La incertidumbre régimen de Grecia

Hace poco más de dos semanas, el Instituto Juan de Mariana galardonó al economista estadounidense Robert Higgs con su premio anual a una trayectoria en defensa de la libertad. Una de las aportaciones seminales de Higgs a la ciencia económica es su concepto de “incertidumbre régimen”, a saber, el clima de absoluta desconfianza hacia la inversión que se instala en un país cuando los gobiernos intervienen alocada, arbitraria y generalizadamente sobre la economía.
Higgs aplicó por primera vez su concepto de incertidumbre régimen para explicar por qué Estados Unidos tardó tanto tiempo en salir de su Gran Depresión de los años 30: no, argumentaba Higgs, porque el gobierno estadounidense de Franklin Delano Roosevelt no interviniera lo suficiente, sino porque intervino demasiado socavando la estabilidad política, macroeconómica y microeconómica del país y, en consecuencia, hundiendo la propensión a invertir de los ahorradores.
Sin embargo, el concepto de incertidumbre régimen de Higgs también puede usarse para analizar la situación en la que lleva instalada Grecia desde el año 2010, momento en el que se destapó el fraude en sus cuentas públicas y en el que se multiplicaron los recelos en torno a la credibilidad de su gobierno y a la solvencia de sus administraciones. Desde entonces, el país ha estado sometido a tiras y aflojas permanentes con sus acreedores, a incumplimientos sistemáticos de sus compromisos o a cambios legislativos desnortados y en muchas ocasiones dañinos.
¿Resultado? La confianza se ha hundido y con ella la inversión. Así, en el año 2009, en plena recesión post quiebra de Lehman Brothers, la inversión agregada en el país alcanzó los 44.000 millones de euros: cinco años después, a finales de 2014, ni siquiera llegaba a los 20.000 millones. Estamos hablando, por consiguiente, de una caída de la inversión de más del 50% con respecto a unos niveles de inversión ya de por sí bajos por ser propios de una recesión (con respecto a los niveles de 2007, la caída es del 70%).
Comparen esta situación con la de España, un país que, justamente porque dista de ser ejemplar a este respecto, permite expresar en toda su crudeza el colapso heleno. En 2009, la inversión agregada en España alcanzó los 265.000 millones de euros; en 2014, se ubicó en 204.000 millones. Se trata de una muy honda caída del 23% con respecto a 2009 (o del 41% con respecto a 2007), pero incomparable a la padecida por Grecia. O, si lo prefieren, compárenla con la bastante más ejemplar Alemania, cuya inversión era en 2014 un 14% superior a la de 2009 y sólo un 4% inferior a la de 2007.
Para crecer, Grecia necesita invertir y para invertir necesita un clima de estabilidad, confianza, ahorro y flexibilidad. Ahora mismo, el país no tiene nada de todo ello. La solución no es en absoluto fácil, pues los actuales políticos griegos confunden el restablecimiento de la estabilidad con vivir subvencionados permanentemente por el contribuyente europeo. Pero la Troika también yerra (sigue haciéndolo desde 2010) creyendo que el actual volumen de deuda estatal griega resulta amortizable apenas concediéndole algún trato de favor financiero al país (actualmente, Grecia ya paga menores tipos de interés por su deuda viva que Alemania y el vencimiento medio de esos pasivos duplican los de la economía teutona).
Probablemente, la única solución a medio-largo plazo para la península helénica sea que asuma su responsabilidad histórica: que impague su deuda, que salga del euro y que, fuera de él, trate de recuperar la credibilidad con mucho esfuerzo y sacrificio. Es una opción que a buen seguro fracasará —pues la casta política helena aprovecharía la “soberanía” monetaria para expandir todavía más el gasto público a través de la inflación: esto es, para seguir haciendo lo mismo que ha hecho durante las últimas décadas— pero las alternativas tampoco resultan funcionales: subvencionar a Grecia es premiar la misma indisciplina que los ha conducido hasta aquí, y esperar que impaguen su deuda y que permanezcan en el euro sin socializar sus pérdidas con el resto de Europa es pura ciencia ficción. La incertidumbre régimen generada por los políticos griegos ha hundido a su economía y todo apunta a que lo seguirá haciendo se siga el camino que se siga. Que, al menos, nos sirva como ejemplo al resto de europeos acerca de qué instituciones disfuncionales e intervencionistas no tenemos que emular.
 

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