Indisciplina subvencionada

Los déficits autonómicos diferenciados que Montoro impulsó y Rajoy bendijo son la inevitable culminación no sólo de la muy imprudente despreocupación presupuestaria del Gobierno, sino, sobre todo, de un disparatado esquema de financiación territorial vigente desde hace demasiado tiempo en España.
¡Sabido es que nuestras autonomías sólo son autónomas a la hora de gastar pero no a la hora de corresponsabilizarse tributariamente de ese gasto. La mayoría de sus ingresos no proceden de los ciudadanos destinatarios de sus desembolsos, sino de las transferencias que les realiza el Ejecutivo según los criterios establecidos en el multirreformado modelo de financiación autonómica.
Así, partiendo de una muy mal entendida solidaridad interterritorial, las autonomías se han venido rigiendo por el perverso principio de «yo gasto, otros pagan», lo que en última instancia ha resultado en el alocado incremento de su gasto estructural durante las épocas de ficticia bonanza (cuando los providentes «otros» tenían la bolsa llena para repartir) y en un déficit presupuestario crónico durante los años de duro regreso a la realidad (cuando los arruinados «otros» se descubren con los bolsillos agujereados). En suma, la tragedia de los comunes en pleno funcionamiento: socializamos ingresos pero particularizamos los despilfarros.
Conociendo las insuperables carencias de este siniestro esquema, uno hubiese deseado su completa demolición antes de tomar cualquier decisión presupuestaria. Sujetando los gastos de cada autonomía a los ingresos que pudiese cosechar entre sus ciudadanos, no sólo se habría estimulado una muy sana competencia fiscal, no sólo se habría puesto de manifiesto qué administraciones territoriales estaban más exageradamente sobredimensionadas y requerían de una mayor poda, sino que se hubiese podido dejar quebrar a aquellas más insolventes. El Gobierno del PP, sin embargo, optó por huir hacia adelante: por impedir que las autonomías más manirrotas y desequilibradas suspendieran pagos por la vía de socializar las emisiones de su deuda a través del Fondo de Liquidez Autonómico. El paso final de este infausto proceso sólo podía ser, ahora, el de permitir ajustes desacompasados en los ritmos de reducción de su déficit, esto es, el paso definitivo para consolidar la indisciplina subvencionada.
Un trágico calco del fracasado mecanismo de ajuste implementado desde Bruselas para la periferia europea que, por desgracia, todo apunta a que cosechará idénticos pésimos resultados.

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