La deflación de precios no es el problema de España

No son pocos los economistas que han llegado a la convicción de que la deflación de precios es intrínsecamente mala. El discurso oficial reza tal que así: “si se espera que los precios de los bienes de consumen caigan, la gente deja de consumir, y ese descenso del consumo provoca que los precios continúen cayendo, de modo que el consumo se hunde aún más, lo cual a su vez repercute negativamente sobre la inversión y el empleo en forma de devastadora crisis económica”.
Pero el discurso oficial adolece de dos errores básicos. Primero, es falso que por el hecho de esperar reducciones de precios el consumo deba descender por necesidad: quien retrasa su consumo también retrasa la satisfacción de sus necesidades, y no hay ninguna razón para suponer que la satisfacción derivada del descuento futuro le vaya a compensar la insatisfacción presente por retrasar su consumo. La industria informática, por ejemplo, lleva décadas reduciendo sistemáticamente los precios de sus productos, sin que ello haya retraído en modo alguno su consumo (más bien, lo ha masificado). Por personificar un poco más el ejemplo: Apple rebaja cada año el precio de sus productos (el modelo actual puede adquirirse al año siguiente con una rebaja en su precio) sin que ello le haya impedido recientemente anotarse el mayor volumen de ventas de su historia.
Segundo, es falso que, aun en el supuesto de que la expectativa de un abaratamiento futuro minorara el consumo, esto acarreara efectos contractivos sobre la economía. La base de nuestra prosperidad es el ahorro y la inversión, no el consumo; de manera que es perfectamente factible que un mayor crecimiento conviva con un menor consumo: es más, es perfectamente factible que un menor consumo cause un mayor crecimiento. De hecho, no estaría de más recordar que el IPC estadounidense entre 1865 y 1899 se redujo un 50% mientras que la renta per capita real del país se duplicó (y su PIB real se multiplicó por cuatro).
Entenderán, por consiguiente, que no le atribuya demasiada importancia al hecho de que, por primera vez desde 2009, el IPC español haya entrado en terreno negativo: en concreto, su tasa interanual en octubre se redujo un 0,1%. Y ello a pesar de que han sido muchos quienes han querido trazar un paralelismo entre Japón y España a raíz de este dato: dado que en el país del Sol naciente los precios de los bienes de consumo llevan dos décadas estancados, parecería que de súbito España se ve infectada por su misma dolencia deflacionista.
Ciertamente, no voy a ser yo quien niegue el significativo paralelismo que existe entre sendas economías, pero el paralelismo no se debe a que el IPC de ambas haya podido devenir negativo en algunos momentos. No: las razones que justifican el paralelismo (y que explican la común deflación de precios) son mucho más serias y de fondo; tanto que, por lo general, han sido sistemáticamente ignoradas por las mismas personas que ahora se llevan las manos a la cabeza a cuenta de la minoración del IPC.
De entrada, conviene distinguir dos tipos de deflación de precios: aquella que se produce por un aumento de la producción y aquella otra que se produce por un desplome del gasto. La primera irá inexorablemente asociada con el crecimiento económico: la economía es más productiva de manera que los bienes se abaratan. La segunda irá inexorablemente ligada a la depresión económica: si, por distintos motivos, el gasto general de una economía se derrumba, los patrones de producción de esa economía por fuerza tienen que reajustarse, lo que va aparejado a las quiebras empresariales y al alza del desempleo hasta que se descubran e implementen los nuevos modelos de negocio; hasta ese momento en que se complete el reajuste, el menor gasto se traducirá en menores precios.
En ambos casos, la deflación es una consecuencia y no una causa de la dinámica económica subyacente. Pero, en el primer caso, es una consecuencia de una dinámica económica agradable para la inmensa mayoría de la gente (prosperidad), mientras que, en el segundo caso, es la consecuencia de una dinámica económica desagradable (depresión).
Sin embargo, que una dinámica económica sea desagradable no significa que no resulte imprescindible: las resacas no le entusiasman a nadie, pero son inexorables. El punto central, por consiguiente, es comprender cuáles son las causas de fondo que motivan el desplome del gasto y si conviene contrarrestarlas de algún modo. Y esas causas, tanto en Japón como en España, tienen un origen común: el colapso de la mala deuda.
Japón y España financiaron sus burbujas de activos (predominantemente inmobiliarias) con cargo al crédito bancario. Ese crédito bancario inflacionista (burbuja financiera) permitió expandir el gasto de una manera muy notable –parte de nuestras rentas estaban basadas en esa deuda bancaria– dando lugar, a su vez, a una estructura productiva acorde con esos patrones de gasto (burbuja productiva). El problema llegó cuando la burbuja de precios inmobiliarios pinchó, arrastrando consigo las malas inversiones empresariales que se habían gestado al calor de la superabundancia de crédito barato: familias, empresas y bancos se habían hiperendeudado (o percibían rentas con cargo al hiperendeudamiento ajeno) para adquirir una serie de activos improductivos e incapaces de amortizar los nuevos pasivos asumidos. Consecuencia: quiebras familiares, empresariales y bancarias, desempleo, fin de la propensión a endeudarse y comienzo de la propensión a desendeudarse y, en definitiva, desplome del gasto.Es ese desplome del gasto, derivado del colapso del crédito, el que provoca la estabilización de los precios en España o, incluso, su reducción (sobrecapacidad productiva en sectores con precios relativamente altos combinada con una contracción de las rentas familiares y empresariales).
En ese sentido, las semillas de nuestra deflación presente se plantaron en la inflación pasada (aumento desproporcionado del crédito bancario y burbuja inmobiliaria). La causa de que ahora gasto y precios hayan colapsado cabe buscarla en que durante la época del crédito barato gasto y precios se cebaron de la creación insostenible de deuda. La inflación y la deflación son dos caras de la misma moneda. De ahí que, como decía, sorprenda que quienes se exclamen hoy por los peligros de la deflación de los bienes de consumo fueran incapaces de apreciar ayer la absoluta bomba de relojería que suponía la inflación inmobiliaria. Tal vez sea porque ni entonces comprendieron los problemas subyacentes de España ni ahora hayan comenzado a hacerlo: preocuparse por la caída del IPC es confundir los síntomas con la enfermedad.
Mas, por desgracia, un mal diagnóstico sólo puede llevarnos a peores recomendaciones. Quienes blasonan las maldades de un IPC decreciente rápidamente abogan por una política monetaria inflacionista: al cabo, si la causa (que no el síntoma) de nuestros males es que los precios caen, la solución taumatúrgica será conseguir que los precios suban. Problema práctico: España ya siguió ese curso entre 1980 y 1996, con pésimos resultados sobre el desempleo. Problema teórico: la única forma de generar inflación es incrementando galopantemente el gasto basado en nueva mala deuda, y España no puede seguir endeudándose más so pena de caer en suspensión de pagos. Si hemos llegado al desastre por acumular más pasivos de los que podíamos amortizar, no abandonaremos el desastre siguiendo por la vía de acumular todavía más deuda. Las hipotermias no se curan induciendo fiebres.
La solución es otra muy distinta que deriva de una adecuada comprensión de las causas reales de la crisis: hemos de hacer borrón y cuenta nueva, esto es, un reset productivo y financiero. Si hemos malinvertido y nos hemos sobreendeudado de manera generalizada, necesitaremos cambiar el perfil de nuestras inversiones (nuevo modelo productivo) y repagar nuestras deudas (desapalancamiento) para volver a crecer (y a endeudarnos sanamente) sobre bases sólidas. Tanto lo uno como lo otro implicará cambios en los precios relativos y, muy previsiblemente, reducción de los precios absolutos. Y tanto para lo uno como para lo otro no necesitamos más deuda inflacionista, sino más ahorro familiar y empresarial. Sí, más ahorro: la base del crecimiento económico capitalista.

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