Los austriacos están donde siempre

Se pregunta Pablo Pardo, en una reciente entrada de Elmundo.es, que “¿dónde están los austriacos?”, como si estos se hubieran escondido en alguna parte. Claro que, atendiendo al análisis que Pablo Pardo les atribuye, acaso debieran:

Llevamos tres años oyendo que la política monetaria de la Reserva Federal provocará hiperinflación, la destrucción del dólar como moneda de reserva y, en último término, hambre, devastación y muerte. Así, entre gritos de «corran por sus vidas» se aconsejaba a las buenas gentes comprar oro y prepararse para el Gran Cataclismo.
Ahora resulta que el precio del oro ha caído un 27% en dos años. Y, encima, que el objetivo de inflación de la Reserva Federal es inalcanzable. Inalcanzable por alto. El peligro en Estados Unidos ahora mismo no es hiperinflación. Es deflación. ¿Dónde están todos los que preconizaban el fin de los tiempos? (O sea, los seguidores de la economía austríaca).

En resumen: que la postura austriaca por necesidad ha de consistir en calificar las políticas de Bernanke de inflacionistas (o hiperinflacionistas) como paso previo a defender la compra masiva de oro y de rifles para defenderse contra el cercano apocalipsis. Uno ha intentado buscar referencias de este estilo en los escritos de Menger, de Mises o de Hayek (cuya fotografía ilustra el post de Pablo Pardo) y no los ha terminado de encontrar. De hecho, uno incluso repasa las diez proposiciones que, según Peter Boettke, definen a un economista como austriaco y se frustra al ser incapaz de localizar alguna cita que sostenga que “todo aumento de los pasivos del banco central da lugar a un incremento de los precios”.
De hecho, vaya, el propio Boettke  afirma, en su básico e introductorio texto a la Escuela Austriaca, que “todo incremento en la oferta monetaria, no compensado por un incremento en la demanda de dinero, provoca un aumento de precios”. O si queremos echar un vistazo a los clásicos austriacos, de este modo se expresaba Ludwig von Mises (economista austriaco, creo) en La Acción Humana (texto con alguna relevancia dentro de la Escuela Austriaca, he oído): “La relación entre la demanda y la oferta de dinero, lo que podríamos llamar relación monetaria, determina la magnitud de su poder adquisitivo (…) Aquel que quiere incrementar sus saldos de caja, restringe sus compras y aumenta sus ventas, provocando una tendencia de los precios a la baja. Aquel que quiere reducir sus saldos de caja incrementa sus compras –ya sea de consumo o de inversión– y reduce sus ventas, provocando por tanto una tendencia a que los precios suban”. Lección austriaca (y no sólo austriaca): si la demanda de dinero sube, los precios bajan. Y diríase que la demanda de dinero algo ha aumentado en los últimos años (nota técnica: la demanda de dinero es la inversa de la velocidad, por tanto una caída en la velocidad equivale a un aumento de la demanda). ¿En qué contradice la práctica a la teoría?
Por supuesto, ha habido destacados austriacos que en los últimos años han anunciado la llegada de la inflación de precios o incluso de la hiperinflación. Estoy pensando en Ron Paul, Robert Murphy o Peter Schiff. Bien está. Allá ellos. Antes que economistas austriacos son seres humanos, esto es, seres falibles que se equivocan: pero se equivocan no por seguir fanáticamente la teoría austriaca del valor del dinero, sino por adoptar ciertas hipótesis empíricas que se han demostrado erróneas (esto es: que la demanda de dinero se mantendría estable o decrecería). La prueba de ello es que otros economistas austriacos como Mike Mish, Antal Fekete o yo mismo llevamos años diciendo que estamos ante una depresión deflacionista y no ante una estanflación inflacionista.
Uno podría haber leído a Mish en marzo de 2008 diciendo que: “Dejemos de fingir. La deflación ya está aquí. Cualquiera que vea estanflación o una inflación mayor a la actual simplemente se va a quedar descolgado”. O a Antal Fekete en 2009: “Normalmente me preguntan si el sistema monetario internacional basado en papel moneda inconvertible se dirige hacia una deflación similar a los años 30 o a una hiperinflación al estilo de Zimbabwe. Pues bien, un aumento continuado de la oferta monetaria no es el único prerrequisito para la hiperinflación. Aquí hay otro: la ausencia de adecuados destinados para ese poder adquisitivo. Y tal como nos enseña la especulación libre de riesgo en bonos que hacen posible las operaciones de mercado abierto, no importa cuánto poder adquisitivo sea creado por los bancos centrales mundiales que los especuladores siempre encontrarán activos financieros al alza más seguros en sus apuestas que mercancías al alza. En ausencia de guerras, o guerras civiles, que destruyan los bienes de consumo y los bienes de capital, la previsión ha de ser la deflación, no la hiperinflación”. O a mí mismo, después de haber reflexionado más en profundidad sobre el tema, en agosto de 2009 (“Un incremento en la demanda de dinero provocará un aumento de su valor y, por tanto, una caída del precio de los bienes y servicios, esto es, justo la deflación que hemos vivido a partir de septiembre. Dado que los agentes económicos dejan de gastar y prestar su dinero, los empresarios tienen que vender más barata su mercancía y, si quiebran, enajenar al descuento sus activos. Ésta es toda la explicación que requiere la misteriosa expansión de la base monetaria que ha provocado deflación y no hiperinflación para sorpresa de muchos cuantitativistas: en realidad no se trataba de un aumento de la oferta de dinero, sino de su demanda. Y es que la cantidad total de dinero no aumentó y, en cambio, sí se atesoraron grandes cantidades”) o más recientemente en 2013 (“Si toda esa magna “impresión” de dólares no ha generado inflación es porque, a efectos prácticos, atesorar dólares –no gastarlos– equivale a un incremento del ahorro que permite sufragar inversiones: yo dejo de gastar –atesorando– y permito que el gasto que yo debería haber realizado, lo efectúes tú –en este caso, el sector público–. El proceso es tan poco inflacionista como cuando un ahorrador compra un bono a 10 años para sufragar las inversiones que acomete un empresario”).
Probablemente, Pablo Pardo se confunda por presentar el debate en términos simplistas. Fijémonos en sus conclusiones: “Lo cierto, sin embargo, es que con un crecimiento interanual del 1,5% del PIB y con inflación a la baja, Estados Unidos tiene margen para seguir inyectando dinero en la economía”. Dicho de otro modo: si la inflación de precios es alta, política monetaria restrictiva; si la inflación es baja, política monetaria expansiva”. Pero el análisis austriaco jamás ha puesto su énfasis crítico con el crédito artificialmente abaratado en los cambios del nivel absoluto de precios, sino en los cambios de los precios relativos. Como explica el profesor Huerta de Soto en su libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos: “al lector no le ha de suponer ninguna dificultad comprender que una política de expansión crediticia sin respaldo de ahorro real ha de producir, inexorablemente, todos los procesos que llevan al surgimiento de la crisis y la depresión económica, aunque aquélla vaya acompañada de un aumento paralelo en la productividad del sistema y no se ponga de manifiesto un crecimiento en los precios nominales de los bienes y servicios de consumo. Y es que lo importante no son los movimientos absolutos en el nivel general de precios de los bienes de consumo, sino cómo se comportan éstos en términos relativos respecto al resto de los precios de los productos intermedios de las etapas más alejadas del consumo y de los factores originarios de producción”. Vamos, que la deflación no se combate con inflación, esto es, el pinchazo de la sobreacumulación de mala deuda no se combate acumulando nueva y peor deuda. Por eso, uno se puede oponer a los Quantitative Eaings de Bernanke aunque no generen, durante la etapa de contracción del crédito, inflación de precios: por qué sí generan distorsiones.
De hecho, supongo que fue la baja inflación de precios de 2002 la que animó a Krugman a solicitar la creación de una burbuja inmobiliaria que reanimara la economía. Ejemplo práctico de que la hipotermia no se combate quemando al paciente: “Para combatir la recesión es necesario que la Fed responda con contundencia; hay que incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria, con la que reemplazar la burbuja del Nasdaq”. Total, si los precios relativos no importan, ¿qué más da una burbuja aquí o allá? (Esa burbuja, por cierto, que los austriacos sí supieron ver). Pablo Pardo criticará a Krugman por esa colosal metida de pata, pero a efectos prácticos está reclamando ahora exactamente lo mismo que el Princeton en 2002. Es más, la petición entronca perfectamente con las bases de la teoría económica keynesiana: no se trata de un abuso caricaturesco o interpretativo de la misma, sino una fiel aplicación de los principios de La Teoría General.
En suma: sin duda alguna muchos austriacos se han equivocado al pronosticar inflación de precios (no obstante, tampoco nos vendría mal algo de humildad crítica; el propio Pablo Pardo tiene como lema de su blog esta frase de Dornbusch que se aplica bastante bien a los procesos inflacionistas: “En economía, las cosas tardan más en pasar de lo que pensabas, y después ocurren más deprisa de lo que creías”), pero eso no significa que la teoría austriaca sea un fiasco, sino que el uso de la teoría austriaca que han efectuado estos economista en sus análisis ha sido un fiasco. A su vez, con lo anterior tampoco pretendo sugerir que la teoría austriaca, tal como la desarrollaron Hayek, Mises o Rothbard, sea perfecta: no lo es ni de lejos. Hay muchos motivos para criticar y mejorar los desarrollos teóricos de estos grandes economistas, incluso en materia de inflación, deflación y valor del dinero. Mas si queremos entrar en ese debate serio, entremos sin superficialidades ni chascarrillos.
Los austriacos, pues, están donde siempre: en sus obras. Sólo hay que acercarse a ellas y leerlas, aunque sea para criticarlas con algo de fundamento.

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