Histeria anti-austeridad

A tenor de las noticias, parecería que la crisis económica ha abocado a España y al resto de naciones europeas a padecer la mayor y más insufrible de las austeridades públicas jamás narradas. Extrema austeridad estatal que, se nos dice, es la responsable del notable agravamiento de la crisis económica que hemos vivido desde mediados de año a esta parte. Sólo hay una pieza que no encaja en este rompecabezas intervencionista: salvo en Grecia, Portugal, Irlanda y España, trece de los diecisiete países de la Eurozona habrán gastado en 2011 más que en ningún otro año de su historia; e incluso estas cuatro excepciones han disfrutado este ejercicio de un presupuesto más amplio que en 2007, el año en el que la orgía crediticia que nos ha arrastrado al desastre actual estaba en todo su apogeo.
En España, por ejemplo, las administraciones públicas habrán gastado en términos nominales un 17% más que en 2007 (un 7% más, descontada la inflación), fecha en la que disfrutábamos de abundantísimos —y ficticios— ingresos tributarios procedentes de la burbuja inmobiliaria y nuestros políticos prometían a trote y moche cheques-bebés, revalorizaciones insostenibles de las pensiones, rentas de emancipación, etc. Repito: en 2011 hemos gastado un 17% más que en 2007. Austeridad del sector público, dicen. ¡En los huesos se habrá quedado!
Sí, ya sé que el catecismo keynesiano dicta que precisamente, tras el desplome del gasto privado que hemos vivido desde 2007, es el sector público el que debería haberse hecho cargo de esa demanda que se ha esfumado y, por tanto, que un incremento nominal del gasto del 17% peca incluso de timorato. ¿Y qué no peca de timorato cuando Krugman et alii han llegado a propugnar déficits públicos superiores al 15% del PIB? Sea como fuere, no es momento de exponer aquí todas las múltiples razones por las que este simplista pensamiento es erróneo y peligroso. Pero, eso sí, al menos déjenme constatar que unos y otros no estamos hablando el mismo lenguaje: cuando los partidarios de la austeridad defendemos una reducción del gasto público que coadyuve —en lugar de contrarrestar— el proceso de desapalancamiento y saneamiento del endeudadísimo sector privado, no estamos desde luego hablando de que el Estado siga gastando casi un 20% más que hace cuatro años y que incurra en un déficit cercano al 7% del PIB. Desde cualquier perspectiva, uno diría que estas cuentas públicas son tremendamente expansivas; incluso insosteniblemente expansivas.
Todo lo cual, claro, no obsta para que los estatólatras recurran al alarmismo más demagogo para enrocarse en su posición despilfarradora. La estrategia es muy sencilla y ya la han utilizado con inquietante éxito en su explicación de la génesis de la crisis: primero, buscamos en la circundante realidad alguna traza —por insignificante que ésta sea— de aquello que deseamos denostar (sea la austeridad o la desregulación de los mercados); segundo, magnificamos su entidad hasta volverla irreconocible (“vivimos en la era del fundamentalismo de la austeridad” o “vivimos en la era del fundamentalismo de la desregulación”); y tercero, asociamos cualquier catástrofe con el muñeco de paja que hemos creado (“la recaída en la recesión es consecuencia de la austeridad extrema” o “la crisis es culpa de la desregulación financiera”). Quod erat demostrandum
Un ejemplo histriónico y ridículo de esta treta argumental podemos encontrarla en un reciente artículo del prestigioso semanario británico The Economist (y si esto lo hacen las publicaciones con prestigio, imaginen qué harán las abierta y desacomplejadamente ideologizadas). Rezaba así: “Un énfasis demasiado grande en la austeridad acarrearía el riesgo de mandar al continente derechito hacia una profunda recesión; los últimos datos de la producción industrial italiana del pasado mes de octubre muestran un descenso interanual del 4,1%, incluso antes de que los recortes presupuestarios hayan sido implantados por el nuevo ejecutivo”. Pasamos de las relaciones causa-efecto a las relaciones efecto-causa: si hay recesión, sólo puede venir provocada por los recortes. Sublime.
Mas acaso la tergiversación italiana no es ni la única ni siquiera la más lamentable de todas. ¿Les suena Grecia? Sí, ese país con una deuda del 150% del PIB, con un presupuesto en crónico déficit, con una clase política oportunista, mentirosa y desacreditada, con una economía asfixiada por las regulaciones y, por tanto, con unos tipos de interés leoninos para refinanciar sus pasivos. Uno diría que una economía así se enfrenta a una inminente suspensión de pagos estatal, al desmoronamiento de su sistema bancario y, claro, a una salida del área monetaria europea (lo que supondría devaluar su nueva divisa más de un 50%). Y uno también diría que éstas no son las condiciones más propicias ni para que los de dentro mantengan sus ahorros invertidos en el país ni para que los de fuera los lleven allí entusiasmados. Al contrario, lo que uno esperaría ver —que es justo lo que se ha visto desde hace muchos meses— es una sangrante y generalizada fuga de capitales que erradica cualquier posibilidad de crecimiento.
Una economía así se encuentra permanentemente en el filo de la navaja mientras no se adopte una de estas dos vías: o entra en bancarrota —asignando las pérdidas potenciales entre los distintos agentes— o sanea de manera creíble y muy intensa sus cuentas. La última vía sería la deseable, pero no siempre es la políticamente factible; aun así, es la vía por la que los políticos europeos y griegos afirman haber optado. ¿Pero dicen la verdad? Sólo hace falta echarle un vistazo al último informe del FMI al respecto: tras una minúscula reducción del gasto público en 2010 (inferior al 10% y, desde luego, muy inferior a la que habría permitido cuadrar las cuentas), el gobierno heleno no ha hecho en 2011 nada: ni en materia de gastos, ni en materia de ingresos, ni en materia de liberalizaciones. Bueno sí, han hecho algo muy propio de los políticos: prometer aquello que no tienen la más mínima intención de cumplir.
Dicho de otro modo, el país, lejos de salir de la situación de insolvencia, sólo la ha agravado: ha vivido otro año de prestado (y van…) a cambio de financiar su deuda a tipos de interés estratosféricos (que lo son precisamente por no superar de manera creíble su estado próximo a la suspensión de pagos). Pero, y esto es lo ditirámbicamente sorprendente, para el alarmismo anti-austeridad propio de los keynesianos el principal problema de Grecia, por el cual su economía está decreciendo a marchas aceleradas, no es ése, sino que su déficit público para este año será sólo del 10%, cinco puntos menos que en 2009 (y apenas un punto menos que en 2010). Sí, una notable tragedia que sin duda hace palidecer al cada vez más probable riesgo de colapso de su sistema bancario, monetario y tributario. ¿Alguien puede seriamente sostener que si Grecia hubiese mantenido su colosal déficit de 2009 el país estaría hoy en mejor forma?
Lo dudo mucho, pero la histeria anti-austeridad va de oficio en unos políticos cuyo poder deriva de gastar tanto como pueden. No creo que nadie se llame a sorpresa por el hecho de que nuestros gobernantes se resistan con uñas y dientes a ceder poder y apretarse el cinturón. Lo llamativo no es eso, sino toda la corte de economistas cortesanos que le bailan el agua.

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