Krugman no entiende ni a Adam Smith, ni al oro, ni a Bitcoin

Señala Krugman en una de las últimas anotaciones de su blog que “Adam Smith odia Bitcoin” por cuanto el escocés ya apuntó en La Riqueza de las Naciones que no tenía ningún sentido basar el sistema monetario de un país en el oro y en la plata, pues su producción absorbía recursos reales que podrían haberse destinado a la fabricación de otros bienes y servicios. En concreto, Krugman cita el realmente precioso párrafo de Smith donde compara la circulación del oro y de la plata con una carretera que copa parte de las tierras de un país y a las juiciosas operaciones de la banca con un ferrocarril a través del cielo que, al vaciar de carreteras las tierras del país, permite cultivarlas. Tal comparación le lleva a Krugman a concluir que, para Smith, “el oro y la plata sólo jugaban una función simbólica, siendo mucho más inteligente reemplazarlas por papel moneda”.
Quien quiera saber algo más sobre la teoría monetaria de Adam Smith puede leer mi resumen aquí. De entrada me basta con adelantar la conclusión: o Krugman no ha leído a Adam Smith más allá de ese párrafo, o lo ha leído y no lo ha entendido, o lo ha leído, lo ha entendido y miente.
Primero, cuando Adam Smith habla de “papel moneda” reúne bajo tal nombre dos tipos de “papeles”: los billetes de banco y el papel moneda gubernamental.  El escocés toma indudablemente partido por los billetes de banco convertibles a la vista en oro y plata: “A paper money consisting in bank notes, issued by people of undoubted credit, payable upon demand without any condition, and in fact always readily paid as soon as presented, is, in every respect, equal in value to gold and silver money”. Y rechaza sin ambages el papel moneda gubernamental de curso forzoso. Smith cree que el papel moneda inconvertible tenderá a cotizar con descuento frente al oro (“Such a paper money would, no doubt, fall more or less below the value of gold and silver, according as the difficulty or uncertainty of obtaining immediate payment was supposed to be greater or less; or according to the greater or less distance of time at which payment was exigible”) y que, por consiguiente, sería un acto “tiránico” obligar a los ciudadanos a admitirlo como pago por su valor nominal. De ahí, por ejemplo, que Smith celebre que el Parlamento inglés prohibiera a las colonias estadounidenses emitir papel moneda inconvertible de curso legal: “No law, therefore, could be more equitable than the Act of Parliament, so unjustly complained of in the colonies, which declared that no paper currency to be emitted there in time coming should be a legal tender of payment”. El único papel moneda inconvertible que admite Smith es aquel que terminará refluyendo a corto plazo al gobierno en concepto de pago de impuestos.
Para todo lo demás, incluyendo el párrafo que Krugman cita, Smith defiende el papel moneda entendido como billetes de banco convertibles a la vista en oro y plata. Parece, pues, que el oro y la plata sí tienen un rol para Adam Smith que va más allá de la “función simbólica” que menciona Krugman: todo el “papel moneda” del país (salvo la pequeña porción que vaya a pagarse a corto plazo en impuestos) ha de ser convertible en oro o plata por parte de los bancos; ergo, los bancos deberán contar con algunas reservas de oro y de plata (…o Bitcoin) para regular adecuadamente la emisión de sus pasivos: “A banking company, which issues more paper than can be employed in the circulation of the country, and of which the excess is continually returning upon them for payment, ought to increase the quantity of gold and silver, which they keep at all times in their coffers, not only in proportion to this excessive increase of their circulation, but in a much greater proportion”.
Lo que Adam Smith estaba diciendo no es, por tanto, lo que Krugman sugiere tramposamente que decía. El escocés sostenía que el oro era un instrumento demasiado caro y costoso para participar en todos los intercambios, de ahí que conviniese sustituirlo en la circulación por billetes de banco girados contra letras de cambio de primera calidad (“The substitution of paper in the room of gold and silver money, replaces a very expensive instrument of commerce with one much less costly, and sometimes equally convenient”). Su rol dentro del sistema monetario quedaba reservado para aquella función realmente importante: actuar como un liquidador último de las deudas en su función de reserva líquida de valor y como medio internacional de intercambio.  Por ambas vías –una fuga interna o externa del oro que los bancos tienen en sus cofres para garantizar la convertibilidad de sus pasivos–, el oro contribuía a una adecuada regulación de las emisiones de billetes de banco: “When this superfluous paper was converted into gold and silver, they could easily find a use for it by sending it abroad; but they could find none while it remained in the shape of paper. There would immediately, therefore, be a run upon the banks to the whole extent of this superfluous paper, and, if they showed any difficulty or backwardness in payment, to a much greater extent; the alarm which this would occasion necessarily increasing the run […] Had every particular banking company always understood and attended to its own particular interest, the circulation never could have been overstocked with paper money. But every particular banking company has not always understood or attended to its own particular interest, and the circulation has frequently been overstocked with paper money”.
De hecho, aunque Smith consideraba que el oro era un medio de cambio muy costoso, aun así defendía que no desapareciera completamente de la circulación. Abnegando parcialmente de su liberalismo, el escocés  quería prohibir la emisión de billetes de banco por debajo de cinco libras (pues los tenedores de las mismas solían ser clases populares que no conocían adecuadamente el funcionamiento de los bancos y, por tanto, tendían a permitirles cometer muchísimos más dislates durante mucho más tiempo), forzando a que, en tales casos, fuera la moneda de oro o de plata lo que circulara en exclusiva: “It were better, perhaps, that no bank notes were issued in any part of the kingdom for a smaller sum than five pounds. Paper money would then, probably, confine itself, in every part of the kingdom, to the circulation between the different dealers (…) Where paper money, it is to be observed, is pretty much confined to the circulation between dealers and dealers, as at London, there is always plenty of gold and silver. Where it extends itself to a considerable part of the circulation between dealers and consumers, as in Scotland, and still more in North America, it banishes gold and silver almost entirely from the country; almost all the ordinary transactions of its interior commerce being thus carried on by paper”.
En suma, Smith no consideraba que el oro fuera una bárbara reliquia sin cometido alguno. El escocés distinguía, acaso con alguna confusión terminológica, entre crédito circulante (billetes de banco y letras de cambio convertibles en oro) y dinero (el activo contra el que se amortizan los billetes y las letras), y le asignaba al dinero una función esencial dentro del sistema –regular las emisiones del crédito circulante, sujetándolo a su permanente convertibilidad en dinero– en lugar de una auxiliar –actuar como medio de cambio, donde el crédito circulante podía actuar como un perfecto sustituto en la mayoría de las ocasiones–. El problema de muchos economistas es que definen estrechamente el dinero como medio de cambio… y a los medios de cambio como dinero, olvidando que la inmensa mayoría de las transacciones se efectúan a crédito, siendo el dinero el mecanismo último e insustituible para liquidar ese crédito. Krugman no entiende o no quiere entender la diferencia, de ahí que en su opinión el oro, la plata o (potencialmente) el Bitcoin no sirvan para nada salvo para dilapidar recursos. Es una opinión legítima (aunque errónea), pero al menos que no la confunda torpemente con las mucho más solventes ideas de Adam Smith.

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