Los nuevos fabricantes de velas

El economista francés Frédéric Bastiat se hizo famoso por ser un gran divulgador a la hora de destacar siempre aquella parte de la Economía que resulta más difícil de comprender: que no debemos valorar sólo los efectos visibles e inmediatos de una decisión, sino también aquellos otros más invisibles y remotos. Conocida es, por ejemplo, su satírica petición de los fabricantes de velas a la Cámara de Diputados pidiéndole protección por la competencia desleal que ejercía… el Sol; su argumento era bien sencillo: si limitamos las horas de luz solar, el consumo de velas y de lámparas aumentará y con él toda la economía nacional. Lógica aplastante.
Ciertamente, los argumentos de Bastiat podrán parecernos una reducción al absurdo que jamás nadie sensato defendería. Las políticas proteccionistas, se nos dice, podrán estar equivocadas, pero en ningún caso caerían en un ridículo similar, pues todos somos ya lo bastante mayorcitos como para evitar tales errores de bulto. Mas, como suele suceder, tendemos a sobrevalorar nuestro buen juicio.
Hace unas semanas, la Comisión Europea decidió imponer un arancel del 11,8% a los paneles solares fabricados en China que previsiblemente se incrementará al 47,6% en agosto. El propósito: proteger a la mucho más cara y mucho menos competitiva industria europea de paneles solares (es decir, al lobby de los productores de paneles solares). Protección que, ciertamente, no ha tardado en dar sus frutos: la empresa española Solaria, especializada en fabricar estos paneles, anunció el pasado jueves que recientemente ha experimentado un repunte en sus ventas y que, por consiguiente, se puede permitir paralizar el ERE anunciado el pasado mes de marzo. Los mercantilistas españoles no tardaron un segundo en mostrar su entusiasmo por una noticia que confirmaba sus ideas: a más aranceles, más producción y más empleo. La panacea para la recuperación europea. He ahí nuestros nuevos fabricantes de velas.
Al cabo, otra vez nos centramos en lo que se ve (el empleo no destruido en Solaria), olvidándonos de lo que no se ve: el empleo destruido en otras industrias españolas como consecuencia del previsible encarecimiento de la electricidad. Y es que el coste del MWh fotovoltaica depende fundamentalmente del coste de los paneles solares, de manera que unos paneles más caros implican una electricidad más cara. ¿Acaso alguien puede afirmar que el encarecimiento de la luz contribuye a aumentar la producción y el empleo dentro de nuestro país? Pues eso en el fondo es lo que estamos proclamando: que pegándonos un tiro en el pie nos volvemos más ricos.
El disparate sería similar al siguiente: imaginen que una empresa española fuera capaz de producir petróleo en territorio patrio a 500 dólares el barril. Obviamente, semejante empresa sería incapaz de competir con el mucho más barato barril de Brent (actualmente entre 100 y 110 dólares), por lo que se vería abocada al cierre. Pero hete aquí que nuestro probo gobierno opta por establecer un arancel del 500% sobre la producción del Mar del Norte con tal de defender a la industria petrolífera nacional. Bravo: evitamos el cierre de la compañía española a costa de que todos los restantes ciudadanos paguen el petróleo cinco veces más caro. ¿Alguien en su sano juicio sería capaz de sostener que este arancel contra el Brent catapultaría a España hacia la prosperidad y la generación de empleo interno? Obviamente no: nos conduciría a la más absoluta miseria.
Pues lo mismo –a una escala muy inferior– sucede con el arancel a los paneles solares. Fijarse sólo en los efectos directos del arancel (Solaria no despide a sus trabajadores) supone olvidarse de los, a menudo, más importantes efectos indirectos de la medida (se montan menos huertos solares y por tanto se contratan menos trabajadores; o se montan los mismos huertos pero el resto de familias y empresas pagan la electricidad más cara, provocando nuevos despidos en el resto de la economía): es un vicio propio de los malos economistas.
Y el mercantilismo es, en esencia, mala economía: si queremos maximizar nuestro gasto, hemos de maximizar nuestra producción, y nuestra producción no se maximiza encareciendo artificialmente nuestros factores productivos o especializándonos en aquello en lo que somos menos competitivos. Por eso, el mantra de que comprando sólo productos españoles acabaríamos con la crisis es una patraña. Nuestro país debe ser capaz de generar valor propio dentro de la división internacional del trabajo, y para ello no necesita de menos libertad de mercado sino de mucha más: menos impuestos y menos regulaciones para permitir que capitalistas, empresarios y trabajadores aprovechen todo su potencial sin que el gobierno los pisotee. No levantemos el dedo acusador hacia Pekín, sino más bien hacia Madrid y Bruselas.

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