La culpa no es de los especuladores

Imagine que acaba de comprarse un coche nuevecito por 50.000 euros y que, desatendiendo las más elementales normas de prudencia y circulación, marcha por una carretera secundaria a 200 kilómetros por hora y saltándose todas las señales de tráfico. Al final, claro, se estrella contra algún muro y su coche queda reducido a chatarra. Usted, por fortuna, sale ileso del accidente y, desencantado con el poco gratificante estado de su vehículo, decide vendérselo al mejor postor, pero este, vaya por dónde, no está dispuesto a ofrecerle más de 500 euros, pues la chatarra es lo que tiene, que no vale demasiado. Iracundo, comienza a desfilar por los medios de comunicación, indignado por ser víctima de un ataque especulativo de los mercados: acababa de comprar el coche por 50.000 euros y, apenas unas horas después, los mercados sólo le ofrecen una centésima parte. ¡Habrase visto semejante descaro!
La historieta podrá parecerle ridícula, pero para nuestra desgracia no se diferencia demasiado de la actitud quejicosa que está adoptando la inmensa mayoría de políticos frente a la crisis de deuda que nos atenaza. Ante la disyuntiva de revisar si, tal vez, en estos tres largos años de crisis han hecho algo mal o, en cambio, vaciar su cargador dialéctico y normativo contra quienes nos prestan su dinero, nuestros gobernantes han optado por lo segundo. Al parecer, que la economía española deba a nuestros acreedores internacionales el 100% del PIB, que el Estado continúe acumulando déficits públicos superiores a los 70.000 millones de euros, que nuestro sistema financiero no esté, por decirlo suavemente, en su mejor momento, que nuestro aparato productivo se encuentre tan desestructurado como para ser incapaz de emplear a una de cada cinco personas y que, pese al hundimiento de la demanda interna, sigamos importando 40.000 millones de euros más de lo que exportamos, todo eso debe ser pecata minuta.
Claro que lo más grave no son nuestros problemas económicos; torres más altas han caído y de agujeros más profundos se ha salido. Lo realmente desconcertante es que, mientras el país avanza con paso firme hacia la bancarrota por no querer solventar ni uno solo de los problemas anteriores, nuestra clase política siga enrocada en pronosticar la Sexta Venida de los brotes verdes y en demonizar a quienes, pese al chaparrón, continúan prestándonos su dinero. Cortinas de humo que, para más inri, sólo tienen un único y nocivo objetivo: no tomar ninguna de las medidas que la economía española necesita para recuperarse; a saber, intensos recortes en el gasto público y liberalización completa de la economía, sobre todo en el ámbito laboral.
El problema no es ni de los mercados ni de los especuladores, quienes sólo realizan una evaluación de la calidad de deuda y actúan en consecuencia comprándola o vendiéndola. El problema reside en unos políticos que no han aprendido ni una sola de las lecciones que, a un altísimo precio, nos ha brindado la crisis: en lugar de combatir con austeridad una crisis derivada del exceso de endeudamiento, han seguido gastando y endeudándose sin control; en lugar de favorecer la recolocación de los factores productivos y el reajuste de precios dentro de una economía escorada en exceso hacia el ladrillo, han preferido conservar toda la maraña de leyes, reglamentos, órdenes, decretos, códigos, directivas, tratados, convenios, bandos y mil regulaciones varias que lo imposibilitan; en lugar de reclamar un poco de ortodoxia monetaria a un banco central cuyos bajísimos tipos de interés fueron los principales detonantes de la burbuja inmobiliaria, han persistido en exigirle a Trichet que mantenga los tipos a niveles artificialmente bajos y que, por si fuera poco, monetice tanta deuda española como tengamos a bien emitir. Pero ya sabe: la culpa de todos nuestros problemas es de algún tipo de conspiración internacional dirigida a hundir al glorioso zapaterismo gobernante.
Unas sugerencias, señores socialistas (de todos los partidos): déjense de víctimas propiciatorias, asuman de una vez su responsabilidad en la gestación y posterior agravamiento de la crisis, entierren sus caducos dogmas ideológicos, olvídense de sus intereses electorales y, sobre todo, rectifiquen. Si quieren que los mercados, los especuladores, los gnomos de Zúrich y la sinarquía internacional dejen de atacarnos, lo tienen bien sencillo: hagan todo lo posible por devolver el dinero que hoy se les está prestando a millonadas y que ustedes sólo se han dedicado a dilapidar. Apriétense el cinturón y hagan las reformas pendientes (que son todas) y, entonces, si es que todavía no han estrellado el coche contra un muro, nuestra economía comenzará a mejorar y los de fuera volverán a confiar en nosotros como lo habían hecho hasta hace dos años.
Pero bueno, ¿quién quiere rigor económico cuando se puede disponer de demagogia política a raudales? Mejor huir hacia adelante, prohibir parte de la actividad de los especuladores y colocarle nuestra cada vez más tóxica deuda al Banco Central Europeo que encauzar la recuperación de España. A ver si así el castillo de naipes aguanta hasta las generales; luego, ya veremos.

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