% del PIB, con un déficit presupuestario de más del 10% del PIB y con unos pagos anuales de intereses que ya representan el 15% de los ingresos fiscales, parecía claro que Grecia necesitaba de algún tipo de plan de ajuste drástico que le permitiera equilibrar sus cuentas y devolver el dinero que durante tanto tiempo y con tanta alegría se le había prestado. En caso contrario, ¿quién iba a ser tan suicida como para seguir extendiéndole crédito a la espera del improbable momento futuro en que generara un superávit?
A este propósito respondía el programa aprobado por el Parlamento griego del pasado miércoles 29 de junio, que entre otras medidas reducía el salario de los funcionarios un 15%, elevaba la edad de jubilación a las 65 años, cerraba 2.000 escuelas, incrementaba el IVA al 23%, creaba un nuevo impuesto de solidaridad sobre la renta familiar, etc.
No cabe duda de que la mayoría de reducciones del gasto eran imprescindibles para adelgazar un Estado hipertrofiado que ha matado económica y mentalmente a los griegos. El problema es que, incluso con semejante plan, es posible que el país no evite la bancarrota, en la medida en que el sector público seguirá sumido en el déficit. El ajuste necesario era mucho mayor y, sobre todo, pasaba por un programa de privatizaciones infinitamente más ambicioso: no olvidemos que el Estado griego cuenta con 300.000 millones de euros en activos (empresas públicas, suelo, edificios, acciones, oro…) con cuya venta podría amortizar la práctica totalidad de su deuda pública.
Claro que es dudoso que semejante plan pudiese haber salido adelante: tan asentada está la mentalidad socialista entre la mayoría de los helenos que, incluso después de los ajustes, el gasto público continuará copando la mitad del PIB del país. Tomemos nota: el socialismo, el de izquierdas y el de derechas, ha arruinado a Grecia. Que no nos pase lo mismo a nosotros.

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