Keynes, Krugman, DeLong, oro y malas inversiones

Krugman trata de justificar su último disparate acerca de la necesidad de inventarnos una invasión alienígena para revitalizar la economía sugiriendo que se trata de una versión actualizada del párrafo de Keynes donde sugiere enterrar botellas llenas de billetes para estimular la inversión privada dirigida a desenterrarlas.
El Nobel considera que semejante actividad es idéntica a extraer oro de las minas y que, por tanto, Keynes tenía razón y él tiene razón con la película que se ha montado sobre los extraterrestres.
Por si fuéramos pocos, otro keynesiano de pro, Brad Delong, no ha tardado en aparecer. DeLong justifica la recurrencia de las crisis como resultado de olas de optimismo y pesimismo que concluyen en una extraordinaria demanda de dinero (atesoramiento): cuando todos atesoran dinero, dejan de demandar mercancías, lo que genera un excedente general de estas. La justificación keynesiana de estos ciclos de optimismo y pesimismo la retrotrae a otro gran amigo de la libertad como Karl Marx: si los capitalistas extraen sus plusvalías de la explotación de los trabajadores con el único cometido de reinvertirlas para incrementar aun más su capital (D-M-D’), entonces, deduce DeLong, el consumo per capita irá cayendo como porcentaje del PIB, lo que implica que, para que el gasto total no se derrumbe, la inversión agregada como porcentaje del PIB tendrá que ir subiendo, pero para que el porcentaje de inversión agregada suba, las expectativas de los inversores no sólo deberán ser optimistas, sino crecientemente optimistas. Como eso no sucederá, acontecerá la crisis. Lo único que le reprocha DeLong a Marx es que no aceptara las recetas keynesianas para salir de la crisis: recetas que pasarían por volver a las cruzadas, por practicar nuevas guerras o por destinar el capital al consumo superfluo. Vamos, todas ellas actividades muy enriquecedoras.
Lo que hacen Krugman y DeLong es reflexionar en torno a la función del atesoramiento dentro de una economía en expansión. Su reflexión es lamentable, esto es, keynesiana, pero conviene volver a ello.
En una economía en expansión, donde se están continuamente generando nuevas inversiones, es decir, nuevas inmovilizaciones del capital en factores productivos (bienes de capital) heterogéneos, dedicados específicamente a ciertos usos y muy difícilmente reconvertibles, lo habitual es que vayan produciéndose errores empresariales. Cuando el empresario invierte su capital mira al futuro, pero el futuro es incierto, así que necesariamente tenderá a equivocarse.
La manera que tiene el sistema económico de detectar esos errores y corregirlos es a través de las pérdidas empresariales. Si un empresario no vende, pierde dinero y debe redestinar sus factores productivos a los segundos usos más valiosos. Pero para que un empresario deje de vender, sus clientes han de dejar de comprarle. Si todos los pagos fueran al contado, el proceso sería bastante automático: no nos gusta lo que nos ofreces, atesoramos el dinero y tú te reestructuras. Punto final.
Sin embargo, una parte de los pagos son a crédito. Eso significa que los bancos, en cierta medida, puede influir sobre la demanda de empresarios ruinosos. ¿Cómo? Abarantando artificialmente el crédito y, por tanto, el precio de comprar proyectos empresariales que deben reconvertirse. Si el crédito no se controla, sino que se expande a tasas elevadísimas y desligadas de la realidad durante mucho tiempo, los errores pueden prolongarse y agravarse durante más tiempo. Esto vendría a coincidir con un ciclo económico.
Por fortuna, el atesoramiento de dinero, el sacarlo de las reservas de los bancos, también les fuerza a restringir el crédito y, por tanto, a que no prolonguen los errores empresariales. Esa era la virtud del patrón oro que está ausente en el sistema actual: si los bancos centrales crean el dinero contra cualquier activo que consideren descontable, a priori no hay límite al grado de expansión crediticia salvo el repudio de la moneda (sobre todo si quien sigue pidiendo dinero prestado, monetizando deuda, es el Gobierno).
Pues bien, ya tenemos la primera parte de la ecuación: gracias al atesoramiento el dinero actúa como un medio de no-cambio. Destapa errores y fuerza su corrección lo antes posible.
Vayamos a la segunda, ¿por qué durante las crisis se produce un atesoramiento generalizado de dinero? Porque los errores son generalizados y, durante un tiempo, hay que cavilar cuáles serán los modelos de negocio sostenibles en el futuro y hay que readaptar los bienes de capital (incluyendo el capital humano) a esos modelos de negocio. Mientras tanto, la gente no gasta su dinero, sino que lo atesora. Es lo lógico: sé que voy a necesitar este poder adquisitivo pero no sé todavía ni cuándo ni para qué, así que lo atesoro en la forma más líquida posible.
¿Y qué sucede cuando todo el mundo incrementa su atesoramiento? Que el poder adquisitivo del dinero sube (deflación) y, por tanto, que la extracción de oro se incrementa. Eso es lo que Keynes observa: aquellos países que producen oro tienen algo en lo que dedicarse cuando el atesoramiento sube. Si todos pudiéramos producir dinero (el bien escaso en una crisis) no habría desempleo.
Keynes, sin embargo, asumía que en el mundo moderno no podía producirse dinero (salvo los países con minas de oro), de modo que buscó sustitutivos a la extracción de oro para mantener ocupada a la gente durante una crisis. Por ejemplo, esconder botellas debajo de la tierra para que se desenterraran, construir catedrales, reconstruir ciudades asoladas por terremotos… La cuestión era gastar y gastar en algo. Krugman y DeLong apoyan la moción y la actualización con la estupidez de la invasión alienígena: no es importante en qué gastamos, lo único relevante es mantener el nivel de gasto pasado.
La cuestión, ciertamente, es que durante las crisis una parte de los recursos de la economía quedan ociosos hasta que les encontremos un nuevo uso. Lo ideal, sin embargo, sería destinarlos a otras actividades mientras tanto. La respuesta keynesiana es fabricar «lo que sea». La respuesta del patrón oro era extraer oro y bienes de consumo altamente demandados (esto último es un poco más complicado de explicar, pero se debe a la caída del tipo de descuento que se produce cuando los agentes atesoran masivamente).
¿Es realmente es equivalente producir oro (y bienes de consumo altamente demandados) a producir cualesquiera otros bienes? No, porque la producción de oro y de los bienes de consumo altamente demandados sólo se dará si resulta rentable fabricarlos (esto es, sin perjuicio del imprescindible ajuste de precios en la economía) y además se puede interrumpir en cualquier momento sin generar problemas a otras industrias. Los factores desempleados y ociosos que desean consumir producen ellos mismos el dinero o los bienes de consumo que desean consumir. En general, no se darán nuevas inmovilizaciones de capital a largo plazo (que puedan añadir nuevos errores) ni esos proyectos empresariales estarán interrelacionados con otros planes de negocio: más bien, aprovecharán las puntas de producción minera y de las industrias de bienes de consumo (se añadirán factores variables a la producción aprovechando la caída de sus costes). Cuando sea necesario echar mano de estos factores porque ya se hayan corregido los errores en el resto de la economía, podrá hacerse casi de inmediato: interrumpir la producción de oro o de bienes de consumo altamente demandados no daña a ninguna otra industria, salvo las directamente implicadas en su fabricación (interrumpir la producción de casas, también daña a la azulejera, a la cementera, a la de muebles…).
Las recetas keynesianas para «aparcar» a los factores ociosos en producir cualquier cosa merced al gasto público fallan por un doble motivo: a) desarrollan inversiones a largo plazo que sí contaminan a numerosos otros sectores y cuya interrupción da lugar a nuevas malas inversiones en varias partes de la economía, b) no se preocupan por la viabilidad/rentabilidad de esas inversiones, de modo que los factores no autogeneran lo que ellos consumen, sino que consumen el capital de los demás y además frenan el reajuste de precios relativos de la economía. El problema, aun así, no sería tan grave si no ocultaran una peligrosísima ingenuidad: poner a los factores ociosos a «hacer algo» sólo es una manera de proporcionarles una renta y permitir que sobrevivan… ¡pero no es una manera de salir de la crisis! Si lo queremos ver así, sería una política de redistribución de la renta, pero no una política orientada a la recuperación (más bien, por los motivos apuntados, tenderá a retrasarla).
Los keynesianos, sin embargo, se olvidan de que lo esencial para salir de la crisis es el reajuste DEL RESTO de la economía, no el sostenimiento del nivel de gasto. Por eso no entienden nada. Es como si un país metido en el patrón oro pretendiera salir de la crisis colocando a todos sus factores a producir oro. Ridículo, porque los agentes no desean sólo consumir oro. Cierto, no habría desempleo, pero viviríamos en la miseria. Lo mismo sucede con todas las tonterías krugmanianas de inventarse invasiones alienígenas.
En definitiva, el patrón oro combinaba a la perfección el atesoramiento de dinero, la detección de errores empresariales, la recolocación de los factores ociosos durante el período de reajuste y la recuperación. Hoy, abandonado el oro, no tenemos ese equilibrio y el incremento del atesoramiento, unido a la rigidez artificial de los precios, tiende a generar desempleo. El keynesianismo pretende, en una primera fase, sustituir el automatismo del oro a la hora de recolocar transitoriamente a los factores ociosos. Ya hemos comentado que esa política destruye riqueza en lugar de crearla y, por tanto, retrasa la recuperación. Pero sería comprensible que la izquierda la defendiera como mecanismo de redistribución de la renta en momentos críticos. Lo absolutamente acientífico es el keynesianismo en fase dos: creer que el camino para volver a generar riqueza de manera sostenible es incrementar el gasto sin ton ni son. Es decir, produciendo bienes que nadie quiere. Un disparate, vamos.
PD: Otro despropósito es el razonamiento de DeLong acerca de por qué la reinversión de la plusvalía del capital requiere una tasa creciente de ganancias y por tanto un optimismo igualmente creciente. Nada de eso: si la tasa de retorno del capital es estable, podremos mantener la tasa de rentabilidad también estable. Por ejemplo, si el retorno del capital es del 10%, la renta agregada (PIB) será creciente y la plusvalía también sin necesidad de que el consumo per capita caiga. En otras palabras: no son necesarias expectativas crecientemente optimistas para mantener un buen clima inversor (basta con expectativas estables y razonables) y las causas de las depresiones generalizadas habrá que buscarlas en otra parte.

Stock de capital PIB Consumo Inversión Consumo per capita Inversión per capita Rentabilidad del capital
1.000,0 100,0 80,0 20,0 80% 20% 10%
1.020,0 102,0 81,6 20,4 80% 20% 10%
1.040,4 104,0 83,2 20,8 80% 20% 10%
1.061,2 106,1 84,9 21,2 80% 20% 10%
1.082,4 108,2 86,6 21,6 80% 20% 10%
1.104,1 110,4 88,3 22,1 80% 20% 10%

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